fbpx

Las bibliotecas familiares y la formación intelectual de los niños

Las bibliotecas familiares y la formación intelectual de los niños
El autor describe a los padres de familia «como mediadores y figuras decisivas» en la vida de los niños para que alcancen el amor a la lectura y a los libros.

«Las acumulaciones de libros y las bibliotecas son realmente importantes y más si están cerca de los niños» es la recomendación que Miguel Sanmartín Fenollera, hermano de la destacada autora del Libro El despertar de la señorita Prim, escribe en su Blog De libros, padres e hijos. En su espacio literario, el autor describe a los padres de familia «como mediadores y figuras decisivas» en la vida de los niños para que alcancen el amor a la lectura y a los libros.

Este interesante artículo  del hermano de Natalia Sanmartin Fenollera nos habla sobre la importancia de contar  con una biblioteca familiar y como ésta será de gran ayuda en la formación intelectual de los niños en sus primeros años de vida.


«Los domingos se dedicarán todos a la lectura, menos los que tengan a su cargo una tarea concreta y si alguno fuera tan perezoso o abúlico que no quiera o no pueda leer, se le encomendará algún trabajo para que no esté ocioso» Regla de San Benito.

Vuelvo a escribir y no me canso –nos dice el autor–, sobre la importancia del leer y de los libros y la decisiva figura que los padres desempeñamos en este asunto, no solo como mediadores –como se dice ahora muy pomposamente, pareciendo referir algo ajeno al asunto–, sino como parte esencial y, puede que decisiva, en la resolución exitosa del mismo. Y dentro de esta participación paternal destacan en un lugar importante las bibliotecas familiares, pues estas son construidas a iniciativa nuestra y su influencia, como veremos, puede ser capital.

Al respecto de este tema de las bibliotecas, Miguel Sanmartín narra en su blog lo que cuenta James Boswell en su inimaginable La vida del Doctor Samuel Johnson, una anécdota muy expresiva:

«Una tarde de abril de 1775, Samuel Johnson se encontraba de visita en la gran villa que Richard Owen Cambridge poseía a orillas del Támesis. Después de un breve saludo, Johnson se lanzó a los estantes de la biblioteca y empezó a leer en silencio los lomos de los libros. “Doctor Johnson —dijo Cambridge—, parece extraño que alguien tenga el deseo de mirar los lomos de los libros”, a lo que Johnson respondió: “Señor, el conocimiento es de dos tipos. O conocemos una materia por nosotros mismos o sabemos dónde encontrar información sobre ella. De esta manera, cuando nos enfrentamos a cualquier tema, lo primero que tenemos hacer es saber lo que los libros han tratado sobre ello. Esto nos debe llevar a mirar los catálogos y libros de las bibliotecas”».

Miguel Sanmartín  manifiesta que él comparte el mismo deleite que el Dr. Johnson, cuando se trata de «escudriñar las paredes forradas de libros de las bibliotecas, mirar sus lomos y perderme entre las filas y columnas que aquellos forman, no con la erudición de Johnson, sino con la curiosidad de un niño; así fue en mi infancia y así es ahora. También es así con mis hijas y eso es, para mi esposa y para mí, una satisfacción».

Las acumulaciones de libros y las bibliotecas, son realmente importantes, y más si están cerca del niño

Asimismo, considera que «las acumulaciones de libros y las bibliotecas, son realmente importantes, y más si están cerca del niño, como las familiares. Así que hablaremos de estas últimas. Pero esta vez mi aportación personal será escasa, pues dejaré paso a los testimonios de otros muchísimo mejores. Ellos hablarán por mí, para mí y para ustedes».

Este entrada, nuestro autor recopila las experiencias y recuerdos infantiles de grandes literatos y del ambiente bibliófilo en el que crecieron. Obviamente no se trata de otra cosa que de mostrar, de la forma más bella y de la manera más eficaz, lo que un paisaje con libros pueden dar a los niños. Ya saben ustedes aquello que señaló Horacio en su Epístola a los Pisones, al respecto de «mezclar lo útil con lo agradable» y de «Instruir deleitando». Así que, sin más demora, comenzamos.

También te puede interesar: Lista de libros recomendados para una seria formación católica

JORGE LUIS BORGES

«Mi padre me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música. Cuando ahora recito un poema en inglés, mi madre me dice que lo hago con la voz de mi padre».

«Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo. Ocupaba toda una habitación, con estantes encristalados, y debe haber contenido varios miles de volúmenes. Como era tan miope, me he olvidado de la mayoría de las caras de ese tiempo (quizá cuando pienso en mi abuelo Acevedo pienso en su fotografía), pero todavía recuerdo con nitidez los grabados en acero de la Chambers’s Encyclopaedia y de la Británica.

