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El testimonio del pequeño mártir cristero, San José Sánchez del Río, es el claro ejemplo de un alma pura quien no dudó ningún instante en ofrecer su vida en defensa de la fe. En una carta dirigida a su madre él le manifiesta: «voy a morir, pero nada importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios».

El 28 de marzo 1913 nace en Sahuayo, Michoacán (México), un niño a quien ponen el nombre de José Luis. Sus padres, Macario Sánchez y María del Río, eran fervientes católicos con una fe bien asentada en el corazón, fe que fue vivida plenamente por el pequeño José.

Cuando, dadas las circunstancias por las que pasaba la Iglesia católica mexicana y tras la aplicación «exacta» de la ley laicista por parte del Presidente Calles, el 31 de julio de aquel mismo año se ordenó la «suspensión del culto público en toda la República», el pueblo creyente tuvo que creer y estar en seguridad de que había llegado el momento.

Empezó, pues, el alzamiento de los cristeros en agosto de 1926. Tuvo la inestimable ayuda de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa que había sido creada, con el fin de defender tal libertad, en marzo del año anterior, 1925.

La fe de un pequeño gigante

No resulta difícil imaginar cómo era la vida religiosa de aquel grupo de hombres armados en la milicia de Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe. Muchos sacerdotes los asistían en los campamentos y casi podemos verlos celebrando la Santa Misa o recibiendo los Sacramentos que, en aquellas circunstancias, eran, digamos, más recomendables. Pero si había algo por lo que se caracterizaba San José Sánchez del Río era por la fe que mostró desde el primer momento de incorporación al grupo de defensores de la libertad religiosa.

José Luis rezaba todas las noches el santo rosario a María Santísima. Lo hacía antes de acostarse y descansar de una jornada que, a buen seguro, había sido muy dura.

Antes de su muerte San José Sánchez del Río, envió una carta a una tía suya. La misma dice mucho de su fe y de su templanza.

Sahuayo, 10 de febrero de 1928.

Querida tía: 

Estoy sentenciado a muerte. A las ocho y media de la noche llegará el momento que tanto he deseado. Te doy las gracias por todos los favores que me hiciste tú y Magdalena. No me encuentro capaz de escribir a mi mamá: tú me haces el favor de escribirle. Dile a Magdalena que conseguí que me permitieran verla por última vez y creo que no se negará a venir (para que le llevase la Sagrada Comunión), antes del martirio. Salúdame a todos y tú recibe como siempre y por último el corazón de tu sobrino que mucho te quiere… Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera y Santa María de Guadalupe.

José Sánchez del Río, que murió en defensa de la fe».

Aquel niño, pues, atesoraba un corazón tierno y fiel a Jesucristo, su mejor Amigo, a quien había prometido entregar, incluso, la propia vida. Por eso manifestaba lo que todo católico debería tener como verdad esencial de su vida y era que Dios lo es de vivos, que su Hijo reinaba en el mundo y que imperaba su bondad y su misericordia. Y si a esto añadimos el amor (nunca exagerado ni desmedido) hacia la Santísima Virgen en la advocación mexicana de Guadalupe… ya tenemos presente a quien sabría hacer lo que, en aquel momento, correspondía hacer poniendo su fe por delante de toda comodidad humana y de cualquier intento (que los hubo) de que renunciara a su santa creencia católica.

Muerte de José

Lo que le pasó a San José Sánchez del Río cualquiera sabía que podía pasarle: bien podía morir en el campo de batalla o bien podían capturarlo en el mismo y tener una muerte, digamos, más cruel incluso. Y eso es lo que le pasó.

El 5 de febrero de 1928, durante el transcurso de un combate apresaron a José Luis. Pero incluso en eso tuvo que ser especial el muchacho.

Y es que habiendo derribado de su caballo a su jefe Guízar Morfín le ofreció el suyo propio para que bien continuase la batalla o bien huyera en busca de refugio. Y, lo que podía pasar acabó pasando.

