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Con el cumplimiento del mandamiento más importante de la ley de Dios: «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 34-40) podemos alcanzar la santidad y la perfección cristiana, es por ello que el P. José María Iraburo nos dirá: «El grado de perfección cristiana es el grado de crecimiento en la caridad».

Padre José María Iraburu

Todos los cristianos, sea cual fuere nuestro estado de vida, estamos llamados a la perfección de la caridad, a ser «perfectos como el Padre celestial» (Mt 5, 48), a ser «imitadores de Dios, como hijos queridos» (Ef 5,1). El impulso dado por los preceptos de Cristo lleva por sí mismo a la perfección, a la totalidad de la caridad: el mandato de amar a Dios «con todo el corazón» es dado –es un don– a todos los fieles cristianos. Y llegado el caso extremo, recordemos que el martirio, es decir, el mayor amor y la mayor perfección espiritual posible en este mundo, es de precepto, no es de consejo, y obliga igual a sacerdotes, religiosos y laicos.

¿Cómo alcanzamos la perfección y santidad? aquí aquello que todo cristiano debemos alcanzar para llegar al cielo.

Santidad y perfección

Estamos llamados a ser santos y perfectos, como lo es nuestro Padre celestial (Ef 1,4; Mt 5,48). Santidad y perfección equivalen prácticamente. Y no habría dificultad en identificar ambos conceptos si se recordara siempre que no hay más perfección humana posible que la santidad sobrenatural. Pero esto se olvida demasiado. Por eso nosotros preferimos hablar de santidad, palabra bíblica, largamente usada en la tradición patrística, teológica y espiritual de la Iglesia. Ella expresa muy bien que la perfección del hombre adámico ha de ser sobrenatural, por unión con el Santo, Jesucristo. Sin embargo, hemos de considerar ahora el tema de la perfección cristiana, siguiendo de cerca la doctrina luminosa de Santo Tomás de Aquino.

Perfección tiene un evidente sentido etimológico. La palabra perfección significa «hecho del todo, acabado, consumado» (per-facere, per-fice­re, per-fectio). Y también la perfección significa en sentido metafísico significa totalidad«Totum et perfectum idem sunt» (STh II-II, 184,3). Perfección es acto, imperfección es potencia. Una cosa es perfecta en la medida en que está actualizada su potencia. De aquí que la perfección absoluta sólo se da en Dios, que es acto puro. Las criaturas, siempre compuestas de potencia y acto, siempre haciéndose, in fieri, no pueden lograr sino una perfección relativa.

En la vida cristiana consideramos una perfección entitativa (la gracia), que afecta al ser de la persona: es la santidad ontológica de la que ya traté (359). Otra dinámica (virtudes y dones), que es la que la teología espiritual estudia: por ella el cristiano crece, tendiendo con más o menos fuerza hacia Dios, que es su fin. Y se dará la perfección final (la gloria), que afectará en el cielo plenamente al hombre entero, en alma y cuerpo.

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La perfección cristiana consiste en la caridad

El constitutivo formal de la perfección cristiana consiste en la caridad; y el constitutivo integral, en todas las virtudes bajo el imperio y guía de la caridad (STh II-II,184,1 ad 2m). Vamos por partes.

1.–La perfección cristiana consiste esencialmente en la perfección de la caridad. Amar a Dios y amar al prójimo es la síntesis de la perfección cristiana (Mt 22,34-40). Esta primacía absoluta de la caridad sobrenatural es enseñada una y otra vez en el Nuevo Testamento  (Rm 13,8-10; 1Cor 12,31; 13,1-13; Gál 5,6. 14; Col 3,14).

Y es clara la razón teológica. 1.-EI hombre, por ser imagen de Dios, que es caridad, es perfecto en la medida en que ama; en esa medida se asemeja a Dios, y es hombre (1Jn 4,7-9; Vat. II, Gaudium et spes 24c). 2.-El hombre está finalizado en Dios, y de cualquier ser «se dice que es perfecto en cuanto que alcanza su propio fin, que es la perfección última de cada cosa. Ahora bien, la caridad es la que nos une a Dios, fin último del alma humana. Luego la perfección de la vida cristiana se logra especialmente según la caridad» (STh II-II,184,1).