La primera novela que leí completa fue Huckleberry Finn. Después vinieron Roughing It y Flush Days in California. También leí los libros del capitán Marryat, Los primeros hombres en la luna de Wells, Poe, una edición de la obra de Longfellow en un solo tomo, La isla del tesoro, Dickens, Don Quijote, Tom Brown en la escuela, los cuentos de hadas de Grimm, Lewis Carroll, Las aventuras de Mr. Verdant Green (un libro ahora olvidado), Las mil y una noches de Burton. La obra de Burton -plagada de lo que entonces se consideraban obscenidades- me fue prohibida, y tuve que leerla a escondidas en la azotea. Pero en ese momento estaba tan emocionado por la magia del libro que no percibí en absoluto las partes censurables, y leí los cuentos sin tener conciencia de cualquier otro significado. Todos los libros que acabo de mencionar los leí en inglés. Cuando más tarde leí Don Quijote en versión original, me pareció una mala traducción. Todavía recuerdo aquellos volúmenes rojos con letras estampadas en oro de la edición de Garnier.

En algún momento la biblioteca de mi padre se fragmentó, y cuando leí El Quijote en otra edición tuve la sensación de que no era el verdadero. Más tarde hice que un amigo me consiguiera la edición de Garnier, con los mismos grabados en acero, las mismas notas a pie de página y también las mismas erratas. Para mí todas esas cosas forman parte del libro; considero que ése es el verdadero Quijote.

En español leí muchos de los libros de Eduardo Gutiérrez sobre bandidos y forajidos argentinos -sobre todo Juan Moreira-, así como las Siluetas militares, que contiene un vigoroso relato de la muerte del coronel Borges. Mi madre me prohibió la lectura del Martín Fierro, ya que lo consideraba un libro sólo indicado para matones y colegiales, y que además no tenía nada que ver con los verdaderos gauchos. Ese libro también lo leí a escondidas. La opinión de mi madre se basaba en el hecho de que Hernández había apoyado a Rosas, y por lo tanto era un enemigo de nuestros antepasados unitarios. Leí también el Facundo de Sarmiento y muchos libros sobre mitología griega y escandinava. La poesía me llegó a través del inglés: Shelley, Keats, FitzGerald y Swinburne, esos grandes favoritos de mi padre que él podía citar extensamente, y a menudo lo hacía». Autobiografía (1899-1970).

GRAHAM GREENE

«Tal vez solo en la infancia los libros ejercen una influencia profunda en nuestras vidas. En la vida posterior los admiramos, nos entretienen, podemos modificar criterios que ya sustentamos, pero es más probable que encontremos en los libros únicamente una confirmación de lo que ya ocupa nuestra mente: como en una relación amorosa, son nuestros propios rasgos los que vemos reflejados halagadoramente.

Te puede interesar:
San Juan Crisóstomo y la belleza del amor conyugal

Pero en la infancia todos los libros son textos de adivinación que nos hablan del futuro y, al igual que la pitonisa que ve en las cartas un largo viaje o una muerte en el agua, influyen en nuestro futuro. Supongo que es por eso que los libros nos excitaban tanto. ¿Qué extraemos hoy de la lectura que pueda equipararse a la emoción y la revelación de aquellos catorce años primeros? Por supuesto que me interesaría la noticia de que esta primavera iba a aparecer una nueva novela de EM Forster, pero nunca podría comparar esta suave expectación de placer civilizado con el paro cardíaco, el júbilo horrorizado que sentía cuando encontraba en el anaquel de una biblioteca una novela de Rider Haggard, Percy Westerman, Captain Brereton o Stanley Weyman que todavía no había leído. No, es en aquellos años tempranos donde yo buscaría la crisis, el momento en que la vida cobró un nuevo sesgo en su itinerario hacia la muerte.

Recuerdo claramente la celeridad con que una llave giró en una cerradura y descubrí que sabía leer, no solo las frases en un catón con las sílabas acopladas como vagones de tren, sino un libro de verdad. Tenía una portada con el dibujo de un chico atado y amordazado, colgando del extremo de una cuerda en el interior de un pozo con el agua más arriba de la cintura: una aventura de Dixon Brett, detective. Guardé mi secreto durante unas largas vacaciones de verano, según creí: no quería que nadie supiese que sabía leer. Supongo que semiconscientemente comprendí que aquél era el momento peligroso. Estaba a salvo siempre que pudiera leer –las ruedas no habían comenzado a girar, pero ahora el futuro se alineaba en derredor, en múltiples estanterías a la espera de que el niño eligiera– la vida de un perito mercantil quizá, de un funcionario colonial, de un plantador en China, un trabajo estable en un banco, felicidad y desventura, a la postre una forma determinada de muerte, porque indudablemente escogemos nuestra muerte del mismo modo que elegimos nuestro trabajo. Se desprende de nuestros actos y nuestras evasiones, nuestros miedos y nuestros momentos de valor. Supongo que mi madre debió de descubrir mi secreto, porque a la vuelta a casa me regalaron para el tren otro libro de verdad, un ejemplar de Isla de coral de Ballantyne, con una sola ilustración que contemplar, un frontispicio de colores. Pero yo no me delaté. Durante el largo viaje miré la única estampa y no abrí para nada el libro.

