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Santos Francisco y Jacinta Marto: Pequeños en edad, gigantes en santidad

Santos Francisco y Jacinta Marto

Paulo Roberto Campos

Coincidiendo con la celebración del centésimo aniversario de la primera aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos de Fátima, dos de ellos —Jacinta y Francisco, fallecidos en olor de santidad antes de cumplir los 10 y los 11 años de edad, respectivamente— fueron canonizados por el Papa Francisco el día 13 de mayo del 2017. Ellos son considerados los niños no mártires de más tierna edad elevados a la honra de los altares. ¡Hecho inédito en toda la historia de la Iglesia!

La gran ceremonia de canonización transcurrió en la Cova da Iria, en el mismo lugar donde la Madre de Dios se apareció en 1917. En este centenario, aproximadamente 500 mil peregrinos acudieron a aquel sagrado lugar para rezar, agradecer las gracias recibidas, suplicar nuevas gracias, y también para asistir a la canonización de Jacinta y Francisco, que, juntamente con Lucía, fueron los confidentes de la Santísima Virgen en las apariciones ocurridas de mayo a octubre de aquel año.

Sor Lucía describió así a Jacinta, «la más íntima amiga de su infancia» aquella a quien «debe, en parte, haber conservado la inocencia»«Tengo la esperanza de que el Señor, para gloria de la Santísima Virgen, le concederá [a Jacinta, pero vale también para Francisco] la aureola de la santidad. Ella era una niña solo en años. En lo demás sabía ya practicar la virtud y mostrar a Dios y a la Santísima Virgen su amor, por la práctica del sacrificio… Es admirable como ella comprendió el espíritu de oración y sacrificio, que la Virgen nos recomendó… Por estos y otros [hechos] incontables, conservo de ella una gran estima de santidad».

Aún pequeñitos, se elevaron a la cumbre de la santidad

Creo que se puede sin temor afirmar que Jacinta y Francisco son los niños más famosos del mundo. Lo que nos hace recordar la frase lapidaria de Victor Hugo, de que «solo hay una fama verdaderamente inmortal: es la de los santos de la Santa Iglesia Católica».

¿Cómo podrían estos pequeñitos practicar grandes virtudes al punto de haber sido elevados a la honra de los altares? Como se sabe, para que una persona sea declarada santa, existe un proceso —en el pasado, aún mucho más riguroso que hoy en día—, en el cual se estudia minuciosamente toda su vida, a fin de certificarse, sin ninguna sombra de duda, de que ella practicó en grado heroico las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza).

El día 13 de mayo de 1999, concluido ese proceso, la Santa Sede dio el reconocimiento de que ambos videntes practicaron heroicamente tales virtudes, permitiendo su veneración privada como santos. Para que esa veneración se haga pública, eran necesarias la beatificación y la comprobación científica de un milagro.

El Postulador de las causas de beatificación de Jacinta y Francisco, padre Luis Kondor SVD, aseguró:

«Durante seis meses de estudio de la documentación [del proceso de beatificación de Francisco y Jacinta], dieciocho peritos en la materia se volcaron sobre la vida de los dos pequeñitos y, con gran admiración por sus virtudes, dieron su voto positivo, por escrito, a la Congregación para la Causa de los Santos […]. Termino repitiendo la profecía de san Pío X: ‘¡Habrá santos entre los niños!’. Agregando: ‘¡Los habrá, sí, en breve!’»

Francisco: contemplativo y eremita-orante

Menos expansivo que su hermana Jacinta, Francisco fue más llamado a la contemplación y a ser algo como un pequeño eremita-orante para desagraviar y consolar a Nuestro Señor Jesucristo. Para eso, con frecuencia, se aislaba por los campos de la Cova da Iria. Cierta vez, imaginando cómo sería Dios, dijo: «¡Qué pena que esté tan triste! ¡Si yo lo pudiera consolar!».

Pasemos a la transcripción de algunos episodios extraídos del espléndido libro del padre Luis Gonzaga Ayres da Fonseca, profesor del Pontificio Instituto Bíblico de Roma. Son pequeños episodios, pero que revelan la grandeza de la virtud que, aún siendo niños, los confidentes de la Señora de Fátima practicaban.

En una ocasión, mientras Lucía y Jacinta jugaban corriendo detrás de mariposas, Francisco se aisló para rezar. Después las dos niñas fueron a llamarlo:

«— Francisco, ¿no quieres venir a comer?

— ¡No! Coman ustedes.

— ¿Y a rezar el Rosario?