La caridad ordena los actos de todas las demás virtudes a su fin último. Y según esto da ella forma a los actos de todas las demás virtudes.

2.–La perfección cristiana consiste integralmente en todas las virtudes bajo el imperio de la caridad. Una virtud o hábito puede realizar o bien actos elícitos, que son los suyos propios, o bien actos imperados, que le vienen impuestos por otra virtud. Pues bien, la perfección cristiana no está sólo en el acto elícito de la caridad, por la que el hombre se une a Dios en amor. La orientación total del hombre a Dios no viene lograda sólo por la caridad, que mira el fin, sino por todas las virtudes morales, que se refieren a los medios conducentes a ese fin. «La caridad ordena los actos de todas las demás virtudes a su fin último. Y según esto da ella forma a los actos de todas las demás virtudes. Por eso se dice que ella es forma de las virtudes» (II-II,23,8). Una limosna, por ejemplo, si no está impulsada por la caridad, sino por otros motivos, no tiene mérito alguno: «de nada me sirve» (1Cor 13,1-3). La moneda que no está sellada por la caridad no tiene valor.

Cualquier espiritualidad que haga consistir la perfección cristiana en algo distinto de la caridad es falsa. Casi siempre en la historia de la espiritualidad los errores han venido de afirmar un cierto valor cristiano sin la subordinación debida a la caridad, y rompiendo la necesaria conexión con todas las otras virtudes cristianas.

Unos han visto en la contemplación la clave de la perfección (gnósticos, alumbrados, quietistas), sin urgir debidamente la ascética de aquellas virtudes que hacen la contemplación posible. Otros han visto la perfección en la pobreza (ebionitas, paupertistas), otros en la abstinencia más estricta (encratitas, temperantes), otros en la oración permanente (mesalianos, euquitas, orantes), y tanto unos como otros, afirmando un valor, menosprecian o niegan otros como la obediencia, la prudencia o la caridad. Los resultados han sido y son siempre lamentables. Hay que concluir con Santo Tomás que «la vida espiritual consiste principalmente en la caridad, y quien no la tiene, espiritualmente ha de ser reputado en nada. En la vida espiritual es simpliciter perfecto aquel que es perfecto en la caridad» (De perfectione vitæ spiritualis 1).

3.–El grado de perfección cristiana es el grado de crecimiento en la caridad. Un cristiano es perfecto en la medida de la intensidad y frecuencia de los actos elícitos de su caridad; y en la medida también de la extensión de su caridad, es decir, en cuanto que ella extiende sus actos imperados sobre el ejercicio de todas las otras virtudes, dándoles así fuerza, finalización y mérito.

4.–Amar a Dios es más perfecto que conocerle. Conocimiento y amor no se oponen, desde luego, sino que se potencian mutuamente. Pero en la historia de la espiritualidad unos han acentuado más la vía intelectual, y otros la afectiva. Pues bien, los hábitos intelectuales no son virtudes si no están informados por la caridad: ellos solos no hacen bueno al que los posee; ellos dan la verdad, no el bien. Por otra parte, la perfección cristiana está en la unión con Dios, y lo que realmente une al hombre con Dios es el amor. En efecto, «el acto de entender consiste en que el concepto de la cosa conocida está en el cognoscente; pero el acto de la voluntad [que es el amar] se consuma en cuanto que la voluntad se inclina a la misma cosa como es en sí… Por eso es mejor amar a Dios que conocerlo» (STh I,82,3).

5.–En esta vida puede el hombre crecer en caridad indefinidamente, es decir, puede aumentar su perfección in infinitum. No hay límites en el amor de Dios, que causa el crecimiento de la caridad. Tampoco hay límites en la persona humana que recibe por la gracia la virtud de la caridad. Más aún, «la capacidad de la criatura racional aumenta por la caridad, pues por ella se dilata su corazón, de modo que todavía se hace más hábil para nuevos acrecentamientos» (STh II-II,24,7 ad 2m). La persona humana está abierta siempre a participar aún más de la infinita caridad divina, y Dios siempre quiere enriquecer al hombre más y más. «A todo el que tiene se le dará y abundará» (Mt 25,29).

