fbpx
Porque la conquista de todas las naciones, de todos los hombres, va implícita en la súplica del Padrenuestro: «Venga a nosotros tu reino». Esta petición se hará práctica si alentamos en nuestro corazón la causa de las misiones y laboramos por ellas.

La humanidad, en su historia tantas veces milenaria, ha visto levantarse y hundirse poderosos imperios. Había reinos en el que el sol jamás se ponía, y desaparecieron. Se deshizo el imperio de Alejandro. Acabó el imperio de los Césares. Se esfumó la gloria de Napoleón. Asentados en las armas y en la violencia, por las armas y por la violencia desaparecieron. Los imperios que levantan los hombres, nacen, se desarrollan y florecen. Mas pronto se debilitan, envejecen y concluyen. Sólo subsiste uno que permanece inmutable y sólido: el reino de Dios. 

Existe una agrupación con más de veinte siglos de vida que florece siempre, que no se debilita ni envejece, que por el contrario cada año siente rejuvenecer sus fuerzas, que cada año se dilata y se asienta en nuevas regiones y en nuevos miembros. Sus conquistas no son para ella misma, sino para su Divino Fundador.

Este fundador no era militar. No poseía ejército ni cañones. Como oficiales sólo contó a doce pescadores a quienes, sin embargo, dio una orden sorprendente: «Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñadlas a observar todas las cosas que os he mandado. Estad ciertos que estaré con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos» (San Mateo, XXVIII, 19-20).

¡Panorama que hace bambolear! ¡Inaudita orden! Y más sorprendente todavía porque esta orden se cumplió estrictamente. Aquellos doce hombres, rústicos en su mayoría, constituyeron las columnas de un dilatado imperio, que abarcó el mundo, que desde el primer día no se detuvo y se vio conducido a adentrarse en todas las naciones, a presentar el reino de Dios a todos los hombres.

POR QUE HEMOS DE ATENDER A LAS MISIONES

Para el cristianismo las misiones constituyen un asunto de honor, pues que se anidan en el corazón de Jesucristo.

A) La conversión de las naciones está en el corazón de Jesucristo. Para alcanzarla se hizo hombre. La conversión de los pueblos es la finalidad del cristianismo.

a) Toda la vida del Salvador lo señala. El primer himno de las misiones está en las palabras con que el hombre justo y temeroso de Dios, que era Simeón, pronunció en el templo al tomar en sus brazos al niño Jesús: «Ahora, Señor, despide a tu siervo según se lo prometiste, en paz. Porque vieron mis ojos la salvación, que preparaste para todos los pueblos, luz para que vean los gentiles, y gloria de tu pueblo de Israel» (San Lucas II, 29-32).

Efectivamente, la función misional del cristianismo, comienza a poco de abrir sus ojos el niño Jesús. Hacia su cuna acuden los representantes de los gentiles, los tres Reyes Magos.

Al divisar a Jesucristo, Juan, el Bautista, le saluda como Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Es decir, los pecados de los paganos, incluso. Por eso expresó emotivamente Jesucristo: «Tengo también otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales debo yo recoger. Oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor» (San Juan, X, 16).

b) Y si al nacer Jesucristo comienza su tarea misional con la venida de los reyes magos, al morir, en sus palabras postreras brillan igualmente pensamientos que la Iglesia medita como expresiones misionales. En Evangelio de San Juan (XIX, 28) se expresa que Jesús  cuando todas las cosas estaban a punto de ser cumplidas exclamó «Tengo sed» Era una sed física, causada por la fiebre, los dolores, las llagas y la sangre. Mas era sin duda, también, una sed espiritual que se le despertaba al saber a los pueblos sumisos en el paganismo y en la idolatría.

Tengo sed. Tengo sed de almas. La sienten igualmente cuantas almas aman al Salvador. Esa expresión es uno de los estímulos más poderosos en la propagación de las misiones.

Id, pues, e instruid todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo

Dice San Juan (XII, 32) que respondiendo a la gente del pueblo, en Bethania, Jesucristo exclamó: «Cuando yo seré levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a mí».

c) Claros son los mandamientos que con respecto a las misiones, Jesucristo nos dejó. Sus últimas palabras, las dirigidas a los apóstoles, en los instantes finales de su estada en la tierra, constituyen su testamento. Claras y terminantes expresan: «A mí se me ha dado testad en el cielo y en la tierra. Id, pues, e instruid todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (San Mateo, XXVIII,18-19).  Similares son las palabras que cita San Marcos (XVI,15): «Id por todo el mundo: predicad el Evangelio a toda creatura».