— A rezar, después voy. Vuélvanme a llamar.

— Pero, ¿qué estás haciendo aquí tanto tiempo?

— Estoy pensando en Dios que está tan triste por tantos pecados… ¡Si yo pudiera darle alegría! (Y pasó el día en ayuno y oración). […]

— Francisco, ¿qué te gusta más? [preguntó Lucía].

— Me gusta más consolar a Nuestro Señor. ¿No te diste cuenta cómo la Santísima Virgen, todavía en el último mes, se puso tan triste cuando dijo que no ofendieran más a Dios Nuestro Señor, que ya estaba muy ofendido? Yo querría consolar a Nuestro Señor y después convertir a los pecadores, para que no le ofendan más».

En una ida a la escuela en Fátima, Francisco le dijo a Lucía: «Mira, anda tú a la escuela, que yo me quedo aquí en la iglesia con Jesús escondido. De nada me vale la pena aprender, porque dentro de poco me voy al cielo. Al salir me llamas».

«Estoy muy mal; me falta poco para ir al cielo».

La Divina Providencia pide el sacrificio supremo

El día 28 de diciembre de 1918, Francisco y Jacinta enfermaron gravemente, atacados por la terrible epidemia de bronconeumonía, que tantas víctimas causaba entonces en toda Europa.

Jacinta le dijo a su hermano: «No te olvides de ofrecer [tus padecimientos] por los pecadores». A lo que Francisco respondió:

«Sí, pero lo ofrezco primero para consolar a Nuestro Señor y a Nuestra Señora y después es que lo ofrezco por los pecadores y por el Santo Padre».

Ya en vísperas de su muerte, le dijo a Lucía:

— «Estoy muy mal; me falta poco para ir al cielo».

— Entonces vete; pero no te olvides allí de pedir mucho por los pecadores, por el Santo Padre, por mí y por Jacinta.

— Sí pediré; pero mira: prefiero que pidas esas cosas a Jacinta, porque yo tengo miedo de que se me olvide en cuanto vea a Nuestro Señor. Sobre todo quiero consolarle a Él».

El proceso canónico registra, según la declaración del padre Manuel Marques Ferreira, que poco antes de su fallecimiento, Francisco recibió la Sagrada Comunión «con gran lucidez y piedad».

El día 4 de abril de 1919, a las 6 de la mañana, le dijo a su madre: «Oh madre mía, qué luz tan bonita». Instantes después, el rostro de Francisco se iluminó con una sonrisa angelical, y él, sin agonía, sin una contracción, sin un gemido, expiró suavemente en su habitación.

Jacinta: inocencia, firmeza de carácter y reparadora de los pecados

Poco antes de ir a un hospital en Lisboa, Jacinta le reveló a Lucía:

«— A mí ya me falta poco para ir al cielo. Tú te quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. ¡Cuando haya que decir eso, no te escondas! Dile a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio de ese Corazón Inmaculado; que se las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Corazón de María. Que pidan la paz a este Inmaculado Corazón porque Dios se la entregó a Ella. ¡Si yo pudiera meter en el corazón de todo el mundo la lumbre que tengo aquí en el pecho quemándome y haciéndome gustar tanto de los Corazones de Jesús y de María!».

Por algunos dichos de la pequeña Jacinta podemos percibir la grandeza de su alma, la magnificencia de su inocencia, su profundo amor a Dios. Ella confió a su prima Lucía:

«Pienso en Nuestro Señor y en Nuestra Señora… en los pecadores y en la guerra que va a venir… Va a morir tanta gente, ¡y casi toda va a ir al infierno!… Serán arrasadas muchas casas y matarán a muchos sacerdotes… ¡Qué pena! ¡Si dejaran de ofender a Nuestro Señor, la guerra no venía, ni iban para el infierno!… Mira, yo voy al cielo, y tú, cuando veas de noche esa luz que aquella Señora dijo que vendría antes, huye hacia allí también».

«Me dijo (la Señora) que voy a Lisboa a otro hospital; que no te vuelvo a ver, ni a mis padres tampoco. Que después de sufrir mucho moriré sola. Pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar para llevarme al cielo».

Como ocurre con personas que conservan la inocencia, a Jacinta le gustaba meditar. Y ella lo confirmó: «Me gusta mucho pensar». En una de sus meditaciones, la Virgen Santísima se le apareció, a fin de prepararla para su último calvario. «Me dijo (la Señora) que voy a Lisboa a otro hospital; que no te vuelvo a ver, ni a mis padres tampoco. Que después de sufrir mucho moriré sola. Pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar para llevarme al cielo».

