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«Mata el pecado o el pecado te matará a ti». En Romanos versículo 13 encontramos una advertencia de vida o muerte: «Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán». Tenemos la responsabilidad de hacer morir todos los días el pecado, o «mortificar el pecado». Así se evidenciará que somos hijos de Dios.

«Mata el pecado o el pecado te matará a ti».


En Romanos versículo 13 encontramos una advertencia de vida o muerte: «Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán». Tenemos la responsabilidad de hacer morir todos los días el pecado, o «mortificar el pecado». Así se evidenciará que somos hijos de Dios.

De este lado de la eternidad, no dejaremos de pecar completamente. Como hombres imperfectos, siempre vamos a cometer errores. Pero aquí el apóstol Pablo nos explica que, con la ayuda del Espíritu Santo, podemos vencer el pecado para que no gane ventaja sobre nuestras vidas.

 

El fracaso de muchos cristianos radica en que no son humildes para reconocer sus debilidades, nunca confiesan sus pecados, y nunca los confrontan.

 

¿Cómo podemos luchar contra el pecado? Déjame compartir contigo algunos principios prácticos que nos ayudarán:

RECONOCE TU CONDICIÓN DE PECADOR

El fracaso de muchos cristianos radica en que no son humildes para reconocer sus debilidades, nunca confiesan sus pecados, y nunca los confrontan. «El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Proverbios 28, 13).

Nada debería ser excusa para no confesar tus pecados ante el Señor y tus hermanos. El inicio de una vida cristiana llena de fruto comienza cuando vamos a Cristo en arrepentimiento y fe, dejando que su gracia nos transforme.

Incluso si piensas que no tienes problemas con algún pecado habitual, debes reconocer que somos vulnerables si nos descuidamos. Si no tratamos con los pecados ocultos en nuestras vidas, ponemos en duda nuestra certeza de salvación (1 Jn. 3:8-10)

PRACTICA LAS DISCIPLINAS ESPIRITUALES

Seguramente ya sabes que necesitas orar, leer la Biblia, congregarte, ayunar, etc. Pero parece que cada día son más los cristianos que no son constantes en las disciplinas espirituales que tanto necesitamos.

Si Jesús usó la Palabra para vencer, ¿cuánto más necesitamos nosotros de ella?

La Biblia nos habla de muchos hombres piadosos que tenían comunión con Dios, pero Jesús es el mejor ejemplo de todos. Los evangelios nos muestra a Jesús en acción, no solo sanando enfermos y liberando a los cautivos, sino practicando los disciplinas espirituales.

Por ejemplo, en Mateo 4, 1-11, en el episodio de la tentación en el desierto, vemos cómo el Hijo de Dios derrota al enemigo usando bien la Palabra. Cada vez que el diablo lo atacaba, Jesús respondía con las Escrituras. Él conocía, estudiaba, y memorizaba la Palabra.

Si Jesús usó la Palabra para vencer, ¿cuánto más necesitamos nosotros de ella? Nuestras continuas derrotas contra el pecado se deben a que estamos vacíos de la Escritura. Necesitamos perseverar en el hábito de atesorarla. «¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando Tu palabra… En mi corazón he atesorado Tu palabra, Para no pecar contra Ti» (Salmo 119,9,11).

Si de oración se trata, Jesús también es nuestro ejemplo y maestro por excelencia. En Mateo 6, 13 vemos la importancia que Él otorga a la oración como un arma para vencer la tentación y mortificar el pecado.

Sin la oración es imposible vencer en la lucha contra el pecado. «Con toda oración y súplica oren en todo tiempo en el Espíritu, y así, velen con toda perseverancia y súplica por todos los santos (Ef. 6:18). «Velen y oren para que no entren en tentación» (Mateo 26, 41).

«La oración y el pecado no pueden vivir en el mismo corazón: o la oración consumirá el pecado, o el pecado ahogará la oración». La oración y atesorar la Palabra de Dios son dos de los hábitos más importantes que necesitamos para hacer morir el pecado a diario.

 

RECONOCE TUS ZONAS DE PELIGRO

Debemos ser sabios al reconocer nuestras debilidades, o, dicho de otra forma, saber cuáles son nuestras zonas de peligro (Mateo 26, 41 – 1 Pedro 5,8).

Así como Chernobyl es una zona de riesgo para quienes estén cerca, rodeada de carteles que dicen «¡Peligro!», nosotros también debemos cuidarnos de lo que nos hace daño. Hay escenarios, situaciones, estados de ánimo, lugares, y tiempo en donde somos más vulnerables a las tentaciones.

Si reconocemos nuestras debilidades o zonas de peligro, podemos tomar medidas drásticas para evitar caer en los deseos de la carne. No podemos luchar contra el pecado sin tener la mirada puesta en Cristo.

 

TENIENDO LA MIRADA EN JESÚS

Por supuesto, no podemos luchar contra el pecado sin tener la mirada puesta en Cristo. Su sangre derramada por nosotros es la mayor motivación a vivir en santidad, y el mayor consuelo cuando hemos fallado en eso.

Jesús nos dará las fuerzas necesarias para vencer, para la gloria de Dios:

«Y el Dios de paz, que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor, el gran Pastor de las ovejas mediante la sangre del pacto eterno, los haga aptos en toda obra buena para hacer Su voluntad, obrando El en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén», Hebreos 13, 20-21.

Siguiendo las pautas de un «gigante espiritual» como San Francisco de Sales (1567-1622) y su Introducción a la vida devota se desmontan seis estrategias equivocadas y propone las contrapuestas, para lograr vencer.

