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En el libro «Meditaciones para los días de sufrimiento» el P. Hugo Estrada parte del hecho de que, muchas veces, la cruz se «aguanta» a regañadientes, y no se «acepta», como Jesús exige a sus seguidores. En reflexiones profundas, el autor expone cómo Jesús nos invita a «tomar» nuestra cruz en momentos en que parece que nos encontramos en un callejón sin salida, o cuando creemos que nos vamos a hundir en el mar embravecido de la tribulación.

En el libro «Meditaciones para los días de sufrimiento» el P. Hugo Estrada parte del hecho de que, muchas veces, la cruz se «aguanta» a regañadientes, y no se «acepta», como Jesús exige a sus seguidores. En reflexiones profundas, el autor expone cómo Jesús nos invita a «tomar» nuestra cruz en momentos en que parece que nos encontramos en un callejón sin salida, o cuando creemos que nos vamos a hundir en el mar embravecido de la tribulación.


 

¿Aguantar o llevar la Cruz?

Una de nuestras conversaciones favoritas consiste en quejarnos de nuestra situación. No perdemos oportunidad de exhibir ante todos nuestros pesares, nuestras tribulaciones. Llevamos una cruz, pero a la fuerza, no con gozo.

¿Se puede llevar «con gozo» la cruz? ¿No será masoquismo? En la sociedad en que vivimos, se nos enseña a tenerle «horror» a la cruz, a todo lo que huela a sufrimiento, a renuncia. Se hace propaganda de los mejores colchones para dormir plácidamente. De la mejor almohada. De los zapatos más suaves. Vivimos en una sociedad hedonista que busca el placer a cualquier costo. Se le tiene «horror» a la cruz, al sufrimiento, a la renuncia.

San Pablo decía que él se «gloriaba en la cruz de Cristo»” (Ga 6, 14). Gloriarse es sentirse orgulloso de algo, satisfecho. Pablo se sentía satisfecho con la cruz que Jesús le había ofrecido. Santiago dice: «Hermanos míos, ustedes deben tenerse por muy dichosos cuando se vean sometidos a pruebas de toda clase. Pues ya saben que cuando su fe es puesta a prueba, ustedes aprenden a soportar con fortaleza el sufrimiento. Pero procuren que esa fortaleza los lleve a la perfección, a la madurez plena, sin que les falte nada» (St 1, 2-3).

Tanto Pablo como Santiago habían intuido que el sufrimiento a la par de Jesús -la cruz- los fortalecía en la fe, los llevaba a una mayor maduración espiritual y los convertía en otros cristos para los demás.

 

Muy sugestivo el razonamiento que el escritor León Bloy hacía en el sufrimiento. Meditaba en que Jesús, Pontífice, es decir constructor de puentes, le estaba dando a él la oportunidad de ser también un «puente», y que, por eso mismo, medía su capacidad de resistencia como puente. Jesús nos convierte, a su lado, en otros pontífices, constructores de puentes, sacerdotes, para ayudar a otros. El puente sirve para que otros tengan acceso a un lugar. Como pueblo de sacerdotes, ayudamos a otros, como puentes, para llegar a Jesús que es el único camino hacia Dios Padre.

Cuando Jesús nos advierte que para ser su discípulo hay que llevar la cruz, nos indica una condición indispensable para llamarnos cristianos. Si aceptamos, nos convida a tomar nuestra cruz, a probarle con los hechos nuestra capacidad de «ser puentes» para otros. En el seguimiento de Jesús lo que cuenta no son las palabras, sino la práctica.

Todos, queramos o no, tenemos que llevar una cruz. Si la llevamos con gozo, sentiremos menos el peso. Si la llevamos de mala gana y a regañadientes, nos va a pesar mucho más. Lo que importa es saber llevar nuestra cruz, como Jesús nos indica.

A Gestas -el mal ladrón- la cruz que le impusieron no lo santificó, y la tuvo que llevar lo mismo. Tal vez la cruz de Gestas, materialmente, pesaba más que la de Jesús. Sin embargo, en lugar de salvarlo, sólo le sirvió para endurecerlo; ni siquiera pudo descubrir quién era el que estaba a su lado, orando al Padre por él. Lo maldijo y murió renegando.

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Como es natural, Dimas se mostró reacio a la cruz que le impusieron. Renegó y maldijo como Gestas. Cuando se vio abandonado de todos, cuando sintió que la muerte estaba por llegar, se dirigió, a Jesús como su única salida. De Jesús aprendió a tomar su cruz. Aceptó unirse al sufrimiento redentor de Jesús. A Dimas lo salvó la cruz.

Según la tradición, el Cirineo fue un cristiano distinguido en las primeras comunidades. Lógicamente se indignó cuando lo obligaron a cargar con la cruz de un reo. Cirineo descubrió quién era Jesús y se «gozó» en poderlo ayudar a llevar su cruz. La Cruz le sirvió a Cirineo para santificarse.

