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«Yo te saludo, oh Cruz, sola esperanza: exaltada con triunfos tan gloriosos, acrecienta tu gracia a los piadosos y el perdón de su culpa al reo alcanza».

Constantino, en el momento de emprender la lucha contra su enemigo Majencio, invocó al Dios de los cristianos, «Confío en Cristo en quien cree mi madre Elena» y en pleno día, el mismo emperador y sus soldados vieron en el cielo, debajo del sol poniente, una gran cruz luminosa con las siguientes palabras: «In hoc signo vinces» (con este signo vencerás). Efectivamente, el vaticinio se cumplió y el emperador romano se convirtió al cristianismo y permitió su difusión por todo el orbe.

Corría el año 312 y cuenta Eusebio de Cesarea, el biógrafo de Constantino, que en la víspera del combate, el emperador tuvo una premonición en sueños, en la que Cristo le ofreció el lábaro o estandarte (en latín, labarum) con el que había de triunfar de sus enemigos; ordenándole que haga un estandarte igual, según la cruz que había visto. Inmediatamente Constantino le obedeció y puso frente a sus ejércitos el estandarte con las iniciales griegas de Cristo, la Xi y la Ro, puestas en forma de cruz griega atravesadas por una espada. Todos sus soldados llevaron sobre el pecho el monograma cristiano y avanzaron contra el enemigo que acampaba en Puente Milvio, derrotándolo por completo a pesar de la superioridad de Majencio.

«Por este signo saludable, emblema del verdadero valor, he librado a vuestra ciudad del yugo de la tiranía, y he restablecido el Senado, el pueblo y su antiguo resplandor».

Este triunfo representó la definitiva victoria de los cristianos sobre los paganos y en su conmemoración, el Senado Romano mandó elevar una estatua de Constantino, donde se lo representa con una larga cruz en la mano, y esta inscripción: «Por este signo saludable, emblema del verdadero valor, he librado a vuestra ciudad del yugo de la tiranía, y he restablecido el Senado, el pueblo y su antiguo resplandor».

Ya afirmado en el poder, Constantino, nombró a su madre, Santa Elena, como emperatriz y le concedió permiso para ir de peregrinación a Tierra Santa y construir imponentes basílicas en los lugares más importantes de la vida mortal de Nuestro Señor Jesucristo. Es así, como en el año 327, Elena, a pesar de contar con ochenta años, se dirige a Jerusalén como peregrina.

 

La invención o hallazgo de la Santa Cruz

Cuenta la tradición que la emperatriz Elena, ya en Jerusalén, se acongoja porque aún no se ha encontrado la más importante de las reliquias: la Santa Cruz.

San Ambrosio nos la describe con gran viveza, caminando entre las ruinas de los templos romanos acompañada de soldados y obreros. Y preguntándose: He aquí el lugar de la batalla: ¿pero dónde está el trofeo de la victoria? ¿Yo estoy en un trono y la cruz del Señor enterrada en el polvo? ¿Yo estoy rodeada de oro y el triunfo de Cristo entre las ruinas? (…). Veo que has hecho todo lo posible, diablo, para que fuese sepultada la espada que te ha reducido a la nada.

Entonces, consultando a un judío llamado Judas (que posteriormente sería el obispo Ciriaco de Jerusalén), en qué lugar estaba escondida la Vera Cruz, este reveló que la misma se encontraba en una cisterna debajo del templo de Venus, mandado construir por el emperador Adriano sobre el Gólgota y que estaba en proceso de desmantelamiento por orden de Constantino para construir, en su lugar, la basílica del Santo Sepulcro.

Se había hallado la Santa Cruz, en la cual Nuestro Señor Jesucristo ofrendó su vida por nosotros.

Así, la emperatriz mandó excavar y salieron a la luz tres cruces. ¿Cómo poder distinguir la Vera Cruz de las otras dos?  

Justo en ese momento pasaba un cortejo fúnebre. Mandaron poner el cuerpo sobre cada una de las cruces y, en contacto con la tercera, el muerto resucitó. Se había hallado la Santa Cruz, en la cual Nuestro Señor Jesucristo ofrendó su vida por nosotros.

La emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el lugar del hallazgo un fastuoso templo, la llamada Basílica del Santo Sepulcro, en la que guardaron la reliquia. Mucho después, en el año 614, el rey persa Cosroes II tomó Jerusalén y, tras la victoria, se llevó la Vera Cruz y la puso bajo los pies de su trono, como símbolo de su desprecio a la religión de los cristianos.

Tras quince años de luchas, el emperador bizantino Heraclio lo venció definitivamente en el año 628. Poco después, en una ceremonia celebrada el 14 de septiembre de ese año, la Vera Cruz regresó a Jerusalén, llevada en persona por el emperador a través de la ciudad procesionalmente. Dice la leyenda que cuando el emperador, vestido con gran magnificencia, quiso cargar con la reliquia, fue incapaz de hacerlo, no siéndole posible hasta que no se despojó de todas las galas a imitación de la pobreza y la humildad de Cristo.


Dos fechas de conmemoración

Por varios siglos se ha celebrado en Jerusalén y muchos pueblos del mundo el 3 de mayo como la fiesta de la invención o hallazgo de la Santa Cruz. En toda la Iglesia Católica la celebración litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz se festeja el 14 de septiembre.

Kurusu ára

En Paraguay, la Fiesta de la Cruz se celebra el 3 de mayo (Kurusu ára), con un estilo muy particular. Las familias en ese día preparan un altar de hojas de laurel en torno a la cruz principal. Este altar se adorna, no con guirnaldas, ni con flores, sino con las deliciosas chipas. También collares de maní cuelgan de las ramas bien enredadas, emulando rosarios, con chipas en formas de cruces y algunos caramelos; a esta cruz adornada se la conoce como «kurusu jegua».

Frente a esta cruz se organizan oraciones y los estacioneros nuevamente dirigen sus cantos a ella. Otra costumbre muy piadosa es visitar los cementerios, para cambiar los paños de las cruces de los seres queridos que ya partieron y rezar por su descanso eterno.

El himno a la cruz «Vexilla Regis»

Para tributar honra y piedad, ante el mayor signo donde Dios nos ha dado la máxima prueba de su amor y de la cual nos vino la redención, podemos rezar el himno de Vexilla Regis, escrito por el Obispo Venancio Honorio Clemenciano Fortunato (siglo VI). El cual es, de entre los himnos litúrgicos, el más significativo y más antiguo, con el que se extendió la devoción a la Santa Cruz. La Iglesia concede a todos los fieles que la recen devotamente, indulgencia parcial (cada vez que la recen) e indulgencia plenaria si se lo hace durante un mes y se cumplen las demás condiciones (confesión, comunión y oración por las intenciones del Papa).

Esta es la versión en español:

Del Rey del cielo ondea el estandarte,
de la Cruz el misterio resplandece;
de la vida el Autor muerte padece
y con su muerte vida nos reparte.

Al impulso violento de un soldado,
herido con la lanza cruelmente
sangre y agua manó de su costado.

Ya cumplida se ve la profecía,
que en dulce verso, fiel David cantaba
cuando a los pueblos todos anunciaba
que Dios desde un madero reinaría.

¡Árbol el más brillante y más hermoso,
con la divina sangre ennoblecido,
de tronco digno y fértil escogido

para tocar el cuerpo más precioso!

¡Feliz! pues en tus brazos enclavado,
de los siglos está el Omnipotente;
balanza en que el rescate está pendiente
que quitó a los abismos lo robado.

Yo te saludo, oh Cruz, sola esperanza:
exaltada con triunfos tan gloriosos,
acrecienta tu gracia a los piadosos
y el perdón de su culpa al reo alcanza.

¡Oh Trinidad, de vida clara fuente!
ríndate todo espíritu honor y gloria;
y a los que por la Cruz das la victoria
dirígelos a Dios eternamente. Amén

Hna. Claudia Ortiz

Hna. Claudia Ortiz

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. Hizo estudios de Economía y es licenciada en Historia. Tengo un gran interés por la apología histórica, con la que se desentraña la verdad de la Providencia Divina en los aconteceres humanos.

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Hna. Claudia Ortiz

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. Hizo estudios de Economía y es licenciada en Historia. Tengo un gran interés por la apología histórica, con la que se desentraña la verdad de la Providencia Divina en los aconteceres humanos.