El crecimiento de la caridad termina en la muerte: «La criatura racional es llevada por Dios al fin de la bienaventuranza, y también es conducida por la predestinación de Dios a un determinado grado de bienaventuranza, conseguido el cual no puede ya pasar a otro más alto» (STh I,62,9). Es el momento solemne y decisivo, en que la perfección del hombre –en naturaleza y gracia– queda fijada eternamente según el grado de la caridad. San Juan de la Cruz lo expresa poéticamente: «a la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado» (Dichos 59).

Preceptos y consejos 

El Catecismo, fiel al Vaticano II y a la Tradición católica, sigue enseñando la doctrina de «los preceptos y consejos» (914-918, 925-926, 1973-1974).

El Señor dio consejos a sus discípulos sobre muchas cuestiones: el modo de hablar (Mt 5,33-37), la actitud frente al mal (5,38-41; 26,53-54; Jn 10,17-18; 18,5-11; 1Cor 6,7; 1Tes 5,15; 1Pe 2,20-22), la comunicación de bienes(Mt 5,42; 6,2-3; Lc 6,35; 12,33; 1Cor 16,1-4; 2Cor 8-9; Gál 2,10), el amor a los pobres (Lc 14,12-24; Sant 2,1-9), la oración (Mt 6,5-15), el ayuno (6,16-18), las riquezas (6,19-21; 19,16-23), el amor a los enemigos (5,43-48; Rm 12,20), la corrección fraterna (Mt 18,15-17; Lc 17,3), etc. Ahora bien, como dice Juan Pablo II, «si la profesión de los consejos evangélicos, siguiendo la Tradición, se ha centrado sobre todo en castidad, pobreza y obediencia, tal costumbre parece manifestar con suficiente claridad la importancia que tienen como elementos principales que, en cierto modo, sintetizan toda la economía de la salvación» (Juan Pablo II, exh. apost. Redemptionis donum 25-III-1984, 9).

La antigua distinción entre preceptos y consejos se fundamenta sobre todo en dos pasajes del Nuevo Testamento: la escena evangélica del joven rico (Mt 19,16-30) y los consejos de San Pablo sobre la virginidad (1Cor 7). Jesús le dice a un joven rico, fiel desde muchacho a los preceptos, que «si quiere ser perfecto», se desprenda de todos sus bienes y le siga. Y San Pablo, el gran doctor del matrimonio cristiano (Ef 5,32), aconseja la virginidad, porque «es mejor y os permite uniros más al Señor, libres de impedimentos» (1Cor 7,35). En la escena del joven rico, Cristo da un consejo a una persona concreta, en tanto que la carta de San Pablo da un consejo general, y propone la virginidad como un estado de vida en sí mismo aconsejable.

Las primeras elaboraciones doctrinales sobre los preceptos y consejos fueron realizadas por los Padres para enfrentar a los herejes, tanto a aquéllos que menospreciaban pobreza y virginidad, como a los que las exigían como necesarias para la salvación. Frente a estos extremos de error, la Iglesia enseñaba que esos consejos ni eran necesarios para la salvación, ni debían ser menospreciados como si fueran algo completamente indiferente en orden a la perfección cristiana. Estas doctrinas de Orígenes, Jerónimo, Ambrosio o Agustín, formuladas después con mayor precisión por los teólogos medievales, especialmente por Santo Tomás y San Buenaventura, arraigaron más tarde en la Tradición teológica, espiritual y canónica de la Iglesia. Y a la luz de sus enseñanzas podemos responder a la cuestión siguiente:

¿Los consejos evangélicos llevan a una perfección cristiana más alta que la impulsada por los preceptos del Señor? O dicho de otro modo, fijándonos en los consejos principales: ¿quienes viven los tres consejos están ordenados por Dios a una mayor perfección que aquéllos otros que no los siguen? ¿Quedarían así los laicos cristianos excluidos de la perfección cristiana?… La respuesta a estas cuestiones es ciertamente negativa. Como ya hemos visto, y en seguida veremos mejor.

