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En una conferencia pronunciada en 1954, Lewis (1893-1963) dijo a su audiencia: «Yo pertenezco mucho más a ese viejo orden occidental que al suyo … Leí como textos nativos lo que ustedes deberán leer como extranjeros».


Al decir esto, Lewis no tenía la intención de ser arrogante; simplemente estaba llamando la atención sobre la gran diferencia que existía entre su educación –que, como veremos, incluía una formación minuciosa en los clásicos– y la formación que sus oyentes habían recibido hasta entonces. En esa charla, se refirió a sí mismo como un «espécimen de dinosaurio» y alentó a su audiencia con estas palabras: «Usen sus especímenes mientras puedan. No habrá muchos más dinosaurios». 

Y esto fue hace 65 años. Hoy, la diferencia entre la educación de Lewis y la nuestra se ha convertido casi en un abismo, e intentar recuperarla equivaldría a realizar una extenuante excavación arqueológica.

Afortunadamente, él ha hecho esta excavación un poco más fácil para nosotros. En su obra autobiográfica, Sorprendido por la alegría (1955), nos proporciona el testimonio de algunas características importantes de su propia educación: los libros que leía en su infancia y juventud. Agárrense y dejen por un momento «suspendida su incredulidad» al modo de Coleridge.

La lista:

