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En tiempos de diabólica confusión, en «que no hay paz» sino guerra, como advirtió Santa Teresa, «pues Dios falta de la tierra», solemos olvidar que la verdadera paz no puede darla el mundo, sino solo Aquél que dijo «la paz os dejo, mi paz os doy». No hay ni habrá paz verdadera sin Cristo, y, menos aún, contra Cristo, verdadero «Príncipe de la paz»: «Pax Christi in Regno Christi»[1], como enseña el Magisterio de la Iglesia, «la paz de Cristo en el Reino de Cristo».

Augusto Gurini-Byisel

La misma Santa Teresa nos recuerda: «Vino del cielo a la tierra para quitar nuestra guerra; ya comienza la pelea, su sangre está derramando».

Así pues, como este bien hay que buscarlo en el Reino de Cristo, porque «la restauración de Su Reino es el medio más eficaz para establecer la paz en todos los órdenes», el Papa Pío XI instituyó en 1925 la festividad de Cristo Rey en una memorable y actualísima encíclica, la Quas Primas, la primera de su pontificado, que todo católico bien nacido puede y debería leer, al menos en su versión digital del site del Vaticano.

 «¿Tú eres Rey?»

A la pregunta de Pilato (Io XVIII, 37) responde afirmativamente el Señor («Tú lo has dicho: Yo soy Rey»). A los alaridos de los modernos perseguidores («No queremos que Éste reine sobre nosotros», Lc XIX, 14) respondieron el Vicario de Cristo con su Autoridad y los mártires de nuestro siglo con su sangre.

Enseña la Iglesia que Cristo es Rey del Universo porque lo ha creado, porque lo ha redimido y porque lo va a Juzgar. Por naturaleza y por conquista. Reinado que se extiende sobre el mundo sobrenatural y natural.

Cristo es Rey ante todo por su divinidad, ya que el Hijo, eterno y trascendente, es la Imagen perfecta del Dios invisible, su Verbo eterno, y a su vez la base de sustentación, el vínculo de unidad y el principio arquitectónico de toda la creación. «Todo fue hecho para Él, por Él y en Él, y nada de lo que se hizo se hizo sin Él» (Io I, 3), nos dice san Juan.

Pero Cristo es también Rey por su Encarnación, como lo proclamó el arcángel Gabriel el día de la Anunciación: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará en la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin» (Lc I, 32-33).

Su reino ciertamente no es del mundo, en el sentido de que no procede del mundo ni le pertenece, pero es un reinado sobre el mundo en sentido literal y propio: su reino es principalmente espiritual, de santidad interior, opuesto al principado de Satanás, y comprende el poder de legislar, de gobernar y de juzgar tanto a los individuos como a los Estados.

Así los gobernantes deben rendir culto a Cristo Rey, y de este reconocimiento público se siguen bienes extraordinarios en el orden social y político: justa libertad, autoridad consolidada, orden tranquilo, pacífica concordia ciudadana, profunda conciencia de la verdadera fraternidad en la filiación de un Padre común.

«No queremos que Éste reine sobre nosotros»

Sin embargo, la soberbia humana imitadora de aquel primer «non serviam» («no voy a servir») de los ángeles rebeldes, resistió de hecho a lo largo de la historia al «dulce yugo del Señor de los señores», llegando en los tiempos modernos a pretender erigir esa antinatural rebeldía en derecho falsamente «humano». Y a partir del siglo XVIII, esa ilusión del naturalismo laicista de retornar a una utópica etapa precristiana de «solo naturaleza», sin la gracia, como si no se hubiera producido en la historia la Encarnación del Verbo, fue tomando ribetes cada vez más desquiciados y violentos.

Desgraciadamente la Gran Patria Hispanoamericana no consiguió librarse del vendaval revolucionario y México, primogénita de la Fe en América, cayó en manos de una tiranía anticristiana que organizó una persecución de pretensiones constitucionales, es decir habiendo fabricado artificialmente una «Constitución» totalitariamente contraria a la Fe del pueblo mexicano, con el fin de dejar a los católicos «fuera de la ley».

