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Nada santifica tanto como la cruz de Cristo, y el cristiano laico que de verdad busca la santidad ¡cuánto ha de sufrir a causa de aquellos con quienes convive y trabaja, no apasionados éstos normalmente en ese mismo empeño de perfección! En esto casi habría que dar la vuelta a las palabras de Cristo –guardando su sentido, claro–: ¡qué angosto es el camino que ha de llevar el laico hacia la perfección, y qué ancho el que lleva hacia la misma meta al religioso! (Mt 7, 13-14).


Antes de describir los aspectos más positivos de la santificación laical, recordaré las tentaciones que los laicos han de sufrir de un modo peculiar, señala el P. Iraburu. En efecto, «las reocupaciones de esta vida y el atractivo de las riquezas», y tantos otros «impedimentos», que pueden dejar el corazón «dividido», son peligros especiales, de los que Cristo avisa a los cristianos que viven en el siglo (Mt 13,22; 1 Cor 7,34- 35).

Advierte, sin embargo, antes de analizarlos, que son, efectivamente, grandes y continuas tentaciones, pero que lo son sobre todo para aquellos cristianos que no buscan la santidad, es decir, que no intentan amar a Cristo y al prójimo con todo el corazón. Es decir, son peligros muy temibles para los cristianos en la medida en que éstos den culto al mundo, y estén arrodillados ante él con una o las dos rodillas.

En cambio, como veremos, para quienes buscan la santidad, son peldaños ascendentes en la escala de la perfección. Señalaré, concretamente, algunos:

—Las añadiduras. Un grupo de laicos –una familia, por ejemplo– que, en la orientación de su conjunto, no tienda a la perfección, establece necesariamente en muchas cosas de su vida en común el primado práctico de las añadiduras sobre los intereses del Reino. Se invierte así en la mentalidad y en las costumbres la norma de Cristo: «Buscad primero el Reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,33). Se hace entonces normal y no chocante que los cristianos reserven sus mayores esfuerzos para las añadiduras –unas oposiciones, un régimen dietético o gimnástico, aprender un idioma, etc.–, y se muestren torpes y débiles en la búsqueda del Reino. Es normal, según eso, que se diga: «Con este viaje de vacaciones, no sé si podremos asistir a los oficios de Semana Santa». Y lo que resulta raro es lo contrario: «Mejor será que renunciemos a ese viaje, pues no nos dejaría celebrar bien la Semana Santa».

 —El desorden
En los grupos laicales, tanto la heterogeneidad de sus miembros, como el hecho de que en cuanto grupo no suelen tender a la perfección, produce un notable desorden. Por eso el orden personal ha de realizarse, por decirlo así, en el interior de un desorden crónico y en una cierta solidaridad de amor con él. También esto presenta riesgos peculiares. Los religiosos tienen un camino que ordena su vida, pero los laicos no.

—Los apegos a las criaturas
 La tradición bíblica y la propia experiencia nos enseña que, dada la flaqueza del corazón humano, es más difícil tener los bienes de este mundo como si no se tuvieran, que no tenerlos. Poseer criaturas, y no estar apegado a ellas desordenadamente –aunque sea un poquito–, es más difícil que no poseerlas, y seguir a Cristo con el corazón libre. Es éste, sencillamente, el privilegio de la pobreza evangélica sobre la riqueza.

—La dedicación habitual a lo natural
 Sobrenaturalizar en el espíritu las obras sobrenaturales –predicar, administrar los sacramentos– es de suyo más fácil que sobrenaturalizar aquéllas obras que en sí son naturales –arar un campo, llevar un comercio–. Pero los laicos han de dedicarse habitualmente a obras de suyo naturales (+Síntesis 199-201).

El bien dificultado y el mal facilitado

Es cierto así que en la vida religiosa las obras mejores – la oración, la pobreza, el apostolado, etc.–, suelen verse facilitadas, y se practican sin especiales obstáculos exteriores. Y también es cierto que esas mismas cosas, por el contrario, se ven en la vida laical tan dificultadas, que en ocasiones están casi impedidas. Y así, cosas buenas que los religiosos realizan sin mayor esfuerzo pueden resultar heroicas para los laicos.

