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No podemos permitir que la pandemia se convierta en el último golpe del enemigo contra la Eucaristía. De lo contrario, no necesitaremos una «nueva teología» para una «nueva normalidad», porque no habrá más espacio para el Reino de Dios. Solo para el anticristo.

Por el Equipo de Christo Nihil Praeponere.
Traducido y editado por Formación Católica.

En vista de los cambios causados ​​por la pandemia del coronavirus, muchos ya hablan de una «nueva normalidad». Y la dificultad que enfrenta la mayoría de los lugares para reabrir la economía y otras actividades refleja perfectamente esta idea, ya que nos vemos obligados a adaptar nuestras vidas a un estilo muy tecnocrático. Todos los sectores son afectados, principalmente los católicos con la suspensión de la Santa Misa.

Todo esto, ciertamente, tiene su influencia en la Iglesia. Si para una pandemia hay una «nueva normalidad», entonces, en opinión de algunos, para una «nueva normalidad» también debería haber una «nueva teología». Un biblista importante comentó recientemente, por ejemplo, que, a diferencia del trabajo, «sin la celebración de la Misa, sobrevivimos igualmente», porque «hay muchas personas que nunca participan en la Eucaristía y viven así como si nada». Según él, «la salud de las personas es más importante que la Santa Misa». 

Señales de los tiempos. Los detalles de la controversia sobre las decisiones de salud para combatir el virus dejamos a las mentes más capaces. Ya hemos hablado en otro texto  de los problemas que vemos en todo este embrollo.

La pregunta más importante ahora es otra: se trata de saber qué quedará de la fe católica después de todo esto y si nosotros, como discípulos de Jesús, tendremos la valentía de confesarla, aun cuando las autoridades quieran convencernos de lo contrario.

Sí, defendemos la vida. ¿Quién se atrevería a dudar de eso? Pero además de esto hay otra vida más importante, cuya existencia nunca ha estado tan amenazada. El trabajo nos garantiza la supervivencia en esta tierra, obviamente. Sin embargo, solo la Eucaristía nos da el Pan de la eternidad. Y es por eso que nunca podemos aceptar una «nueva normalidad» o una «nueva teología» que nos diga que la Santa Misa, el sacrificio Eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo, es algo simplemente irrelevante para el bien de los cristianos. Sine Dominico non possumus.

Pero si la pandemia ha servido para algo, hasta ahora, fue para revelar nuestra impiedad.


Por esta verdad, muchos católicos murieron martirizados en la historia del cristianismo. Por lo tanto, es ese el ejemplo que debemos imitar. La piedad Eucarística debe mantenerse viva en nuestros corazones, como lo fue para los católicos japoneses, por ejemplo, cuando la autoridad política de su país, por odio a Cristo y la moral, borró del mapa a todos los sacerdotes del archipiélago. Para ellos ni siquiera quedaba una Santa Misa televisada, lo que los hace aún más admirables. Solamente por medio del recuerdo ellos podían asistir al banquete del Cordero.

Pero si la pandemia ha servido para algo, hasta ahora, fue para revelar nuestra impiedad. El velo de una catequesis fracasada se rompió de arriba abajo, revelando lo que ojos más atentos ya observaban: los católicos dejaron de ser católicos. Ellos ya no creen en los artículos de fe del Credo de los Apóstoles, ni se preocupan por la preservación del «estado de gracia». Para el 80% de los católicos americanos, Jesús no está verdadera, real y sustancialmente presente en la Eucaristía, lo que concuerda con la situación de muchas diócesis en Brasil, donde la asistencia a la Santa Misa dominical no llega al 5% de los bautizados. Datos alarmantes, sin duda, y por los cuales, dice Monseñor Robert Barron, obispo auxiliar de Los Ángeles (EE.UU.), «todos somos culpables»: obispos, sacerdotes y cualquiera que tenga el deber de evangelizar.

