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La inmolación por el Ideal es el centro de la espiritualidad del corazón enamorado de Chiquitunga: «Tengo un poco de sueño atrasado, un poco dolorido el cuerpo..(...); pero Dios me ha dado la gracia de ofrecer agradeciendo, sin quejarme en nada y tratando de sonreír.

La inmolación por el Ideal es el centro de la espiritualidad del corazón enamorado de Chiquitunga: «Tengo un poco de sueño atrasado, un poco dolorido el cuerpo..(…); pero Dios me ha dado la gracia de ofrecer agradeciendo, sin quejarme en nada y tratando de sonreír. No obstante Jesús mío, sigo ofreciendo uno a uno, gota a gota, este cáliz por nuestro Ideal, por nuestro apostolado, ¡por tu gloria Señor!». Miremos la vida de la Beata paraguaya para imitarla y tomarla como maestra espiritual.


La Hna. María Felicia de Jesús Sacramentado, llamada cariñosamente «Chiquitunga» fue beatificada el 23 de junio del 2018.  Su fiesta, 28 de abril, día de su nacimiento en el cielo, es una oportunidad para conocer su vida y encontrar en ella un ejemplo que nos anime también a nosotros a inmolar nuestra vida por el Ideal.

 

Infancia

«En las laderas del Yvytyruzú, en la Villarrica del Espíritu Santo-Paraguay, perfumada por los naranjos en flor, nace la que sería su capullo de azahar más precioso -M. Felicia- el 12 de enero de 1925, destinada de lo Alto para ser luz para bien de muchos». Así nos describe su nacimiento el que fue director espiritual y primer biógrafo de Chiquitunga, P. Juan Cipriano Prieto. Ella fue la primera de siete hijos del matrimonio Guggiari-Echeverría; recibió el nombre de María Felicia, pero su padre, debido a su diminuto tamaño, la apodó «Chiquitunga», como preludio de la que se haría como «pequeña hostia» en servicio de Dios y sus hermanos.

Su madre, cuenta que siendo muy pequeña, había regalado su abrigo a una niña pobre, siendo después acusada por su hermana ante sus padres; ella, con los brazos tiritando, solo atinó a decir: «Pero ves, papito, que no siento el frío». Tal nobleza y bondad desarrollada desde su primera infancia la caracterizaría siempre, pero con un toque de buen humor, ya que cuentan que era muy juguetona y vivaracha, pues comprendía muy bien eso de que «un santo triste es un triste santo».

 

Vida contemplativa

Sabemos, gracias a una carta dirigida a una amiga, que el punto de partida de su camino consciente a la santidad fue su primera comunión, «Nunca se borrará de mi mente el recuerdo del día más feliz de mi vida, el día de la primera unión con mi Dios y el punto de donde parte mi resolución de ser cada día más buena y mejor». Y desde allí, procuraría recibir la Eucaristía todos los días. Esta participación en la misa diaria, bien temprano, preocupaba a sus padres, ya que físicamente era muy menudita, y al menos querían que pruebe algún bocado antes de irse, pero ella, con la astucia propia de los santos, mojaba una taza con café y dejaba migas de pan en la mesa para tranquilizarlos.

Para el encuentro con Jesús, se preparaba hasta en lo exterior, cuentan de ella que le encantaba usar un guardapolvo blanco, pues le recordaba que así debía estar su alma para recibir a Jesús en la Eucaristía.

 

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El «Ideal»

Sin duda, el centro de su espiritualidad, su «Ideal» era Jesucristo; a quien dirigía sus poemas más preclaros, en los que reluce la sencillez profunda de su amor.

«Que tu amor sea el mío
y mi amor sea el tuyo;
y al final sólo sea
un amor de los dos».

Y cuando debía encontrar a su Amado, presente en el Santísimo Sacramento, no quería que nadie la detenga.

«Dejadme, que voy de prisa,
tengo cita con mi Amado
que, si llego tarde a su lado,
ya en sus labios no brilla la risa».

 

T2OS: Todo te lo ofrezco Señor

La sencillez de su espiritualidad recuerda mucho la doctrina de la infancia espiritual de Santa Teresita, pues en sus escritos se vislumbra el deseo de ser «pequeñita», de ofrecer hasta los insignificantes sufrimientos del día, de gastarse «gota a gota» por la extensión del reino, lo que se resume en su «fórmula» T2OS: Todo te lo ofrezco Señor.

 

El deseo de sufrir

Fruto de la intimidad con Jesús, surge el deseo de imitarlo, cargar con la cruz, caminar por la vía dolorosa, morir crucificado. Así fue como María Felicia dio el salto indudable que llevó a muchos a la santidad: el deseo de sufrir.

«Allí en el silencio del Sagrario
quisiera desnudar mi pobre alma,
bañarme con dolores de Calvario,
sufrir como Jesús, amar como Él nos ama.
Qué bien se está, Jesús, cuando se está contigo,
las rodillas al suelo y los brazos en cruz;
media noche y rodeada de misterio,
sólo el alumbrar de algunas estrellas la luz».

Además del amor a Jesús, se distinguió por su amor a la Santísima Virgen, a quien llamaba cariñosamente «madrecita», y ofrecía los quince misterios del rosario todos los días.