Así, desde Cotija, José escribió a su madre esta carta bien hermosa:

«Cotija, Mich., lunes 6 de febrero de 1928. 

Mi querida mamá:
Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero nada importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios; yo muero muy contento, porque muero en la raya al lado de nuestro Dios. No te apures por mi muerte, que es lo que me mortifica:

 Antes diles a mis otros dos hermanos que sigan el ejemplo de su hermano el más chico, y tú haz la voluntad de Dios. Ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú recibe por último el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba.

José Sánchez del Río».

Pero lo peor estaba por llegar porque, como suele ser la costumbre del Mal y sus aliados, no se iba a conformar el primero ni los segundos con acabar con la vida de aquel niño.

En el lugar en el que fue encarcelado se sucedieron todo tipo de torturas con la finalidad de que José Luis renegara de su fe católica y maldijera a Cristo. Eso, por supuesto, nunca fue conseguido por sus torturadores porque, a lo largo del escaso tiempo que estuvo en sus manos, no pudieron arrancarle ni una cosa ni la otra. 

Por su parte, su padre procuró, de todas las maneras, conseguir la liberación de nuestro santo. Pero el general Guerrero exigió una cantidad de dinero (cinco mil pesos) que era, además de desproporcionada, puesta para que no se pudiera hacer frente a ella.

A pesar de eso, el padre de San José Sánchez del Río ofreció todo lo que tenía: su casa, muebles y, en general, todo lo que poseía. Pero aquel hombre, ávido de sangre cristera, vino a decir que, con dinero o sin dinero, «en las barbas de su padre lo mandaría matar».

Pero él permaneció fiel a Cristo y de continuo gritaba «¡Viva Cristo Rey!» lo que le daba ánimos para seguir soportando aquel sufrimiento

José, sabía de los intentos de su familia por liberarlo. Les pidió, sin embargo, que no dieran por él ni un solo centavo. Y es que tenía la firme resolución de morir antes que traicionar a Cristo Rey. Por eso, todo su pueblo, conociendo el desenlace que iba tener aquello, rezó por él y por su familia.

Cuatro días más tarde, el 10 de febrero de aquel año 1928, sacaron a José Luis del templo que habían convertido en prisión y lo remitieron al cuartel. Allí ejercieron sobre él toda clase de torturas con el fin citado arriba. Pero él permaneció fiel a Cristo y de continuo gritaba «¡Viva Cristo Rey!» lo que le daba ánimos para seguir soportando aquel sufrimiento que, gozoso, aceptaba, por recibirlo por causa del Hijo de Dios.

Como vieron que por nada del mundo iban a conseguir el malvado fin, llevaron a San José Sánchez del Río al camposanto. Lo llevaron andando a sabiendas del sufrimiento que estaba padeciendo al haberle desollado las plantas de los pies como consecuencia de las torturas que ejercieron sobre su infantil cuerpo. Pero él se mantuvo firme y fiel.

Al llegar al cementerio hicieron que se parara ante la fosa que habían preparado para que allí fuese enterrado. Él, por su parte, seguía vitoreando a Cristo Rey. Y sus verdugos, queriendo terminar pronto con aquella situación, lo apuñalaron. Recibió el tiro de gracia de parte del capitán de aquella tropa anticatólica.

Sin embargo, y a pesar de todo aquello, nuestro santo aún tuvo tiempo y coraje para decir «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!».

Y aquellas fueron las últimas palabras que pronunció un niño que, a fuerza de llevar una vida santa, ha acabado subiendo a los más altos altares del Reino de Dios.

José Luis Sánchez del Río fue declarado beato, junto con otros 11 mártires mexicanos, el 20 de noviembre de 2005, con el beneplácito y autorización del Santo Padre Benedicto XVI y fue canonizado por el Papa Francisco en Roma el 16 de octubre de 2016. Su festividad se celebra el 10 de febrero.

Tomado de blog Mera defensa de la fe y
editado por Formación Católica

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