Podríamos aludir varios factores para explicar esta crisis de fe, pero uno de ellos, de impacto ampliamente subestimado, es la banalización de los sagrados misterios y la deformación lenta y gradual de la liturgia católica. El vínculo puede parecer incluso «forzado» al principio, pero la verdad es que lex orandi, lex credendi, es decir, la ley de la oración es la ley de la fe. La Santa Misa, es la oración por excelencia del cristiano, el principal lugar de la catequesis en la Iglesia. La forma en que oramos y participamos en el servicio Eucarístico tiene un impacto directo en nuestra profesión de fe, así como en nuestro estilo de vida. Por lo tanto, si nuestra participación en la Misa es igual a la del un público en un programa de televisión, no es muy difícil imaginar el tratamiento que daremos a los misterios de nuestra religión.

La afirmación, hoy, de que la Misa es algo «irrelevante» para el bien de los cristianos, y que sin ella podemos vivir tranquilamente, no viene de la nada; se inserta en un crecimiento de décadas en que el culto Eucarístico ha sido vilipendiado, modificando la fe y la vida de los católicos. De hecho, la forma en que se llevó a cabo la reforma litúrgica de 1969 permitió que, en muchos lugares, con el pretexto del clima reformista, la celebración Eucarística pasara a ser vivida como un taller, donde la comunidad tenía autoridad para experimentar todo tipo de innovaciones, sin sentido para la naturaleza de la liturgia.

Misa dejó de ser creída como un don recibido de Nuestro Señor, el sacrificio del Cordero, para convertirse en un culto banal, donde las persona se reúne habitualmente para celebrar algo

La misma Santa Sede lo ha reconocido recientemente: «Podemos decir que se está generalmente de acuerdo en observar un fuerte aumento de los abusos en el campo de celebración después del Concilio». Y como la norma de la oración (lex orandi) rige la norma de la fe (lex credendi), la Misa dejó de ser creída como un don recibido de Nuestro Señor, el sacrificio del Cordero, para convertirse en un culto banal, donde las persona se reúne habitualmente para celebrar algo, pero del cual pueden separarse sin mayores problemas. Así que lo que vemos ahora, en tiempos de pandemia, es sólo el clímax de una actitud gestada en el pasado.

Que esa haya sido la intención manifiesta de monseñor Annibale Bugnini, arquitecto de la reforma litúrgica, es discutible. El hecho, sin embargo, es que él mismo decía que su trabajo tenía «plazo de validez» para quizás 20 o 30 años, indicando, con ello, una extraña contradicción con el principio de continuidad dentro de un orgánico y deseable desarrollo litúrgico [1]. Si se entiende la liturgia como una «masa de modelar» que puede ser modificada arbitraria y provisionalmente según el sabor del tiempo, la consecuencia lógica es que el ars celebrandi de los sacerdotes se vuelva bastante contrario a cualquier rúbrica, a fin de satisfacer los «intereses pastorales» Y esto explica la existencia de tantos abusos, que hacen de la Misa una pantomima, siempre una «novedad» –cosa que la Santa Sede ha intentado frenar varias veces, desgraciadamente sin éxito.

Ahora bien, la dinámica de las leyes eclesiásticas, mutatis mutandis, no es muy diferente de la de las leyes civiles: ambas tienen consecuencias sobre las costumbres. De ahí la cautela que Santo Tomás de Aquino recomienda a los legisladores antes de un cambio en las leyes, para que eso no conduzca a una pérdida para la comunidad. «No constituir un nuevo orden de cosas» explica el Doctor Angélico, «debe ser evidente la utilidad para alejarnos de la ley tenida siempre por justa» (Sth I-II 97, 2). De lo contrario, la comunidad tendrá un gran perjuicio en el discernimiento sobre las cosas que contribuyen al bien común, pues lo que antes se hacía con toda certeza de bondad es abrogado por un nuevo orden que de alguna manera se sugiere como contrario a la anterior. De ahí se ve la perplejidad con que muchos católicos han recibido el nuevo Misal, y como esto, aún hoy, es un tema muy espinoso.

