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¿Cuántas Semanas Santas has vivido? ¿Muchas? ¿Y si te dijéramos que quizá nunca has vivido una sola Semana Santa de verdad? Pues Roberto ha experimentado esa perplejidad en el contacto con las tradiciones más antiguas de su pueblo. He aquí su historia.

¿Cuántas Semanas Santas has vivido? ¿Muchas? ¿Y si te dijéramos que quizá nunca has vivido una sola Semana Santa de verdad? Pues Roberto ha experimentado esa perplejidad en el contacto con las tradiciones más antiguas de su pueblo. He aquí su historia.


Me llamo Roberto, tengo 19 años y soy católico; pertenezco a la Pastoral de Juventud de la Parroquia de mi ciudad. Cada año, me preparo con el grupo de jóvenes a organizar la Pascua Joven en mi parroquia. Cientos de jóvenes de toda la parroquia y de las capillas participan en este evento, y yo esperaba con ansias el de este año. Pero Dios en su providencia quiso, a pesar mío, que no pasase la Semana Santa en mi ciudad, sino en el pueblo donde mis padres nacieron y crecieron; me resistí, pero no pude evitar que viajásemos, tampoco logré que me dejaran solo en la casa para ocuparme de mi Pascua Joven. En estas líneas quiero contarles la primera de las Semanas Santas que viví, en un pueblo distante del interior de mi país.

Mis dos hermanos menores inventaban juegos a mi lado, mi padre conducía con tranquilidad y mi madre a su lado y frente a mí, refrescaba la calurosa tarde con un termo de tereré. A todos se los veía muy felices, pero yo no lo estaba, me preocupaban innumerables cosas; las remeras de la Pascua Joven, la distribución de los servidores, los grupos de rock cristiano, la decoración, la película para el viernes, la cantina, la recepción; y yo no estaba ahí para ayudar. Para aumentar mi calvario, había preguntado a mi madre si había Pascua Joven en el pueblo donde iríamos; pensaba que podría ayudar a los jóvenes de ahí en algo, ya que tengo mucha experiencia en organizar eventos para jóvenes; de mi madre la respuesta fue que no existía tal evento en la parroquia que visitaríamos, y me dije: ¡Una parroquia sin Pascua Joven!

Era ya mediodía cuando cruzamos el pórtico que nos daba la bienvenida a nuestra localidad de destino. Era un pueblo tranquilo y con pocos habitantes, las casas eran pequeñas y vistosas, la tierra arenosa, árboles por doquier, gente amable saludándote a cada paso, niños jugando en las calles, juegos para mí desconocidos, tiendas de frutas y verduras improvisados en las esquinas; era un lugar agradable. Apenas al llegar algo de mi pesar había desaparecido, sobre todo porque pensaba en el arduo trabajo que tendría que realizar en mi parroquia hasta el domingo; porque aquí, pensaba yo, tendría mis días de relajación, ya que mis abuelos, tíos y primos se caracterizaban por su hospitalidad y eran muy serviciales; me dije: descansaré en estos días. Gran error.

Llegamos a la casa de mi abuelo paterno, después de los saludos empezó el trabajo; mi padre fue con mis tíos donde estaban los chanchos, mis tías, unas molinaban, otras colocaban brillantes tiras de hojas de banana en las bandejas, mientras otras preparaban la gran masa para la chipa o desplumaban robustas gallinas. Yo me uní al círculo de primos, cuya labor era desgranar las espigas de maíz; la velocidad con que los anfitriones lo hacían era sobrenatural; empezábamos juntos, y cuando yo terminaba de quitar las varias capas del maíz y me abocaba presionar los granos para que caigan en el recipiente, al cual todos rodeaban, las espigas de mis primos ya estaban sin granos, y lo hacían mientras charlaban amenamente sobre sus aventuras en el bosque. Después de un momento mis dedos empezaron a tomar una coloración rojiza y empezaron a doler; mis hermanos se divertían entre los granos o persiguiendo algún pollito.

