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San Pío X, con lucidez de Papa y de Santo, indica ante todo «el deseo de Jesucristo» de unirse a los fieles con frecuencia en ese abrazo inefable de la comunión eucarística.

«Jesucristo y su Iglesia desean que todos los fieles cristianos se acerquen diariamente al Sagrado Convite, principalmente para que unidos con Dios por medio del sacramento en él tomen fuerzas para refrenar las pasiones, purificarse de las culpas leves cotidianas, e impedir los pecados graves a que está expuesta la debilidad humana» refiere Pío X en el Decreto Sancta Tridentina Synodus del 20 de octubre de 1905, un documento con el que se habilita la comunión frecuente «a todos los fieles de cualquier orden y condición».

El Padre José María Iraburu hace esta excelente reflexión sobre el Decreto Sancta Tridentina Synodus de S.S. Pío X, a quien la Iglesia lo recuerda el 21 de agosto.

La tendencia a demorar mucho las comuniones eucarísticas se acentuó aún más, hasta el error, con el jansenismo. Por eso, sin duda, uno de los actos más valiosos realizados por el Magisterio pontificio en la historia de la Iglesia es el decreto de San Pío X Sacra Tridentina Synodus (20-XII-1905).

–San Pío X recomienda en él la comunión frecuente y aun diaria, bajo determinadas condiciones, unificando así antiguas y venerables tradiciones, aunque nunca unánimes y universales, y saliendo en contra al mismo tiempo en contra del rigorismo jansenista.

Resumen del decreto:

«El deseo de Jesucristo y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado convite se cifra principalmente en que los fieles, unidos con Dios por medio del sacramento, tomen de ahí fuerza para reprimir la concupiscencia, para borrar las culpas leves que diariamente ocurren, y para precaver los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta; pero no principalmente para mirar por el honor y reverencia del Señor, ni para que ello sea paga o premio de las virtudes de quienes comulgan. De ahí que el santo Concilio de Trento llama a la eucaristía “antídoto con que nos libramos de las culpas cotidianas y nos preservamos de los pecados mortales”». Según esto:

«1. La comunión frecuente y cotidiana… esté permitida a todos los fieles de Cristo de cualquier orden y condición, de suerte que a nadie se le puede impedir, con tal que esté en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa con recta y piadosa intención.

«2. La recta intención consiste en que quien se acerca a la sagrada mesa no lo haga por rutina, por vanidad o por respetos humanos, sino para cumplir la voluntad de Dios, unirse más estrechamente con Él por la caridad, y remediar las propias flaquezas y defectos con esa divina medicina.

«3. Aun cuando conviene sobremanera que quienes reciben frecuente y hasta diariamente la comunión estén libres de pecados veniales, por lo menos de los plenamente deliberados, y del apego a ellos, basta sin embargo que no tengan culpas mortales, con propósito de no pecar más en adelante…

«4. Ha de procurarse que a la sagrada comunión preceda una diligente preparación y le siga la conveniente acción de gracias, según las fuerzas, condición y deberes de cada uno.

«5. Debe pedirse consejo al confesor. Procuren, sin embargo, los confesores no apartar a nadie de la comunión frecuente o cotidiana, con tal que se halle en estado de gracia y se acerque con rectitud de intención» (Denz 3375-3383).

San Pío X, con lucidez de Papa y de Santo, indica ante todo «el deseo de Jesucristo» de unirse a los fieles con frecuencia en ese abrazo inefable de la comunión eucarística… Eso es lo más importante… ¿Cómo no salir a su encuentro para consumar frecuentemente esa perfecta unión eucarística deseada por nuestro Señor y Salvador?

1 y 2.– Basta el estado de gracia y la recta intención para comulgar con frecuencia. La recta intención, descrita por el Papa con precisión, excluye la rutina, la vanidad, los respetos humanos.

