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La virtud de la humildad deriva de la templanza. La humildad es la virtud que modera el deseo desordenado de la propia excelencia (Santo Tomás de Aquino; Summa theologiae II-II, 161, a. 1), causando un conocimiento verdadero de nosotros mismos, principalmente ante Dios y también ante los hombres.


Por Eduardo Fleitas

Por la humildad el hombre conoce tres cosas sobre sí mismo: sus propias cualidades, su condición de criatura limitada y su condición de pecador lleno de culpas. Por lo tanto, la virtud de la humildad impide dos cosas: primero, el falso encogimiento, por el que el hombre se ve menos de lo que es; segundo, la falsa pretensión, por la que el hombre se ve más de lo que es. Por consiguiente, el que no es perfectamente humilde, o bien se considera a sí mismo más de lo que es o bien se considera menos de lo que es. La humildad, pues, nos guarda en la verdad. Por eso dice Santa Teresa de Jesús: «la humildad es andar en verdad» (6 Moradas 10,8).

 

Humildad ante Dios

«El principal motivo de la humildad es la sumisión a Dios. Por eso San Agustín, que la entiende como pobreza de espíritu, la considera dependiente del don de temor [de Dios], por el que reverenciamos a Dios» (STh II-II, 161,2 ad 3m). Propio del humilde es reconocer que todos sus bienes y cualidades tienen como causa primera a Dios; pues como dice el Doctor Angélico: «es propio del hombre todo lo defectuoso, y propio de Dios todo lo que hay en el hombre de bondad y perfección, según aquello de Oseas (13,9): “Tu perdición, Israel, es obra tuya. Tu fuerza soy yo”» (II-II 161,3). El hombre, sin Dios, solamente es capaz del mal. Y solamente con Dios, el hombre es capaz de todo bien, de orden natural y -sobretodo- sobrenatural.

Aún más: la bondad del hombre, por muy grande que fuera, apenas es nada comparada a la bondad de Dios. Puesto que, hablando con propiedad, la perfección absoluta corresponde solamente a Dios, como está en la Escritura: «uno solo es bueno» (Mt 19,27); la perfección del hombre, sin embargo, es siempre relativa, esto es, en relación. Por eso dice el Angélico: «el virtuoso es perfecto, [sin embargo] su perfección, comparada con la de Dios, es apenas una sombra: “todas las cosas, ante Dios, son como si no existieran” (Is 40,17). Así pues, siempre al hombre le conviene la humildad» (161, 1 ad 4m).

 Por lo tanto, los más santos, esto es, los más perfectos, son los más humildes. Por consiguiente, ellos son quienes más y mejor comprenden y sienten dos cosas: la primera, que toda su propia bondad es puramente don de Dios, y la segunda, que a su vez tal bondad es nada en comparación a la gloriosa Bondad divina. Esta es la humildad de la Virgen María en el Magnificat (Lc 1,46-55), y la humildad de Nuestro Señor Jesucristo, quién todos sus bienes lo atribuye al Padre (Jn 5, 19). A Dios, pues, sólo a Él, sea la gloria y el honor por los siglos de los siglos (1 Tim 1,17; Ap 5,12-14).

 

Humildes ante los hombres

La humildad causa en la persona el conocimiento verdadero de sí mismo ante los hombres. En efecto, por ella, dice el Doctor, podemos «pensar que los demás poseen mayor bondad que nosotros, o que nosotros tenemos más defectos, y humillarnos ante ellos» (II-II 161,3). Puesto que, en tanto conocemos con certeza nuestras propias culpas, no podemos tener certeza de que haya culpa real en los otros. Por eso dice el Apóstol: «considerad siempre superiores a los demás» (Flp 2,3).

Cuentan que San Martín de Porres, cuando su convento pasó por un grave problema económico, el santo se presentó al prior, y le sugirió que le vendiera como esclavo. En otra ocasión, cuando un fraile enojado le llamó a san Martín «perro mulato», el santo contestó que tal nombre era perfectamente adecuado, pues él era un pecador, y su madre era negra. He aquí la humildad. 

El alma humilde y no curiosa ni interesada en deleites, aunque sean espirituales, sino amigo de la cruz, hará poco caso del gusto que da el demonio

Una virtud fundamental

La humildad es el fundamento de todas las virtudes. Y esto por dos razones.

Primero, porque toda perfección es gracia divina, y el Señor no da sus dones al hombre en tanto éste se enorgullece de los mismos y los recibe como si de sí mismo procedieran y él (el hombre) fuere causa primera y única de ellos. Por eso está en la Escritura: «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (Prov 3,34; Sant 4,6; 1 Pe 5,5). Por lo tanto, el edificio entero de la vida espiritual está cimentado en la humildad, pues como dice santa Teresa: «si no hay ésta [la humildad] muy de veras, aun por vuestro bien no querrá el Señor subirle muy alto, para que no dé todo en el suelo» (7 Moradas 4,9). En este aspecto dice el Doctor Angélico que «la humildad, en cuanto quita los obstáculos para la virtud, ocupa el primer puesto [entre las virtudes]: ella expulsa la soberbia, a la que Dios resiste, y hace al hombre someterse al influjo de la gracia divina. Y desde este aspecto, la humildad tiene razón de fundamento del edificio espiritual» (STh II-II, 161,6).

Segundo, porque Dios siempre «santifica en la verdad» (Jn 17,17) y la verdad falta donde no hay humildad, y si no hay verdad, por consiguiente, no hay santidad. En este contexto dice Santa Teresa: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y me puso delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de pronto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira» (6 Moradas 10,8). Por consiguiente, el que posee humildad se ve librado de toda clase de engaños, mentiras e ilusiones, pues, como dice la Santa Doctora, «el alma humilde y no curiosa ni interesada en deleites, aunque sean espirituales, sino amigo de la cruz, hará poco caso del gusto que da el demonio», que es todo mentira (Vida 15,10), y por lo tanto, tampoco podrá ser engañado el humilde por un confesor inepto o malo (34,12), puesto que la humildad le guarda en la verdad y la paz.

Por todo lo dicho hasta aquí, queda bien claro que esta virtud es absolutamente necesaria al cristiano, y por lo tanto, es también absolutamente necesario pedirla a Dios, puesto que, como dice el Apóstol Santiago: «toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación» (St 1, 17), pero debe pedirla con fe, «sin dudar; porque el que duda es semejante al oleaje del mar, movido por el viento y llevado de una a otra parte. Que no piense recibir cosa alguna del Señor un hombre como éste» (St 1, 6-7).

 

Fuentes:

  1.   Rivera, José – Iraburu, José María; Síntesis de espiritualidad católica.
  2.   Santo Tomás de Aquino; Summa theologiae.
  3.   Santa Teresa de Jesús; Las Moradas.

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