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El testimonio de la beata mexicana Concepción Cabrera es el ejemplo de una laica valerosa que soportó grandes sufrimientos, contradicciones y luchas a lo largo de su vida. Fue testigo de la sangrienta persecución del gobierno de su tiempo a la Iglesia Católica, que dio innumerables mártires a México. En todo, podía notarse su entereza: «En buena hora que suframos y roguemos, pero también debemos adorar sus tardanzas, amar sus miras y esperar contra toda esperanza el triunfo y la paz que nos dará sin duda. México no perderá la fe mientras tenga a María».


El P. Javier Olivera Ravasi, la describe de la siguiente manera: «Concepción Cabrera de Armida, Conchita, como la llamaban sus familiares y amigos. Fue una mujer laica, que vivió con sencillez y alegría su noviazgo y su matrimonio, fue madre de nueve hijos, viuda y cultivó sus amistades en un marco de total normalidad en su época. Pero que en las profundidades de su alma llevaba una vida apostólica increíble, imitando heroicamente e identificándose con Cristo Crucificado, Sacerdote y Víctima. Fue beatificada el 4 de mayo del 2019, en la Ciudad de México».

Las acciones y el testimonio de Conchita fueron plasmados en su Diario personal, no cualquier Diario, sino un «Diario espiritual que relata principalmente las relaciones íntimas de un alma con Dios, consignadas con fidelidad durante más de cuarenta años» así lo expresa la obra póstuma del gran teólogo espiritual M.M. Philipon, O.P., a la que tituló sencillamente: CONCHITA, Diario Espiritual de una Madre de Familia. Se trata de la visión de un teólogo acerca del alma y la doctrina de la Beata Concepción Cabrera de Armida.

«Mucho le pedí a mi Jesús que me ayudara a ser una buena esposa que hiciera feliz al hombre que iba a darme por compañero» relata en su diario Concepción, sobre el día de su boda. 

Su vida de oración se veía impregnada en sus acciones y siempre buscaba un tiempo para Dios: «Por las tardes, al oscurecer, me iba a la iglesia de San Juan de Dios y allí cerquita del sagrario desahogaba mi pecho cerca de Jesús; le ofrecía a mis niños, a mi marido y a mis criados, pidiéndole luz y tino para saber cumplir mis deberes». 

En otro momento de su vida manifestó: «Muchas otras cruces me ha puesto Jesús sobre los hombros que sólo con la ayuda divina puedo soportarlas con paciencia… Vi muy de cerca la muerte y tuve que practicar de veras y de lo más íntimo del alma el abandono total en los brazos de Dios y el desprendimiento de mis hijos, madre, esposo, que siempre a la naturaleza le cuesta bastante. Tuve mucha paz esperando a cada instante verme en la presencia de Dios: a veces venía a turbarme el miedo a su juicio y una noche arrojándome en sus brazos le dije: Señor, tengo miedo. No temas, me contestó, tranquilízate, y, como estas palabras obran, desde ese momento sentí un sosiego de alma como de ilimitada confianza y la seguridad de que no me iba a morir».

Les encargo que pasen su fe con enseñanzas y ejemplos a sus hijos, no escatimando sacrificios para educarlos cristianamente

Testamento de una madre

Conchita con frecuencia se enfermaba. En una ocasión en que sintió más inminente el peligro dirigió a sus hijos una carta admirable, testamento de una madre y de una santa: «Si me muero, si ya Dios quiere llevarme, les recomiendo a todos sigan siendo cristianos valerosos y de fe, sin respetos humanos y practicando fidelísimamente las enseñanzas de la Iglesia, orgullosos de pertenecerle. Cuidando cumplir sus preceptos, siendo además generosos con Jesús que tanto nos ama, a quien tanto le deben y que quiere salvarlos. Les encargo que pasen su fe con enseñanzas y ejemplos a sus hijos, no escatimando sacrificios para educarlos cristianamente teniendo especial cuidado en formar sus almas y en que se eduquen en la religión. Les recomiendo la unión, la unión, la unión…» (carta junio 28, 1928). 

