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La muerte supone una de las realidades más contradictorias con las que el hombre se puede topar; es segura e incierta al mismo tiempo. Segura pues, desde el pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, en el paraíso, la humanidad perdió el don preternatural de la inmortalidad.

La Iglesia ha tratado siempre con mucho esmero a la muerte. Una muerte, la de Cristo, fue la que nos dio vida, hay un sacramento destinado a los que están a la vera de la muerte. La liturgia ha destinado una Misa especial para los muertos con un color litúrgico particular; San Ignacio lo propone como uno de los temas de meditación en los Ejercicios Espirituales, y San Alfonso María de Ligorio ha escrito un libro completo como una especie de manual preparatorio para ella. Y como corolario, todo católico que reza los misterios del Santo Rosario, pide a su buena madre que ruegue por él en ese momento, pero sobre todo en la hora de la muerte y hace esto, nada más y nada menos que cincuenta veces. Entonces, ¿cómo debe morir un cristiano?

 

LA MUERTE, UNA CONTRADICCIÓN

La muerte supone una de las realidades más contradictorias con las que el hombre se puede topar; es segura e incierta al mismo tiempo. Segura pues, desde el pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, en el paraíso, la humanidad perdió el don preternatural de la inmortalidad.

«Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores». (Rm 5,19).

«Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada “concupiscencia”)» (CIC 418).

Todos los hombres, por lo tanto, tendremos que pasar por el inevitable trance de la muerte, después del cual nuestra alma se presentará ante el trono de la justicia de Dios y recibirá la sentencia eterna; Jesucristo, Nuestro Señor nos juzgará en el amor y en la respuesta a su misericordia. Las escrituras nos revelan las palabras de estas sentencias:

«Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt. 25, 34).

«Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25, 41).

Al mismo tiempo, la muerte es de lo más incierto que existe; nadie puede por más poderes y bienes que posea, agregar un solo instante a su vida, más allá de lo que Dios dispuso para él.

«…calculados estaban mis días antes que llegase el primero» (Sal 138, 16).

Al respecto de esto escribe el gran doctor con que la Iglesia adorna el vasto cohorte de sus santos, San Alfonso María de Ligorio en su libro «Preparación para la muerte»: «No se puede saber si aquel niño que acaba de nacer será rico o pobre, si tendrá buena o mala salud, si morirá joven o viejo. Todo ello es incierto, pero es cosa indudable que ha de morir. Magnates y reyes serán también segados por la hoz de la muerte, a cuyo poder no hay fuerza que resista. Posible es resistir al fuego, al agua, al hierro, a la potestad de los príncipes, más no a la muerte».

La certeza de la muerte, lejos de entristecernos o aun desesperarnos, nos tiene que colmar de una gran esperanza. Pues cada momento que Dios permite que estemos en esta vida terrenal, es un tiempo de misericordia que Dios nos otorga para que unidos a los méritos de Jesucristo podamos alcanzar de Dios la gracia de la visión beatífica; y esto habla de lo banales que son los bienes terrenos cuando ellos no nos ayudan a la consecución de nuestro fin que, de hecho, no se encuentra en este mundo sino en el otro; y al respecto nos dice San Pablo: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Flp 1, 21).

La consideración de la vida terrena como un camino temporal ha estado presente siempre en la cultura cristiana; a tal punto que la misma Eucaristía, el verdadero anticipo de los bienes del cielo, es llamado no en pocas ocasiones como «esca viatorum», alimento de caminantes. Y Nuestro Señor dice a propósito de esto: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente» (Jn 6, 51).

 

LA PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

El librito de San Alfonso María de Ligorio que proponemos, no fue una novedad para la Iglesia, ya que a lo largo de los siglos la Iglesia promovió a través de sus pastores una preparación constante y para este momento, en ocasiones inesperado. San Antonio de Padua decía: «Quien se humilla en el pensamiento de la muerte, pone en orden toda su vida, y está atento a todo lo que le rodea. Sacude de sí la ociosidad, se da ánimo, en los trabajos y confía en la misericordia del Señor, y dirige el curso de la existencia hacia el puerto de la eternidad».

Y el Papa Benedicto XVI decía en una de sus innumerables audiencias: «Iluminados por la fe, contemplamos el enigma humano de la muerte con serenidad y esperanza. Según la Escritura, más que un final, es un nuevo nacimiento, es el paso obligado a través del cual podemos llegar a la vida plena los que conforman su vida terrena según las indicaciones de la palabra de Dios».

Además, la sagrada liturgia, que es la oración viva que la Iglesia, unida a su cabeza que es Jesucristo tributa al Padre celestial en una ofrenda con aroma agradable, se reza cada día, antes del descanso nocturno la oración de Completas, que en su forma, en sus textos y en sus oraciones es una súplica para el «bien morir». La bendición al final de esta bella oración nocturna dice: «El Señor nos conceda una noche tranquila y una santa muerte» (Liturgia de las Horas).

El cristiano se esfuerza cada día por llegar al lecho de su descanso sin haber ofendido a Dios

 

De este modo, notamos que el descanso nocturno, que Dios dispuso para el hombre, es como un ensayo para la muerte; del mismo modo que dejamos las actividades del día, sus afanes y preocupaciones, para el descanso, un día dejaremos toda empresa en esta tierra y seremos abrazados por un descanso perpetuo. El cristiano se esfuerza cada día por llegar al lecho de su descanso sin haber ofendido a Dios y habiendo amado a sus hermanos, para que si de esa cama no se levantara, no encuentre Dios razones para recriminarle y negarle la vida eterna.

Un sacerdote salesiano, nos contaba en una ocasión, una práctica que realizaban durante el noviciado en las casas de los hijos de Don Bosco. Cada cierto periodo de tiempo, dedicaban un día al «Ejercicio de la Buena Muerte», ese día se preparaban como si ese día fuera el último de su vida, de esa noche ya no despertarían. Participaban, entonces en una Misa Solemne, hacían una Confesión General de su vida, arreglaban su cuarto y sus cosas, devolvían las cosas prestadas y encomendaban a Dios de modo especial su alma antes del descanso de la noche; después de más de treinta años, este sacerdote recuerda con consuelo, los grandes bienes espirituales de esta práctica.

Vivamos prestos para entregar nuestra alma a Dios; en aquel supremo momento donde nuestro abogado, será nuestro juez y nuestras acciones, que fueron escritas en el libro, serán descubiertas a nuestros ojos. Que Dios nos conceda una santa muerte.

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Hno. Cristian Alfonso

Hno. Cristian Alfonso

Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.

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Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.