En la historia de la liturgia católica nunca se ha aceptado un movimiento de ruptura radical en el que el pasado fuera rechazado con desprecio y desprecio en favor de un nuevo rito que se presentase como provisional y aparentemente abierto a diversas interpretaciones. Como muestra Monseñor Alcuin Reid en su libro The Organic Development of the liturgy, los principios de todo desarrollo de la liturgia a lo largo del tiempo fueron:

1- El sentido claro de que algo es recibido, y no simplemente construido de acuerdo a los gustos particulares;
2- el reconocimiento de que la celebración es una realidad viva, un organismo capaz de desenvolvimiento;
3- y la preocupación en mantener la continuidad y la armonía con la Tradición.

Por eso, dice el liturgista Cyrille Vogel, «las liturgias nunca han sido simplemente sustituidas unas por otras; se han influenciado y modificado mutuamente, e incluso la liturgia romana dominante es resultado de un proceso de cambio y enriquecimiento» [2].

Pues bien. La decisión de Benedicto XVI de establecer el «uso extraordinario» del Misal de S. Pío V siguió exactamente estos principios, juzgando que «las dos formas del uso del rito romano pueden enriquecerse mutuamente», por un lado, con la inserción de nuevos santos y prefacios para el rito pre-conciliar y, del otro, en la celebración del Misal de Pablo VI, manifestando «de manera más intensa lo que a menudo ocurre hasta ahora, que aquella sacralidad es la que atrae a muchos al uso antiguo». El Santo Padre explicó que «la garantía más segura que hay de que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y ser amado por ellas es celebrar con gran reverencia según las rúbricas», porque «esto hace visible la riqueza espiritual y la profundidad teológica de este Misal”.

El Papa tiene la prerrogativa de confirmar a los hermanos y velar por que la Sagrada Liturgia manifieste siempre más claramente «el misterio de Cristo y la auténtica naturaleza de la verdadera Iglesia», según afirma la Constitución Sacrosanctum Concilium (n. 2). Él «no es un monarca absoluto cuya voluntad es ley», como explica Ratzinger, «sino el guardián de la auténtica Tradición y, por eso, el primer garante de la obediencia» [3].

Desde esta perspectiva, por ejemplo, el caso de la reforma del breviario realizada por el cardenal Francisco de Quiñones en 1529 es bastante instructivo para nuestros tiempos. Para el cardenal Quiñones, la tarea recibida del Papa Clemente VII era la de organizar las horas canónicas de tal modo que se acercaran más de la forma antigua, según el modelo de los Santos Padres, y se retirara todo exceso y detalles confusos, para que los sacerdotes ya no pudieran eludir el deber de la oración. Pero lo que siguió, al fin y al cabo, fue una reforma basada en el arqueologismo –es decir, el deseo de volver al antiguo, sin una consideración debida de la Tradición y de los desarrollos litúrgicos– y en el humanismo renacentista, con llamamiento a una cuestión pastoral bastante controvertida. Así mismo, el Breviario de Quiñones fue publicado con la pretensión de ser el «breviario de las personas ocupadas».

El historiador del P. Pierre Batiffol destaca que el nuevo breviario de Quiñones abolió los responsorios, así como la distribución tradicional de los salmos, reordenándolos «en un nuevo plano, en un orden innegablemente práctico, fácil y atractivo, pero desconocido para la Iglesia antigua» [4]. Su recepción, en consecuencia, no se ha dado de forma tranquila, con contestaciones desde los teólogos de la Sorbonne, en Francia, que lo acusaron de romper con la Tradición, hasta los fieles de Zaragoza, en España, que, sospechando de la ortodoxia de los nuevos cánones, acudieron alborotados a la Catedral casi exigiendo un acto de la fe. «Este pueblo defendió a su manera los justos derechos de la Tradición litúrgica», justifica el padre Batiffol [5]. Todo este furor, al fin y al cabo, impresionó a la Santa Sede.

