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Soy cristiano, soy católico. ¿Sabes lo que significa esto? Significa que el nombre de Dios está esculpido en mi alma y yo he de procurar honrarlo y respetarlo.
El descanso dominical ofrece ocasión de profundizar en la vida espiritual.

Por Mons. Tihamer Toth
Tomado del libro «Los mandamientos»

La santificación del domingo busca un doble objetivo: dar al cuerpo fatigado el debido descanso y procurar al alma, también cansada, la alegría y el refrigerio necesarios. ¡Renovación corporal y espiritual! Tal sería la santificación digna del día del Señor. Pero ¡qué caricatura hacemos muchas veces del domingo! ¡A qué extremos hemos llegado! Si reunimos todos los pecados que se cometen durante los seis días de la semana y los colocamos en un platillo de la balanza, y en el otro platillo no ponemos más que los pecados cometidos en día de domingo — borracheras, blasfemias, asesinatos, inmoralidades…— veremos con espanto que la balanza se inclina de este lado, rebasando con creces la suma de los pecados cometidos durante la semana.

¿Qué debemos hacer en el tiempo que nos queda libre después de participar de la misa? ¿En qué podemos aprovechar lo mejor posible el día?

En primer lugar, en este día hay que propiciar todo lo que produzca una alegría verdadera, profunda y sencilla, lo que más le falta al mundo moderno. El hombre olvidado de Dios, sabe «distraerse», sabe «divertirse», sabe correr en pos de los placeres. Pero ¿alegrarse? No, no sabe. Podrá comprar muchas cosas, pero no hay una tienda en que se venda la alegría verdadera. Y sin embargo, la puede encontrar donde menos lo espera: consagrando el día a la familia, a los hijos, a la conversación íntima dentro del hogar.

El descanso dominical ofrece al mismo tiempo ocasión de profundizar en la vida espiritual.

Sabes que la mayoría de los hombres llamados «incrédulos» no lo son realmente; tan sólo son indiferentes, creyentes que se enfriaron en su fe y la perdieron. Pues bien, al alma hay que dedicarle una parte del tiempo libre de los domingos, procurando, mediante lecturas escogidas, saciar su hambre de vida espiritual. ¿Pueden afirmar todos los católicos que conocen a fondo la Sagrada Escritura o, al menos, los Evangelios? ¿Que leen a menudo, o por lo menos un cuarto de hora todos los domingos, el Libro de los Libros?

Todos disponemos de tiempo para lo que nos gusta. No tenemos excusa, diciendo que nos queda poco tiempo para la lectura. Conforme más absorbidos estemos por las preocupaciones terrenas, tanto más necesitamos contar con un tiempo para alimentar nuestra pobre alma.

¿Qué decir de aquellos leen bastante, tanto que en tres días se tragan las últimas novelas que acaban de publicarse? ¡Cuántos hay entre éstos que nunca han ojeado la Sagrada Escritura ni un libro religioso profundo! ¿Puede sorprendernos que se apague en ellos la fe religiosa? ¿Cómo han de sentir orgullo de ser católicos, si no tienen idea de lo que ha dado la Iglesia católica a la Humanidad en el campo de la moral, de la educación y de las artes; si no conocen las columnas de la Iglesia, ni la vida de los santos que más han cambiado la historia: San Agustín, San Benito, San Bernardo de Claraval, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Sales, San Vicente de Paúl…?

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Hemos de interesarnos por todo lo que concierne a la Iglesia católica. La Iglesia católica es la institución más grande de la historia universal. ¡Con qué majestuosa tranquilidad pregona las cosas más asombrosas: que Cristo sigue viviendo en ella…, que en ella y solamente en ella está la plenitud de la verdad cristiana…, y que no falla jamás su palabra…! Otro medio, también muy importante, para nuestra vida espiritual es escuchar con atención la homilía durante la santa misa. Hoy día ni siquiera podemos imaginarnos que hubo un tiempo en que los cristianos escuchaban durante horas al obispo que predicaba, o que en la Edad Media, después de un sermón entusiasta, la muchedumbre se ponía en camino para emprender una cruzada.

¿Cómo se escuchan las homilías y cómo deberían escucharse? Lo diré con las palabras del mismo JESUCRISTO (Lc. 8,5-8); Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al esparcirla, parte cayó a lo largo del camino, donde fue pisoteada y la comieron las aves del cielo (hoy diría seguramente que los camiones la aplastaron). Parte cayó sobre un pedregal, y luego que nació se secó por falta de humedad; encontró un poco de tierra, germinó, bebió la primera lluvia, se saturó de la luz del sol; pero la tierra se secó muy pronto, se secaron también los brotes y no pudieron dar cosecha las semillas. Parte cayó entre espinas, y creciendo al mismo tiempo las espinas con ella, la sofocaron (echó raíces, pero el tierno brote fue ahogado por la mala hierba que le rodeaba). Parte, finalmente, cayó en buena tierra; y habiendo germinado dio fruto al ciento por uno.

