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El Purgatorio es, al final, el lugar en donde van las almas que, aunque se hayan salvado, no quisieron entregarse totalmente a Dios; aunque estén salvados, aún estaban muy apegados a las cosas de este mundo.

Una de las tantas revelaciones de Nuestra Señora de Fátima que nos impulsará a trabajar con más ahínco por Dios.


De las Memorias de la Hna. Lucía:

– ¿Y yo también voy al cielo?
– Sí, vas.
– ¿Y Jacinta?
– También.
– ¿Y Francisco?
– También, pero debe rezar muchos rosarios.

Entonces recordé a dos señoritas que habían muerto hace poco tiempo y pregunté por ellas. Eran mis amigas y estaban en mi casa para aprender a tejer con mi hermana mayor.

– ¿María de las Nieves ya está en el cielo?
– Sí, está.

Creo que tenía unos 16 años.

– ¿Y Amelia?
– Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo.

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Tal vez esta revelación de la Virgen Santísima a la Hna. Lucía nos asuste un poco. Es de hecho impresionante la idea de un alma sufriendo en el Purgatorio hasta la consumación de los tiempos. Movidos por la curiosidad, podemos preguntarnos: ¿qué pudo haber hecho Amelia para merecer un castigo tan severo de la justicia divina?

El Purgatorio es el lugar en donde van las almas que, aunque se hayan salvado, no quisieron entregarse totalmente a Dios.

 

Sin embargo, lo que más nos edifica, es pensar que todos nosotros podemos muy bien tener la misma suerte que esta amiga de la Hna. Lucía, en caso de que llevemos una vida mediocre, el vivir «más o menos», sin peso, ni remordimientos; en caso de que no queramos pagar, en esta existencia, el alto precio del amor. El Purgatorio es, al final, el lugar en donde van las almas que, aunque se hayan salvado, no quisieron entregarse totalmente a Dios; aunque estén salvados, aún estaban muy apegados a las cosas de este mundo.

¿Queremos vivir plenamente el llamado de Dios o nos basta «garantizar un lugar» en el Purgatorio?

Por cada pecado mortal perdonado, el alma culpada debe pasar por un sufrimiento de siete años en el Purgatorio.

La pena de Amelia nos recuerda también aquella visión de Santa Francisca Romana, según la cual «por cada pecado mortal perdonado, el alma culpada debe pasar por un sufrimiento de siete años» en el Purgatorio. La amiga de la Hna. Lucía tal vez haya sido de esas almas que acumularon en su vida numerosos pecados mortales, de los cuales se arrepintieron, pero no han tenido tiempo para repararlos en esta vida. Con revelaciones como estas, Dios quiere hacer una apelo a nuestra indiferencia, dar un grito para romper nuestra sordera.

«No se entra al cielo sino por medio de muchos sufrimientos» (Hch 14, 22). Si no quisiéramos sufrir aquí, tendremos  que sufrir en el otro mundo. Y de allí no saldremos en cuanto no paguemos «hasta el último centavo» (Mt 5, 26).

Por otro lado, para no retratar el Purgatorio con colores tan sombríos, es evidente que es más consoladora la suerte de Amélia que las innúmeras almas a quienes los pastorcitos de Fátima vieron precipitarse al infierno. Es evidente que los dos estados no pueden ser equiparados, por más doloroso y perdurable que sea el Purgatorio. El problema de muchos de nosotros es cuán lejos estamos de la meta, cuán  mezquina es, muchas veces, la lógica con que vivimos nuestra fe. Cuántas veces pensamos, o hasta decimos: «Si llego al Purgatorio, ya me daré por satisfecho», o: «Si fuera al Purgatorio, ya estaré tranquilo».

No es que eso no sea verdad, pero es una verdad contada por la mitad. Es como la historia del joven rico (Mc 10, 17-27), que podría ser un gran discípulo de Cristo, y no fue. Podríamos hasta preguntarnos de este personaje anónimo de los Evangelios, del cual no tuvimos más noticias, y si realmente se salvó. Tal vez hasta haya tenido la «suerte» de pasar el Purgatorio con Amelia hasta el fin del mundo. Tal vez ya esté en el cielo ahora, habiendo pasado por un brevísimo Purgatorio. La verdad es que, de la forma en que él dejó la famosa escena del Evangelio, su lugar todavía no era el Cielo. Porque el Cielo no es simplemente un lugar de quien no tiene pecados (como el joven rico parecía no tener); el Cielo es el lugar de los que aman, de los que quieren unirse a Dios más que cualquier cosa en esta vida.

Todos nosotros podemos muy bien tener la misma suerte de esa amiga de la Hna. Lucía, caso no queramos pagar, en esta existencia, el alto precio del amor. Pero realmente, ¿queremos esto? ¿Queremos amar a Dios de todo corazón o nos contentamos con garantizar nuestra salvación? ¿Queremos vivir plenamente el llamado de Dios para nosotros o nos bastará «garantizar un lugar» en el Purgatorio?

Ninguno piense que se trata de deseos vanos. Cuánto quisiéramos, indicará la medida con que trabajaremos. Quien piense en entrar al Purgatorio, se esforzará solo lo necesario para llegar allí. Si trabajamos para el Cielo, entonces, todo cambiará. Incluso nuestra suerte en la otra vida.

Que el ejemplo de esta amiga de la Hna. Lucía nos ayude a imitar a los pastorcitos de Fátima, que vivieron su vocación con heroísmo y, como recompensa, fueron acogidos sin demora en el Reino de los Cielos. En cuanto al alma de Amelia, solo lo que le resta es contar con nuestras oraciones…«hasta el fin del mundo».

 

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Extraído de padrepauloricardo.org
y editado por Formación Católica

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