«¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!» Pero, ¿cuál es el verdadero significado de este mensaje?

Angel del senor

Al escuchar la palabra «penitencia», lo primero que tal vez nos viene a la mente son las Avemarías de nuestras confesiones y las privaciones voluntarias de nuestra Cuaresma. Los católicos de otros tiempos eran ciertamente más conscientes del significado de esta palabra: tenían los Templos, un estricto ayuno durante la Cuaresma y, contrariamente a las complacencias que tantas veces nos permitimos, se abstenían fielmente de comer carne todos los viernes. «Penitencia, penitencia, penitencia», exclamó con voz fuerte: porque nunca necesitamos tanto y porque nunca hicimos tan poco.

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El aviso del ángel de Fátima predijo precisamente el ambiente general de relajación en el que nos encontramos.

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Pero, ¿cuál es el verdadero significado de estas palabras, de las que están llenas la Sagrada Escritura? ¿Qué quería Nuestro Señor de sus discípulos cuando predicaba: «Haced penitencia, porque el reino de los cielos se ha acercado» ( Mt 4,17)?

Santo Tomás de Aquino nos recuerda que la penitencia es ante todo una virtud (STh III 85,1): «Hacer penitencia es afligirse por algo hecho con anterioridad. [Ahora…] el dolor o la tristeza se pueden considerar de dos maneras. 
Primero, porque es una pasión del apetito sensitivo. Y en este sentido, la penitencia no es una virtud, sino una pasión
Segundo, mientras sea un acto de la voluntad. En este caso, implica una cierta elección. Y si esto se hace con rectitud, presupone que es un acto de virtud. Aristóteles dice que la virtud es “el hábito de elegir según la recta razón». 

Pertenece, sin embargo, a la recta razón el dar de lo que se debe dar.. Y esto sucede en la penitencia […]. Porque el penitente toma dolor moderado de los pecados pasados, con la intención de quitarlos. De donde se sigue que es claro que la penitencia […] es una virtud o acto de virtud. 

Hay, pues, penitencias y penitencias, arrepentimientos y arrepentimientos. Lo que es importante entender es que el simple acto de sentir remordimiento por algo cometido no conduce necesariamente al arrepentimiento que Cristo pidió en el Evangelio. Prueba de ello fue Judas Iscariote: realmente se «arrepintió» de haber vendido a Nuestro Señor por treinta piezas de plata. Pero he aquí la pregunta decisiva, ¿qué hiciste con ese remordimiento que sentiste? Se dejó aterrorizar por él, consideró que no había perdón para él, se desesperó y (según la tradición) terminó condenándose a sí mismo. San Pedro, en cambio, aunque estaba dolido por haber negado tres veces a Nuestro Señor, no estaba enojado por ello. La traición afectó sus emociones, sí, pero no le quitó la razón.

Nosotros también podemos «arrepentirnos», como dicen, de las cosas que hemos hecho en el pasado. Pero para que nuestra penitencia sea una virtud se necesita algo más que un simple sentimiento

Comprender esto es importante no sólo para llevar con éxito nuestra vida espiritual y sacramental (confesarse bien, por ejemplo, el arrepentimiento exigido es también el de la virtud, no el del sentimiento), sino para afrontar nuestras frustraciones, para relacionarnos bien con los demás y incluso educar a sus propios hijos. ¿Qué hacer ante una palabra mal dicha a alguien que amas, o una mirada cruzada que recibimos? ¿Cómo corregir un error en la universidad o el trabajo? ¿Cómo corregir el defecto de un niño travieso? En todas estas situaciones (inevitables en el transcurso de la vida), los sentimientos nunca son suficientes. De hecho, no sólo son insuficientes, sino que pueden llevarnos, muchas veces, por caminos equivocados. Porque a veces no sentimos nada de lo que debemos sentir, a veces sentimos mucho de lo que no debemos preocuparnos… Nuestras emociones son como un caballo alborotado, que debemos domar y conducir con la razón y con el auxilio de la gracia de Dios.

A veces no sentimos nada por lo que deberíamos, a veces sentimos mucho por lo que no debemos preocuparnos.

En el caso de la penitencia, el Doctor Angélico nos recuerda que pertenece a la recta razón «que se dé de lo que se debe dar». Pues bien, a la luz de la fe sabemos: mucho más que desagradar a las personas y cometer algún error académico o profesional, lo que más nos debe doler en esta vida es alejarnos de Dios por el pecado, especialmente el mortal. La virtud de la penitencia nos enseña, muy concretamente, lo que san Benito resumió en su Regla: «Confesar a Dios diariamente en la oración, con lágrimas y gemidos, las faltas pasadas y en adelante repararlas» (Regla de S. Bento). 