 

No ames la tentación

Parece obvio, ¿no? Pero, asumámoslo, incluso después de romper con ciertos pecados, la tentación hacia ellos aún puede hacernos sentir bien. Cuando un tipo ha apartado de su vida la rabia y la ira, regodearse en el pensamiento de lo que le diría a la gente que le ha hecho mal puede darle una gran sensación de victoria.

Un hombre que nunca traicionaría a su mujer puede sentirse muy a gusto dándole vueltas a la idea de hacer una visita a esa chica de la oficina que le mira con buenos ojos.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?

«La complacencia sirve, ordinariamente, de paso para llegar al consentimiento».

 

No te pongas en tentación

Esto es un asunto tanto de previsión como de honestidad. Primero, requiere previsión: si sé que cada vez que converso con esas personas a la hora de comer terminamos hablando de asquerosidades y cotilleando de los demás, es culpa mía si caigo en murmuraciones y deshonestidades. Al mismo tiempo, requiere honestidad: a menudo, cuando nos ponemos en situaciones porque nos decimos  nosotros mismos que estamos «por encima» de ciertos pecados. Esto puede ser verdad, pero es menos frecuente de lo que nos gusta pensar. Si me he dado cuenta de que me gustan ciertas tentaciones, tengo que ser honesto en evitar las situaciones que me conducen a ellas. Es lo que se llama «evitar la ocasión de pecado».

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?

«Ocurre, a veces, que la sola tentación es pecado, porque somos causa de ella».

 

No te angusties

La tentación no es pecado (punto 1) siempre que no seamos causa de la tentación poniéndonos en la situación que la genera (punto 2). Si quiero algo que no es mío y siento el impulso de llevármelo cuando nadie me ve, mientras sea un sentimiento se queda solo en una tentación molesta. Las cosas empiezan a ir mal cuando nos ponemos histéricos por sentirnos tentados. Cuando perdemos la paz, empezamos a creernos la gran mentira del Tentador de que nunca superaremos el sentimiento de una lucha cuesta arriba… hasta que nos rindamos. Y cuando esa mentira se instala en nuestra mente, el siguiente paso es la caída.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?

«La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado».

 

No escuches a la tentación

San Francisco de Sales distinguía entre tentaciones mayores y menores: por ejemplo, la tentación de matar a alguien y la de enfadarse con él; la de robar algo y la de codiciarlo; la de cometer perjurio y la de decir una mentira; la de cometer adulterio y la de no guardar la vista. Mientras que contra las grandes tentaciones tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas, con las tentaciones pequeñas dice San Francisco de Sales que nuestra principal tarea es simplemente dejarlas pasar: deshacernos de ellas tranquilamente y no dejar que nos roben la paz. Es el viejo truco del elefante rosa: cuando más intentamos no pensar en elefantes rosas, más ocupan nuestra conciencia. Cuando surjan las tentaciones y las reconozcas como tales, recházalas y sigue tu camino, no dedicándoles ni solo pensamiento más. Si no, se hacen abrumadoras.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?

«Desprecia, pues, estos pequeños ataques… No hagas otra cosa que alejarlos sencillamente, sin combatirlos ni responderlos de otra manera que con actos de amor a Dios».

 

No conviertas la tentación en una cuestión de voluntad.

Cuando un hombre está intentando superar un cierto pecado en su vida, con frecuencia se descorazona por su debilidad al luchar contra las tentaciones hacia ese pecado. Muchas veces, el problema es de perspectiva. Si mi aproximación a la vida moral es decir «le voy a demostrar a Dios lo bueno que soy no pecando», en vez de «amo a Dios y por tanto odio el pecado y quiero dominarlo porque perjudica mi relación con Él», no hay que sorprenderse si Dios me permite caer: pensaría que soy mi propio salvador. La confianza en uno mismo es una de las principales causas de la caída. Cuando vienen las tentaciones, la claves está en confiar más intensamente en la gracia de Dios, humillarse ante Él y amarle más.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?

«Espera tu liberación más de la bondad y providencia de Dios que de tu industria y diligencia; si buscas tu liberación por amor propio, te inquietarás y acalorarás en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ti que de Dios».

 

No te calles

Quizá una de las verdades más importantes que recordar al hablar del pecado y de la tentación es que no estamos solos en esta lucha. Dios está ahí, pero también el Maligno. El Maligno no es un cuento de brujas: es real e influye en tu vida. Aunque una buena parte de las tentaciones provienen del desorden en nuestras almas, Satán y los espíritus malignos son también intensamente activos. Uno de los mayores peligros es intentar luchar por tu cuenta contra una inteligencia-angélica-entregada-al-mal. Comenta con otras personas tus luchas: ten otras personas a quienes rendir cuentas, un confesor habitual que conozca tu alma y comprenda las tretas de Satanás. Esa apertura y honestidad es esencial para vencer los pecados que nos conducen a la desgracia.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?

«El gran remedio contra todas las tentaciones, grandes y pequeñas, es desahogar el corazón y comunicar a nuestro director todas las sugestiones, sentimientos y afectos que nos agitan. Fíjate en que la primera condición que el Maligno pone al alma que quiere seducir es el silencio».

 

Son las pequeñas cosas las que cuentan en la vida. Así que haz caso a San Francisco de Sales y lucha contra las tentaciones en la forma correcta.

 

 

 

Mariamatermisericordiae
San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota

 

 

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