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Su caso reunía todas las causales que acababan de hacer el aborto legal en su país: violación, riesgo de malformación, peligro para la vida de la madre. Su testimonio demuestra por qué tomó la decisión acertada: elegir la vida.

Verónica Cardona vive en Colombia. Está a punto de casarse y es feliz. Tiene una hija, de 11 años, fruto de una violación: la de su propio padre. Su caso reunía todas las causales que acababan de hacer el aborto legal en su país: violación, riesgo de malformación, peligro para la vida de la madre. Su testimonio demuestra por qué tomó la decisión acertada: elegir la vida.

Primera reacción ante el embarazo

Quedé embarazada a los 16 años como consecuencia de las violaciones de mi propio padre. Mi primera reacción cuando supe que estaba embarazada fue sentirme totalmente destrozada. Caí en depresión unos días, no quería matar a un ser inocente, pero tenía miedo, quizás el mismo miedo que sienten muchas mujeres al enterarse de que están embarazadas. Miedo a que no fuera capaz de salir adelante, miedo a los prejuicios, miedo a que me vieran con lástima, miedo a afrontar la realidad, miedo a quedarme sola.

Naturalmente, casi toda mi familia, doctores, jueces, en fin, todos querían que abortara y más aún aquí en Colombia, que se acababa de hacer «legal» el aborto en tres casos: por violación, por malformación y por riesgo de la vida de la madre. Yo cumplía con todos los requisitos: violación, una posible malformación por la información genética, y mi vida estaba en riesgo pues era un embarazo de alto riesgo.

Por otra parte, recordaba un día en el cual mi mamá, llorando, me pedía perdón pues ella había intentado abortarme, no quería que yo viviera, y pensé que yo no tenía el derecho de arrancarle la vida a nadie y menos a una personita indefensa que no podría defenderse, una personita que no me había hecho nada a mí.

Y así, aunque mi familia me dejó de hablar por unos días, sólo mi mamá me apoyaba en mi decisión, pues me había dicho que fuera cual fuera mi decisión era mía y me iba a apoyar. Y así comenzó a crecer en mí el más grande milagro de amor.

Cerca y lejos de Dios

Fue una experiencia, aunque dura, hermosa. Cuando veía las ecografías podía darme cuenta del gran milagro de la vida, sentir sus pequeños pero inofensivos golpecitos en mi estómago. Y luego, ver su ternura al nacer.

En este tiempo mi mamá se encontraba asistiendo a una comunidad católica, y ellos me ayudaron bastante. Me animaban a seguir en mi decisión de traer esa vida al mundo, ya fuera que al nacer diera a mi hija en adopción, o decidiera quedarme con mi hija y salir adelante.

Me enojé con Él porque no podía entender cómo un Dios tan bueno y con tanto amor hacia mí podía permitir que me pasara

Durante este tiempo quise olvidarme de Dios. Me enojé con Él porque no podía entender cómo un Dios tan bueno y con tanto amor hacia mí podía permitir que me pasara esto, que no había hecho nada malo en la vida, y que desde antes de nacer ya estaba sufriendo bastantes dificultades pues desde el vientre de mi mamá ya no era deseada. No podía entender, mas, sin embargo, me refugiaba en Él y le pedía fuerzas para continuar adelante y hoy estoy segura de que Él siempre estuvo conmigo en mis noches y días de llanto. ¡Era Él quien me animaba y me levantaba!

Después del nacimiento de mi hija, me sentía con muchos vacíos y busqué llenarlos refugiándome en muchas cosas: amigos, fiestas, bebida, trabajo.

Por esa época, los papás de mi mejor amiga se iban a separar y los invitaron a un retiro espiritual de parejas en la comunidad Lazos de Amor Mariano. Ellos asistieron a pesar de haber hablado ya con sus abogados para empezar el proceso de separación, y cuando regresaron de este retiro era impresionante, parecían novios. Ellos quisieron que yo fuera a un retiro de conversión en la misma comunidad. Tengo que admitir que sentí miedo de ir, porque sabía que me iba a encontrar con Dios, iba a entender muchas cosas. Sentía miedo porque hacía un tiempo le había dado la espalda a ese mismo Dios que siempre estuvo a mi lado.

¡Estando en el retiro pude volver a vivir! Pude perdonar a mi papá y a todos los que alguna vez me habían hecho daño. Entendí muchas cosas, me sentí digna nuevamente, ¡volví a nacer!, ¡fue hermoso!

Falacias de los abortistas

Me indignaban, como me indignan ahora, los argumentos de los abortistas, que se escudan en casos como el mío para matar a un inocente y llenar sus bolsillos con dinero manchado de sangre inocente, diciendo que cada vez que veas a ese niño vas a recordar el momento tan doloroso en que fuiste abusada, o que si tiene alguna malformación va a ser un niño infeliz, o que si mueres quién cuidará de tus hijos.

Sentí la necesidad enorme de gritar la verdad al mundo, que es que un hijo nunca te recordará las circunstancias, porque es una persona absolutamente diferente, por el contrario, te ayudará a sanar las heridas, le dará alegría y sentido a tu existir.

Matar no es una opción, es la peor decisión

Y eso de que se puede abortar por riesgo de vida de la mamá, pues mueren más mujeres abortando que mujeres dando vida; es un argumento propio de los abortistas, a quienes no les importa la mujer como quieren aparentar. Si les importara verdaderamente, no ofrecerían un aborto sino, por el contrario, ayuda para salir adelante con su hijo, aceptarían realidades como el síndrome post-aborto, aceptarían que la vida comienza en la fecundación del óvulo como lo dicen los científicos.

¡El aborto no desembaraza a nadie! Matar no es una opción, es la peor decisión. La vida engendra vida, la muerte, por el contrario, engendra muerte, dolor, llanto, desesperación, angustia y una culpa que muy difícilmente se borrará de tu mente, de tu alma, de tu ser.

Los abortistas no deben jugar con el dolor de la mujer y de muchos hombres también que son víctimas de un aborto.

El perdón

Por último, quiero invitar a todos los católicos, cristianos, evangélicos, ateos y a todos los que están a favor de la vida, a que no nos cansemos de ser la voz de aquellos que, aunque tienen voz y derechos, han querido callarlos desde el vientre.

Gracias a Dios pude perdonar a mi papá, mirarlo a los ojos y darle las gracias por haberme dado la vida. Mi hija que está próxima a cumplir 11 años, hace un año y medio que sabe todo lo que pasó porque ella tiene derecho a saber la verdad y lo tomó muy bien. Ella también ha perdonado a mi papá, que murió hace seis años.

En este momento, Dios nos ha regalado la oportunidad de estar en preparación para el matrimonio y hemos podido darnos cuenta mi hija y yo que no todos los hombres son iguales. Que el verdadero amor existe y que se puede vivir la reconciliación con las personas que nos han hecho daño.

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Extraído de Religión en Libertad
y editado por Formación Católica

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