3.– Esta condición tercera muy frecuentemente es ignorada y es desobedecida. Ignorada porque no se predica, y desobedecida porque entre los que comulgan con frecuencia muchos no están «libres de pecados veniales, por lo menos de los plenamente deliberados, y del apego a ellos». Es decir, son comulgantes que se acogen a un permiso dado por el Papa sin cumplir, y sin tener siquiera intención de cumplir, una condición que él indica como «sobremanera conveniente». Obraban bien –y obran bien– aquellos confesores y directores espirituales que no autorizaban o aconsejaban la comunión frecuente a los fieles en los que veían apegos desordenados no combatidos, sino admitidos con clara y habitual conciencia; costumbres malas –aunque no se trate de materias graves– auto-consentidas sin combate espiritual suficiente; es decir, a los fieles en los que no hay ciertamente una voluntad real de ir adelante en el camino de la santidad. A esta exigencia 3ª, propia del amor verdadero al Señor, enseñada por el Papa, añadía él mismo esta consideración: aunque «basta sin embargo que no tengan culpas mortales, con propósito de no pecar más en adelante». Con propósito de no pecar más adelante… ¿Existe ese propósito? El comulgante y su consejero espiritual deberán discernirlo.

4.– También este requisito es muy frecuentemente omitido: tanto la preparación para la comunión como la acción de gracias en no pocos casos son prácticamente inexistentes.

5.- La exigencia del «consejo del confesor» es una condición hoy prácticamente inaplicable, y no sólo por la grave falta de sacerdotes confesores, sino porque la mayoría de éstos –quizá– ignoran las condiciones señaladas en la Sacra Trydentina Synodus para hacer recomendable la comunión frecuente.

Ha sido causa de inmensos beneficios para el pueblo cristiano esa recomendación de la comunión frecuente

Según este análisis somero, puede estimarse que el Decreto de San Pío X ha tenido un doble efecto –como ocurre con todas las normas de la Iglesia, cuando no se aplican bien, según su letra y su espíritu–. Ha tenido efectos positivos y otros negativos. Ha sido causa de inmensos beneficios para el pueblo cristiano esa recomendación de la comunión frecuente. Pero también ha sido ocasión de innumerables abusos; pérdida de veneración por la comunión eucarística; comuniones masivas en las comunidades cristianas –por ejemplo, con ocasión de bodas o primeras comuniones–, en las que quizá muchos de los comulgantes no están en gracia de Dios, y probablemente no se han acercado al sacramento de la penitencia durante años.

San Pablo habla claramente sobrela posibilidad de comuniones indignas: «Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación. Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles, y muchos muertos» (1Cor 11,27-29). Atribuye el Apóstol los peores males de la comunidad cristiana de Corinto a un uso abusivo de la comunión eucarística… Esto ha de llevarnos hoy a considerar de nuevo con toda atención el tema de la disposición espiritual que es conveniente para la comunión, y especialmente para la comunión frecuente.

La Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días

Parece claro que en la grave cuestión de la comunión frecuente, la tentación más grave de error es hoy la actitud laxista, y no el rigorismo jansenista, siendo una y otro graves errores. Pero en todo caso, entre ambos extremos de error, la doctrina de la Iglesia católica, tal como está expresada en el decreto de San Pío X, permanece vigente. Hoy «la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo 1389). Y lo recomienda, insisto, según las condiciones sabiamente enseñadas por el santo Papa Pío X.

La oración en silencio después de comulgar

La práctica devocional de la Iglesia ha dado siempre una importancia muy notable al tiempo de oración después de la comunión. Muchos santos ha recibido gracias muy especiales, a veces decisivas para su vida, en la oración posterior a la comunión. Santa Teresa de Jesús, concretamente, con gran frecuencia recibe en la comunión las gracias más notables de las que refiere: «Me dio el Señor hoy, acabando de comulgar»…,  «Habiendo un día comulgado…». Y ya hemos visto cómo San Pío X recomendaba esa «conveniente acción de gracias» posterior a la comunión eucarística, por ser un momento muy especial de gracia. Por eso es aconsejable realizarla fielmente, bien sea en el silencio inmediato a la comunión, que a veces se hace demasiado brevemente,  o bien quedándose un rato en la iglesia después de finalizada la misa.

Es lo que la Iglesia recomienda. Para que los fieles «puedan perseverar más fácilmente en esta acción de gracias, que de modo eminente se tributa a Dios en la misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la sagrada comunión que permanezcan algún tiempo en oración» (Instruc. 1967,  Eucharisticum mysterium 38).


Extracto de La comunión, frecuencia conveniente y efectos del Padre Iraburo.

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