La influencia de la liturgia en el alma del hombre

La influencia de la liturgia en el alma del hombre

La Santa Misa es el centro y el corazón del culto católico y de su liturgia. Todo el esplendor y hermosura de las ceremonias tienen su razón de ser en Nuestro Señor Jesucristo, que se hace presente entre nosotros en la Santa Misa. Las ceremonias, la magnificencia y suntuosidad no son un fin en sí mismos, sino medios para acercarnos a Él y tributarle nuestro mejor homenaje.

CONSONANCIA DE LA LITURGIA CON LA NATURALEZA HUMANA

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Nuestra santa Madre la Iglesia católica no solamente pregona la majestad y grandeza de Dios, sino que aprovecha todos los medios y todas las ocasiones para expresar el respeto y homenaje que a Él se le debe. Nadie siente más profundamente la dignidad y la majestad del Señor todopoderoso que la Iglesia, la cual, y con este fin, en el decurso de dos mil años ha ido acrecentando el esplendor de su liturgia.

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La Iglesia, al ofrecer el sacrificio al Señor, no piensa como Caín: «Ya que es necesario ofrecer sacrificio a Dios, ¡bien servirá para esto lo peor de la cosecha!…» No; la Iglesia no queda satisfecha con ofrecer a Dios, para rendirle homenaje, los tesoros más valiosos de la tierra, lo mejor que pueda encontrar. Todo le parece poco. Por esto trata de que las celebraciones litúrgicas sean bellas y espléndidas, y utiliza para ello todo lo más hermoso y artístico: cálices de oro, ornamentos de seda, retablos artísticos, música polifónica… con tal de que, entre tanta belleza y ceremonia, no nos distraigamos y atendamos a lo esencial.

LO ESENCIAL DE LA SANTA MISA

La Santa Misa es el centro y el corazón del culto católico y de su liturgia. Todo el esplendor y hermosura de las ceremonias tienen su razón de ser en Nuestro Señor Jesucristo, que se hace presente entre nosotros en la Santa Misa. Las ceremonias, la magnificencia y suntuosidad no son un fin en sí mismos, sino medios para acercarnos a Él y tributarle nuestro mejor homenaje.

Si hay en la Misa hermosos cánticos, el fin de éstos es deleitarnos musicalmente. Si encontramos en nuestros altares cuadros artísticos, si contemplamos en nuestros templos la maravilla de la arquitectura, no es para que se deleiten solamente nuestros sentidos. Todo está encaminado a levantar nuestras almas al mundo sobrenatural, a través de las impresiones de nuestros sentidos. Todo está ordenado a elevarnos, por medio de la belleza artística, a la fuente inagotable de toda hermosura, al Dios supremo.

Esto es lo que significa la Misa: la perpetuación y actualización del momento más importante de la Historia.

Estudiemos la historia religiosa de los pueblos; en todas partes y en todas las épocas encontramos el sacrificio y las ceremonias sacrifícales. Es algo constitutivo de la naturaleza humana. En cualquier punto de la tierra, encontramos altares para el sacrificio; en ellos, se sacrificaban las mejores animales y frutos del campo, como el mejor homenaje que tenía el hombre para honrar a Dios, su Hacedor supremo. La Humanidad, sumida en las tinieblas del paganismo, sacrificaba en sus altares trigo, frutas, animales y incluso a veces hombres. Pero desde que el divino Redentor se ofreció por nosotros en la cruz el Viernes Santo, éste es nuestro único sacrificio; y la renovación misteriosa de este sacrificio, realizada todos los días de forma incruenta en la Santa Misa, es el homenaje más hermoso que rendimos a Dios.

Esto es lo que significa la Misa: la perpetuación y actualización del momento más importante de la Historia. Jesucristo es el Pontífice Eterno (Cf. Heb 6,20; 7,24), que ofrece hoy a Dios Padre el sacrificio del Gólgota en la persona de sus ministros: es el mismo sacerdote que entonces, el mismo sacrificio, la misma víctima. La cruz fue el primer altar, y desde entonces cada altar es una cruz.

LA BELLEZA DE LA LITURGIA

El culto católico es de una belleza y riqueza artística impresionante. La Iglesia católica ha querido honrar la majestad infinita de Dios valiéndose de todas manifestaciones más hermosas del arte que el espíritu humano ha sabido crear11.

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Las creaciones más primorosas de la arquitectura, de la escultura, de la pintura y de la música, han sido puestas al servicio de la liturgia: las esbeltas columnas góticas, los cuadros de los pintores más insignes del mundo, las obras maestras de los genios de la música, todo lo más hermoso y valioso.

