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Una profunda vida de oración es lo que vemos en toda la obra de Santo Tomás de Aquino: lejos de ser algo frío y «matemático», el pensamiento del Aquinate deja transparentar, todo ese tesoro escondido de ardiente caridad sobrenatural que iluminaba y enardecía el alma de este que fue «el más sabio de los santos y el más santo de los sabios».


Vida de Santo Tomás

Nació Tomás, en el año 1225, en Roccasecca, comuna del reino de Nápoles, hoy situada en la provincia de Frosinone. Hijo de Landolfo, noble gibelino favorable al entonces emperador Federico II de Prusia, y de Teodora, normanda de origen. Tomás fue desde temprano destinado a la vida monástica. La ambición de sus padres, más preocupados con los propios intereses que con la gloria de Dios y el  bien de la Iglesia, pretendía hacer de él abad del monasterio benedictino de Montecassino —el niño fue entregado a los seis años como oblato benedictino —, manteniendo así la hegemonía y la influencia política de la familia en toda la región. El joven Aquinate, sin embargo, vistió con más o menos diecinueve años el hábito blanco de los dominicos, cuya orden conocerá en una temporada de estudios en Nápoles. Si bien con ello había frustrado los planes de sus padres, que vieron tornarse mendicante a su próspero hijo, el ingreso de Tomás en la familia de Santo Domingo representaría, de cierto modo, una nueva fase del pensamiento teológico y el nacimiento de la mayor lumbrera del pensamiento cristiano. Santo Tomás murió en 1274 a camino del Concilio de Lyon, convocado por orden del papa Gregorio IX a fin de discutir acerca de la unión de la Iglesia Católica con las comunidades cismáticas que se habían separado del Cuerpo de Cristo.

 

Oración y contemplación

Son estos dos un aspecto poco conocido de este gigante del pensamiento. Es inmensa su profunda espiritualidad, que palpita, silenciosa y contemplativa, por sobre las primeras líneas, vistas seca y desapasionadamente, de obras como la Suma Teológica o un Comentario a las Sentencias. Intelectual de primera línea, espíritu dispuesto como que por naturaleza a las disciplinas filosóficas, Tomás de Aquino adquirió, de unos años para acá, la fama de ser demasiado «cerebral», «calculista»: enredada por una lógica casi matemática, su Teología sería, sí, expresión ineludible de un genio como ningún otro. De sus escritos monumentales, se dice, poco o nada se puede extraer que alimente el alma en los momentos de oración.

Ese preconcepto, producto de causas que aquí no conviene desenredar, es, de cierto modo, comprensible si tenemos en cuenta que, a la vista de un alma como la de él, nuestra pequeñez se ve ofuscada por una miríada asombrosa de virtudes y cualidades aparentemente opuestas e inconciliables. No debía sorprender, en efecto, que ese ser «calmo, de trazos vigorosos y plácidos», sea el mismo que, arrodillado delante del tabernáculo, «se emociona hasta las lágrimas con el misterio de Cristo inmolado».

Considerarlo, pues, como maestro espiritual es no solo hacerle justicia deshaciendo la fama engañosa que hace tiempo lo persigue, sino también dar oídos a lo que fue, según el mismo Santo Tomás, la premisa de todos sus trabajos y esfuerzos: «Prius vita quam doctrina», la vida precede a la doctrina.

La espiritualidad del Aquinate, aunque no se encuentre sistematizada en ninguno de sus escritos, se deja con todo entrever y como que descubrir en cada línea, en cada formulación a la que, sobre la concisión de un enunciado filosófico, el Doctor Angélico procuró resumir el fruto de sus lecturas, de sus oraciones. Era por sobretodo en la meditación pausada y amorosa de la verdad revelada que la luminare maius (mayor lumbrera) de la Orden de los Predicadores recurría con santa frecuencia para encontrar la solución de los problemas que su búsqueda le iba proponiendo, porque la doctrina y la predicación — y es él mismo el que lo dice — deben proceder antes «de la plenitud de la contemplación» (ex plenitudine contemplationis). Santo Tomás «sabía», escribe el padre Garrigou-Lagrange, «que para tratar de las cosas divinas, la oración […] no es menos necesaria que el esfuerzo científico». Por eso, cuando se encontraba con alguna dificultad, no dejaba nunca de rezar; antes, al contrario, se entregaba con más ardor y generosidad a sus oraciones. También el Papa Pío XI puso en relevancia esta íntima unión entre la vida de estudios y la vida interior que en Santo Tomás llegó a la perfección:

«Esta humildad […], unidad y la pureza de corazón y su grande asiduidad en la oración, hacía al alma de Tomás dócil y mansa tanto para recibir cuanto para seguir las iluminaciones y mociones del Espíritu Santo, las cuales consisten en los propios principios de la contemplación. Y para impetrarlos de lo alto, acostumbraba menguar todo e incluso cualquier alimento; pasaba noches enteras en vigilia y continua oración y, movido por una ingenua piedad, de cuando en cuando reclinaba la cabeza sobre el sagrario. Frecuentemente, con ánimo contrito, hacía reposar su mirar sobre una imagen del Crucificado, que fue para él, como después confesó a San Buenaventura, el libro del cual aprendió todo cuanto sabe. Por eso, se puede decir de Santo Tomás lo mismo que se dice de su Padre y legislador, Santo Domingo, a saber: que no hablaba sino de Dios y con Dios».