Yo decidí cambiar de actividad, y fui hasta el molino; la forma en que mi tía giraba la manija daba la impresión de ser la actividad más sencilla del mundo. Me ofrecí a ayudarla y ella cedió su lugar. Después de unos giros, me había arrepentido de abandonar mi puesto entre mis primos; la carga de granos, parecía nunca terminar, y cuando llegaba a su fin, la tía vertía otro tanto para mayor dolor de mis miembros superiores. Cuando ya no podía dar una brazada, me excusé diciendo que necesitaba ir al sanitario, fui y al volver retomé mi labor de desgranador con  nuevo ímpetu. Cerca del atardecer, habíamos terminado nuestro trabajo y yo estaba contento, hasta que nuestro jefe, mi primo Miguel, nos dió la orden: Al molino. Todos esos granos deberían debían pasar por el molino, y a cada primo le correspondería una carga de maíz, terminé el día con los brazos deshechos, y a pesar del cansancio terminé muy feliz.

Al final de la jornada todo estaba listo, las chipas con sus formas circulares, alargadas o con formas de yacaré o paloma, las bandejas de chipa guazú listas para meterlas al tatacuá, la carne de las gallinas, listas para ser cocinadas, la carne de cerdo, cortada en pedazos, los troncos para que nunca deje de arder el tatacuá; todo estaba listo y tenía que estar listo en ese dia; porque según me lo contó mamá, el jueves era un día en que ya no se debería trabajar mucho, solo lo necesario; era como un anticipo del Viernes Santo.

Amaneció el Jueves Santo, y el trajín del día anterior había desaparecido, sin embargo, se iba formando lentamente una gran cena. Fuimos por la tarde, a la Misa de la Cena del Señor; la parroquia era un gran templo con un alto campanario en el centro y un gran patio alrededor. La magnificencia del templo contrastaba con las pequeñas casas de los habitantes del pueblo, y me pregunté: ¿Cómo un pueblo tan pequeño y con tan escasos recursos pudo construir un templo así? ¡Habrá sido una donación del extranjero! – me dije.

Todas aquellas personas, que habíamos saludado al entrar al pueblito, estaban ahí. La Iglesia estaba llena, buscamos lugares más hacia el frente, y acercándome al altar pude notar un bellísimo espectáculo. A mí, no me gustan las flores, pero aquella imagen quedó en mi mente para siempre. El altar estaba adornado con hermosas flores naturales, frente a la gran imagen de la Virgen, que se encontraba a la izquierda, otro tanto; y junto a la imagen de San Juan, al otro lado, otro cúmulo de bellas flores. También se podían divisar seis altos candelabros de ceras amarillas que embellecían el gran altar, y hacían un bello contraste con las flores; todo era tan sublime, tan celestial, que me dije: ¡Aquí está Dios!.

Empezó la Misa, justo en el momento en que si estuviese en mi ciudad, estaría cobrando las entradas a los jóvenes de la Pascua Joven. Entró el sacerdote en solemne procesión, celebró la Misa como cualquier sacerdote lo celebra, pero en esta Misa había algo extraño; sentía como que la celebración era de mucha alegría, porque Jesús nos demostraba su amor.

Fue muy emocionante ver al sacerdote que con todos sus ornamentos se agachaba a lavar los pies de unos hombres seleccionados, y pensar que Jesús hizo lo mismo. Entonces, empezaron a sonar las matracas en lugar de las campanillas, todo tomó un aire fúnebre; me sentí conturbado; no podía dejar de pensar que Cristo nos dejó su cuerpo como alimento, que Judas su discípulo, que estuvo presente en la última cena, lo traicionaría y que enseguida sería apresado; todo esto causaba en mí, una profunda tristeza. Para aumentar mi angustia, al final de la Misa el Padre nos explicó que en esta Misa no hay bendición, y que el sagrario  quedaría vacío hasta el domingo; se quitaron las velas, los manteles y las flores del altar. Y todos juntos acompañamos al Santísimo Sacramento hasta una capillita al costado del templo, donde se había preparado un digno lugar para el Señor. Quedé ahí un buen rato, rezando, pidiendo a Dios perdón por mis pecados, y agradeciéndole por esa Misa. En ese momento escucho un canto que desgarró mis entrañas y parecía que mi corazón salirse por la boca; era un canto tan lastimero, que por poco me brotaron unas lágrimas, eran unos 12 hombres, algunos ya ancianos, otros jóvenes, con camisa blanca, una capa pequeña rojiza y un gorro del mismo color, que entonaban unas canciones en guaraní y en español sobre los misterios de la fe, eran los estacioneros, permanecieron largo rato cantando. Volvimos a la casa de mis abuelos caminando y aun a lo lejos se podía escuchar la impactante voz de esos hombres.

