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«Aleja de ti la tristeza, pues a muchos mata la tristeza y no hay utilidad en ella» (Eclo 30,24-25). Estamos hablando de la mala tristeza. Grandes daños se siguen de ella, que por eso anota San Ignacio en sus Reglas de discernimiento de espíritus para la primera semana que «es propio del mal espíritu morder, tristar y poner impedimento»

«Aleja de ti la tristeza, pues a muchos mata la tristeza y no hay utilidad en ella» (Eclo 30,24-25). Estamos hablando de la mala tristeza. Grandes daños se siguen de ella, que por eso anota San Ignacio en sus reglas de discernimiento de espíritus que «es propio del mal espíritu morder, tristar y poner impedimento» en quien va intensamente purgando sus pecados.

Desde ya digamos que hay una tristeza buena y otra mala. La tristeza es uno de los grandes males de nuestro tiempo que incluso alcanza el matiz patológico de «complejo de falta de sentido existencial», como lo llamó Viktor Frankl, manifestándose como frustración existencial, depresión existencial o pesimismo radical. En muchos casos, sin embargo, estos problemas –que terminan siendo problemas de resolución psiquiátrica– comienzan con un mal enfrentado problema espiritual, o al menos afectivo con repercusiones espirituales.

Son muchos los nombres que la lengua latina refiere a esta realidad:

Dolor (dolor): viene de dolendo, partir o cortar en dos; parece tener parentesco con el verbo dolare que es quitar la piel de los árboles y plantas.

Moestitia, moestitudo: viene de moerendo, moerer (dolerse en silencio), que parece ser análogo aamaritudo, amargura.

Tristitia (tristeza): viene de tétrico, estar rodeado de oscuridad y negrura.

Poena (pena): significa la fatiga o aflicción que es efecto de un castigo, y, aunque principalmente se aplica a la aflicción corpórea, puede también aplicarse a la espiritual.

Fetus, flere (derramar lágrimas), ploratus, plorare (llorar con la voz), luctus, lugere (dolerse vistiéndose de luto), lamentatio, lamentare (lamentarse), gemitus (gemido), ululatio (ulular, gritar): se refieren a las manifestaciones exteriores del dolor y la tristeza cuando son intensos.

Santo Tomás siguiendo a San Gregorio Niseno y San Juan Damasceno la divide en cuatro especies: la compasión, que es la tristeza del mal ajeno estimada como mal propio; la envidia, que es la tristeza del bien ajeno estimada como mal propio; la angustia o ansiedad, que es la tristeza que nos oprime de tal modo el ánimo que llega a impedirnos la huida (angustia proviene precisamente de angosto) y no nos deja vislumbrar consuelo alguno; finalmente, la acedia, o abatimiento que es la tristeza u opresión que por su magnitud nos inmoviliza para obrar.

He aquí, siguiendo la exposición de Alonso Rodríguez, algunos de esos males.

Daño físico

El primer efecto nocivo que señalo, lo indica Santo Tomás, y es el daño al mismo cuerpo. Es más, el Santo llega a decir: «la tristeza es, entre todas las pasiones del alma, la que daña más al cuerpo, pues se opone a la vida del hombre en cuanto a la esencia de su movimiento… La vida humana consiste en cierto movimiento que del corazón se difunde a los demás miembros; movimiento que conviene a la naturaleza humana según determinada medida. Si, pues, este movimiento se extralimita de la medida conveniente, será contrario a la vida humana en cuanto a la medida, pero no en cuanto a la esencia de ese movimiento [es decir, al menos es movimiento, lo cual ya es algo]. Pero si impide el proceso del movimiento, le será opuesto según su misma especie. Las pasiones que implican un movimiento del apetito con huida o retraimiento, se oponen a la misma moción vital (…) y por tanto son dañosas de modo absoluto, como el temor y la desesperación, y más que todas, la tristeza, que agrava el ánimo con el mal presente, cuya impresión es más fuerte que la del mal futuro».

 

El primero de los males espirituales es el hastío por la oración

Si le dais entrada, y se comienza a enseñorear de vos, luego os quitará el gusto de la oración, y hará que os parezca larga la hora, y que no la cumpláis enteramente: y aún algunas veces hará que os quedéis del todo sin oración y que dejéis la lección espiritual. Y en todos los ejercicios espirituales os pondrá un tedio y un hastío que no podáis arrostrar a ellos. «Adormecióse de tedio mi alma» (Sal 118,28) Con la tristeza y acidia espiritual cobra el ánima tanto tedio y hastío a todos los ejercicios espirituales y a todas la obras de virtud, que está como dormida, inhábil, y torpe para todo lo bueno. Y algunas veces es tan grande el fastidio que tiene uno con las cosas espirituales, que le vienen a enfadar y dar en rostro los que tratan de virtud y de perfección; y algunas veces les procura retraer y estorbar de sus buenos ejercicios.

