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La guerra que nos hace el demonio no tiene más objeto que haceros abandonar la oración.

Con cuánta frecuencia nos ha pasado que intentamos rezar, pero ¡saz! viene una distracción luego otra y otra…y así vagan por nuestros pensamientos: las cuentas que debo pagar, las actividades que debo realizar, las compras, la comida, etc. Luego cuando termina la hora de la oración, me doy cuenta que no pude recogerme y me dejé llevar por las distracciones. ¿Será que vienen del demonio o son producto de mi debilidad? En este artículo señalaremos las distracciones, la tibieza de la voluntad, la vaguedad en los propósitos, las ilusiones y las indisposiciones naturales.

Dom Vital Lehodey


La guerra que nos hace el demonio no tiene más objeto que hacernos abandonar la oración.

Las distracciones

Las hay que vienen del demonio. La oración es el gran campo de batalla. «La guerra que nos hace el demonio – dice el santo abad Nilo –  no tiene más objeto que haceros abandonar la oración, la cual para él es tan insoportable y odiosa como para nosotros saludable». Permitirá que nos demos al ayuno, a la mortificación, a todo aquello que puede halagar nuestro orgullo, pero no puede sufrir la oración, en que el alma glorifica a Dios, humillándose y transformándose.

De ahí que procure extraviar nuestros pensamientos y afectos, fatigándonos con mil recuerdos frívolos e imágenes peligrosas, o quizá malas, agobiándonos con penosas tentaciones, en una palabra, turbándonos y agitándonos; y, tras esto, procura persuadirnos que no tenemos aptitud para la oración, que perdemos el tiempo, que ofendemos a Dios y que valdría más omitirla que hacerla tan mal. Pero ¡ay de nosotros, si nos dejamos engañar! ; cortado el riquísimo venero de las gracias, nuestra alma podría agostarse y morir.

Muchas distracciones vienen de nosotros mismos

Distracciones de ligereza. — Si yo doy toda la libertad posible a mis ojos para ver, a mi lengua para hablar y a mis oídos para escuchar, ¿cuántas distracciones no entrarán, como por otras tantas puertas francas, por sentidos tan mal guardados? ¿Cómo será posible domar la imaginación cuando oramos, si en cualquier otra ocasión se cede a sus fantasías? Si tenemos la desgraciada costumbre de dejar la memoria flotante a merced de sus recuerdos y al espíritu volar como loca mariposa adonde lo lleven sus caprichos, ¿cómo será posible estar así constantemente disipados y recogernos después súbitamente en la oración? En ella recogeremos las distracciones sembradas durante todo el día.

Distracciones de pasión. – El corazón arrastra al espíritu, y nuestros pensamientos van de por sí adonde están nuestras aficiones, antipatías y pasiones. Entre los ímpetus de cólera, de envidia, de animosidad o de cualquier afecto desordenado, el alma no es dueña de sí misma, azotada como está, cual débil barquilla, en mar procelosa.

Distracciones de empleos. – Los estudios, los cargos, el trabajo, sobre todo si nos entregamos a ellos sin medida y con pasión, suelen venir a asediarnos en la calma y reposo de la oración, a veces con una vivacidad y lucidez que no sentimos en el ruido de las ocupaciones.

Distracciones de debilidad. – Es costoso cautivar por largo tiempo el espíritu; las verdades de la fe son sobrenaturales, exigen mil sacrificios, y ofrecen a las veces muy poca suavidad; se necesitaría entonces para doblegar el pensamiento una voluntad muy firme de agradar a Dios y de adelantar en la perfección, y ¡ay, la pobre alma es tan débil…!

¡Ay de nosotros, si nos dejamos engañar! ; cortado el riquísimo venero de las gracias, nuestra alma podría agostarse y morir.

Cualquiera que sea el origen de la distracción, será culpable si la acepto libremente o si la he consentido en su causa; no culpable, si no he puesto la ocasión, y si, al propio tiempo, cuando me doy cuenta de que mi espíritu se desvía, me esfuerzo en recogerlo.

Debo, pues, por encima de todo, trabajar con verdadero empeño por suprimir la causa de las distracciones, refrenar la imaginación y la memoria, regular según Dios las afecciones, dejar a la entrada del claustro los pensamientos de empleos y negocios, etc.

Obrando así, por voluntarias que en principio hayan sido las distracciones, dejan de imputárseme desde el momento en que las retracto.

En cuanto a las distracciones actualmente advertidas, el único remedio es combatirlas. Tres cosas será bueno hacer:

1° Humillarnos delante de Dios; la humildad es remedio para todos los males.