El religioso, por ejemplo, habría de realizar un esfuerzo para no ir a la oración con la comunidad, mientras que el laico para retirarse a rezar un rato ha de ir normalmente a la contra de su ambiente. Y con lo malo ocurre, lógicamente, lo contrario: males que para los religiosos se ven lejanos e impedidos, están próximos y facilitados para los laicos. Para hacer un gasto superfluo, por ejemplo, el religioso ha de hacer un esfuerzo contra la Regla, la costumbre y el juicio de la comunidad, mientras que al laico, para incurrir en gastos innecesarios, le basta con dejarse llevar por el estilo de vida familiar, por la costumbre mundana y por la propaganda comercial. Y así en tantas otras cosas.

Toda santificación cristiana es obra sobrenatural de la gracia


Todo esto es cierto: es revelado y comprobado por la experiencia. Se trata de dificultades tan reales que a los apóstoles, cuando aún no habían recibido el Espíritu Santo, les llevó a dudar: «¿entonces, quién puede salvarse?». Pero a nosotros, enseñados por el Espíritu Santo y por los apóstoles, nos lleva a afirmar con toda seguridad: «para los hombres esto es imposible; pero para Dios, todas las cosas son posibles» (Mt 19,25-26). Toda santificación cristiana es obra sobrenatural de la gracia, y si los religiosos pueden, por milagro de la gracia, «no tener» el mundo, los laicos, por milagro también de la gracia, pueden «tenerlo como si no lo tuvieran». Y no podría decirse que un milagro sea mayor que el otro. Pues bien, veamos cómo se produce en los laicos el milagro de la santificación en el Espíritu de Cristo.

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La armadura de Dios

Tanto como los religiosos, los laicos necesitan una vida ascética vigorosa, y en cierto modo la necesitan aún más. Viviendo con frecuencia los cristianos seglares en medios tan difíciles, han de ayudarse con toda la armadura de Dios que describe San Pablo (Ef 6,12-18).

Echemos a un lado, ya desde el principio, el engaño de estimar monásticas o propias de religiosos aquellas armas y herramientas espirituales que son simplemente evangélicas. Toda la ascética-mística cristiana pertenece a los laicos, tanto como a los religiosos, aunque con otros modos. A ellos se dirigen todas las enseñanzas de Jesucristo y de los grandes santos, tanto aquéllas que solemos llamar, aunque impropiamente, ascesis negativas –sacarse el ojo que escandaliza, o el pie y la mano, ayunar, asociarse a la Cruz con penitencias, expiar por los pecados propios y ajenos, etc.–, como las ascesis positivas –oraciones y limosnas, obras de misericordia, de apostolado, etc.–.

Han de hacer los laicos todo lo que Cristo les dé hacer, todo lo que su Espíritu Santo, como he dicho, quiera hacer en ellos. En nada deben frenar al Espíritu alegando que son laicos, y que «eso no va con la vocación laical» o «con la condición secular». Si Dios les da ayunar o hacer grandes limosnas, háganlo con acción de gracias. Si les da rezar la Liturgia de las Horas, háganlo sin dudar, y agradezcan al Señor tal privilegio. Si los mueve Dios a no tener televisión, renuncien a tenerla en buena hora («sáquense el ojo» si les escandaliza). Todos los santos laicos canonizados han hecho cosas semejantes. Hagan, pues, ellos concretamente como Dios les dé hacer, incondicionalmente, sin que su condición laical les justifique la más pequeña resistencia, y sin tener nunca miedo a parecer raros a los ojos del mundo.

Caminar rectamente por caminos torcidos

Es verdad que los laicos muchas veces se ven obligados a recorrer caminos imperfectos, que, objetivamente considerados, no tienen la rectitud de los caminos propios de la vida religiosa. Unos se ven constreñidos a dedicar al trabajo mucho más tiempo del que sería ideal, otros han de aceptar una lamentable vida de riquezas, que viene exigida por sus familiares, otro… Y este caminar por «sendas tortuosas», por una u otra razón, viene a ser muchas veces lo normal en el laico. ¿Cómo podrá, pues, «andar en rectitud» (Prov 14,2) el que ha de caminar por caminos tan torcidos?

La posibilidad en los laicos de esa rectitud perfecta de vida ha de ser afirmada y defendida con la absoluta convicción de lo que pertenece a la fe. Recuerdo aquí, en primer lugar, que la santidad consiste en la perfección de la caridad, y que es, pues, algo interior, que puede desarrollarse en condiciones exteriores sumamente imperfectas. Pero a este principio añadiré sólamente dos de las claves fundamentales de la santificación laical.

