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El carácter espiritual de la realeza de Jesucristo

Jesucristo es Rey. Todo poder le ha sido dado, incluso sobre las cosas temporales. Los evangelios describen el reino de Jesucristo como un reino cuyo ingreso exige una penitencia preparatoria, ingreso que a su vez sólo es posible por medio de la fe y del bautismo, el cual, si bien es un rito externo, significa y produce la regeneración del alma.
El carácter espiritual de la realeza de Jesucristo

Por Padre Phillippe,
Catecismo de la Realeza Social de Jesucristo

La condición esencial de la Realeza Social de Jesucristo es la voluntad formal de la Santísima Trinidad de dar a Jesucristo-Hombre un verdadero y absoluto poder real. No se trata aquí de los Derechos del Verbo de Dios, que son infinitos, sino de los Derechos y Poderes que Dios da a la Santa Humanidad asumida por el Verbo.

Sin ninguna duda. En la Encíclica «Quas Primas» el Papa Pío XI nos da dos pruebas que indican la Voluntad divina sobre este tema. ¿Cuáles son estas dos pruebas?

El Papa Pío XI expone así la primera prueba: «San Cirilo de Alejandría nos describe acertadamente el fundamento de esta dignidad y de este poder de Nuestro Señor: Posee Cristo el poder supremo sobre toda la creación, no por violencia ni por usurpación, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza. Es decir, la autoridad de Cristo se funda en la admirable unión hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado como Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los ángeles y los hombres deben sumisión y obediencia a Cristo en cuanto hombre; en una palabra, por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad universal sobre la creación». Este es el pensamiento del Papa sobre el tema: la unión hipostática de la naturaleza humana con la persona del Verbo, confiere a la naturaleza humana asumida en Jesucristo, una dignidad tal que transciende toda otra dignidad de la que pueda ser revestida una naturaleza humana.

No sería admisible ni aceptable que se pudiese poner al lado de la naturaleza humana asumida por el Verbo una dignidad que, en derecho, pudiera reclamar una superioridad sobre Cristo-Hombre. No sería admisible que un Príncipe, una Cámara legislativa, pudieran declararse efectiva y jurídicamente superiores a Aquel que Dios a revestido de la prerrogativa trascendente de la Unión hipostática. Esta es el fundamente primero y esencial del poder real atribuido a Jesucristo».

Segundo fundamento

Pío XI continúa diciendo: «Por otra parte, ¿hay realidad más dulce y consoladora para el hombre que el pensar que Cristo reina sobre nosotros, no sólo por un derecho de naturaleza, sino además por un derecho de conquista adquirido, esto es, el derecho de redención? Ojalá los hombres olvidadizos recordasen el gran precio con que nos ha rescatado nuestro Salvador: Habéis sido rescatados… no con plata y oro corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, ofrecido como cordero sin defecto ni mancha. Ya no somos nuestros, porque Cristo nos ha comprado a precio grande. Nuestros mismos cuerpos son miembros de Cristo». Y este es el pensamiento del Papa. 

Toda creatura pertenece a Dios. El hombre se había perdido por el pecado y no tenía con qué pagar por él. Jesucristo, Verbo de Dios hecho Hombre, se encargó de pagar El mismo esta deuda con su Sangre divina. A su vez, la Santísima Trinidad le dio en recompensa todo el género humano y toda creatura y le concedió especialmente a Él, el privilegio de formar un solo cuerpo y una sola cosa con todos los hombres que se le uniesen por la gracia».

«Todo poder me ha sido dado en el Cielo y sobre la tierra» (Mt 28, 18)

¿Dio a conocer Jesucristo las intenciones de la Santísima Trinidad acerca de su poder real?

Jesucristo, con majestad enteramente divina, ante el mundo entero y ante todos los siglos, declaró:«Todo poder me ha sido dado en el Cielo y sobre la tierra» (S. Mat. 28, 18). Obsérvese que el poder del que habla le ha sido dado, luego obtuvo este poder. En segundo lugar nótese que le ha sido dado todo poder. Luego no existe en la tierra ningún poder que no sea de Cristo. El poder le ha sido dado por la Santísima Trinidad; y por consiguiente el poder de los Reyes, Príncipes y de toda autoridad constituida es Poder de Cristo. Así nos lo explica San Pablo: «Non est potestas nisi a Deo»: «No hay potestad que no venga de Dios» (Rom. 13, t).