  • Sir Nigel (1906), de Arthur Conan Doyle. 
  • Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889), de Mark Twain. 
  • La trilogía de Edith Nesbit: Cinco niños y Eso (1902), El Fénix y la alfombra (1904) y La historia del amuleto (1906). En sus años más jóvenes, Lewis escribió: «me maravillaron, me abrieron los ojos a la antigüedad y al abismo del tiempo». Como adulto, aún era capaz de decir: «Todavía puedo volver a leerlos con deleite»
  • Los viajes de Gulliver (1726), de Jonathan Swift. Escribe Lewis: «Gulliver en una edición no expurgada y profusamente ilustrada era uno de mis favoritos»
  • Viejos ejemplares de la revista humorística Punch, especialmente los que contenían los dibujos de Sir John Tenniel. «Me ocupé indefinidamente de un conjunto casi completo de viejos ‘Punches’ que estaban en el estudio de mi padre»
  • Los Cuentos de Beatrix Potter (1902-1930).«Aquí por fin halle la belleza». Sobre La historia de la ardilla Nogalina: «Me preocupó lo que solo puedo describir como la idea del otoño.». 
  • Saga del Rey Olaf (1863), de Henry Wadsworth Longfellow. 
  • Las novelas de aventuras de  H. Rider Haggard. 
  • Las novelas de anticipación y ciencia ficción de H.G. Wells. 
  • Quo Vadis? (1895), de Henryk Sienkiewicz. 
  • Tinieblas y amanecer (1912), de George Allan England.
  • Ben Hur (1880), de Lewis Wallace.
  • El hombre que fue su propio hijo (1882), de F. Anstey. Historia en la cual un padre y un hijo intercambian mágicamente los cuerpos. Lewis la llamó «la única historia de escuela veraz que existe»
  • Sohrab and Rustum (1853), de Matthew Arnold. «Me encantó el poema a primera vista y lo he amado desde entonces»
  • Tamerlán el Grande (1587), de Christopher Marlowe. «Lo leí por primera vez mientras viajaba de Larne a Belfast en medio de una tormenta».
  • Paracelso (1835), de Robert Browning. «Leí el ‘Paracelso’a la luz de una lámpara que se apagaba y que había que volver a encender cada vez que se ponía en marcha una batería situada en un foso debajo de donde yo estaba [en un barco], lo que creo que estuvo pasando cada cuatro minutos durante toda aquella noche».
  • Sigfrido (1876) y el Crepúsculo de los Dioses (1876), de Richard Wagner, ilustrado por Arthur Rackham.«Me envolvió la más pura ‘pasión por lo nórdico’: una visión de espacios grandes y claros suspendidos sobre el Atlántico en el ocaso interminable del verano septentrional, de lo lejano, de la inclemencia…». Más tarde también leyó los otros volúmenes de la serie, El oro del Rhin (1869) y La Valkiria (1870).
  • Mitos Nórdicos (1908), de H. A. Guerber.
  • Mitos y leyendas de los Teutones (1912), de Donald Mackenzie.
  • Antigüedades Nórdicas (1770), de Paul Henry Mallet.
  • Obras de George Bernard Shaw.
  • Las Odas (23 a. C.), de Horacio.
  • La Eneida (19 a. C.), de Virgilio.
  • Las bacantes (405 a. C.), de Eurípides.
  • Obras de John Milton. 
  • William Butler Yeats. Lewis escribe que Yeats le apartó del resto de los poetas que estaba leyendo en su adolescencia. 
  • Obras de James Boswell. 
  • Historia de la literatura inglesa (1912), de Andrew Lang.
  • La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy (1759-1767), de Laurence Sterne. 
  • La Anatomía de la Melancolía (1621), de Robert Burton. 
  • Obras de Demóstenes.
  • Obras de Herodoto.
  • Obras de Cicerón.
  • Obras de Lucrecio. «Algunos años antes de leer a Lucrecio ya sentía la fuerza de su argumento, que seguramente es el más fuerte de todos en favor del ateísmo: Si Dios hubiera creado el mundo, no sería un mundo tan débil e imperfecto como el que vemos».
  • Obras de Catulo. 
  • Obras de Tácito.
  • Obras de Sófocles. 
  • Obras de Esquilo.
  • Obras de Apuleyo.
  • La Ilíada y la Odisea, de Homero.
  • William Morris. Fue el gran autorbde Lewis durante sus años de adolescencia. «Casi todas las obras de Morris llegaron, volumen a volumen, a mis manos (…). Los ‘caballeros armados’ resurgían desde mi primera infancia. Después de aquello leí todo lo que pude conseguir: Jasón, El Paraíso terrenal, los romances en prosa …»
  • La muerte de Arturo (1485), de Thomas Malory.
  • La alta historia del Santo Grial (1898), de Sebastian Evans.
  • La saga de Laxdœla, anónimo.
  • Obras de Pierre de Ronsard.
  • Obras de André Marie Chénier.
  • G. K. Chesterton. «Chesterton tenía más sentido común que todos los demás modernos juntos» (…). Nunca había oído hablar de él ni sabía qué pretendía; ni puedo entender demasiado bien por qué me conquistó tan inmediatamente (…). Aunque pueda parecer extraño, me gustó por su bondad (…). Al leer a Chesterton, como al leer a MacDonald, no sabía dónde me estaba metiendo».
  • Dr. Samuel Johnson. «Johnson era uno de los pocos autores en los que me daba la impresión de que podía confiar totalmente»).
  • Beowulf, anónimo.
  • Sir Gawain y el Caballero Verde, anónimo.
  • El Kalevala, anónimo.
  • Obras de Robert Herrick.
  • Obras de Sir John Mandeville. 
  • La vieja Arcadia (1593), de Philip Sidney.
  • Waverley (1814), de Sir Walter Scott.
  • Todos los libros de las hermanas Brontë y los de Jane Austen. «Supusieron un complemento fenomenal para mis lecturas más fantásticas y disfruté más de cada una por su contraste con la otra». Descubrió en ellos el amor por lo sencillo, por lo cotidiano, «la cualidad arraigada que une todas nuestras experiencias simples: el tiempo, la comida, la familia, el vecindario».
  • La reina de las Hadas (1590-1596), de Edmund Spenser. 
  • Fantastes: Un romance de hadas para hombres y mujeres (1858), de George MacDonald. Lewis describe el efecto de su primera lectura: «Aquella noche mi imaginación fue, en cierto modo, bautizada; el resto de mi cuerpo, naturalmente, tardó más tiempo. No tenía ni idea de dónde me había metido al comprar ‘Fantastes’ (…). Encontré allí todo lo que ya me había entusiasmado en Malory, Spenser, Morris y Yeats. Pero en otro aspecto todo era distinto. Todavía no sabía (y tardé mucho en descubrirlo) el nombre de la nueva cualidad, la sombra brillante, que residía en los viajes de Anodos. Ahora lo sé. Era Beatitud». También escribió que George MacDonald influyó en él más que cualquier otro escritor. 

 

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Miguel Sanmartín, delibrospadresehijos

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