1- Con actos intensos

Las virtudes crecen por actos intensos, no por actos remisos, apenas conscientes y voluntarios. Ahora bien, los actos intensos que acrecientan las virtudes, de hecho, no se realizan, al menos en los comienzos de la vida espiritual, sino ante las pruebas de la vida, que la Providencia divina dispone con tanto amor (+Síntesis 151-155).

Pues bien, siendo esto así, hemos de afirmar que las virtudes hallan en la vida laical ocasiones innumerables para ejercitarse en actos intensos, no pocas veces heroicos. Dar una limosna, ir a confesarse, apagar el televisor a tiempo, cualquier obra buena impulsada en un momento por el Espíritu Santo en el laico, puede requerir en él para salir adelante actos espirituales sumamente intensos. Que un joven, por ejemplo, para mejor vivir la pobreza evangélica, siga trasladándose en bicicleta, cuando todos sus compañeros tienen grandes motocicletas, rápidas y elegantes, es una pobreza comparable en mérito a la de San Francisco de Asís, con el complemento de que resulta mucho menos admirable, y bastante más humillante. Pues bien, por éstos y tantos otros actos semejantes el cristiano seglar, asistido siempre por la gracia divina, crece de día en día en la virtud, y se va configurando a Cristo.

El seglar, pues, tiene que ver la vida de su hogar o de su lugar de trabajo como un gimnasio espiritual inapreciable, dispuesto por la Providencia divina con todo amor, para que en él ejercite los músculos espirituales de la paciencia –¡cuántas ocasiones, viviendo entre imperfectos!–, la oración –la oración continua, estimulada por tantas alegrías, problemas y penalidades–, la abnegación de los gustos personales ante quienes afirman los suyos con apego, la caridad y el perdón de las ofensas, etc. ¡Cuántas y cuántas ocasiones!…

Esto nos recuerda aquello que San Juan de la Cruz le decía a un religioso: «no ha venido a otra cosa al convento sino para que le labren y ejerciten en la virtud, y que es como piedra, que la han de pulir y labrar antes que la asienten en el edificio… Y todas estas mortificaciones y molestias debe sufrir con paciencia interior, callando por amor de Dios, entendiendo que no vino a la Religión para otra cosa sino para que lo labrasen así y fuese digno del cielo» (Cuatro avisos 3). Una vez más comprendemos que la espiritualidad religiosa y la espiritualidad laical, aunque diversas en algunos aspectos modales, en el fondo son muy semejantes. «Todas las cosas colaboran al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). En efecto, todos los «impedimentos», las «dificultades» y «obstáculos» para el crecimiento de la caridad, cuando el laico busca de veras la santidad en el mundo (atención a esto: cuando el laico busca sinceramente la perfección evangélica), se transforman al punto en peldaños ascendentes, y se convierten en ocasiones privilegiadas para los actos intensos de las virtudes. El desorden ajeno, por ejemplo, que en el curso de las actividades ha de padecer un laico, de suyo tan enojoso y peligroso, se hace entonces, si lo sabe sufrir como una cruz, un estímulo continuo para la paciencia y para una abnegación de sí mismo muy profunda. Y así sucede con todo.

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2 – Con la cruz a cuestas

Hay una Cruz muy grande en «las tribulaciones de la carne». San Pablo, el teólogo del matrimonio (Ef 5,22-33), advierte a los casados: «tendréis que estar sometidos a la tribulación de la carne, que yo quisiera ahorraros» (1Cor 7,28).

Pues bien, nada santifica tanto como la cruz de Cristo, y el cristiano laico que de verdad busca la santidad ¡cuánto ha de sufrir a causa de aquellos con quienes convive y trabaja, no apasionados éstos normalmente en ese mismo empeño de perfección! En esto casi habría que dar la vuelta a las palabras de Cristo –guardando su sentido, claro–: ¡qué angosto es el camino que ha de llevar el laico hacia la perfección, y qué ancho el que lleva hacia la misma meta al religioso! (+Mt 7,13-14). Hablo, insisto, de aquellos laicos que están en el mundo buscando la perfección evangélica. De ellos decía Santa Teresa: tengo «lástima de gente espiritual que está obligada a estar en el mundo por algunos santos fines, que es terrible la cruz que en esto llevan» (Vida 37,11).