Se levantó la Cristiada, un movimiento católico que combatía y moría defendiendo los altares y los hogares

Para defender a México de la persecución religiosa desatada por el tirano Plutarco Elías Calles se levantó la Cristiada, un movimiento católico que combatía y moría defendiendo los altares y los hogares bajo el lema de «¡Viva Cristo Rey!» y «¡Viva la Virgen de Guadalupe!».

Juan Pablo II beatificó a los primeros mártires cristeros y, con ellos, a la Cristiada, demostrando la actualidad permanente de esta doctrina. Y el 20 de noviembre del año 2005, en el 80º aniversario de la Quas Primas, el Cardenal José Saravia Martins, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Causa de los Santos, proclamó en Guadalajara beatos a Anacleto González Flores y otros doce mártires, diez laicos y tres sacerdotes.

Es necesario que Él reine

Anacleto González Flores fue el principal de estos mártires, por su doctrina, por su genial capacidad organizativa y por su triple testimonio: en su vida, en su palabra y en su sangre. Su lucidez y coraje quedó también reflejado en sus escritos, así como su amor a la Iglesia y el santo celo por su defensa:

«Hoy debemos dar testimonio a Dios de que de veras somos católicos. Mañana será tarde, porque mañana se abrirán los labios de los valientes para maldecir a los flojos, cobardes y apáticos. Todavía es tiempo de que todos los católicos cumplan con su deber: los ricos que den limosna, los críticos que se corten la lengua, los cobardes que se despojen de su miedo y todos que se pongan de pie porque estamos frente al enemigo y debemos cooperar con todas nuestras fuerzas para alcanzar la victoria de Dios y de su Iglesia».

Tampoco dejaba de hablar claro cuando del compromiso se trataba, dejando bien claro que mucho antes de lo que algunos podrían pensar los jóvenes católicos de entreguerras tenían plena conciencia de que había llegado la frecuentemente mal entendida «hora de los laicos»:

«Nos parece que basta rezar, que basta hacer muchos actos de piedad y que basta la vida del hogar y del templo para contrarrestar la conjuración de los enemigos de Dios. Y les hemos dejado a ellos las escuelas, la prensa, el libro, la cátedra en todos los establecimientos de enseñanza; les hemos dejado todas las rutas de la vida pública y no han encontrado una oposición seria y fuerte por los caminos por donde han llevado la guerra contra Dios.

Y han logrado arrebatarnos a la niñez, a la juventud, y a las multitudes, y a todas las fuerzas vivas de la sociedad con rarísimas excepciones (…)

La guerra contra Dios se ha enconado furiosamente en la calle y en todas las vías públicas y si las paredes de nuestras iglesias han tenido que sufrir duros golpes, ha sido fundamentalmente porque la acción de los católicos se ha limitado a hacerse sentir dentro de los templos y dentro de las casas

Y tenemos necesidad urgentísima de que nuestros baluartes se alcen, dentro y fuera de nuestros templos y de nuestros hogares, para que cada corazón, cada alma, nos encuentre en la vía pública, para conservar los principios que hemos sembrado en lo íntimo de las conciencias, dentro del santuario del hogar y del templo.

Y si la guerra contra Dios se ha enconado furiosamente en la calle y en todas las vías públicas y si las paredes de nuestras iglesias han tenido que sufrir duros golpes, ha sido fundamentalmente porque la acción de los católicos se ha limitado a hacerse sentir dentro de los templos y dentro de las casas.

Urge, en lo sucesivo, que el católico rectifique esencialmente su vida en este punto y tenga entendido que hay que ser soldados de Dios en todas partes, en las iglesias, en las escuelas, en los hogares, pero sobre todo ahí donde se libran las ardientes batallas contra el mal».