¿Qué significa la semilla? Representa la palabra de Dios, el Evangelio. Es una semilla pura. ¡Sin cizaña! El mundo no ha conocido ni conocerá doctrina más sublime. La semilla, por lo tanto, es de primera categoría, insuperable. ¿Y qué pasa con la cosecha? ¿Por qué puede ser tan variada? ¿Cuál es su explicación? Lo explica la tierra, el suelo en que cae la semilla. Es de diferente valor, y por esto es diferente también la cosecha. Pero quizá se me objete que todas las almas vienen de Dios y son obras maestras del Señor, creadas para la inmortalidad. ¿Cómo se explica que una sea tierra buena para la palabra de Dios y la otra tierra mala? Es un problema difícil, un misterio insondable: el misterio del libre albedrío, de la libre voluntad, que puede cooperar a la multiplicación de la palabra de Dios; pero que si se pone terca, puede ahogar la semilla buena sembrada en él.

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Estudiemos más detenidamente la suerte de la semilla.

Parte cayó a lo largo del camino; y los camiones la aplastaron. Hay hombres de alma dura, como un camino de asfalto, por el cual corre desbocado el auto de los placeres pecaminosos que aplasta la fe; hay hombres de corazón endurecido por las preocupaciones de la vida. ¡Cristianos que apenas viven su fe! De vez en cuando, el Viernes Santo o el día del Corpus entran en una iglesia y allí escuchan por casualidad un sermón; después… vuelven a casa. Pero la vida pisotea en seguida la semilla que cayó en su alma.

¡Pobres almas! ¡Pobres hermanos! ¡Duros como el camino! No van a confesarse durante: quince años, y cuando están para casarse y se han de confesar, dicen: «No tengo ningún pecado.» Sí, así lo dicen: ¡No tengo ningún pecado! Los criterios del mundo aplastaron en ellos hasta el correcto juicio moral.

¡Pobres, pobres almas de camino!

Parte de la semilla cayó sobre un pedregal… ¿Quiénes son los que forman este segundo grupo? ¡Las almas anémicas! En éstas germina la semilla, pero no puede vivir mucho tiempo. Quisieran acercarse a Dios, pero su voluntad queda parada en el «quisiera», y nunca se traduce en hechos. Son hombres de buena voluntad, pero superficiales. Padres que se emocionan al ver hacer su hijo la primera comunión; pero ¿comulgar también ellos con el pequeño? ¡Ah! Esto no: ¡sería demasiado!… Hombres que se impresionan en los entierros y miran conmovidos la fosa abierta; pero esa misma noche salen a divertirse, y ni siquiera recuerdan el pensamiento religioso que cruzó por su alma en el cementerio.

«Pero ¿qué puedo hacer yo si es así mi temperamento?», me dices en tono de excusa. Pues no, y no. Tu «temperamento» no lo excusa todo. Tendrías que trabajar también en la reforma de tu temperamento, en la educación de tu carácter. ¡Hasta dónde llega la exigencia de un deportista en los entrenamientos antes de la competición, sólo para lograr un trofeo que tan pronto se olvida! ¿Por qué no trabajamos firmemente por alcanzar la corona inmarcesible de la vida eterna.

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¡Pobres almas anémicas!

Parte cayó entre espinas. Echó raíces, brotó a la superficie, comenzó a crecer; pero las espinas y la mala hierba la sofocaron. Tienen al principio buena voluntad, pero las mil ocasiones de pecado ahogan el brote tierno y secan los nobles anhelos.

Y, sin embargo, a pesar del ambiente, a pesar de la influencia del mundo, aun en medio de la miseria, es posible ser tierra fértil de Cristo. ¿Es posible? Sí; ejemplos sublimes lo demuestran.

¡A pesar de todo, aún hay tierra buena!

Son las almas que escuchan y guardan la palabra de Dios. ¡La escuchan! ¡Cuán difícil es oír la palabra de Dios en el estrépito de la gran ciudad! ¡Cuánto más difícil es escucharla y guardarla! ¡Ser, en medio de las angustias y anhelos terrenos, tierra buena para la semilla de la vida eterna! ¡Vivir en el mundo y no ser triturado por él! ¡Ser bueno en una época en que el mal crece como la mala hierba! Guardar el corazón puro en un tiempo en que la inmoralidad es la cosa más natural del mundo! No tambalearse cuando caen muchos robles robustos. ¡Ser santo cuando acechan víboras a cada paso! ¡Entregarme a Dios cuando el mundo sólo se entrega a las cosas terrenas! ¡Escuchar la palabra de Dios y rendir el ciento por uno en la cosecha!

Mucho nos ayudaría para la santificación del domingo el escuchar con verdadero espíritu la palabra de Dios.

Pero mientras la predicación tan sólo nos lleva a Jesucristo; en la santa misa encuentro al Señor. La predicación es un escalafón hacia el altar del sacrificio; la santa misa es el sacrificio mismo. La misa es lo principal, pero la lectura espiritual nos ayuda a entender más profundamente la misa. La oración es lo principal; pero la lectura espiritual nos enseña a orar. En la santa misa es el mismo Jesucristo quien pasa en medio de nosotros y toca con su mano bienhechora nuestras almas cansadas de luchar. Entonces encontramos la fuerza para cargar de nuevo la cruz de Cristo, en el momento en que ya íbamos a sacudírnosla de encima.

Mons. Tihamer Toth

Tihamér Tóth (Szolnok, 14 de enero 1889 – Budapest, 05 de mayo 1939) fue obispo de Veszprém, Hungría. Se destacó como predicador y su dedicación a la pastoral de jóvenes y estudiantes.

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