Pues bien, estas penas de la vida hacen participar directamente de la pasión de Cristo. Y qué grandes y numerosas suelen ser en los que viven en el mundo… ¡Cuántas cosas de la tierra desilusionan, y no eran como se deseaban! ¡Cuántas separaciones y resistencias, cuántas demoras y frustraciones inevitables! ¡Cuántas y qué dolorosas imperfecciones en personas tan próximas y queridas!… Todo eso va implícito en la misma condición de la vida secular, y más aún si ésta, al menos en su ambiente medio, no es vivida a la luz del Evangelio. Ni los mismos laicos santos se dan plena cuenta de lo que sufren… Muchas de esas cosas, por supuesto, dejarían de afligirles si ellos abandonaran su pretensión de santidad.

Por eso, todo cuanto se diga de la virtualidad santificante de estas penas de la vida, si son bien llevadas, y de su capacidad para acrecentar la abnegación, la humildad, la paciencia y la caridad, es poco (+Síntesis 282-284). También, pues, en este sentido el camino laical, aunque no tiene ni puede tener la perfección objetiva del camino trazado por una Regla religiosa, puede hacerse por la gracia de Cristo una maravilla de santificación continua.

El laico que intenta vivir con perfección el Evangelio en el mundo necesariamente intenta rectificar el imperfecto camino secular que recorre


Rectificar los caminos torcidos

Andando por los caminos torcidos del siglo, el cristiano laico habrá de hacer dos cosas: o caminar por ellos rectamente, cuando no es posible enderezarlos, o aplicarse a rectificarlos, si se puede. He hablado hasta aquí de lo primero. Veamos brevemente lo segundo.

«Vino nuevo en odres nuevos» (Mt 7,19). El laico que intenta vivir con perfección el Evangelio en el mundo necesariamente intenta rectificar el imperfecto camino secular que recorre; se entiende, cuando esto es posible. Y si no lo intentara, es que no sigue fielmente a Jesucristo, y que alegando su condición laical, se hace cómplice, más o menos, de los males del mundo. Entonces, cuando el vino nuevo que los cristianos han recibido del Espíritu de Cristo es volcado en odres viejos, es decir, en las viejas costumbres seculares, todo se echa a perder: el vino y los odres.

Los cristianos, por tanto, en un esfuerzo personal, familiar y también comunitario y social, han de empeñarse en rectificar los caminos seculares vigentes, aquellos caminos que ellos mismos están andando. Eso mismo, por ejemplo, que con la gracia de Cristo han hecho con el matrimonio mundano, sanándolo de abortos, divorcios, adulterios y concubinatos, y restaurándolo en su sagrada monogamia original, han de hacer con todas las realidades seculares que han de vivir. En efecto, ellos deben purificar, transformar y elevar el noviazgo y las vacaciones, los modos de disponer la casa, el vestido, el uso del dinero y del horario cotidiano, la proporción entre el gasto y la limosna, entre el ocio y el trabajo, el sueño y la vigilia, la maneras de celebrar bodas, nacimientos, defunciones: todo, y más que todo eso, el pensamiento y el arte, el orden social y económico, todo ha de ser renovado por la vida y la acción de los cristianos laicos. «Vino nuevo en odres nuevos».

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Y si en esas cosas, o en algunas al menos, se dejan llevar por lo usual en el mundo, no podrán ir muy lejos por los caminos de la perfección evangélica. «Vino nuevo en odres viejos». Los laicos han de vivir, por fidelidad a su propia vocación, una vida secular, pero según una santa secularidad cristiana, que es indeciblemente diferente de una secularidad mundana. «No os unáis en yunta desigual con los infieles? ¿Qué tiene que ver la rectitud con la maldad? ¿Puede unirse la luz con las tinieblas? ¿Pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo? ¿Irán a medias el fiel y el infiel? ¿Son compatibles el templo de Dios y los ídolos?» (2Cor 6,14-16).

