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La sangre de Juan el Bautista selló su testimonio en favor de Jesús: con su misma muerte completó su misión de precursor. Y así recibió el mayor elogio de Nuestro Señor Jesucristo: «Os digo: Entre los nacidos de mujer no hay profeta mayor que Juan»

El «más grande de entre los nacidos de mujer» murió mártir, víctima de la fe y de la misión que había desarrollado. La figura de Juan el Bautista nos habla de un hombre valiente que no tuvo falsas prudencias, ni contemporizaciones tolerantes, ni sonrisas dubitativas. Él increpó al rey su pecado: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Su fe, viene de la  convicción de poder vencer en el nombre del Señor con la verdad, sin miedo de decirlo todo.

La sangre de Juan el Bautista selló su testimonio en favor de Jesús: con su misma muerte completó su misión de precursor. Y así recibió el mayor elogio de Nuestro Señor Jesucristo: «Os digo: Entre los nacidos de mujer no hay profeta mayor que Juan» (Lc 7,28).

Es oportuno recordar la actitud que San Juan Bautista tuvo en relación al rey Herodes por su adulterio con Herodías, la mujer de su hermano Filipo.

El evangelio de San Marcos nos narra de la siguiente manera la muerte del gran precursor: Herodes había mandado poner preso a Juan Bautista, y lo había llevado encadenado a la prisión, por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipo, con la cual Herodes se había ido a vivir en unión libre. Porque Juan le decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le tenía un gran odio por esto a Juan Bautista y quería hacerlo matar, pero no podía porque Herodes le tenía un profundo respeto a Juan y lo consideraba un hombre santo, y lo protegía y al oírlo hablar se quedaba pensativo y temeroso, y lo escuchaba con gusto.

Pero llegó el día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños dio un gran banquete a todos los principales de la ciudad. Entró a la fiesta la hija de Herodías y bailó; el baile le gustó mucho a Herodes, y le prometió con juramento: «Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino».

La muchacha fue donde su madre y le preguntó: «¿Qué debo pedir?». Ella le dijo: «Pida la cabeza de Juan Bautista». Ella entró corriendo a donde estaba el rey y le dijo: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista».

El rey se llenó de tristeza, pero para no contrariar a la muchacha y porque se imaginaba que debía cumplir ese vano juramento, mandó a uno de su guardia a que fuera a la cárcel y le trajera la cabeza de Juan. El otro fue a la prisión, le cortó la cabeza y la trajo en una bandeja y se la dio a la muchacha y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse los discípulos de Juan vinieron y le dieron sepultura.

Herodes Antipas había cometido un pecado que escandalizaba a los judíos porque estaba prohibido por los sagrados escritos y por la ley moral. Se había ido a vivir con la esposa de su hermano. Juan Bautista lo denunció públicamente. Se necesitaba mucho valor para hacer una denuncia como esta porque los reyes de oriente eran muy déspotas y mandaban matar sin más ni menos a quien se atrevía a echarles en cara sus errores.

Herodes al principio se contentó solamente con poner preso a Juan, porque sentía un gran respeto por él. Pero la adúltera Herodías estaba alerta para mandar matar en la primera ocasión que se le presentara, al que le decía a su concubino que era pecado esa vida que estaban llevando.

Herodes y Herodías empezaron siendo adúlteros y terminaron siendo asesinos.

Cuando pidieron la cabeza de Juan Bautista el rey sintió enorme tristeza porque estimaba mucho a Juan y estaba convencido de que era un santo y cada vez que le oía hablar de Dios y del alma se sentía profundamente conmovido. Pero por no quedar mal con sus compinches que le habían oído su tonto juramento y por no disgustar a esa malvada mujer, mandó matar al santo precursor.

Este es un caso típico de cómo un pecado lleva a cometer otro pecado. Herodes y Herodías empezaron siendo adúlteros y terminaron siendo asesinos. El pecado del adulterio los llevó al crimen, al asesinato de un santo.

Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla

Cuando los fariseos se acercaron a Jesús para ponerlo a prueba, le preguntaron: «¿Puede el marido repudiar a la mujer? El les respondió: ¿Qué os prescribió Moisés? Ellos le dijeron: Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla. Jesús les dijo: Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne.Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10,2-12).

Asi mismo les dice en otro pasaje: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28).

San Juan  Bautista murió mártir de su deber, porque él había leído la recomendación que el profeta Isaías hace a los predicadores: «Cuidado: no vayan a ser perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar». El Bautista vio que llegaban los enemigos del alma a robarse la salvación de Herodes y de su concubina y habló fuertemente. Ese era su deber. Y tuvo la enorme dicha de morir por proclamar que es necesario cumplir las leyes de Dios y de la moral. Fue un verdadero mártir☐.

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