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La Transverberación de Santa Teresa de Jesús: Herida con la flecha del amor

Santa Teresa de Jesús
El fenómeno místico vivido por la santa, se conoce como la «Transverberación», en el cual el corazón es traspasado causando una gran herida. De hecho, en la autopsia que se hizo a la santa luego de su muerte, se podía ver en su pecho una cicatriz de una herida larga y profunda.

“Vi a mi lado a un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia me acontece ver a los ángeles, se trata de visiones intelectuales, como las que he referido más arriba… El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines… Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios». Así nos describe Santa Teresa de Jesús un momento único en su vida: la Transverberación.

Esta experiencia mística hizo que Teresa respondiera al regalo divino con un voto de hacer siempre lo que le pareciese «más perfecto y agradable a Dios».

Sin embargo, antes de llegar a las cumbres del amor, Teresa había seguido un proceso de conversión, en el cual, había tenido sus altibajos: en su infancia había tenido deseos de martirio, en su adolescencia se deja llevar por la vanidad, luego madura y a los 20 años abandona a su padre y decide entrar como monja al convento, convencida de que era el mejor camino para alcanzar la santidad. Aún dentro del convento, cae en prácticas que enfrían su fervor religioso, hasta que ya adulta, a los 39 años, se determina a convertirse definitivamente. Pero ¿Cuál fue el hecho que la movió a esa determinación?

Encuentro con Cristo: la «determinada determinación»

En aquella época del 1500, había mucha relajación en los conventos y la monjas pasaban muchas horas en locutorio conversando con las visitas, descuidando así la oración -en esto,Teresa no era distinta a las demás-. Ella misma recuerda sus infidelidades en su escrito autobiográfico, el Libro de la Vida: «Buscaba remedio; hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios. Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese la vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme pues tantas veces me había tornado a Sí y yo dejándole».

Hasta que de pronto, en ese paisaje desolado de su vida, irrumpe fortísimo el episodio de su conversión. A Teresa le gustaban las imágenes de Cristo sangrantes, como el de Ecce Homo. Un día, tuvo un encuentro que tocaría su alma profundamente:

«Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle».

A partir de este encuentro con el Señor tan íntimo, profundo e intenso, cambia de conducta, surge la «determinada determinación» de seguir a Cristo , término tan utilizado por ella y que la distinguiría como maestra espiritual. Luego, ya no no solo no le será infiel a Nuestro Señor, sino que alcanzará altos grados en la vida de oración; pasará de ser solo Teresa para ser Teresa de Jesús.

Experiencia mística

A pesar de las sequedades de espíritu que le hacían repugnante la oración, ella no dejaba de rezar, aunque el enemigo la tentara con esa sugerencia. En una ocasión, un sacerdote le aconsejó que eligiera como «maestro de oración» al Espíritu Santo y que rezara cada día el Himno «Ven Creador Espíritu». Ella dirá después: «El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas».

Y el Divino Espíritu empezó a concederle visiones celestiales. Al principio se asustó porque había oído hablar de varias mujeres a las cuales el demonio engañó con visiones imaginarias. Pero hizo confesión general de toda su vida con un santo sacerdote y le consultó el caso de sus visiones, y este le dijo que se trataba de gracias de Dios.

En algunos de sus éxtasis se elevaba hasta un metro por los aires (Éxtasis es un estado de contemplación y meditación tan profundo que se suspenden los sentidos y se tienen visiones sobrenaturales). Cada visión le dejaba un intenso deseo de ir al cielo. «Desde entonces – dice ella – dejé de tener miedo a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho». Después de una de aquellas visiones escribió la bella poesía que dice: «Tan alta vida espero que muero porque no muero».

Doctora de la Iglesia

Cuando el Papa Pablo VI, el 27 de setiembre de 1970 proclamaba a Santa Teresa de Jesús como primera doctora de la Iglesia, estaba ratificando algo que ya muchos espirituales, a lo largo de los siglos, habían intuido acercándose a su vasta doctrina espiritual.

En todos sus escritos nos habla de la experiencia del profundo amor de Dios que ha descubierto: «sólo digo que, para estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mí, es la puerta la oración; cerrada esta, no sé cómo las hará», es por eso que para Teresa la oración no será otra cosa, sino «tratar de amistad muchas veces con quien sabemos nos ama».

Como legado, la Doctora de la Iglesia, dejó plasmada su experiencia mística en un poema que trascribimos aquí, titulado «Mi Amado para mí»:

Ya toda me entregué y di
Y de tal suerte he trocado
Que mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.

Cuandulce Cazador
Me tiró y dejó herida
En los brazos del amor
Mi alma quedó rendida,
Y cobrando nueva vida
De tal manera he trocado
Que mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.

Hirióme con una flecha
Enherbolada de amor
Y mi alma quedó hecha
Una con su Criador;
Ya yo no quiero otro amor,
Pues a mi Dios me he entregado,
Y mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.

Pidamos a Santa Teresa de Jesús interceda por nosotros para que todos nuestros pensamientos, deseos y afectos sean dirigidos siempre a hacer la voluntad de Dios, la Bondad Suprema, aun estando en gozo o en dolor, porque Él es digno de ser amado y obedecido siempre.

Hna. Claudia Ortiz

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. Hizo estudios de Economía y es licenciada en Historia. Tengo un gran interés por la apología histórica, con la que se desentraña la verdad de la Providencia Divina en los aconteceres humanos.

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Hna. Claudia Ortiz

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. Hizo estudios de Economía y es licenciada en Historia. Tengo un gran interés por la apología histórica, con la que se desentraña la verdad de la Providencia Divina en los aconteceres humanos.

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