Esta exhortación es el reglamento máximo de las misiones. No puede pedirse mayor claridad. Id e instruid. Es decir, no aguardéis a que los individuos se acerquen a vosotros; id a ellos y enseñadles mi doctrina.  Salid por las calles e invitad a todos al banquete de los cielos.

B) Si las misiones están en el corazón de Jesucristo, para el cristianismo la obra misional constituye un asunto de honor.

a) Si la Iglesia no sintiese inquietudes por esta misión, dejaría de ser la verdadera Iglesia de Cristo. No sería católica, esto es universal, si se mantuviese en la quietud y se despreocupase por la conducta del mundo. Cuando se tiene la convicción de la verdad tiene que lamentarse que su posesión se reduzca a unos cuantos  y que no se extienda a la humanidad. Por eso la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Católica, continuará misionando mientras uno solo de los hombres que habitan en el mundo, permanezca apartado del solo rebaño y solo pastor.

b) En un faro marítimo hay una inscripción que dice: «Dar luz. Salvar vidas». En el faro de la Iglesia la inscripción reza: «Dar la luz de Jesucristo. Salvar almas». Son los ardientes deseos de su corazón. Se sabe depositaria de la Doctrina del Maestro, de la Religión verdadera. Ha heredado la más depurada teología, la más acabada y perfecta moral. Es por ello que se siente la religión del pueblo, la religión de la humanidad.  Las otras religiones se constriñen a un país, a una raza, a una civilización. El catolicismo es amplio, como su nombre lo dice es universal. Ha nacido para todas las naciones, para todas las razas, para todas las civilizaciones.

c) No puede el catolicismo pertenecer a una sola nación. El pueblo elegido se sentía orgulloso de sus características raciales y de su misión. A esos judíos orgullosos les expresó Jesucristo esta profecía: «Yo os declaro que vendrán muchos gentiles del Oriente y del Occidente, y estarán a la mesa de Abraham Isaac y Jacob en el reino de los cielos» (S. Mateo, VIII, 11).

«Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la Verdad»

Creyéronse humillados con esta afirmación los judíos; pero Jesús la mantuvo íntegramente, porque su condición de Mesías no lo era para un pueblo determinado, sino para todas las naciones, para la humanidad entera.

Dice San Pablo en su primera epístola a los Corintios (IX, 16): «Como quiera que por predicar el Evangelio no tengo gloria, pues estoy por necesidad obligado a ello; y desventurado de mí si no lo predicare»; y añade en su primera epístola a Timoteo (II, 4): «Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la Verdad».

Son todas ellas múltiples razones que deben estimularnos para que apoyemos con toda nuestra fuerza la obra de las misiones.

Conforme a nuestros trabajos para llevar a Cristo a nuestro prójimo, nos acercaremos a El, ya que el medio más seguro para lograr la salvación de nuestra propia alma radica en esforzarse por la salvación de los demás.

¿Tenemos el derecho de permanecer inactivos en esa lucha? ¿No es lícito reducirnos a recitar la oración… Venga a nos el tu reino, sin complementarla con el más mínimo esfuerzo para ese reino de Dios que pedimos? Un deber sagrado, una prueba de gratitud, una manifestación de dicha, debe ser para nosotros, colaborar en la obra de las misiones.

Su Santidad Pío X ha escrito una oración muy adecuada para colaborar con las misiones. Dice así:

«Amado Señor Jesucristo, que con tu preciosa sangre rescataste al mundo, mira con misericordia a la pobre humanidad que en parte grande continúa gimiendo en las tinieblas del terror y en las sombras de la muerte; y haz que la luz de la Verdad la inunde en todo su esplendor Aumenta, Señor, el numero de los mensajeros del Evangelio, enardece con tu gracia nuestro celo, fecundiza y bendice su trabajo, para que con su colaboración todos los incrédulos lleguen a conocerte y se conviertan a Ti, su Creador y Redentor. Convoca a tu redil a los descarriados, devuelve al seno de tu única Iglesia Verdadera a los que de ella se alejaron. Acelera, amable Redentor, el advenimiento de tu Reino en la tierra, que será un advenimiento  de dicha; estrecha a todos los hombres contra tu ardiente corazón de amor para que puedan todos participar, allá en el cielo, de la dicha eterna de los incomparables beneficios de tu Redención. Así sea».

Mons. Tihamer Toth

Tihamér Tóth (Szolnok, 14 de enero 1889 – Budapest, 05 de mayo 1939) fue obispo de Veszprém, Hungría. Se destacó como predicador y su dedicación a la pastoral de jóvenes y estudiantes.

Ver todas las entradas

Comentar

¿Qué te pareció este artículo?

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.