En las religiones de Grecia, del Egipto y del antiguo Oriente vemos también arte religioso; pero lo sorprendente es que quien introdujo en los templos todas las ramas del arte — arquitectura, escultura, pintura, poesía, música…— fue justamente la religión católica, aquella religión que tanto predica la renuncia de los placeres terrenos y habla de vida eterna.

La Iglesia católica ha sido durante estos dos mil años el mecenas generoso de las artes.

¿Cómo se explica este hecho peculiar? Muy sencillamente: es que algunas religiones honran a Dios como si fuese su criado; otras le honran como si fuese un hombre semejante a todos los demás; en cambio, la religión católica le honra como a Dios.

Y porque toda la disposición de nuestra liturgia es una verdadera obra maestra, por esto es incomparable la influencia bienhechora que ejerce en el alma humana.

¡Con qué fuerza dramática la liturgia nos muestra los singulares acontecimientos de la vida del Señor! Recordemos la primera Misa de Navidad, la de medianoche; el lavatorio del Jueves Santo; la Vigilia Pascual de Resurrección…

Incluso nos basta con reparar en una Misa normal. A través de gestos simbólicos y de oraciones llenas de contenido, de gran belleza y de una dignidad incomparable, el alma se eleva hacia Dios y se llena de pensamientos sublimes.

Las almas sencillas, poco instruidas, sienten instintivamente la belleza de la Misa tal como lo demuestra su actitud piadosa y devota. Más todavía lo sienten los hombres cultos —incluso no católicos—, y no es raro que las emociones desencadenadas por la liturgia sean justamente las que les hagan volver a la casa paterna.

Porque casos semejantes al que he mencionado en la introducción no son esporádicos, sino que se repiten a cada paso.

En muchos se repite el caso de Miguel Ángel. El Sábado Santo del año 1508 anda por las calles de Roma, con paso lento, este gran artista; uno de los mayores del mundo. El Papa le ha confiado un trabajo de titán: llenar de frescos su capilla. Pero el artista no tiene tema. Entra en una iglesia; se cantan justamente las profecías del Sábado Santo. Al compás de ellas brotan los pensamientos en el alma del maestro y nace la obra más hermosa que jamás haya pintado hombre alguno: el fresco que cubre todo el techo de la Capilla Sixtina.

Uno de los mejores escritores de Alemania, Hermann Bahr, encontró el camino de vuelta al seno de la Iglesia católica después de haber vivido en el error durante largos años. Y desde entonces su alma se desborda de alegría cada vez que escribe sobre la Iglesia católica. En uno de sus últimos libros Liebe der Lebenden sostiene que aun el incrédulo ha de admirar la estructura artística de la liturgia de la Santa Misa. Los tímidos presentimientos de la Humanidad primitiva, el misterioso anhelo del helenismo, lleno de nostalgias; la fuerza ordenada del espíritu romano, todo, todo se encuentra en esta obra maestra, en que trabajó el cristianismo los ocho primeros siglos. Sí; es una obra maestra la Misa que se celebra a diario en las más pequeñas aldeas; es una obra maestra, compuesta con palabras de una piedad y respeto indecibles. «Aunque fuera turco —así escribe textualmente Bahr—, habría de confesar que, colocándonos en un punto de vista puramente artístico, vemos aquí tal grado de perfección, que con él no pueden competir los versos de Píndaro, ni los del Dante, ni los de Shakespeare».

Sepamos apreciar la Misa, incluso artísticamente, así sacaremos más provecho de ella.

Se objeta muchas veces que hay demasiadas ceremonias; que ¡no acaban nunca cuando celebra el Papa! Pues lo que yo admiro es justamente que la Iglesia supo componer ceremonias en consonancia con el sencillo espíritu aldeano, y ceremonias para las almas del más delicado gusto artístico. Claro está que una Misa Papal no tendría un cuadro adecuado si se celebrase entre las paredes blanqueadas de la iglesia de una modesta aldea. Pero la capilla en que celebra el Papa ostenta magníficos frescos de Miguel Ángel, cuadros de Boticelli, el Perugino y Ghirlandajo; y un Perosi dirige en el coro las obras inmortales de Palestrina.

¡Qué encanto tiene esta incomparable variedad y abundancia del cristianismo!

Y el único y gran deseo de nuestra santa Madre Iglesia es también que todos los hombres vayan a Roma, es decir, a Nuestro Señor Jesucristo.