«Tomás, has escrito muy bien sobre mí; ¿qué recompensa quieres por tu trabajo?» Y Santo Tomás respondió sin pensarlo dos veces: «¡Sólo a ti, Señor!»

 

Otro ejemplo de esto es que Santo Tomás fue un gran enamorado de la cruz y de la eucaristía. Se narra que cuando estaba escribiendo la tercera parte de la Suma de Teología, que trata sobre la pasión y resurrección de Cristo y sobre los sacramentos, pasaba largas horas de oración ante el crucifijo. Después de haber escrito sobre un asunto difícil referente a la eucaristía se fue a la Iglesia, se arrodilló ante el crucifijo, colocó su cuaderno ante su divino Maestro y comenzó a orar con los brazos en cruz. En cierta ocasión, el sacristán de la iglesia de San Nicolás de Salerno, Fray Domingo de Caserta, lo sorprendió en oración y oyó una voz procedente del crucifijo que le decía: «Tomás, has escrito muy bien sobre mí; ¿qué recompensa quieres por tu trabajo?» Y Santo Tomás respondió sin pensarlo dos veces: «¡Sólo a ti, Señor!» (non nisi te, Domine!). Con esto, el Aquinate nos enseña que en nuestra oración debemos pedir principalmente nuestra unión con Dios, o a Dios mismo, pues no hay que esperar de Dios algo que sea menor que Dios.

 

Frutos de su amor a la Eucaristía

Santo Tomás, como ya se había mencionado, fue un enamorado de Cristo, al que encontró a diario en la eucaristía. Todos los días celebraba temprano la misa, ayudado por su secretario y amigo Fray Reginaldo, y participaba en otra misa ayudando a éste. En sus escritos habla de la eucaristía como la expresión más grande de la amistad de Cristo con los suyos, pues es propio de los amigos convivir juntos. La eucaristía es para él igualmente el gesto más grande de la caridad de Cristo y el alimento de nuestra esperanza, porque en ella se da una unión muy familiar entre Cristo y nosotros. Esta importancia de la eucaristía en su vida se refleja y se hace notar en la composición que había hecho para el oficio litúrgico de la fiesta del Corpus Christi, donde no habla simplemente de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, sino de recibir al mismo Cristo e incluso a Dios. Los himnos y las oraciones que compuso son de un gran lirismo poético y manifiestan una gran ternura mística (Lauda Sion, Pange lingua,…). Sin duda, su oración más bella a Cristo en la eucaristía es el Adoro Te Devote, compuesto en su lecho de muerte. Es un poema profundo, teológico, en el que Santo Tomás se dirige a Cristo para cantarle su amor; le implora y le suplica como el buen ladrón; le expresa su deseo más profundo de vivir siempre con Él y contemplarle cara a cara. Ese deseo se hizo todavía más vivo cuando recibió su última comunión. Así lo expresan sus mismas palabras: «Te recibo, precio de la redención de mi alma, viático de mi peregrinación; por amor a ti estudié, velé y trabajé. Te prediqué, te enseñé y nunca dije nada contra ti, a no ser por ignorancia, pero no me empeño en mi error; si he enseñado mal acerca de este sacramento o sobre cualquier otro, lo someto al juicio de la santa Iglesia romana, en cuya obediencia salgo ahora de esta vida».

 

Inteligencia sin par la de este santo, espíritu de profunda oración, alma de estrechísima unión con Dios, el Aquinate es, sobre todo para nuestros tiempos, escudo firme contra los errores y las herejías, modelo de piedad y devoción, amigo fiel al cual podemos rezar y recurrir, para impetrar de Dios, el poseer un corazón que, al igual que Santo Tomás, sólo desee a Dios.

 

Fuentes Consultadas:

  • https://www.dominicos.org/quienes-somos/grandes-figuras/santos/maestro-vida-espiritual/
  • https://padrepauloricardo.org/aulas/a-vida-de-santo-tomas-de-aquino/exclusivo
  • https://padrepauloricardo.org/aulas/santo-tomas-grande-mestre-espiritual
Hna. Noelia Gimenez

Hna. Noelia Gimenez

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús.

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