Cuando Santiago y Juan se acercaron a Jesús para solicitar los primeros puestos en el reino, Jesús les preguntó si se sentían preparados como para beber del mismo cáliz que a él le tocaba beber. Ellos, sin dudar, dijeron que sí. No sabían todavía lo que era una cruz.

La noche del Huerto de los Olivos, vieron aparecer la imagen de la cruz, y salieron huyendo. Más tarde, van a aprender a «tomar» la cruz; ya no le van a tener miedo. Por eso Santiago llegó a escribir que había que «sentirse muy dichosos en el sufrimiento» (St 1, 2).

Nuestra cruz sólo la podemos cargar acompañados de Jesús. Es él quien nos va abriendo camino y nos hace de Cirineo cuando ya no aguantamos.

 

La cruz tiene sentido comunitario

La cruz no se puede llevar solitariamente. Hasta Jesús necesitó de un Cirineo. Nadie puede creerse tan autosuficiente como para llevar solo la cruz. Nuestra cruz sólo la podemos cargar acompañados de Jesús. Es él quien nos va abriendo camino y nos hace de Cirineo cuando ya no aguantamos. Sin Jesús a nuestro lado, seríamos como los filósofos estoicos que se habían convertido en «levantadores» de pesas espirituales, en exhibicionistas del sufrimiento.

Jesús no sólo nos convida a acompañarlo a llevar la cruz; también nos enseña cómo debe llevarse la cruz para que sirva para nuestro bien y no para nuestra derrota. La cruz también hay que llevarla junto a los demás.

La cruz para Jesús tuvo sentido redentor. Jesús llevó su cruz para que otros pudieran ser «rescatados». Para nosotros la cruz también debe tener un sentido de rescate. Uno de los que mejor expresó este concepto fue San Pablo. El Apóstol escribió: «Completo en mi cuerpo lo que falta a los padecimientos de Cristo por su Iglesia» (Col 1, 24). Pablo estaba seguro de que sus sufrimientos servían para formar parte del tesoro del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia.

Cuando Pablo estaba en la prisión de Roma, les escribió a los filipenses asegurándoles que estaba satisfecho en la cárcel, pues había venido para que muchos perdieran el miedo de dar testimonio del Señor. Además, había logrado llevar el Evangelio a muchas personas importantes del gobierno romano con los cuales le había tocado relacionarse con motivo de su prisión. Pablo les aseguraba a los filipenses que el seguir con vida o morir lo tenía sin cuidado. Si seguía viviendo, continuaría llevando el Evangelio. Si moría, tendría una «ganancia», pues se uniría para siempre con el Señor. Por así decirlo, Pablo le había sabido «sacar jugo» a su cruz. Por eso decía: «Me glorío en la cruz de Cristo»” (Ga 6, 14).

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Hay que mirar hacia el vecino

Cuando los niños se caen, comienzan a llorar y, a toda costa, quieren que todos se enteren de la razón que se hicieron. Con nuestro dolor, somos como los niños; queremos exhibirlo en todas partes. Queremos que nos condecoren como grandes sufrientes. Otra de nuestras manías es la de ir a buscar a alguien con quién desahogarnos.

Nuestra actitud de cristianos maduros debería llevarnos a buscar inmediatamente al Señor; contarle nuestra pena. Jesús se nos mostraría en la cruz, vilipendiado, escupido, solitario, cubierto de llagas. Se nos quitarían, entonces, las ganas de andar pregonando nuestro dolor.

Los grandes santos -con sus enormes cruces- fueron muy pudorosos en lo que respecta a su sufrimiento. Optaron por el silencio. Es que antes habían hablado con Jesús y ya no necesitaban hablar con los hombres acerca de sus cruces.

 

Cuando nos invade la urgencia de ponernos a llorar en público, nos haría bien visitar algún hospital, algún manicomio, algún orfanato. Nuestra calentura, digna de una aspirina, no se puede comparar con el cáncer que está carcomiendo aquel enfermo que, en silencio, está en su lecho de dolor. Si abriéramos un poco más nuestra ventana, podríamos observar al mendigo que está escarbando en el bote de la basura para encontrar, con ilusión, lo que otros desechan. Veríamos a la familia de la vecindad que ese día no tiene nada para comer. ¡Y nosotros que nos quejamos porque carecemos de cosas superfluas! ¿Qué tal que al vecino se le ocurriera proponernos intercambio de cruces?

 

¿Cruces a la medida?

Una condición indispensable para poderse llamar discípulos de Jesús es “tomar” la propia cruz. Las más de las veces, «aguantamos» nuestra cruz, porque no queda otro remedio; porque hay que continuar avanzando. Jesús no invitó a «aguantar” la cruz, sino a «tomarla».

