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En nuestra búsqueda de la santidad, tenemos que estar atentos a la urgencia de purificar no sólo el cuerpo, sino también el alma. La imaginación como potencia del alma, si no está disciplinada, puede convertirse en obstáculo para la oración.

La imaginación impone no pocas dificultades a nuestro crecimiento interior, sobre todo si se tiene en cuenta que es para la gran mayoría de los cristianos, fuente de innumerables distracciones durante la oración. Este es quizás el problema más ordinario que el fiel sinceramente dedicado a llevar una vida santa tiene que afrontar.

La purificación es necesaria

Purificar la imaginación, en ese sentido, es una tarea esencial a quien desea crecer espiritualmente y se vuelve aún más necesaria debido a la facilidad con que hoy tenemos acceso a toda suerte de imágenes que se fijan al alma para recordarnos, a veces incansable, las inmundicias que hemos visto, inadvertidas o no, a lo largo de la vida. Es muy difícil pensar, por otra parte, cómo se podrían vencer las tentaciones que el mundo nos ofrece a los ojos si no tuviéramos el cuidado de mortificar la vista, a la que se insinúan, por ejemplo, la inmodestia y la inmoralidad de la vestimenta actual. Pero al final: ¿qué podemos hacer en el día a día para que la imaginación no sea para nosotros ni causa de distracción ni ocasión de pecado?

Antes de responder a esta pregunta, conviene tener claro lo que es y para qué sirve la imaginación, sin exaltarla más allá de su función propia ni despreciarla como adventicia o nociva a la vida de oración.

 

¿Qué es la imaginación?

La imaginación es una facultad sensitiva, común tanto a nosotros como a los animales dotados de sensibilidad, por la cual representamos mentalmente la imagen de un objeto alcanzado por los sentidos exteriores; de modo eminente, pero no exclusivo, por la visión. Ahora bien, a diferencia de los demás sentidos, cuya actividad se produce por la presencia real de su objeto (por ejemplo, el sonido que llega a los órganos auditivos, la luz que excita el nervio óptico, etc.), la imaginación funciona independientemente de la cosa por ella representada, puede estar o no presente. De este modo, a la imaginación cabe el encargo de recibir las percepciones sensoriales, que, unificadas, pueden ser retenidas y posteriormente reproducidas según una representación mental; podemos decir, por eso, que no hay nada en nuestra imaginación que no haya pasado antes por los sentidos externos. Ahora bien, si esos mismos sentidos, por un lado, se refieren a sus objetos propios de modo meramente receptivo (es decir, no conocen sino lo que les está presente de forma inmediata), la imaginación, por otra parte, es una facultad productiva, ya que las imágenes por ella formadas son el material que la inteligencia necesita para trabajar y elaborar las «nociones abstractas» a las que se aplica nuestra reflexión.

Así, la imaginación es parte integrante de nuestro proceso cognitivo y no es posible, sin desvirtuar el modo humano de conocer, prescindir de ella. Se trata, en realidad, de disciplinarla y subordinar su uso al fin que le corresponde.


El mismo Cristo, perfecto hombre y, por lo tanto, muy imaginativo, enseñó por medio de parábolas a las turbas que le seguían, a elevarlas, mediante imágenes sacadas de la vida ordinaria del pueblo hebreo, a realidades espirituales inexpresables en términos exclusivamente terrenos. Nuestro Señor nos ofreció así el alimento que la imaginación humana necesita: imágenes que, rumiantes, saboreadas, conducen nuestro espíritu a estados contemplativos cada vez más elevados.

Pero antes de llegar a este nivel, hay que poner riendas a la fantasía. Veamos ahora los medios generales que la ascesis cristiana dispone a los que desean purificar la imaginación y vivir de este modo como Jesús vivió (1 Jn 2, 6).

1. Guardar los sentidos exteriores. – La imaginación es alimentada por los sentidos exteriores, especialmente por la vista; por eso, las impresiones en ellos causadas repercuten también en ella. Se debe evitar, por lo tanto, todo lo que de alguna manera puede hacer que la imaginación, reproduciendo y combinando de mil y un modos imágenes vanas y torpes, nos incite a desear algo mal y pecaminoso. No necesitamos ver y escuchar todo; no somos basura. Si, por ejemplo, nos percibimos a reposar la vista en algo que nos desvía del propósito de nuestra existencia, servir y amar a Dios, entonces es hora de cerrar los ojos: «Todo lo que no lleva a Dios es un estorbo, arráncalo y tíralo lejos».

2. Seleccione las lecturas con cuidado. – Hay que ser prudentes a la hora de elegir lo que se lee. Es prudente evitar, siempre que sea posible, aquellas lecturas que, además de no servir para nada (ni siquiera para el descanso), pueden ser peligrosas, sea por los errores contrarios a la fe divulgados por ellas, sea por el contenido obsceno y escandaloso con que prestan un gran deservicio a la formación sobre todo de los jóvenes. San Josemaría Escrivá ya advirtió: «Libros, no los compres sin aconsejarte con personas cristianas, doctas y prudentes. Podrías comprar una cosa inútil o perjudicial».

3. Combatir la ociosidad. – Nuestra alma, estando unida al cuerpo, no puede pensar sin imágenes. Por eso, la imaginación, siempre inquieta, tiene que ocuparse en actividades útiles y provechosas, si no queremos que ella, inclinada como está para la satisfacción de nuestros apetitos más bajos, nos envuelva en peligrosas tentaciones. Como dice el proverbio latino, omnium vitiorum origen otium, el origen de todos los vicios es el ocio.

4. Ofrecer buenos objetos a la imaginación. – Además de evitar todo lo que sea perjudicial a la imaginación, es también necesario proporcionarle materias bellas y santas. La imaginación está siempre en busca de alimento, y nada mejor que ofrecerle un sustento que no venga, en el futuro, a quitarnos el sosiego del espíritu con recuerdos inoportunos. La lectura de libros piadosos, la frecuencia al arte sacro, etc. son buenas maneras de formar la imaginación y ponerla al servicio de la razón y de la voluntad.

5. Proceder siempre con atención a lo que se está haciendo. – El hábito saludable de dar atención a lo que estamos haciendo tiene la gran ventaja de impedir que la imaginación vague libremente por nuestra mente, yendo de uno a otro objeto, impidiéndonos, al fin, de cumplir nuestros deberes con el capricho y el amor debidos . Tenemos que aplicarnos a cada trabajo como si fuera el único o el más importante de nuestras vidas.

6. No conceder demasiada importancia a nuestras distracciones. – Puede suceder que, a pesar de todos los esfuerzos gastados, la imaginación siga pisoteando con su petulancia. En estos momentos, es importante mantener la serenidad y, reconociendo ante Dios nuestra pequeñez e indigencia, ignorar los asaltos de la fantasía. Aunque no podemos discernir con toda claridad si se trata de una investidura demoníaca o de nuestra propia naturaleza rebelde, resentida muchas veces de las manchas de un pasado pecaminoso, lo importante es no hacer caso de estas imágenes y repudiar con toda energía cualquier forma de consentimiento: «No te preocupes, suceda lo que suceda, desde que no consientas». Porque sólo la voluntad puede abrir la puerta del corazón e introducir en él esas cosas execrables.

 

 

Extraído de padrepauloricardo.org
Traducido y editado por Formación Católica

 

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

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