El gran escritor Huysmans entró un día, por tedio, en una iglesia católica y fue conquistado por la música religiosa. Y desde entonces no descansaba, iba continuamente a la iglesia, hasta que por fin, se hizo católico. Su raciocinio era éste: «No puede equivocarse la religión que supo encontrar tal seguridad en la música».

Es un camino algo extraño; pero un camino hacia la verdad. «Todos los caminos van a Roma», dice un adagio. Y el único y gran deseo de nuestra santa Madre Iglesia es también que todos los hombres vayan a Roma, es decir, a Nuestro Señor Jesucristo. El camino por el cual se llega no importa. Hay quien llega a Dios después de largos desvíos y grandes rodeos tras una vida de sufrimiento; lo importante es que llegue. Éste es levantado a Dios por los momentos de adoración silenciosa ante el Santísimo Sacramento; el otro, por la música de una Misa Solemne, por el canto del «Passio» de un Viernes Santo o por el Aleluya triunfal de Pascua. ¡No importa, no importa! ¡Lo que sí importa es que los caminos lleven a Dios!

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LA LENGUA DE LA LITURGIA

Hoy día son pocos los fieles que saben latín. Al principio, la lengua latina era la lengua viva del pueblo en el occidente cristiano; al principio, por tanto, la liturgia tenía la misma lengua del pueblo. El latín ha dejado de ser la lengua del pueblo, pero la Iglesia no quiere que se pierda el uso de esta lengua en la liturgia, porque tiene motivos serios para ello12.

¿Cuáles son éstos?

Antes de todo, la Iglesia necesita una lengua universal, porque universal es ella. Y para hacer patente por doquiera su unidad necesita una lengua única, común a todos.

La lengua de la Iglesia no es ni el alemán, ni el francés, ni el inglés, sino el latín, que en la actualidad ya no es de ningún pueblo, y por lo mismo no hiere la sensibilidad nacional de nadie.

Hay otro motivo más profundo por el que la Iglesia aconseja el latín: el de conservar la pureza de nuestra fe.

Supongamos, por ejemplo, que el Papa Silvestre II, al enviar la corona a San Esteban, le hubiese dado permiso de celebrar las funciones litúrgicas en húngaro. ¿Qué habrían hecho, con este permiso los antiguos húngaros? ¡Qué apuro para ellos! ¡Cómo expresar en su idioma primitivo los pensamientos más difíciles de la filosofía y de la teología, tantas sutilezas, que muchas veces no son más que diferencias de matiz, pero que en los dogmas pueden tener una importancia suma!

Pero supongamos que se hubiese logrado expresarlo todo en la antigua lengua húngara, de hace mil años. ¿Cómo estaríamos hoy? O tendríamos que usar las primitivas traducciones, y entonces todo el mundo se reiría durante la Misa, o habríamos de traducir continuamente, en consonancia con la evolución de la lengua, el texto de la Misa; y entonces habría tantas costumbres y tantos textos húngaros como iglesias. Este cambio continuo, ¿no sería en detrimento de la piedad? ¿No sacudiría la fe que tenemos en la invariabilidad de nuestra doctrina? ¿No quitaría a nuestro culto la fuerza y el encanto misterioso que le da justamente el lustre de la antigüedad?

Y llegamos a la tercera razón por la cual la Iglesia no quiere renunciar a la lengua latina: el de su antigüedad en la liturgia. La humanidad estuvo cegada durante cierto tiempo por la fiebre de la innovación. Habla que innovar a toda costa. «Nada de lo antiguo es bueno, y  todo lo nuevo trae la salvación», ésta era la divisa. Hoy día —después de amargos experimentos—, ya estamos desengañados. Ya sabemos que «no todo lo que brilla es oro», y estamos convencidos además de que «no todo lo nuevo es bueno». Concedemos que el hombre no puede ser anticuado, que no puede detenerse en las costumbres anticuadas de épocas pasadas; pero constatamos también que el afán por la innovación puede echar por la borda tradiciones antiguas valiosísimas.

El hombre de hoy sabe apreciar de nuevo el pasado, y esto es un fenómeno alentador. Hay quienes se pavonean con la antigüedad de su linaje. Otros coleccionan con esmero recuerdos de nuestros antepasados.

Pues bien; la lengua latina de la liturgia tiene dos mil años. ¿No nos emociona que en la Santa Misa escuchemos las mismas oraciones que nuestros mayores, cristianos de hace mil y dos mil años?

«Christe, audi nos! Christe, exaudi nos!» «Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.» ¿Quién pronunció estas palabras? Nuestros primeros mártires, al sentir en su cuerpo los zarpazos de fieras hambrientas en la arena del circo romano, mientras el público aplaudía.