Todo a nuestro alrededor nos convida a no «tomar» la cruz, a rehuirla. La mentalidad del mundo es circundarnos de toda clase de placeres: buscarlos a cualquier precio. Jesús nos anticipa que antes de poder tomar la cruz, hay que «negarse a sí mismo». Negarse a sí mismo equivale a decirnos no a nosotros para poder decirle sí al Señor en lo que nos pide.

Ante nosotros se abren dos caminos: uno ancho y placentero; el otro, angosto y difícil de transitar. Jesús anticipó que el camino ancho lleva a la perdición, y que el estrecho lleva a la salvación (cfr. Mt 7, 13-14).

No es nada fácil escoger ante esa alternativa. Por lo general, nos inclinamos a ir por el camino del mundo: por el camino del confort refinado, del egoísmo, de la ley del menor esfuerzo. Cuando obramos así, le estamos diciendo no al Señor. Estamos «aguantando» la cruz. La llevamos porque no podemos arrancarla de nuestros hombros.

El que voluntariamente ha «tomado» la cruz, no la lleva a rastras, sino que ha hecho la opción de compartir con Jesús la cruz de la justicia, de la verdad, de la limpieza de vida. Ha «tomado» su cruz el que se ha decidido a ir por la «puerta estrecha», porque es la única que lleva a la salvación.

Todos sufrimos. Todos cargamos con una cruz. Sólo unos pocos la han «tomado» voluntariamente. Sólo ellos se pueden llamar verdaderamente discípulos del Señor.

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Me gustó mucho lo que leí en un libro; el autor decía que Jesús fue un carpintero y por eso había aprendido a fabricar los yugos a la medida, para que no les molestaran el cuello a los bueyes; y que cuando Jesús invitaba a llevar su «yugo» nos está asegurando que ese yugo está hecho a nuestra medida. Por el momento me pareció muy bien la idea.

Más tarde leí en otro libro, otro concepto que me pareció más ajustado a la realidad. El autor aseguraba que la cruz nunca está hecha a la medida. A Jesús no le tomaron medidas para hacerle su cruz. Le pusieron sobre su espalda unos ásperos y pesados troncos y lo obligaron a caminar.

Nuestra cruz nunca puede estar hecha a la medida. La cruz, por eso, nunca se adapta a nuestro hombro; por eso nos molesta tanto. La cruz que llevamos es siempre la que nosotros no hubiéramos escogido. Como no sabemos calcular el peso de la cruz del vecino, la juzgamos menos pesada que la nuestra. Alguna vez se nos revela la magnitud del dolor ajeno, y nos quedamos boquiabiertos, meditando en que no seríamos capaces de llevar semejante peso.

Los zapatos, se hacen a la medida. Se habla de colchones ortopédicos, que se adaptan a nuestro cuerpo. Se fabrican trajes a la medida. Jesús nos ofrece una cruz «no hecha a nuestra medida», pero que no es imposible de ser llevada. La cruz que el Señor nos ofrece es la que «podemos» llevar; él conoce muy bien nuestra capacidad de aguante y, por eso mismo, nos convida a llevar nuestra cruz, la que él nos escoge. Bien decía el poeta Arévalo Martínez: «Es que sus manos sedeñas, hacen las cuentas cabales y no mandan grandes males para las almas pequeñas». La cruz «no hecha a nuestra medida» es la que Jesús nos convida a llevar en su compañía.

 

Multitud de cruces

Las cruces se ven en todos lados. De todos los tipos, de todos los colores y tallas. Mucho sentimentalismo se amontona alrededor de la cruz. Mucho aparato. Cruces bellísimas, bien labradas, con adornos dorados; soldados romanos alrededor de la cruz: muy educados, muy limpios. Jesús cubierto con una sábana olorosa. Jesús bien afeitado. Todo lo contrario del viernes santo. La cruz de las procesiones no da miedo tomarla. Es una cruz agradable. La cruz de Jesús es la terrible cruz que doblega, que hace tropezar y caer varias veces. Esa cruz es la que la que le infundió pavor a Jesús; sudando sangre, le pidió al Padre que lo librara de ella; pero el cáliz que Dios le presentaba tuvo que beberlo todo entero.

Jesús nos invita a preguntarnos si estamos «aguantando» nuestra cruz, o si ya nos decidimos a «tomarla». Jesús dice claramente: «Si el grano de trigo no muere no puede producir fruto». La cruz «tomada» nos ayuda para que muera definitivamente nuestro hombre carnal, que nos impide ir por el camino de Jesús. La cruz bien llevada nos convierte en Cirineos: nos santifica. La cruz de Jesús -la verdadera, no la de juguete- es el test que se nos presenta para saber si, de veras, nos podemos llamar discípulos del Señor.

 

 

 

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