Ha de intentar el laico una vida cristiana secular integralmente sana, –digo intentar–. Pero eso está pidiendo a gritos «odres nuevos». No es bastante, pues, que los laicos lleven en tantas cosas una vida secular mundana, al menos en sus formas exteriores, considerándola como un tributo inevitable o incluso conveniente a la condición secular, y que luego, semanal o mensualmente, traten de sanearse con una Misa, un retiro o una convivencia. Al hombre, por ejemplo, que se abandona a su gusto en el comer, y que está peligrosamente grueso, en lugar de comer habitualmente con exceso y realizar luego curas de adelgazamiento periódicas, más le valdría sin duda llevar una dieta continuamente sana. De modo semejante, lo que los laicos deben pretender con sus retiros periódicos, convivencias y otras prácticas tan convenientes, es ir logrando una vida interior y exterior continuamente evangélica, sana y vigorizante en todo y para todos los miembros de la comunidad familiar, libre de cuanto pueda intoxicar la mente, el corazón o el cuerpo.

Muchos cristianos no parecen darse cuenta del grado de mundanización que padecen, y, como dice San Juan de la Cruz, «entienden que basta con cualquier manera de retiramiento y reformación en las cosas» (2Subida 7,5). En este sentido, se puede hacer mucho mal a los cristianos laicos cuando se les insiste, sin las matizaciones debidas, en las grandes posibilidades de santificación que hay viviendo según los modos ordinarios seculares, y llevando una vida perfectamente normal.

En realidad, «los modos usuales de la vida en el mundo» suelen ser profundamente embrutecedores y resistentes al Espíritu Santo, y están urgiendo siempre a la conciencia cristiana ser rectificados cuanto antes, y no sólo en pequeños detalles. Por otra parte, si a ese culto a la normalidad secular se añade luego el correspondiente temor a parecer raros, se cierra ya con ello definitivamente a los laicos el camino hacia la santidad. Lograrán una perfecta secularidad secular, pero no alcanzarán aquella santa secularidad cristiana a la que están llamados por el Señor, que es muy distinta. «Vino nuevo, odres nuevos».

Por sus frutos los conoceréis

Caminando con rectitud por caminos torcidos, y aplicándose siempre que es posible a rectificarlos, los laicos que buscan la santidad crecen en ella día a día, y todo lo transforman en ocasiones de santificación propia y ajena. Pues bien, que esta afirmación no es mera teoría, que no es una simple hipótesis casi nunca confirmada por la experiencia, se puede comprobar en la vida real del pueblo cristiano. Pocas personas llegan a la perfección cristiana, es cierto; son «tan pocas que me da vergüenza decirlo» (Sta. Teresa, Vida 15,5; +S.Juan de la Cruz, 1Noche 8,1; 11,4; Llama 2,27); pero entre los cristianos santos, los laicos ocupan una proporción no pequeña.

Hallamos, sin esforzarnos mucho en la búsqueda, seglares cristianos admirables, dóciles en todo al Espíritu Santo, abnegados y pacientes, fieles a la enseñanza y la disciplina de la Iglesia. Ignorantes muchas veces de su propia perfección, se muestran sacrificados en el amor al prójimo en formas muchas veces heroicas, sin darle mayor importancia a su heroicidad, ya que les viene exigida por las circunstancias –«y estando así las cosas ¿qué otra cosa hubiera podido hacer yo?»–. No se trata aquí muchas veces, por ejemplo, de la religiosa que se va a cuidar leprosos a un país pobre, sino de la madre que durante tantos años cuida de un hijo sinvergüenza o de un anciano inaguantable. Estos laicos fieles, por ejemplo, cuando tienen familia numerosa, abandonándose sin miedo a la Providencia divina, acogen para siempre en su casa a media docena de hijos, es decir, de pobres… Son heroicos con toda sencillez y normalmente sin saberlo. Estos laicos santos son a veces santos ejemplares, que están realmente en su ambiente social como luz, sal y fermento. Pero otras veces son santos no-ejemplares, cuando la perfección de su vida interior se ve constreñida a ocultarse en formas exteriores imperfectas (+Síntesis 167- 169). En todo caso, son santos curtidos en las luchas con el mundo, que quizá tienen cicatrices en el alma, pero éstas, una vez sanadas, serán verdaderas condecoraciones de guerra.

Estos santos laicos con facilidad se sienten pequeños, y así se atienen a lo que la Iglesia enseña, alegrándose siempre de la doctrina católica, sea la Familiaris consortio o el Catecismo universal. En ellos pueden encontrarse verdades de la fe –hacer penitencia en Cuaresma, ofrecer misas por los difuntos, tener devoción a ciertos santos, etc.– que en otros ambientes más altos y distinguidos quizá se perdieron. Y las mismas imperfecciones inevitables de su vida exterior les ayudan a ser humildes.


P. José María Iraburu

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