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¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella está el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del crucificado.

Jesús, el Señor, es entregado al arbitrio de aquellos hombres enfurecidos, y en burla de su regia dignidad lo obligan a cargar con el instrumento de suplicio, porque sería digno de este oprobio aquel cuya gloria se convertiría en ignominia. Esto, a los ojos de los impíos, era un gran escarnio, más para los fieles era la revelación de un gran misterio, ya que este gloriosísimo vencedor del diablo y poderosísimo subyugador de las fuerzas adversas llevaba bellamente el trofeo de su victoria, y en sus hombros, de una paciencia insuperable, ofrecía a la adoración de todos los reinos el signo de salvación, como queriendo, con su mismo ejemplo, confortar a todos sus imitadores, diciéndoles: «El que no toma su cruz y me sigue nos es digno de mí».

Como dice el Apóstol, nuestro cordero pascual Cristo, ha sido inmolado; él al ofrecerse a sí mismo al Padre como nuevo y verdadero sacrificio de reconciliación, fue crucificado, no en el templo, que había perdido ya su dignidad, ni dentro del recinto de la ciudad, que iba a ser demolida en castigo de su crimen, sino fuera del campamento; de este modo quedó abolido el misterio de los sacrificios antiguos, y una nueva víctima fue puesta sobre un nuevo altar, y la cruz de Cristo fue ara, no del templo, sino del mundo.

Al contemplar, pues amadísimos, a Cristo levantado en la cruz, no lo miremos con la misma perspectiva con que le veían los ojos de los impíos, a los cuales dijo Moisés: «Tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, tendrás miedo de noche y de día, y ni de tu vida te sentirás seguro». Ellos, en efecto, no podían considerar en el Señor crucificado más que su propia acción perversa, y temían, no con aquel temor con que justifica la fe verdadera sino con aquel que atormenta a la mala conciencia. Hagamos que nuestra inteligencia, iluminada por el Espíritu de la verdad, reconozca un corazón puro y libre de la gloria de la cruz, que resplandece en cielo y tierra, y que con la mirada interior comprenda el sentido de aquello que dijo el Señor, refiriéndose a su pasión inminente:  «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre». Y más adelante: «Padre, glorifica a tu Hijo»; vino entonces una voz del cielo que decía: «Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré», y Jesús dijo a los que estaban presentes: «No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este será echado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré todas las cosas hacia mí».

Atrajiste hacia ti, Señor, todas las cosas y, al extender todo el día tus manos hacia un pueblo incrédulo y rebelde

 

¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella está el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del crucificado. Atrajiste hacia ti, Señor, todas las cosas y, al extender todo el día tus manos hacia un pueblo incrédulo y rebelde, todo el mundo aprendió a proclamar tu majestad.

Atrajiste hacia ti, Señor, todas las cosas, porque, al rasgarse el velo del templo, el santo de los santos se convirtió de figura en realidad, de profecía en manifestación, de ley en evangelio. Atrajiste hacia ti, Señor, todas las cosas, pues el culto bajo las sombras y figuras que se realizaba en el único templo judío le celebran ahora todas las naciones por doquier con un sacramento pleno y manifiesto.

Ahora, efectivamente, habiendo cesado la variedad de sacrificios carnales, la única oblación de tu cuerpo y sangre incluye toda la diversidad de víctimas, porque tú eres el verdadero «Cordero de Dios, que quitas el pecado del  mundo», y, de este modo, llevas en ti a su plenitud todos los misterios, para que, así como hay un solo sacrificio que
substituye a todas las víctimas, así también haya un solo reino formado por todos los pueblos.

 

De los sermones de San León Magno, Papa.

 

Raquel Almada

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

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Raquel Almada

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