La institución de la Fiesta de Cristo Rey, establecida con el fin de acelerar el retorno de la humanidad a Dios, movió al santo joven a deplorar que las fuerzas católicas no hayan conseguido organizarse lo suficiente como para conseguir el poder social y político que les corresponde, lamentando la falta de espíritu de sacrificio que lleva a las masas católicas a ser dominadas por camarillas de ideólogos «más astutos que los hijos de la luz» en esto de llegar al dominio del Estado e imponer leyes anticatólicas:

«Por eso nos encontramos reducidos a la categoría ignominiosa de mendigos despojados por la revolución, a la categoría de esclavos delante de los perseguidores de la Iglesia; por eso no acatamos la ley suprema de la vida, de la solidaridad, de la disciplina, de la cooperación, de la subordinación y de la unidad sobre todo, la manera de pensamientos, voluntades, brazos, corazones, palabras, caracteres, individuos, grupos; en pocas palabras, todo (…)

Llegará el día en que será preciso, necesario, imprescindible, que cada católico aporte su tributo de dolor, de fatiga, de desgarramiento, para alcanzar la victoria. O pagamos el precio de la victoria y logramos tenerla en nuestras manos, o nos negamos como ahora a pagar el precio total y entonces pensar que estamos condenados a llevar siempre el grillete y señal de los derrotados. La consigna en estos momentos es que los católicos deben de incorporarse al batallón sagrado de la prensa, de la enseñanza, del catecismo y del libro.

Ser soldado es no comer cuando se tiene hambre, no beber cuando se tiene sed, no dormir cuando se tiene sueño. Ser personalidad alta y fuerte es más que ser soldado. Y quien haya recibido la disciplina de la inmolación y del sacrificio, y no haya medido nunca sus manos en el crisol ardiente del dolor buscado y aceptado metódicamente, no será soldado, ni caudillo, ni siquiera remedo de carácter robusto».

La devoción a Cristo Rey estimula a recuperarlo y a superar los daños producidos por el laicismo. Los fieles tenemos en ella una fuente inagotable de energías espirituales, porque Cristo es el rey de todo el hombre: de su inteligencia, voluntad, corazón y sentidos:

«Ser joven, permanecer joven, conservar en plenitud de vigor y gallardía, y como bandera desplegada en presencia de los riesgos de la vida, la audacia santa y del bien, es parecerse intensamente a Cristo, es ser su boceto y estar muy próximo a Él. Además es preciso ser joven con la juventud de los mártires santos, todos los días y en todas partes; vivir asociado a su incansable osadía y juventud, para no ser mutilado por el naufragio de una vida que ha sido saqueada y entregada al hombre, devorada por el incendio, que arruina y que mata las fuerzas vivas de donde arranca la audacia santa de ser buenos, mártires y santos (…)

Donde surja un sistema y donde se levante una doctrina que pretendan arrebatar a la verdad la supremacía sobre las inteligencias y los corazones, deben darse los soldados del pensamiento, los luchadores de la idea, deben echarse al aire todas las banderas, relampaguear a lo largo de la batalla todas las espadas, todas las bayonetas, eliminarse todas las trincheras».

Si a alguno, le parecen duras estas palabras, -como en su tiempo a quienes abandonaron a Cristo-, vale recordar que el mismo día de la beatificación el papa Benedicto XVI invitó a seguir el ejemplo de Anacleto y de sus compañeros mártires haciendo llegar su voz con su Bendición Apostólica.

También hoy tenemos la obligación grave de procurar que nuestras sociedades rindan culto público a Cristo Rey y ajusten a los principios cristianos toda su actividad. En esto, como a Santa Teresa, también se nos va la vida: «No haya ningún cobarde, aventuremos la vida, que no hay quien mejor la guarde que el que la da por perdida. Pues Jesús es nuestra guía, y el premio de aquesta guerra; ya no durmáis, ya no durmáis, porque no hay paz en la tierra».☐


 [1] Pío XI, Ubi Arcano Dei.

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