Altísimos pensamientos de una niña inocente

En sus últimos días, Jacinta contó con la cariñosa compañía de la madre María de la Purificación Godinho, a quien la vidente llamaba «madrina». Esta religiosa tomó notas de algunos dichos de la pequeña santa, cuyos pensamientos eran superiores a su edad. Aquí transcribimos algunos de ellos:

«Los pecados que llevan más almas al infierno son los pecados de la carne».

«Han de venir unas modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor. Las personas que sirven a Dios no deben andar con la moda. La Iglesia no tiene modas. Nuestro Señor es siempre el mismo».

«Los pecados del mundo son muy grandes. Nuestra Señora dice que en el mundo hay muchas guerras y discordias. Las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo».

«¡Si los hombres supiesen lo que es la eternidad, harían de todo para enmendarse!»

«Los médicos no tienen luz para curar a sus enfermos, porque no tienen amor de Dios».

«¡Ay de los que persiguen la religión de Nuestro Señor! Si el gobierno dejase en paz a la Iglesia y diese libertad a la Santa Religión, sería bendecido por Dios. Madrina mía, ¡pida mucho por los pecadores! ¡Pida mucho por los sacerdotes! ¡Pida mucho por los religiosos! ¡Pida mucho por los gobiernos!».

Sobre la frase que sigue, la madre Godinho afirmó que Jacinta se refiere a «un gran castigo del que la Virgen le habló en secreto»:

«Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, Nuestro Señor todavía perdonará al mundo; pero si no se enmienda, vendrá el castigo».

«¿Quién te enseñó tantas cosas?»

Cierto día, Jacinta le dijo a la madre Godinho: «Yo iría con mucho gusto a un convento, pero me gustaría todavía más, ir al cielo. Para ser religiosa es preciso ser muy pura de alma y de cuerpo». A lo que la religiosa le indagó: «¿Y tú sabes lo que quiere decir ser pura?”».

«— Sí, lo sé. Ser pura en el cuerpo es guardar la castidad, y ser pura en el alma es no cometer pecados: no mirar hacia donde no se debe, no robar, no mentir nunca, decir siempre la verdad aunque nos cueste».

La religiosa, sorprendida por el hecho de que una simple niña diga cosas tan serias y profundas, le preguntó:

«— ¿Quién te enseñó tantas cosas?

— Fue la Virgen; pero algunas las pienso yo. Me gusta mucho pensar».

Previsiones propias de quien alcanzó una elevada santidad

Pero, además de pensamientos superiores a su edad, Jacinta previó muchos acontecimientos. He aquí algunas de sus previsiones:

En cierta ocasión, la madre de Jacinta, Olimpia de Jesús, fue a visitarla al hospital y la madre Godinho le preguntó si no le gustaría que las dos hermanas de Jacinta (Florinda y Teresa) se hicieran religiosas. Doña Olimpia respondió: «¡No, Dios me libre!».

Jacinta no escuchó esa conversación; sin embargo, más tarde, le dijo a su madrina: «A la Virgen le agradaría que mis hermanas fuesen religiosas. Mi madre no quiere, por eso Nuestra Señora no tardará en llevárselas al cielo». De hecho, las dos jóvenes murieron algún tiempo después.

Dos médicos que trataron a Jacinta con dedicación, recibieron diversas muestras de agradecimiento de la pequeñita. Uno de ellos le pidió que en el cielo rogara a la Santísima Virgen por él. Jacinta respondió que sí, pero que el doctor pidiera también por ella. Después, mirándolo, añadió: «Mire que usted también va y no tarda».

La escena se repitió con otro médico, que se encomendaba a sí mismo y a su hija a las oraciones de la pequeña enferma, que, mirándolo atentamente, dijo: «Usted también viene; primero su hija, y después el doctor».

De hecho, ambas profecías se cumplieron.

En otra ocasión, Jacinta dijo: «Mire, madrina, ya no me quejo [de los terribles dolores]. La Virgen se me apareció, dice que en breve me vendría a buscar, y que me quitaba los dolores».

El día 20 de febrero de 1920, alrededor de las 6 de la tarde, avisó que se sentía mal y pidió los últimos sacramentos. Hizo su última confesión con el padre Pereira dos Reis. A las 10:30 de la noche, la Madre Santísima cumplía la promesa hecha en 1917 y la venía a buscar para llevarla al cielo: Jacinta expiraba con suma paz. Tenía casi 10 años.

Publicado originalmente en https://bit.ly/3pqUMjB

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