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A nadie le es ajeno que el aborto es un asesinato, y sin embargo, las mujeres que hemos visto una y otra vez en manifestaciones públicas en favor del aborto parecen ser completamente insensibles ante semejante barbaridad.

No nos cansamos de sorprendernos ver cómo el aborto ha sido introducido en sociedades de profundas raíces cristianas. A nadie le es ajeno que el aborto es un asesinato, y sin embargo, las mujeres que hemos visto una y otra vez en manifestaciones públicas en favor del aborto parecen ser completamente insensibles ante semejante barbaridad. ¿Cómo hemos llegado a este punto?

Un factor que hizo caer a la sociedad hasta el límite de la legitimación del infanticidio es la llamada espiral de silencio. Este proceso atrapa a las masas y les induce a no expresar su real posición sobre el asunto por el miedo que sienten al rechazo social. El proceso consiste en que, primero, en los medios de comunicación social se presentan casos aislados de personas que sufren por causa de un embarazo forzoso: niñas embarazadas por abusos o por relaciones premaritales o incestuosas, o mujeres que querían abortar y sufrieron por no poder hacerlo pues la ley se los impedía. Estos casos son llevados al paroxismo gracias a la repetición frenética de noticias, reportajes, encuestas, comentarios y documentales. Todos los periodistas hablan del asunto, y hacen que muchos hablen del tema dando la impresión de que la inmensa mayoría piensa que el aborto es necesario para ayudar a estas mujeres a dejar de sufrir. Así comienza la espiral del silencio.

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La sangre de los inocentes pedirá justicia delante de las puertas del cielo.

El receptor acrítico de estas noticias se sorprende ante tamaña cantidad de información. Se siente, de hecho, aturdido por todo lo que se dice, se opina o se comenta. ¿Cómo dudar de estos o aquellos periodistas, figuras de tan buena presencia en la pantalla chica? ¿Cómo pensar que gente que habla tan bien, que da argumentos tan rebuscados, pueda mentir? Seguramente todas las personas cultas, inteligentes y bien pensantes creen lo mismo. Seguramente —terminan creyendo— sólo yo pienso como pienso.

En principio, el individuo se ve con su opinión solitario en la sociedad gracias a esta invasión mediática; piensan que todos creen que el aborto es una obra buena, necesaria y útil para la sociedad. Dejará entonces de opinar acerca del aborto. Dejará de sostener que el aborto es malo y que debe ser proscrito. Es la segunda etapa de la espiral del silencio.

La persona se convence de que el aborto es bueno; y lo hace porque no quiere sentirse rechazado por la sociedad.

Finalmente, llegamos al punto álgido del proceso. La persona se convence de que el aborto es bueno; lo sostiene ya no porque otros lo dicen, sino porque él mismo, a pesar de la notable contradicción, está convencido de la bondad del mal del aborto. Y lo hace porque no quiere sentirse rechazado por la sociedad, pues considera que necesita de ella para sobrevivir. «¿Qué será de mí si los demás no me aceptan?» El receptor de la idea nueva acaba cayendo en la trampa.

La sustitución de ideas en una sociedad se produce, con cierta facilidad, a través del proceso descrito: exageración de los casos y victimización, repetición ad nauseam, cierre del trato. La persona acaba aceptando la idea, porque no le queda otra delante de la cantidad abrumadora de argumentos a los cuales no tiene tiempo ni preparación para responder o verificar.  

Todo el que ose discutir la nueva doctrina, será castigado.

¿No podrían algún día darse cuenta de que está mal aquello que sostenían? Por supuesto. He aquí el talón de Aquiles del programa de transformación ideológica de una sociedad. Como el arrepentimiento nunca está descartado, siempre es posible e incluso muy probable; tendrán que encontrar un método para asegurar que esa «conversión» a las ideas de antes cueste caro. Llega la etapa de la criminalización. Todo el que ose discutir la nueva doctrina, será castigado. No se permitirá la discusión ni la investigación. El que levante la mirada, tendrá sus días contados. Primero de manera social, a través del desprecio y rechazo de las masas; luego, a través de instrumentos jurídicos. Así se consuma la espiral del silencio, que en el caso del aborto, es una espiral de homicidios.

La sangre de los inocentes pedirá justicia delante de las puertas del cielo.

Los medios de comunicación tienen una responsabilidad singular en esta espiral que hemos descrito, y no pueden desentenderse aduciendo la libertad de expresión. La libertad de expresión no quita la responsabilidad de lo que hagamos. Al contrario, la libertad de expresión refuerza aún más la responsabilidad sobre las consecuencias. En el caso de los medios de comunicación, y muy en particular de cada periodista que interfiere en la promoción del aborto, serán responsables de cada una de las muertes que se facilitaron gracias a sus campañas. La sangre de los inocentes pedirá justicia delante de las puertas del cielo, pedirá venganza, no sólo contra sus propios padres, sino contra todos los que hablaron en favor o no hablaron en contra del aborto.

Padre Miguel Martínez

Sacerdote. De la Comunidad Misionera de Jesús en la Diócesis de Ciudad del Este. Mi apostolado principal ha sido principalmente la formación de la juventud y de los laicos en general. Mis áreas de interés en el estudio son la Filosofía, la Liturgia y las Sagradas Escrituras.

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Sacerdote. De la Comunidad Misionera de Jesús en la Diócesis de Ciudad del Este. Mi apostolado principal ha sido principalmente la formación de la juventud y de los laicos en general. Mis áreas de interés en el estudio son la Filosofía, la Liturgia y las Sagradas Escrituras.