El impulso dado por los preceptos de Cristo lleva por sí mismo a la perfección, a la totalidad de la caridad: el mandato de amar a Dios «con todo el corazón» es dado –es un don– a todos los fieles cristianos.

1.Todos los cristianos, sea cual fuere nuestro estado de vida, estamos llamados a la perfección de la caridad, a ser «perfectos como el Padre celestial» (Mt 5,48), a ser «imitadores de Dios, como hijos queridos» (Ef 5,1). El impulso dado por los preceptos de Cristo lleva por sí mismo a la perfección, a la totalidad de la caridad: el mandato de amar a Dios «con todo el corazón» es dado –es un don– a todos los fieles cristianos. Y llegado el caso extremo, recordemos que el martirio, es decir, el mayor amor y la mayor perfección espiritual posible en este mundo, es de precepto, no es de consejo, y obliga igual a sacerdotes, religiosos y laicos.

Nunca, pues, los consejos pueden impulsar «más allá» de lo exigido por los preceptos, pues los preceptos de la caridad lo exigen todo. Sería una deformación de la Tradición católica imaginar algo así como que los preceptos mandan al cristiano cumplir lo que en justicia debe dar a Dios y al prójimo; en tanto que los consejos le llevarían por la caridad a un más allá de generosidad sin límites. La doctrina de la Iglesia es otra. Ahora bien:

La perfección cristiana consiste principal y esencialmente en los preceptos, secundaria e instrumentalmente en los consejos. Ya expuse lo primero en mi artículo (343) Los que aman a Dios son los que cumplen sus mandatos. Es la enseñanza continua del AT y del NT. Santo Tomás la formula en un precioso texto:

«Por sí misma y esencialmente (per se et essencialiter), la perfección de la vida cristiana consiste en la caridad: en el amor a Dios, primeramente, y en el amor al prójimo, en segundo lugar; sobre esto se dan los preceptos principales de la ley divina. Y adviértase aquí que el amor a Dios y al prójimo no caen bajo precepto según alguna limitación –como si lo que es más que eso cayera bajo consejo–. La forma misma del precepto expresa claramente la perfección, pues dice «amarás a tu Dios con todo tu corazón» (todo y perfecto se identifican); y «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (y cada uno se ama a sí mismo con todas sus fuerzas). Y esto es así porque “el fin del precepto es la caridad” (1Tim 1,5); ahora bien, para el fin no se señala medida, sino sólo para los medios (el médico, por ejemplo, no mide la salud, sino la medicina o la dieta que ha de usarse para sanar). Por tanto, es evidente que la perfección consiste esencialmente en la observancia de los mandamientos.

«Secundaria e instrumentalmente (secundario et instrumentaliter), la perfección consiste en el cumplimiento de los consejos, todos los cuales, como los preceptos, se ordenan a la caridad, pero de manera distinta. En efecto, los preceptos se ordenan a quitar lo que es contrario a la caridad, es decir, aquello con lo que la caridad es incompatible [por ejemplo «No mata­rás»]. Los consejos, en cambio [por ejemplo, celibato, pobreza], se ordenan a quitar los obstáculos que dificultan los actos de la caridad, pero que, sin embargo, no la contrarían, como el matrimonio, la ocupación en negocios seculares, etc.» (II-II, 184,3).

La perfección cristiana, por tanto, consiste en la caridad, sobre la cual se dan los dos preceptos fundamentales de la ley evangélica, y la función de los consejos no es otra que facilitar el desarrollo de la caridad a Dios y al prójimo, removiendo aquellos condicionamientos que, dada la enfermedad del corazón humano y no de suyo, por naturaleza, suelen a veces ser dificultades para ese crecimiento de la abnegación y de la caridad.

Por tanto los laicos cristianos, estando casados, poseyendo bienes de este mundo, y no sujetos a especial obediencia, llevan camino de perfección, si viven fielmente la caridad, y permanecen en lo que el Señor ha mandado: «si guardareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor» (Jn 15,10). Más aún, los laicos, guardando los preceptos, viven de verdad los tres consejos evangélicos espiritualmente, es decir, en la disposición de su ánimo.

Padre José María Iraburu,
Reforma o apostasía

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