La expresión «todos los días», utilizada por este santo patriarca, puede confundirnos al principio. Recordar los propios pecados día tras día, ¿no sería torturarse, remover el pasado, incluso corriendo el riesgo de crear un «complejo de culpa»? 

Todo depende de la forma en que se haga este recuerdo, por supuesto. Aquí, también, la sabiduría de Tomás de Aquino viene en nuestra ayuda; preguntándose «si la penitencia debe durar hasta el final de la vida», reflexiona lo siguiente ( STh III 84, 8): 
Hay dos tipos de penitencia: una interior y otra exterior. La penitencia interior nos hace llorar por el pecado cometido. Esta penitencia debe continuar hasta el final de la vida. El hombre debe estar siempre disgustado por haber pecado, porque si se complaciera en haber pecado, ya pecaría y perdería el fruto del perdón por este simple hecho. Este asco de tener pecado causa dolor en quien está sujeto al dolor, como es el caso del hombre en esta vida. «Después de esta vida», sin embargo, los santos no están sujetos al dolor. Por eso, su desagrado en relación con los pecados pasados ​​se hace sin tristeza, según la palabra del profeta: «Las angustias del pasado serán olvidadas» (Is 65, 16).

El penitente, «si se complaciera en haber pecado, ya pecaría y perdería el fruto del perdón por este simple hecho». Esto significa que el recuerdo del pecado debe tener lugar de una manera que no nos ponga en peligro cercano de volver a pecar. Vale la pena recordar aquí un principio de la teología moral olvidado por muchos: 

«El goce de un pecado cometido renueva el mismo pecado con todas sus circunstancias individuales . La razón es porque supone la aprobación de una mala acción tal como fue realizada, es decir, con todas sus circunstancias. Si el pecador se jactaba ante los demás del pecado que había cometido, habría que añadir [en la confesión] la circunstancia de escándalo […]» (P. Royo Marín, Theología Moral para seglares).

Por tanto, el recuerdo del pecado pasado debe ir siempre acompañado del dolor de haber ofendido a Dios y merecido el infierno. No basta recordar quia peccavi nimis (“que he pecado muchas veces”, como decimos en Confiteor ); también es necesario golpearse el pecho, es decir, es necesario que este recuerdo nos duela. Como le dolió a San Pedro haber negado a Nuestro Señor tres veces, después de lo cual «lloró amargamente» ( Lc 22, 62). Como dolió a María Magdalena y a la de Egipto, al recordar sus terribles pecados de juventud. Así como los santos Jerónimo y Agustín fueron heridos por sus vidas pasadas en lugares no menos inmundos. 

La penitente Maria Magdalena

Hay innumerables obras de arte que representan a todos estos santos penitentes llorando, con la mirada fija en una imagen de Jesús crucificado, a menudo con un cilicio, azotándose o golpeándose el pecho con una piedra. Y aunque no todos estamos llamados a imitar estas mismas penitencias externas, debe existir siempre el acto de voluntad con el que detestamos el pecado cometido y no deseamos volver a cometerlo en el futuro.

La virtud de la penitencia aparece, en este sentido, no sólo como medicina para la enfermedad que tenemos, sino también como vacuna para protegernos de futuros males. Nuestra oración por los pecadores arrepentidos es la misma que la del salmista: «Al Señor tengo siempre delante de mis ojos, porque si lo tengo de mi parte, no vacilo» ( Sal 15, 8).

“La penitencia interior, que nos hace llorar por el pecado cometido, debe continuar hasta el final de la vida”.

Sí, lo que nos preserva del pecado es el recuerdo continuo de Dios, la conciencia permanente de que Él nos ve, nos ama y nos quiere con Él, un día, en el Cielo. Allí, como nos recuerda el mismo Santo Tomás, se olvidarán las angustias del pasado. Pero hasta que llegue el día de la muerte, es tiempo de penitencia. «Penitencia, penitencia, penitencia», como gritó el Ángel de Fátima. Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa, como rezamos al comienzo de cada Santa MisaSólo quien persevere hasta el final en esta actitud de reconocimiento de la propia miseria y de continua humillación ante el Dios tres veces santo podrá salvar su alma.

Publicado originalmente en padrepauloricardo.org
Traducido y adaptado por Formación Católica

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