«Dominus vobiscum!» «El Señor está con vosotros». «Et cum spiritu tuo» «Y con tu espíritu» ¿Quién pronunció estas palabras? Nuestros mayores, los primeros mártires del cristianismo, cuando por la noche, en las catacumbas, en aquellos corredores subterráneos de Roma, hincados de rodillas, rodeaban al Papa que celebraba la Misa y esperaban temblando el momento de ser acometidos por los verdugos que los perseguían…

¿Se puede renunciar con ligereza a esta preciosa herencia?

Conservemos el latín. Tenemos motivos más que suficientes para estar orgullosos de su permanencia.

No se me tilde de exagerado si, al terminar el estudio del Tercer Mandamiento, digo: Para un cristiano es de capital importancia, más que garantizar un trabajo de ocho horas diarias, asegurar cada semana por lo menos media hora de meditación. Si podemos dedicar cada día ocho horas diarias al trabajo durante la semana, ¿podrá decirse que exige demasiado la Iglesia al prescribirnos que dediquemos media hora a la semana para Dios?

El que asiste a la Santa Misa los domingos por lo menos asegura a la semana media hora de meditación. Participar de la Misa es como estar de nuevo en el Calvario el primer Viernes Santo. Estar en el momento más importante de la historia, delante de Nuestro Señor Jesucristo que se ofrece por nosotros. Un momento sublime para hacer oración. ¿O es que no tenemos ninguna súplica que hacer a Dios? ¿Nada de qué arrepentirnos?

¿Ningún mal del que nos pueda librar? ¿Ningún pecado? La turba enfurecida gritó de esta manera el primer Viernes Santo: Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos (Mt 27,25). Nosotros decimos lo mismo en la Santa Misa, pero no blasfemando, sino suplicando con humildad: «Señor, caiga tu sangre sobre nosotros. Que tu sangre preciosísima caiga sobre mi alma, sobre mi alma manchada, sobre mi alma destrozada…, y la lave, la queme, la reconforte, la purifique…».

Llegará un día en que se celebre la última Misa en el mundo… Entonces sonarán las trompetas de los ángeles en el Juicio final y se rezará el último «Señor, ten piedad»; entonces el coro de los ángeles cantará el solemne «Sanctus»; entonces la Humanidad, resucitada para el Juicio, oirá el último «Ite, missa est» «La Misa ha concluido, podéis ir»…y  «los malos irán al eterno suplicio, y los justos a la vida eterna» (Mt 25,46).

Si el tañido de la campana te ha conducido siempre a la Santa Misa, la voz invitadora del Juicio también te llamará y colocará a la derecha del Padre; si has observado agradecido el Tercer Mandamiento de la Ley de Dios en la tierra, podrás disfrutar el eterno domingo del cielo.

Notas

11 CIC 2502: El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza Sobreeminente Invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, «Resplandor de su gloria e Impronta de su esencia» (Hb 1,3), en quien «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2,9), belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, los Ángeles y los Santos. El arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador.


12 El latín dejó de ser lengua vernácula (lengua entendida por el pueblo) hacia los Siglos VII y IX; sin embargo, la Misa siguió ofreciéndose en latín porque mucha de su liturgia ya había sido creada en esa lengua. En 1969 Pablo VI permitió la misa en lenguas vernáculas para una “participación plena y consciente de los fieles”, siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II. ¿Qué es lo que cambió con el Concilio? En cuanto al idioma, hasta el Vaticano II la única lengua que podía usarse en la liturgia del rito latino, era el latín.

Entonces se permitió utilizar también las lenguas vernáculas (es decir, las de cada pueblo). La autorización de las mismas, fue un permiso, una ampliación; y la lengua propia del rito latino siguió siendo el latín. Basta ver los textos de la Constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II para saber qué se decidió.

De hecho todos los misales en lenguas vernáculas incluyen el texto del Ordinario de la Misa en latín al final del libro. Esto fue una decisión del Papa Pablo VI que quería que no se perdiera el latín y que los sacerdotes pudieran seguir celebrando también en latín.

En la práctica, para facilitar el entendimiento del pueblo, se fue dejando el latín en las parroquias. Pero la Iglesia siempre insistió que cuando los fieles tuvieran un nivel cultural más amplio valoraran el latín, y pudieran participar en ceremonias en esa lengua.

El llamado más reciente lo ha realizado el Papa Benedicto XVI, en la Carta Apostólica Sacramentum Caritatis.

Tomado del libro «Los Mandamientos»

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