fbpx
Sin la gracia de Dios no podemos resistir a muchos y poderosos enemigos. Y esta gracia sólo se da a los que rezan; por tanto, sin oración no hay victoria, no hay salvación.

Escribía el apóstol San Pablo a su discípulo Timoteo: «Recomiendo ante todas las cosas que se hagan súplicas, oraciones, rogativas, acciones de gracias». Comentando estas palabras, el Doctor Angélico dice que oración es la elevación del alma a Dios. La oración es la elevación del alma y del corazón a Dios, para adorarle, darle gracias y pedirle lo que necesitamos.


San Alfonso María de Ligorio,
«El Gran Medio de la Oración»

Consejos de San Alfonso María de Ligorio para tus Oraciones

• Sin oración no hay salvación

Santo Tomás de Aquino demuestra en pocas palabras la necesidad que tenemos de la oración. Nosotros, dice, para salvarnos tenemos que luchar y vencer, como señala San Pablo: «El que combate en los juegos públicos no es coronado si no combate según las leyes». Sin la gracia de Dios no podemos resistir a muchos y poderosos enemigos. Y esta gracia sólo se da a los que rezan; por tanto, sin oración no hay victoria, no hay salvación.

• Orar para vencer la tentación

Diremos con el mismo santo que no sabrá vivir bien quien no sabe rezar bien. San Francisco de Asís asegura que no puede esperarse fruto alguno de un alma que no hace oración. Injustamente se excusan los pecadores que dicen no tener fuerzas para vencer las tentaciones. Responde el apóstol Santiago: «Si las fuerzas os faltan, ¿por qué no las pedís al Señor?». […] Débiles somos, pero Dios es fuerte, y cuando le invocamos nos comunica su misma fortaleza. Entonces podemos decir con San Pablo: «Todo lo puedo con la ayuda de Aquél que es mi fortaleza».

El que reza se salva, el que no reza se condena. Salvo los niños, todos los demás bienaventurados se salvaron porque rezaron, y los condenados se condenaron porque no rezaron. Y ninguna otra cosa les producirá en el infierno más espantosa desesperación que pensar que les hubiera sido cosa muy fácil salvarse, pues lo hubieran conseguido pidiendo a Dios sus gracias. Pero serán eternamente desgraciados porque, para ellos, el tiempo de la oración ya pasó.

• La intercesión de María

Podemos asegurar que todos los bienes que recibimos del Señor nos llegan por medio de la intercesión de María. Nos exhorta San Bernardo a recurrir siempre a esta divina Madre, ya que sus súplicas son siempre escuchadas por su divino Hijo. San Bernardino de Siena afirmó que María no sólo es el medio que nos comunica todas las gracias de Dios, sino que desde el día en que fue hecha madre de Dios, adquirió una especie de autoridad sobre las gracias que se nos conceden: «Ya que toda la naturaleza divina se encerró en el seno de María, no temo afirmar que por ello adquirió la Virgen cierta jurisdicción sobre todas las gracias, pues fue su seno el océano del cual salieron todos los ríos de las gracias divinas.

Por lo demás, si es cierto que le agrada al Señor que recurramos a los santos, mucho más le agrada que pidamos a la intercesión de María para que supla ella nuestra indignidad con la santidad de sus méritos. Acudir a la Virgen no es desconfiar de la divina misericordia; es temer nuestra indignidad.

• Dios atiende siempre

¿Por qué inquietarnos con temores y angustias inútiles? Recen, recen siempre; que vuestras plegarias suban continuamente al trono de Dios. Denle gracias por las promesas que les hizo de concederles todas las grcias que le pidan; la gracia eficaz, la perserverancia, la salvación y todo cuanto quieran…

«Sería un generoso favor de parte de Dios si solamente atendiera nuestras plegarias una vez al mes. Así lo hacen los grandes de la tierra, que ponen dificultades para atender. Pero el Señor no es así; al contrario. El profeta Isaías nos asegura que cuando el Señor oye nuestras plegarias, al punto se mueve tanto a compasión, que no nos deja llorar demasiado: «De ninguna manera llorarás. El Señor, apiadándose de ti, usará contigo de misericordia: al momento que oyere la voz de tu clamor, te responderá benigno».

• Tesoro de la Oración

Dios no es avaro de sus bienes, como suelen ser los hombres. A los que rezan, Dios les da copiosamente, con abundante mano y más de lo que se le pide, porque infinita es su riqueza, y por mucho que dé, nunca disminuyen sus tesoros. […] Quede bien sentado que la oración es verdadero tesoro y el que más pide, más recibe. San Buenaventura llega a decir que cuantas veces el hombre acude a Dios devotamente en la oración, gana bienes que valen más que el mundo entero.

• También los pecadores deben orar

Alguno dirá: «Soy pecador y por tanto no puedo rezar, porque Dios no oye a los pecadores». Santo Tomás nos ataja, explicando que eso sólo puede decirse del pecador en cuanto tal, es decir, cuando pide al Señor medios para seguir pecando. Otro tanto puede decirse del pecador que pide al Señor la gracia de la salvación sin deseo de salir del estado de pecado en que se encuentra. Hay desgraciados que aman las cadenas con que los ató el demonio. Las oraciones de éstos no pueden ser oídas por Dios.

[En cambio] hay pecadores que han caído por fragilidad o por empuje de una fuerte pasión. Son ellos los primeros en gemir bajo el yugo del demonio y en desear que llegue por fin la hora de romper aquellas cadenas. Piden ayuda al Señor. Si esta oración es constante, Dios ciertamente los oirá, porque dijo: «Todo el que pide recibe, y el que busca encuentra». Un autor antiguo comenta estas palabras: «Todo el que pide; sea justo, sea pecador».

El Doctor Angélico [Santo Tomás de Aquino] no duda en afirmar que el pecador, cuando reza, es oído. Pues aunque su oración no sea meritoria, ésta no se apoya en la justicia, sino en la bondad de Dios. Agrega que no es requerido que en el momento de orar seamos amigos de Dios por la gracia: la oración ya de por sí nos hace en cierto modo sus amigos.

• Oración rogando la gracia de orar

Dios del alma mía, sé que tú me escucharás siempre cuando recurra a ti. Pero temo olvidarme de orar, por negligencia mía, y que eso sea la causa de perder tu gracia. Por los méritos de Jesús concédeme la gracia de orar, pero una gracia abundante, que me haga orar siempre y orar como se debe. ¡Oh María, Reina mía!, tú que consigues de Dios cuanto le pides, por el amor que a Jesús profesas, obtenme la gracia de orar, de orar siempre sin fatigarme hasta el momento de la muerte. Amén.

También te puede interesar: Curso: El Camino de la Oración. Presentación

Editor

Editor

Te ofrecemos la mejor selección de artículos de contenido católico para tu formación cristiana.

Ver todas las entradas

Comentar

You have to agree to the comment policy.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.