 

Aspereza y desabrimiento

Tiene también otra cosa la tristeza, dice Casiano, que hace al hombre desabrido y áspero con sus hermanos. San Gregorio dice: «La tristeza mueve a ira y enojo» (Tristis ex propinquo habet iram); y así experimentamos que cuando estamos tristes, fácilmente nos airamos y nos enfadamos luego de cualquiera cosa; y más, hace al hombre impaciente en las cosas que trata, hácele sospechoso y malicioso.

 

Amarga hasta hacer perder el juicio

Dice el Eclesiástico: Non est sensus, ubi est amaritudo: «Donde hay amargura no hay sentido» (Eclo 31,15). Y así vemos muchas veces que cuando reina en uno la tristeza y melancolía, tiene unas aprehensiones tan sin fundamento que los que están en su seso se suelen reír y hacer conversación de ellas como de locuras. Y a otros habemos visto hombres gravísimos de grandes letras y talentos, tan presos de esta pasión, que era gran compasión verlos unas veces llorar como criaturas, y otros dar unos suspiros que no parecía sino que bramaban, y así cuando están en su seso, y sienten venir esta locura, que bien se puede llamar así, se encierran en su aposento para, allí a solas llorar y suspirar consigo, y no perder la autoridad y opinión de los que les vieren hacer tales cosas.

 

Inutiliza al hombre

Si queréis saber de raíz los efectos, y daños que causa la tristeza en el corazón, dice Casiano, el Espíritu Santo nos los declara brevemente por el Sabio: lo que hace la polilla en la vestidura, y el gusano y carcoma en el madero, eso hace la tristeza en el corazón del hombre (Prov 25,20: Sicut tinea vestimento et vermis ligno, ita tristitia viri nocet cordi). La vestidura comida de polilla no vale nada, ni puede servir para nada; y el madero lleno de carcoma no es de provecho para el edificio, ni se puede cargar sobre él peso alguno, porque luego se hace pedazos; así el hombre lleno de melancolía, triste y desgraciado, se hace inútil para todo lo bueno.

 

Hace caer en todo género de pecados

Y no para aquí el mal, sino lo que peor es, la tristeza en el corazón es causa y raíz de muchas tentaciones y de muchas caídas: Multos enim occidit tristitia: «a muchos mata la tristeza» (Eclo 30,23). A muchos ha hecho la tristeza caer en pecados. Y así llaman algunos a la tristeza nido de ladrones y cueva de los demonios, con mucha razón. Y traen para esto aquello que dice el santo Job del demonio: «Duerme a la sombra» (Job 40,16). En esa sombra y oscuridad, en esas tinieblas y tinieblas de esa confusión que tenéis cuando estáis triste, ahí duerme y se esconde el demonio, ése es su nido y madriguera, y ahí hace él sus mangas, como dicen; ésa es la disposición que él está aguardando para acometer con todas cuantas tentaciones quiere. Así como las serpientes y bestias fieras están aguardando la oscuridad de la noche para salir de sus cuevas, así el demonio, serpiente antigua, está esperando esa noche y oscuridad de la tristeza, y entonces acomete con todo género de tentaciones: «Tiene preparadas sus saetas dentro de la aljaba, para asaetear a escondidas a los que son de recto corazón» (Sal 10,3).

 

Especialmente de desesperación

Decía el bienaventurado San Francisco que se alegra mucho al demonio cuando el corazón de uno está triste; porque fácilmente le ahoga en la tristeza y desesperación. Nótese mucho esta doctrina, porque es de mucha importancia. Al que anda triste y melancólico, unas veces le hace el demonio venir en gran desconfianza y desesperación, como hizo con Caín y con Judas.

 

O de placeres mundanos

Otras veces, cuando por ahí le parece que no tiene buen juego, le acomete con deleites mundanos; otras con deleites carnales y sensuales, so color que con aquello saldrá de la pena y tristeza que tiene… Otras veces le suele traer el demonio pensamientos carnales y deshonestos que dan gusto a la sensualidad, y procura que se detenga en ellos, so color de que, con eso desechará la tristeza y se aliviará su corazón. Ésta es una cosa mucho de temer en los que andan tristes y melancólicos, porque suelen ser muy ordinarias en ellos estas tentaciones. Y lo advierte muy bien San Gregorio. Dice que como todo hombre naturalmente desea alguna delectación y contento, cuando no lo halla en Dios ni en las cosas espirituales, luego el demonio, que sabe bien nuestra inclinación, le representa y pone delante cosas sensuales y deshonestas, y le ofrece gusto y contento en ellas, con que le parece que se le mitiga y alivia la tristeza y melancolía presente. Entended, dice el Santo, que si no tenéis contento y gusto en Dios y en las cosas espirituales, le habéis de ir a buscar en las cosas viles y sensuales, porque no puede vivir el hombre sin algún contento y entretenimiento (sine delectatione anima numquam potest esse, nam aut infirmis delectatur, aut summis).