Traer suavemente el espíritu a Dios y a la oración mil veces si es preciso, despreciando en general la tentación o invocando a Dios con fervor, pero sin turbación ni inquietud; si nos turbamos, removido el fondo del alma, no hacemos más que levantar fango; fuera de que, aun cuando hayamos pasado toda la oración rechazando distracciones, habremos agradado a Dios, como Abraham cuando espantaba las aves de su sacrificio (Gen., XV, 11).

3° No exponemos a nuevas divagaciones examinando minuciosamente de dónde nos han venido las distracciones y si hemos consentido en ellas.

Toda distracción bien combatida, lejos de perjudicarnos, aumenta nuestros méritos y apresura nuestro adelantamiento; ¡de cuántos actos de humildad, de paciencia y de resignación son causa! Con cada esfuerzo que hacemos para tornar a Dios, le damos la preferencia sobre los objetos que solicitan nuestro pensamiento, triunfamos del demonio y merecemos para el cielo.

Indisposiciones Naturales

Algunas veces, dice San Francisco de Sales (Vida devota, 4.a parte, cap. XV.)  “los tedios, esterilidades y sequedades provienen del malestar o de la indisposición corporal, como sucede cuando por los excesivos ayunos, vigilias y trabajos nos encontramos agobiados por el cansancio, el adormecimiento, la pesadez y otros achaques, que, aunque dependen del cuerpo, no dejan de incomodar al espíritu, a causa de la estrecha unión que ambos tienen… El remedio en estos casos es fortalecer el cuerpo”.

Los Santos, sin embargo, han buscado en las austeridades el fervor y las alegrías de la oración. Lejos de atender al demonio “que se convierte en médico…alega la flaqueza del temperamento y agranda las enfermedades producidas por las observancias” (Hugo de San Víctor, De Claustr., lib. I, cap. II.,) debemos amar nuestras austeridades como voluntad de Dios que son, y guardar nuestras reglas con nimio cuidado, considerándolas como nuestro mejor patrimonio. Pero puesto que la indiscreción en la penitencia perjudica a la contemplación, si sentimos el cuerpo falto de fuerzas y el espíritu sin vida, descubramos nuestro estado a los superiores, y hagamos lo que nos dijeren.  En cuanto a las mortificaciones espontáneas, sometámoslas también a su parecer y procuremos que no lleguen a desmoronar la salud, abatir el vigor del espíritu y colmarnos de fatiga y sueño, sin pensamiento ni vida para la oración.

Las austeridades voluntarias tienen su mérito, pero la oración es tesoro más deseable. Conservemos fuerzas suficientes para entregarnos a las duras labores de una vida de oración. La contemplación es nuestro objeto principal.

La falta de devoción del corazón y de resoluciones vigorosas

No hablamos ahora de las sequedades, sino de la tibieza de la voluntad, de la pereza espiritual en la oración.
Cuesta mucho ambientar al alma en la cuádruple pureza de que hemos hablado y que tan bien dice con la vida de oración. Y guardar las reglas del silencio, del recogimiento y de las lecturas serias. Y afincar el espíritu en Dios a pesar de las distracciones que nos acosan. Y perseverar en afectos santos, en medio de las sequedades, y exprimir actos y demandas vigorosos de un corazón desolado. Y, en fin, someterse a la voluntad de Dios, y tomar una resolución que lleve el remedio a la raíz del mal. He ahí por qué se querría y no se quiere. La negligencia de la vida se ha trocado en disipación del espíritu, enervamiento de la voluntad y tibieza del corazón. Formados unos cuantos afectos sin convicción y sin alma, con propósitos vagos que no se dirigen a curar mal alguno ni a practicar ninguna virtud, se tiene prisa en salir de la oración y engolfarse en las ocupaciones dando así al olvido los propósitos apenas formulados.

¿esto es orar?¡Ay, cuántas oraciones como ésta se necesitarían para convertir un alma! Mejor dicho, cuantas más oraciones de ésas se hacen, más de prisa se cae en la tibieza. La pereza esteriliza la piedad y convierte en peligrosísimo veneno el remedio más excelente.
   Las personas que así vivan necesitan muy mucho sacudir su entorpecimiento y dar a su oración y a sus obras más vigor, más actividad, más alma y más vida. Ante todo y sobre todo, que oren, que oren sin cesar, que pidan a gritos la devoción, que de por sí nadie tiene; porque es Dios quien hace “religioso a quien le place, y, si tal hubiese sido su voluntad, nada le hubiera costado convertir a los samaritanos de indevotos en devotos” San Ambrosio, en Luc; IX. Él escuchará con agrado una petición tan de su gusto. Pero estas almas deben además cooperar a la acción divina, no descuidando, con la gracia del Señor, medio alguno de los que se requieren para prepararse a orar y para orar debidamente. Es también especialmente necesario comprender a fondo cuánto vale la devoción, medir bien la desgracia de su negligencia y despertar el fervor dormido con el temor, la esperanza y el amor.

Los Caminos de la Oración Mental

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