Pero en los anaqueles de casa (muchísimos, porque éramos una familia numerosa) me esperaban los libros, uno en concreto, aunque antes de cogerlo me permití elegir al azar. Cada uno era un cristal donde el niño soñaba que veía la vida en movimiento. Allí, con una cubierta espectacularmente pintada de varios colores, estaba El aeroplano pirata del Captain Wilson. Debo de haberlo leído seis veces por lo menos: la historia de una civilización perdida en el Sahara y de un malvado pirata yanqui con un aeroplano como una cometa y bombas del tamaño de una pelota de tenis que exige un rescate por la ciudad dorada. La salvaba el héroe, un joven suboficial que se introducía furtivamente en el campamento pirata para inutilizar el aeroplano. Le capturaban y veía a sus enemigos cavando su tumba. Iban a fusilarle al amanecer, y para matar el tiempo y eludir pensamientos ingratos el amable pirata yanqui jugaba a las cartas con él: el inocente juego infantil del Kuhn Kan. El recuerdo de aquella partida nocturna al borde de la muerte me persiguió durante años, hasta que por fin me deshice de él en una de mis novelas, con una partida de póquer jugada en circunstancias lejanamente similares» (La infancia perdida).  

MARIO VARGAS LLOSA

«Siempre he dicho que lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer, y creo que no hay ni una pizca de exageración en esa frase. Recuerdo cómo a los cinco años mi mundo de pronto se enriqueció de una manera extraordinaria y cómo gracias a la lectura empecé a vivir, no solo a leer, experiencias extraordinarias, viajes en el espacio, viajes en el tiempo: unos destinos que estaban fuera del alcance de la experiencia real, pero que la literatura volvía reales por el hechizo que me producía la lectura. En esa época no sé si otros niños de mi generación leían cómics. Yo no. Mi primer esbozo del mundo de la ficción fueron historias escritas con palabras, que me exigían el esfuerzo intelectual de trasladar esas frases a un mundo de imágenes. Es decir, sin saberlo, eran ya lecturas literarias.

Recuerdo que las revistas infantiles que entonces circulaban por América del Sur eran las de novelas por entregas. Había sobre todo dos que yo esperaba con impaciencia cada semana: una chilena, El Peneca, de la que años después descubrí que su directora era quien escribía todas las historias de aventuras que aparecían allí, y Billiken, una revista argentina, más variada y mejor presentada, que tenía por ejemplo cosas de deportes, pero también muchas historias para leer. Y también las historias de Salgari. Y las de Karl May, un escritor alemán que escribe novelas del Oeste sin haber salido nunca de Berlín. Y las de Karl May, un escritor alemán que escribía novelas del Oeste sin haber salido nunca de Berlín. Sí, fui un lector voraz, que en las Navidades, cuando había que escribirle cartas al niño Dios, siempre le pedía libros. La lectura no solo fue un hecho fundamental en mi niñez, sino que contribuyó a que esos primeros años, que pasé en Bolivia, fuesen mi edad dorada, la edad de la absoluta felicidad. No tuve ni un desengaño ni una frustración. Casi fui ese niño de caricatura que es el niño absolutamente feliz.

Te puede interesar:
«El Señor de los Anillos es una obra fundamentalmente religiosa y católica», sentenció Tolkien

Mi padre, además, me metió a un colegio militar pensando que allí iban a erradicar toda mi veleidad literaria, y el pobre, sin saberlo, me dio el tema de mi primera novela. En el colegio militar Leoncio Prado leí muchísimo, sobre todo los días de encierro. Como por cualquier falta nos castigaban y nos quedábamos encerrados a veces sábado y domingo, esos fines de semana sin salir a la calle eran para mí días totalmente entregados a la lectura. Recuerdo haber leído, por ejemplo, toda la serie de Dumas de los mosqueteros: Los tres mosqueterosVeinte años después y El vizconde de Bragelonne. O Los miserables, de Victor Hugo. Es una de las primeras lecturas que se me quedaron grabadas en la memoria, maravillado por las aventuras de Jean Valjean, Marius y Cosette» (Prólogo a El escritor en su paraíso de Angel Esteban).

ELEONOR FARJEON

En la casa de mi niñez había una habitación que llamábamos «la pequeña biblioteca», aunque cierto es que cada habitación de la casa podría haberse llamado así.

