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Propongámonos en este inicio de año hacer un cambio, un verdadero cambio interno, individual, comenzando por nosotros mismos.


Una nueva etapa de la mano de nuestro Señor. Hagamos un análisis del año que pasó y en base a ello, propongamos como será el año venidero, siempre en compañía de Dios, pues solo así lograremos la felicidad que tanto anhelamos.

Llegamos al término de un año y al inicio de otro, y como todos los seres humanos, que somos cíclicos por naturaleza, esta etapa significa muchas cosas para cada uno. Para algunos es la nostalgia de un año que se va, las personas que no volveremos a ver, el trabajo o el estudio que dejamos atrás, quizá un amor perdido, o tal vez un año más en que no hicimos algo productivo con nuestras vidas.

Para otros, sin embargo, puede ser la recapitulación de un año de logros, del nacimiento  nuevas amistades y consolidación de otras, de renovación con la familia, de crecimiento intelectual, espiritual, físico o emocional, el año en donde superamos enfermedades, crisis económicas, conflictos familiares, problemas emocionales, situaciones de estudio, de trabajo o de apostolado.

Pero como todo ciclo, el final de una etapa significa el comienzo de otra. Es el inicio de un nuevo porvenir, que muchas veces crea sensaciones como son inseguridad, anhelo, esperanza, emoción, desconcierto, pero sobre todo mucha expectativa, por conocer qué es lo que lograremos en el año venidero.

Es necesario cerrar círculos. Esto es, analizar qué es lo que pasó en mi vida durante este año, lo bueno, lo malo, lo positivo, lo productivo y lo negativo. Entonces decido que personas me han hecho feliz, han contribuido a mi santidad y yo a la de ellos, y les permito seguir siendo parte de mi vida. Mientras que, cuando la gente con sus hipocresías, mentiras e intereses egoístas, se anteponen a su propia santidad y a la mía, es mejor sacarlos de mi vida, de una vez y para siempre.

Lo más importante es, que no importa todo lo que hagamos o dejemos de hacer, sino que, nada de esto sería posible sin la presencia de Jesús en nuestras vidas. Extrañamente no todos nos damos cuenta de ello, y creemos que nuestros logros son por mérito propio, o incluso que pudimos lograrlo por supercherías, amuletos o, incluso, hasta brujerías.

 

¿Por qué no, en lugar de desear cosas materiales, deseamos cosas espirituales?

 

Otra cosa que también acostumbramos erróneamente es hacer propósitos de año nuevo, que no solo no cumpliremos, sino que al final de año, ni siquiera recordamos. El clásico «tengo que bajar de peso», o «tengo que conseguir un mejor trabajo» o incluso «me hago de carro o casa nueva». Pero ¿qué hay de la parte familiar, espiritual y emocional? ¿Por qué no proponernos cosas tangibles? Como compartir tiempo de calidad con la familia, o tal vez orar juntos.

¿Por qué no, en lugar de desear cosas materiales, deseamos cosas espirituales? ¿Por qué no nos proponemos sanar viejas heridas, perdonar a las personas que no han hecho daño, borrar rencores que solo nos matan por dentro, dejar de ambicionar lo que el otro tiene o dejar de quejarnos de nuestras enfermedades o padecimientos? Y compartir la alegría de vivir, de conocer a Jesús.

Por tanto ¿por qué no? dentro de nuestros propósitos de año nuevo nos proponemos los siguientes doce puntos y al final de año revisamos qué tanto cumplimos con ellos, para saber dónde fallamos y donde tenemos que trabajar más, así como para ver qué puntos no contemplados en ésta lista también pudimos realizar.

  1. Conocer a Dios a través de la oración
  2. Agradecer por todo lo bueno de nuestra vida y consagrarlo a Dios (familia, amigos, trabajo, estudio, noviazgo, etc.).
  3. Ofrecer todo lo malo de nuestra vida (enfermedades, problemas económicos, legales, etc.) y buscar un acompañante espiritual que nos guíe hacia Dios.
  4. Orar junto con la familia todos los días, para agradecer, alabar o pedir algo a Dios.
  5. Acercarse más a la eucaristía y la confesión, pero no por obligación sino por convicción.
  6. Unirse más a María Santísima en la oración, para que ella nos lleve a su hijo Jesús.
  7. Conocer un poco más sobre nuestra fe a través de algún curso, taller o plática en alguna parroquia o centro de evangelización.
  8. Anunciar a un Dios vivo y maravilloso en todos lados con nuestras actitudes de servicio y apoyo (familia, trabajo, amistad, noviazgo, etc.).
  9. Iniciarnos en algún apostolado, grupo, comunidad o movimiento, para servir por medio de este a Dios y nuestros hermanos.
  10. Orar por las necesidades de los demás, de los jóvenes para que conozcan a Jesús y en especial por nuestros sacerdotes y religiosos que tanto lo necesitan.
  11. Hacer alguna obra de caridad, cooperar con el diezmo, con algún orfanato, asilo o misión, pero no por deber sino por amor.
  12. Abandonar un pecado o defecto. No todos de una vez, si uno a la vez.
  13. Practicar mortificaciones.
  14. Leer un Libro al mes.
  15. Y el más importante con todo esto y con nuestro testimonio de vida: amar a Dios sobre todas las cosas.

Dice el dicho: «año nuevo, vida nueva», pero solo Jesús ha venido para darnos vida y vida en abundancia, es Él, quien puede liberarnos del pecado y de su paga que es la muerte. ¿De qué sirve un año nuevo, con los mismo pecados? Propongámonos en este inicio de año hacer un cambio, un verdadero cambio interno, individual, comencemos cada uno por nosotros mismos. Hagamos un análisis del año que pasó y en base a ello, propongamos como será el año venidero, siempre en compañía de Dios, solo así lograremos la felicidad que tanto anhelamos.

 

Autorescatolicos.org,
Editado por Formación Católica

Raquel Almada

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

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Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.