San Juan de la Cruz, hablando de las tentaciones de lujuria dice: “Y esto en los que son tocados de melancolía acaece con tanta eficacia y frecuencia, que es de haberles lástima grande, porque padecen vida triste…

 

Hace dudar de la vocación

Y de aquí es, que cuando está uno triste, le suelen venir unas veces tentaciones de la vocación; porque le representa el demonio que allá en el mundo viviera alegre y contento: a algunos ha sacado de la vida religiosa la tristeza y melancolía.

 

Todos los males y la misma condenación

Finalmente, son tantos los males y daños que se siguen de la tristeza, que dice el Sabio: «Todos los males vienen con la tristeza» (Eclo 25,17). Y en otro lugar: «La muerte viene con ella» (Eclo 38,19), y aun la muerte eterna, que es el infierno. Así declara San Agustín aquello que dijo Jacob a sus hijos: «Haréis que de pesadumbre dé con mis canas en el infierno» (Gn 42,38). Dice que temió Jacob no hiciese tanta impresión y causase en él tanto daño la tristeza de carecer de su hijo Benjamín, que le pusiese en contingencia su salvación, y diese con él en el infierno de los condenados. Y por eso, nos avisa el Apóstol San Pablo que nos guardemos de ella, «no sea que tanta tristeza  lleve a la desesperación» (2 Cor 2,7)..

 

Por todo esto San Juan de Ávila, consolando a una noble mujer abatida por la tristeza en que la había sumido la muerte de su hermana, le recuerda que también se peca por el exceso de tristeza; quiero extractar algunos pasos de esta maravillosa carta: «Suplico a vuestra señoría –dice el Santo– mire con muy despiertos ojos que, como no tenemos licencia para los demasiados placeres, tampoco la hay para la demasiada tristeza, pues en lo uno y en lo otro debemos ser sujetos a la santa ley de Dios. Que no menos cumplimos nuestra voluntad en llorar y penar hasta hartar, que en vanamente reír y regocijarnos. No menor impedimento es para servicio de Dios la tristeza, que consume y derriba el vigor del corazón, que la vana alegría, que se hace absoluta y sin peso… Pues estando sumidos en el abismo de la tristeza y enflaquecidas todas las fuerzas, no se pueden tener en pie para lo que cumple a los prójimos y a lo que cumple al Señor… No sea vuestra señoría engañada como muchos, a quien finalmente se les persuade que deben huir de la demasía del gozo, porque no ofendan al Señor, y no hay quien los pueda sacar del pozo de la tristeza, pareciéndoles no correr peligro ni hacer mal con estar en ella.

Por lo cual, ilustrísima señora, abra su corazón a la palabra de Dios, y entienda que no por ser atribulado uno es amigo de Dios, sino por pelear contra la tribulación y llevarla a lo menos con paciencia, si no pudiere con alegría. Levante el corazón caído y esfuerce las manos enflaquecidas, y luche con el gigante, que es el dolor, para que quede probada en la tentación y gloriosa con la victoria, y pueda decir al Señor: Probaste mi corazón y visitástelo en la noche; con fuego me examinaste, y no fue hallada maldad en mí.

Despierte, señora, y abra sus ojos y mire a la más Santa de las santas y más atribulada que todas las santas y no santas, cómo, estando su Hijo colgado en un palo y crucificado con duros clavos, ella estaba al pie de la cruz. Lo cual quiso el Espíritu Santo que supiésemos nosotros, porque en la manera de estar el cuerpo de fuera viésemos cuán en pie está, en trance tan recio, su corazón en lo de dentro».

No se trata pues, de la necesidad de andar simplemente mejor, sino de una cuestión de salvación eterna; dice Alonso Rodríguez: «Por ser tan grandes los daños y peligros que se siguen de la tristeza, nos previene y avisa tanto la Sagrada Escritura y los Santos que nos guardemos de ella. No es por vuestro consuelo, ni por vuestro gusto; que si no hubiera más que eso, poco importaba que estuviésedes triste o alegre. Y por eso también la desea y procura tanto el demonio, porque sabe que es causa y raíz de muchos males y pecados».

 

Miguel A. Fuentes, IVE
teologoresponde.org

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