 

Ella se consagró a este apostolado con el único objetivo de ganar las almas para Cristo Jesús

 

De la contemplación al apostolado

El amor a Jesús y su deseo de sufrir por Él y por la salvación de las almas la llevó a militar bajo las filas de la Acción Católica, que es una forma de apostolado en la que los laicos se asocian para el anuncio del Evangelio a todas las personas y ambientes, de acuerdo con las necesidades de la Iglesia en cada tiempo y lugar. Ella se consagró a este apostolado con el único objetivo de ganar las almas para Cristo Jesús: «En todos los trabajos que estoy realizando trato de poner el sello de nuestro espíritu cristiano, porque quiero que todo se sature de Cristo y donde quiera que sea pueda dejar un rayito de luz, no porque sea yo, Tú lo sabes, Señor».

Esta personalidad militante, apasionada, generosa en su entrega al prójimo para la mayor gloria de Dios, se dispuso a entregarlo todo, pues con frecuencia expresaba que su corazón «ardía» en deseos de entregarse completamente por la causa de Cristo, hasta incluso el martirio. Aún le faltaba pasar por el crisol que purifica los corazones de los elegidos para elevarlos a los altos grados de santidad.

 

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Inmolación por el Ideal

Antes de entrar al convento, es necesario que hagamos referencia al amor humano que Chiquitunga había sentido por un joven militante de su misma talla. Lo natural hubiera sido que ambos contrajeran matrimonio. Pero no fue así; en un acto de heroísmo, deciden renunciar a ese amor, emprendiendo él el camino al sacerdocio y ella el de la vida religiosa, lo que le costó no poco sufrimiento: «¡Muchas veces había concebido esto que ahora, Señor, es maravillosa realidad! Y decía, qué hermoso sería tener un amor, renunciar a ese amor y juntos inmolarlo al Señor por el Ideal». Esta fue una de las purificaciones más importantes que la harían renunciar definitivamente a cualquier afecto humano.

Sin embargo, su familia no comprendería este sacrificio, y su hogar, su refugio natural, se convirtiría para ella en un lugar hostil e insoportable. Suele ser muy triste la experiencia de tantas vocaciones frustradas por oposición de la familia, Chiquitunga, pasaría también por esa prueba, y a pesar de que ya contaba con 30 años, esperaría el consentimiento de su padre, que un día cambiaría drásticamente de opinión luego de hablar con las monjas del Monasterio. Así, el 02 de febrero de 1954, «el sublime día» como ella misma lo describe, ingresaba al Convento de las Carmelitas Descalzas, ubicado en la ciudad de Asunción.  

Ese día escribe: «Madrecita mía, haz que mi corazón, mi alma sea la que se purifique, pero de tal forma día a día, que pueda presentarme al Señor y por Él pueda ser aceptada. Que día a día, desde hoy, vaya escalando más y más los grados de la perfección, hasta verse cumplida en mí íntegramente la Voluntad de Dios: ¡Ser santa!».

 

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La noche oscura

En la vida espiritual hay momentos de consolación y desolación. Al principio de su entrada al convento, Chiquitunga vive en consolación, pero pronto el Señor la va llevar por los caminos de la prueba para que llegue a la meta que ella misma se había propuesto: la santidad. Es allí dónde comienzan las pruebas más duras que deberá pasar,  constantemente le asalta la tentación: Habiendo tanto que evangelizar en el mundo, ¿por qué encerrarme en un convento?. Esa angustia la llevaría a entrar en un período de oscuridad espiritual. Superada esta prueba, escribe:

«Rinconcito alegre,
pedazo del cielo,
celda del Carmelo,
quiero en ti morir»

 

Enfermedad y muerte

En enero de 1959, ya en vistas de su profesión solemne, es atacada por una hepatitis infecciosa, presintiendo ya su fin dice a una de sus hermanas: «Siento que Nuestro Señor me ha de pedir algún nuevo sacrificio para mi profesión Solemne. ¡Tanto como la deseaba!»

 

«Jesús, te amo! ¡Que dulce encuentro, Virgen María!

 

Y así fue, la enfermedad, siguió avanzando hasta llevarla a la muerte. Poco antes de morir exclamaba: «He aquí Jesús, a tu pequeña esposa». Ya estaba lista para el encuentro definitivo con el Amado. El 28 de abril, aproximadamente a las cuatro de la mañana, entra en agonía y pide a la Madre y a las demás hermanas presentes que leyeran el «Muero porque no muero» de Sta. Teresa de Jesús; la rodeaban también su padres y hermanos. Cuando se acercaba el fin, su rostro se iluminó y con una voz clara y firme dijo: «Papito querido, soy la persona más feliz del mundo; ¡si supieras lo que es la Religión Católica!» y luego, «Jesús, te amo! ¡Que dulce encuentro, Virgen María!».Su corazón cesó de latir, pero las campanas de su alma repicaron de alegría.

Así terminaba su vida en este mundo el jazmín de dulce fragancia que brotó en nuestro suelo patrio y que pasaba a adornar el jardín de Dios, pero no para permanecer ociosa allí, sino para interceder por nosotros que debemos llevar la luz de Cristo a todo el mundo, sin dejar de beber de la fuente de la contemplación tal como ella lo hizo.

 

Hna. Claudia Ortiz

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. Hizo estudios de Economía y actualmente cursa la licenciatura en Historia por la Universidad Nacional del Este. Tengo un gran interés por la apología histórica, con la que se desentraña la verdad de la Providencia Divina en los aconteceres humanos.

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