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Al reclinarse sobre el sagrado pecho del Salvador en la última cena y viendo cómo éste se ofrecía como víctima expiatoria por nuestros pecados, el discípulo amado, por el soplo de la gracia, pudo comprender que era ese «El Corazón que tanto ha amado a los hombres» y pudo expresar en unas de sus cartas: «Dios es amor».

La Iglesia ha querido que conozcamos este dulce misterio de amor que se esconde en el corazón del salvador, y quien nos dice por medio de Santa Margarita de Alacoque: «Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro, y los cuales contienen las Gracias Santificantes (…)».

Esta devoción nos llega de la sublime piedad y el amor incondicional de tantos pontífices hacia el Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia» (Col 2, 3), por lo que, a lo largo del tiempo nos han dejado bellísimos escritos sobre el Sagrado Corazón del Señor, cuya fiesta litúrgica fue instituida hace más de 250 años por el Papa Clemente XIII, en principio solo para Polonia. Casi cien años después, en 1856, con el beato Pío IX como papa, su fiesta alcanzó dimensión universal.

El Papa León XIII «soñaba en una forma de veneración más imponente» que pueda ser en cierta manera la plenitud y la perfección de todos los homenajes que se acostumbran a rendir al Corazón Sacratísimo del Nuestro Señor, por lo que publicó en el año 1899, la Encíclica Annum Sacrum y con ella, este Papa consagró el género humano al Sagrado Corazón de Jesús, además de elevar su fiesta al mayor rango litúrgico (fiesta de primera clase con octava; es decir, ocho días para honrar el Corazón de Jesús) acentuando así, el carácter señorial y esplendoroso del culto al Sagrado Corazón.

En sus escritos leemos: «En el Sagrado Corazón hay un símbolo y una imagen sensible del amor infinito de Jesucristo que nos impulsa a amarnos unos a otros, por lo tanto, es apropiado que nos consagremos a Su Sagrado Corazón, un acto que no es otra cosa que una ofrenda y una vinculación de uno mismo con Jesucristo, al ver que cualquier honor, veneración y amor que se da a este Corazón divino se da real y verdaderamente a Cristo mismo» (Annum Sacrum).

Por su parte, Pío XI en su encíclica Miserentissimus Redemptor (1928) ensalzaba la devoción al Corazón de Jesús como el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta. Pidiendo al orbe católico «tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación».

Esta Encíclica habla sobre la expiación que todos deben al Sagrado Corazón de Jesús y reitera aquel glorioso momento «Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor”. Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció con copiosos favores espirituales», una invitación de Pío XI  a los fieles cristianos sobre la magnánima importancia de consolar el Corazón de Cristo, como un pequeño gesto de amor al «varón de dolores» (Is, 53).

Pues, «pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias».

Ya en 1939, con Summi Pontificatus, Pío XII celebraba su primer año de pontificado junto al cuadragésimo aniversario de la Encíclica Annum Sacrum (con la que se consagró el mundo al Sagrado Corazón de Jesús), en este documento el Papa Pío XII escribía: «No hay necesidad más urgente, venerables hermanos, que la de dar a conocer las inconmensurables riquezas de Cristo (Ef 3,8) a los hombres de nuestra época», esto lo escribía en pleno estallido de la primera Guerra Mundial.

Un centenario después de que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se hiciera universal, en 1956, el Papa Pío XII publica la Encíclica Haurietis aquas, en la que habla concretamente sobre El culto al Sagrado Corazón de Jesús porque «Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas».

Porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros y de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte

«Nada, por lo tanto, prohíbe que adoremos el Corazón Sacratísimo de Jesucristo como participación y símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inexhausto que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano. Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona del Verbo Divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad. Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros y de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo Místico» describe el Santo Padre.

Con estas profundas enseñanzas, la Santa Madre Iglesia nos invita a consolar el herido Corazón de nuestro Señor Jesucristo, que a causa de nuestras indiferencias y nuestros pecados sigue sangrando en la espera de una feliz conversión, porque así lo reveló el mismísimo Señor al Padre Pío de Pietrelcina en una visión: «Hijo mío, no creas que mi agonía ha sido de tres horas, no; realmente yo estaré en la agonía hasta el fin del mundo; debido a las almas que yo amo…».

Pío XII nos invita a perfeccionar nuestra devoción al Sagrado Corazón de Jesús y nos exhorta: «Para que la devoción al Corazón augustísimo de Jesús produzca más copiosos frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios. Ha sido voluntad de Dios que, en la obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto, que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y los dolores de su Madre. Por eso, el pueblo cristiano que por medio de María ha recibido de Jesucristo la vida divina, después de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el debido culto, rinda también al amantísimo Corazón de su Madre celestial parecidos obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación».

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

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