El Breviario de Quiñones fue proscrito por san Pío V, que llevó a cabo la reforma del Concilio de Trento. Para Monseñor Alcuin Reid, este hecho es «la principal demostración, en la historia litúrgica, de la prioridad que goza el desarrollo orgánico sobre la aprobación de la autoridad competente» [6]. De las lecciones que deberíamos sacar de este episodio, según Monseñor Prosper Guéranger, destaquemos estas tres:

1- La reforma de la liturgia, para que dure, no debe ser realizada por los eruditos, sino con la debida reverencia y por los que han sido investidos por la autoridad competente;
2- es necesario resguardarse del espíritu de la novedad;
3- y abreviar no es reformar: la duración de la liturgia no debería ser un problema a los ojos de quien debería dedicar la vida a la oración [7].

Los fieles están llamados a participar «en el santo sacrificio Eucarístico, no con asistencia pasiva, negligente y distraída, sino con tal compromiso y fervor que los pone en contacto cercano con el sumo Sacerdote

Todo este celo es necesario porque la Misa no es solo un recuerdo de la Pasión de Cristo, «sino que es un sacrificio verdadero y apropiado, en el cual el Sumo Sacerdote, inmolando a sí mismo sin sangre, hace lo que una vez hizo en la cruz, ofreciéndose a sí mismo al Padre, una víctima muy agradable» (Pío XII, Mediador Dei , n. 61). Los ritos litúrgicos, por lo tanto, necesitan expresar este misterio más profundo de la fe católica, para que podamos ofrecerle a Dios nuestra adoración, acción de gracias, súplica y arrepentimiento ( lex orandi, lex credendi, lex vivendi). Los fieles están llamados a participar «en el santo sacrificio de la Misa, no con asistencia pasiva, negligente y distraída, sino con tal compromiso y fervor que los pone en contacto cercano con el sumo Sacerdote […], ofreciendose con él y para él, santificándose con él» (id., n. 73). 

Estas verdades deben ser claramente visibles ante nuestros ojos, especialmente en el contexto actual, en el que se da una relativización de la Eucaristía como nunca antes . Sin lugar a dudas, la salud de las personas necesita ser preservada y los cristianos deben colaborar para crear un ambiente justo y saludable para la interacción social, en medio de una situación tan adversa. Pero toda actividad caritativa de la Iglesia tiene su origen precisamente en el banquete eucarístico, del que se alimenta y vive ( Ecclesia de Eucharistia ). Todos los santos conocidos por su atención a los humildes (San Francisco, San Juan María Vianney, Santa Teresa de Calcuta, etc.) fueron grandes amantes de la Eucaristía.. Tratarla como algo secundario e incluso desechable es ir contra las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo […] y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51).

No podemos permitir que la pandemia se convierta en el último golpe del enemigo contra el Santísimo Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, después de una serie de ataques y abusos que ha sufrido a lo largo de las últimas décadas, causando la debandada de innumerables bautizados. De lo contrario, no necesitaremos una «nueva teología» para un «nuevo normal», porque no habrá más espacio para el Reino de Dios. Sólo para el Anticristo.


Referencias

1- Cardenal Joseph Ratzinger, «Respuesta del cardenal Ratzinger au Père Gy». En: La Maison-Dieu 230.2 (2002) 113-20.

2- Cyrille Vogel, Liturgia medieval , 6004ª ed., Pastoral Pr, 1983, p. 3.

3- Prefacio del cardenal Ratzinger al libro de Don Alcuin Reid, El desarrollo orgánico de la liturgia , San Francisco: Ignatius Press, 2005, versión electrónica.

4- Pierre Batiffol, Historia del Breviario Romano , 1912, p. 241.

5- Ídem.

6- Obispo Alcuin Reid, op. cit. , versión electrónica.

7- Dom Prosper Guéranger, Institutions liturgiques , 1878 (traducido y adaptado por Dom Alcuin Reid, El desarrollo orgánico de la liturgia, versión electrónica).

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