Este es el origen del poder. Todo poder viene de Dios y no puede venir sino de Él. Todo poder ha sido confiado a Cristo; luego todo poder pasa por Cristo y de El procede.

¿Lo dicho que Jesucristo ejerce un verdadero poder sobre toda sociedad?

La respuesta a esta pregunta es totalmente afirmativa. Primeramente, como lo dice el Papa León XIII, la autoridad pertenece esencialmente como cosa propia a toda sociedad. Sin autoridad no puede existir una sociedad. Toda Sociedad se rige por la autoridad. Si se establece una relación entre estas verdades se debe concluir lo siguiente: la autoridad que se halla en una sociedad o en un país determinados proviene de Jesucristo: de Él procede y de Él depende. Luego esta autoridad es necesariamente de una naturaleza tal que debe estar sometida a Cristo. Por el hecho mismo, Jesucristo es el verdadero Rey de las Sociedades, cuya autoridad le pertenece.

El Papa Pío XI habla también de un poder legislativo, ejecutivo y judicial. ¿Cristo está revestido también de este triple poder? Por supuesto, ya que no puede comprenderse un poder que no gozase de la prerrogativa de hacer leyes, juzgar y condenar. Este triple poder es una consecuencia necesaria de la autoridad de la que Jesucristo fue revestido por Dios.

¿Puede hablarse todavía de otra razón que justifique la Realeza Social de Jesucristo?

Sí; por la naturaleza misma de toda Sociedad, y especialmente de su finalidad, vemos una nueva prueba de la Realeza Social de Jesucristo sobre todo Orden Social.

¿No es la autoridad la que establece el fin de la Sociedad?

Sin duda alguna. Reconocer que la autoridad existe en una sociedad es afirmar que esta autoridad debe conducir la sociedad hacia su fin. Este fin está determinado por la unión de las voluntades que tienden a realizarlo. El fin de una sociedad puede considerarse bajo su ángulo especial y propio. Este ángulo especial nunca podrá permitir que se pierda de vista el fin sumo y último. Si de hecho la autoridad tiene por misión el conducir la Sociedad que gobierna hacia su fin, es evidente que la autoridad que procede de Cristo -y no es inútil insistir, toda autoridad procede de El- debe tener por fin último el mismo fin de la vida y muerte de Jesucristo.

Es imposible que Jesucristo quisiera delegar a alguien una autoridad sobre la que no conservase su propia autoridad para lograr el fin de su Redención. Del mismo modo, le es imposible renunciar en lo más mínimo a la autoridad sobre los medios que debe emplear la Sociedad para alcanzar su fin, o sobre las voluntades que se han unido en Sociedad.

¿Qué característica posee la Realeza Social de Cristo?

El Papa Pío XI da la explica con los siguientes términos: «Los textos citados de la Biblia demuestran con toda evidencia que este reino es principalmente espiritual y que su objeto propio son las realidades del espíritu, conclusión lógica confirmada personalmente por la manera de obrar del Salvador. Porque juzgaron equivocadamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo judío y restablecería el reino de Israel, Cristo deshizo y refutó esta idea vanamente esperanzada. Cuando la muchedumbre, maravillada, quería proclamarle rey, Cristo rehusó este honroso título huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano declaró que su reino no era de este mundo.

Los evangelios describen este reino como un reino cuyo ingreso exige una penitencia preparatoria, ingreso que a su vez sólo es posible por medio de la fe y del bautismo, el cual, si bien es un rito externo, significa y produce la regeneración del alma. Este reino se opone solamente al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas, y exige de sus súbditos no sólo que, con el desprendimiento espiritual de las riquezas y de los bienes temporales, observen una moral pura y tengan hambre y sed de justicia, sino que exige además la abnegación de sí mismos y la aceptación de la cruz».