Una vez llegados todos, cenamos un delicioso manjar, en honor a la última cena de Nuestro Señor; esto sería lo último sustancioso hasta la Pascua; pero la impresión que me dieron esos ritos en la Iglesia seguían dando vuelta en mi mente.

Al día siguiente, el día se había vuelto aún más lúgubre; los más pequeños no podían jugar, nadie podía trabajar; todos se encontraban en una singular actitud de introversión. A media mañana, portando las chipas preparadas el día anterior, fuimos a la Iglesia. Me preguntaba, qué haríamos nosotros solos en la Iglesia ese día, pero estaba equivocado. Una gran multitud se agolpaba alrededor de la Iglesia, sentados sobre el pasto y bajo las sombras de los árboles, todos en un respetuoso silencio. Muchos iban al templo a rezar cada tanto, y otros acompañaban a Jesús en el monumento donde fue depositado. Cerca del mediodía, sin ninguna señal, todos acudieron al templo; ahí nos esperaba el Padre, quien nos predicó una larga homilía sobre cada una de las siete palabras de Nuestro Señor en la cruz. Jamás había escuchado una cosa así; palabra tras palabra fue como un dardo a mi frío corazón alejado de estas realidades y más preocupado por llenar un polideportivo con jóvenes.

Después de ese sermón los estacioneros entonaron sus tristes cantos para ahondar aún más mi dolor, frente a una gran cruz puesta en la explanada del templo, de la cual colgaban muchas chipas; cualquiera podía sacar una chipa de ahí, con tal de haber rezado frente a la cruz bendita. A las 3 de la tarde, una celebración litúrgica se llevó a cabo, era casi una Misa, pero como que incompleta, al final todos formamos una fila para besar la cruz; estuve unos quince minutos en la fila hasta que me tocó, mientras formaba la fila, los cantos que el coro entonaba, me llenaban de amor a Dios y cuando llegué ante la Santa Cruz y el sacerdote la acercó para yo la besara, era como si besara el mismísimo cuerpo muerto de Nuestro Señor. Para ese momento, la Pascua Joven de mi parroquia, que tan dolorosamente había abandonado, ya no ocupaba la más mínima de mis preocupaciones. Cuando la noche vino con su oscuridad, aparecieron las antorchas y una vez más todo el pueblo se amontonó en la Iglesia; el Sacerdote cargaba la cruz, detrás de él una impactante imagen de la Virgen Dolorosa seguida por los estacioneros y toda la multitud; íbamos rezando y cantando en cada una de las estaciones del Vía Crucis; fue un día que quedará en mi memoria para siempre; atrás quedó mi preocupación porque no se toque la batería el Viernes Santo de la Pascua Joven. 

El Sábado continuó con ese mismo aire; seguimos alimentándonos de chipa, todavía no podíamos hablar muy fuerte, o caminar mucho; para mis hermanos, la principal penitencia consistía en no poder subir a los árboles. Durante la mañana hicimos una procesión con la imagen de la Dolorosa mientras rezábamos el rosario. Cada ceremonia, cada oración, cada canto, ya habían hecho que los misterios celebrados en estos días hayan calado muy hondo en mí.

Finalmente, cuando llegamos a la noche del sábado, me dispuse a dormir, pero para sorpresa mía, una vez más iríamos a la Iglesia. Vestimos nuestras mejores galas y fuimos a la Vigilia Pascual, fue una larga ceremonia, terminamos en la madrugada; pero yo me encontraba feliz, Cristo había resucitado, la luz de su Resurrección inundaba nuestras vidas, la muerte ya no puede vencernos, el pecado ha sido vencido; nunca me encontré tan feliz. Descansamos y al despertarnos fuimos a pedir la bendición de nuestros padres de rodillas, como es la tradición, nos deseamos felices pascuas y ese día pasamos en una santa alegría, los pajarillos volvieron a cantar, los niños saltaban y corrían como salidos de un encierro, los mayores conversaban en rondas de tereré y la sonrisa de mi boca no desaparecía.

En la tarde, mi padre nos dijo que tendríamos que prepararnos para volver, ayudé a cargar las maletas y me despedí de mis familiares. Subimos al auto y regresamos a nuestra casa. Al pasar junto a la plaza central, en frente a la cual estaba la Iglesia, me persigné y agradecí a Dios que me haya permitido vivir mi primera Semana Santa.☐

 

 

Hno. Cristian Alfonso

Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.

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Hno. Cristian Alfonso

Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.

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