Nuestra sala de juegos, en el piso de arriba, estaba llena de libros. Abajo el despacho de mi padre estaba lleno de ellos. Forraban las paredes del comedor, inundaban la sala de estar de mi madre y subían hasta los dormitorios. Nos hubiera parecido más natural vivir sin ropa que sin libros y más contrario a la Naturaleza no leer que no comer.

Pero la pequeña biblioteca era, de todas las habitaciones de la casa, la que había quedado abandonada exclusivamente a los libros, como un jardín descuidado queda a merced de las flores silvestres y la maleza. Allí no había selección ni sentido de orden alguno. En el comedor, en el despacho y en nuestra sala de juegos, había criterio y disposición; pero en la pequeña biblioteca se reunía un abigarrado montón de libros extraviados, vagabundos y desterrados de las otras habitaciones, sobras de las partidas compradas por mi padre en subastas. Mucha hojarasca, pero también muchos tesoros. Una lotería, una gran suerte para un niño a quien nunca se le había prohibido manejar nada entre cubiertas. Aquella biblioteca polvorienta, cuyas ventanas nunca se abrían y a través de cuyos cristales el sol de verano lograba enviar algunos rayos sin lustre en los cuales bailaban y resplandecían partículas de oro, abrió para mí mágicas ventanas, a través de las cuales yo contemplaba otros mundos y otros tiempos, mundos llenos de poesía y de prosa, de hechos y de fantasía. Allí encontré antiguas piezas de teatro, historias antiguas y viejos romances, supersticiones y leyendas y lo que se llaman Curiosidades de la Literatura. Había un libro llamado Las noches florentinas que me fascinó; otro llamado Los cuentos de Hoffmann que me asustó; y uno llamado La bruja de ámbar que en nada se parecía a las brujas a que yo estaba acostumbrada en los cuentos de hadas que tanto me gustaban». Prólogo a The little bookroom (en castellano editado como La princesa que pedía la Luna).

S. LEWIS

«Soy producto de pasillos largos, habitaciones vacías y soleadas, silencios en las habitaciones interiores del piso de arriba, áticos explorados en solitario, ruidos distantes del goteo de las cisternas y cañerías y el sonido del viento bajo los tilos. También de libros sin fin. Mi padre compraba todos los libros que leía y nunca se desprendía de ellos. Había libros en el despacho, libros en el comedor, libros en el cuarto de baño, libros (en dos filas) en la gran estantería del rellano, libros en un dormitorio, libros apilados en columnas que llegaban a la altura de mi hombro en el recinto del depósito de agua del ático, libros de todo tipo que reflejaban cada etapa pasajera de los intereses de mis padres, libros legibles e ilegibles, libros apropiados para un niño y libros en absoluto aconsejables. Yo no tenía nada prohibido. En las interminables tardes de lluvia cogía de los estantes volumen tras volumen. Siempre tuve la certeza de encontrar un libro que fuera nuevo para mí, al igual que un hombre que camina por el campo sabe que va a encontrar una nueva brizna de hierba. ¿Dónde habían estado todos estos libros antes de que viniésemos a la Casa Nueva?; es un problema en el que nunca había pensado antes de ponerme a escribir este párrafo. No tengo ni idea de cuál puede ser la respuesta».

«Muy pocos de los libros que leí en aquel momento se han desvanecido de mi memoria, pero no conservo el mismo cariño hacia todos ellos. Nunca me he sentido inclinado a leer de nuevo el Sir Nigel de Conan Doyle, el primero que trajo a mi mente los «caballeros armados». Todavía menos leería ahora Un Yanki en la Corte del Rey Arturo de Mark Twain, que entonces fue mi única fuente sobre la historia de Arturo, ávidamente leído por los elementos románticos que incluía y con total despreocupación por la ridiculización vulgar que se hacía de ellos. Mejor que éstos era la trilogía de E. Nesbit Five Children and It, The Phoenix and the Wishing Carpet y The Amulet. El último fue el que más hizo por mí. Primero, me abrió los ojos a la antigüedad, «al pasado oscuro y al abismo del tiempo». Todavía puedo volver a leerlo con verdadero placer. Uno de mis favoritos fue Gulliver, que leí en una edición íntegra y profusamente ilustrada; y estudié detenidamente una colección casi completa de viejos Punch que había en el despacho de mi padre. Tenniel satisfizo mi pasión por los «animales vestidos» con su Oso Ruso, su León Inglés, su Cocodrilo Egipcio y todos los demás, a la vez que su tratamiento descuidado y superficial de la vegetación confirmaba mis propias deficiencias. Luego llegaron los libros de Beatrix Potter y con ellos, por fin, la belleza» (Cautivado por la alegría).

Editor

Te ofrecemos la mejor selección de artículos de contenido católico para tu formación cristiana.

Ver todas las entradas

Comentar

You have to agree to the comment policy.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Editor

Te ofrecemos la mejor selección de artículos de contenido católico para tu formación cristiana.