Cristo, como Redentor, rescató a la Iglesia con su sangre; y Cristo, como Sacerdote, se ofreció a sí mismo y se sigue ofreciendo perpetuamente como víctima por los pecados del mundo; ¿quién no ve, por tanto, que la dignidad real del Salvador participa y muestra la naturaleza de ambos oficios? Por otra parte, incurriría en un grave error el que negase a la humanidad de Cristo el poder real sobre todas y cada una de las realidades sociales y políticas del hombre, ya que Cristo como hombre ha recibido de su Padre un derecho absoluto sobre toda la creación, de tal manera que toda ella está sometida a su voluntad. Sin embargo, mientras vivió sobre la tierra, Cristo se abstuvo totalmente del ejercicio de este poder, y así como entonces despreció la propiedad y administración de los bienes humanos, así también permite y sigue permitiendo el uso de éstos a sus poseedores. Expresa bien esta permisión el conocido texto: No arrebata el reino temporal el que da el reino celestial.

Jesucristo es Rey. Todo poder le ha sido dado, incluso sobre las cosas temporales.

Explicación del carácter espiritual de la Realeza de Cristo

Es necesario recordar lo que ya se ha dicho. En razón de la unión hipostática y su acción redentora, Jesucristo posee entera autoridad sobre toda creatura. El hombre debe alcanzar su fin último por medio de Jesucristo. Él es el Camino que se debe seguir para la salvación, la Verdad que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, y la Vida que tiene por misión vivificar las almas por la gracia.

A causa de su poder supremo, Jesucristo debe obrar sobre todo hombre, de manera que sea en toda realidad para cada uno: Camino, Verdad y Vida. También a causa de este mismo poder supremo que le da autoridad sobre toda Sociedad y toda Autoridad, debe necesariamente obrar de modo tal que, por una parte ninguna autoridad terrestre le impida ni pueda impedir a nadie que Jesucristo sea Camino, Verdad y Vida; y por otra parte, que toda Autoridad o Sociedad cooperen de hecho a que Jesucristo sea para cada uno Camino, Verdad y Vida.

El carácter social y espiritual de la Realeza de Cristo se ve explicado con perfecta claridad por las consideraciones que se acaban de hacer. Jesucristo es Rey. Todo poder le ha sido dado, incluso sobre las cosas temporales. Este poder puede ejercerse de derecho tanto en el orden temporal como en el espiritual. De hecho, se limita a una intervención espiritual.

¿En qué medida interviene espiritualmente Cristo en las organizaciones sociales?

No hay límites para su poder de intervención. En derecho y de hecho, Cristo Rey debe intervenir por Sí mismo y por su Iglesia, es decir, por su enseñanza, en las constituciones fundamentales de los pueblos y países, en las organizaciones sociales y hasta en la Sociedad de las Naciones mismas. Esto debe ser así, porque es el único medio para el Divino Rey de cumplir la misión divino-terrestre que se ha impuesto y le ha confiado la Santísima Trinidad.

¿Jesucristo es Rey de todas las Naciones?

Efectivamente. Según la palabra del Profeta: Todas las naciones le han sido dadas en herencia y su imperio, o más exactamente su propiedad, se extiende hasta los confines de la Tierra.

Los homenajes públicos que deben dársele a Jesucristo Dios y Hombre, ¿proceden del carácter espiritual del que se halla revestida la Realeza de Jesucristo?

Sí; los homenajes públicos de adoración y de amor, de reconocimiento y de reparación, de petición e impetración le son debidos a Jesucristo Dios. Son impuestos a Jesucristo Hombre y a todos los hombres por Jesucristo Rey. Cristo Rey ejerce una Realeza espiritual porque es el Camino, la Verdad y la Vida. La ejerce además porque solamente El posee los medios para adorar y rendir dignamente todos sus deberes a la Santísima Trinidad.

Que el hombre cumpla estos deberes fue uno de los fines de la venida de Cristo al mundo. A su realeza le compete pues, imponer estos homenajes espirituales al hombre y a toda Sociedad, pues es el único medio tanto para el uno como para la otra de llegar a su último fin.

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