 

México: una terrible persecución

México atravesó por una época de mutación decisiva de la que Conchita fue testigo, dejando esbozos de lo acontecido en su diario espiritual. En 1914 la revolución social toma un tinte antirreligioso que inquieta su alma de «hija de la Iglesia».

Se desata la persecución, pero Conchita no pierde la fe. Ella escribe en su diario: «Agosto 17. Las cosas están cada vez peor. Blasfemias horribles. Los atropellos, muertes, allanamiento de moradas y fusilamientos están a la orden del día. Se han arrebatado muchachas, da miedo salir. Se deja venir una hecatombe contra el clero. Se ha expulsado a los religiosos, se confiscarán los bienes de la Iglesia, préstamos forzosos y mil cosas que lamentar. Persecución contra el Clero. Mil abusos y la guerra al Clero en todo su esplendor. ¡Oh Dios mío, Dios de mi corazón! En Ti hemos puesto nuestra esperanza, no seremos confundidos. ¡Pobre México! Está recibiendo el azote de Dios y ojalá nos sepamos aprovechar».

El 26 de mayo Conchita manifiesta en carta a una amiga: «Ya tenemos muchos mártires en México que están haciendo favores. Bendito sea Dios, y Él sabe su cuento. Hay que adorar sus designios. ¿Para qué andar confiando en este o aquel medio?… Para Dios todos son medios y cuántas veces se complace en hacer las cosas contra todos los medios humanos, para que resplandezca más su gloria. En buena hora que suframos y roguemos, pero también debemos adorar sus tardanzas, amar sus miras y esperar contra toda esperanza el triunfo y la paz que nos dará sin duda. México no perderá la fe mientras tenga a María».

 

Conchita pasó por el mundo con sencillez y alegría entre los suyos, entregada totalmente a Dios

 

Vida Penitente

La lucha contra el pecado está en el corazón de la doctrina de la Cruz como del Evangelio. Concepción, escribe en su diario esta inspiración que el Señor le ha manifestado con vigor: «Es la penitencia una gran virtud y el espíritu de penitencia es don gratuito que Dios da a quien le place. Su influencia es universal, no solamente para liberar al hombre del pecado sino para facilitarle la práctica de todas las virtudes: A ti desde muy niña te fue dado. La penitencia es la muralla que protege la castidad. La penitencia desarma la justicia de Dios y la convierte en gracias: ella purifica a las almas, apaga el fuego del Purgatorio y en el cielo tiene un premio muy subido. La penitencia redime los pecados propios y ajenos. La penitencia es hermana de la mortificación y ambas caminan siempre unidas y de la mano. La penitencia ayuda al alma a elevarse de la tierra. La penitencia es la cooperación a la redención del mundo. La penitencia humilla al hombre y le infiltra el sentimiento íntimo de su bajeza y miseria. La penitencia lo eleva de la tierra haciéndole gustar delicias desconocidas y puras. Pero esta penitencia debe ser hija de la obediencia y existir en el alma, oculta a todas las miradas humanas» (Diario T. 6, p. 201-202, septiembre 24, 1895).

Concepción Cabrera realizó todas las vocaciones de la mujer: novia, esposa, madre, viuda, abuela, bisabuela y aún por indulto especial de Pío X, sin abandonar nunca su ámbito familiar, murió canónicamente religiosa, entre los brazos de sus hijos.  

Conchita pasó por el mundo con sencillez y alegría entre los suyos, entregada totalmente a Dios, en el secreto de su alma habitada por el Espíritu Santo vivió una intensa irradiación apostólica con amplios horizontes de Iglesia, es creadora de un nuevo tipo de santidad accesible a todos.

 

Fuente: Philipon, M, Conchita. Diario Espiritual de una Madre de Familia

 

 

Raquel Almada

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

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