El Escapulario impidió el suicidio de una joven

El Escapulario impidió el suicidio de una joven

Golpeada por los problemas de la vida, después de perderlo todo, una joven tomó la drástica decisión de quitarse la vida para no seguir sufriendo; pero la protección del Escapulario del Carmen impidió que ocurra esa tragedia.

Muchos han sido y son los milagros otorgados por el uso del escapulario carmelita. Presentamos un impactante testimonio sacado del Libro «Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen» de Fr. Juan Fernández Martín O. C. que narra cómo el Escapulario devolvió a la vida a una joven quien planeó su suicidio.

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La Virgen impide el suicido de una joven

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Una Hermanita de los pobres, que murió en Francia siendo Superiora, contaba lo que le había sucedido:

Muerto mi padre, nos fuimos a vivir a París, mi madre, que ya era anciana, y yo. Teníamos dinero para abrir un modesto taller, y como yo sabía, gracias a Dios, ganarme la vida con mi trabajo, logré ir haciendo un pequeño capital.

Pero después mi pobre madre cayó enferma de muerte, aunque la enfermedad había de ser muy larga. Cerré mi taller y mi tienda y, dejándolo todo, solamente me desvelaba por aliviar los padecimientos de mi madre (a quien yo amaba de todo corazón) y de ir alargando su vida minada por un cáncer, que no tenía cura. Al cabo de dos años murió mi querida enferma y yo quedé sola en el mundo; y no solamente quedé huérfana, sino también arruinada, porque todos mis ahorros y ganancias se habían esfumado a causa de la enfermedad de mi madre.

Aquella muerte, aquella soledad, aquella ruina, fueron mi perdición. Perdí en efecto la esperanza en Dios nuestro Señor, me desesperé, y, finalmente, pensé en suicidarme, e hice lo que vas a oír a continuación:

Entré una noche del mes de julio en mí dormitorio; tomé un gran brasero; lo llené de carbones y lo encendí, y habiendo cerrado las puertas y las ventanas, me acosté para morir dulcemente por asfixia.

Eran como las cinco de la mañana, cuando casualmente, es decir, providencialmente, vino a visitarme una antigua amiga mía que acababa de llegar a París por aquellas horas. Llamó a mi cuarto; y como nadie contestaba, preguntó por mí a los vecinos; y sospechando todos alguna desgracia, descerrajaron la puerta de mi cuarto y quedaron espantados al verme muerta.

Casualmente también, es decir, providencialmente, se encontraba en el vecindario el famoso Doctor Recamier visitando a un enfermo y rogándole los vecinos que pasase a verme, acudió a mi dormitorio para examinarme. Pero declaró a todos los presentes que yo estaba muerta y bien muerta.

Pero casualmente vio el Doctor que yo llevaba el Escapulario del Carmen, y entonces exclamó:

-No señores, no; no debe estar muerta esta mujer; lleva puesto el SANTO ESCAPULARIO; y ningún suicida logra morir, aunque en ello se empeñe, cuando lleva consigo este talismán.

Tomó, pues, en sus manos el Doctor mí Escapulario, volvió a ponérmelo bien, y volvió a examinarme, a palpar mi cuerpo yerto y a observarlo con más cuidado. ¡Inútil empeño! No lograba encontrar en mí ninguna señal de vida. Más no por eso se daba por vencido el cristianísimo Doctor, en cuyo rostro, muy a las claras, se leían el dolor, la pena, el asombro y la profunda meditación que le embargaban.

No puede ser que haya muerto en medio de la desesperación quien lleva puesto el Escapulario del Carmen.

-Tráiganme, dijo de repente, tráiganme dos mazos de madera, y vamos a golpear todo el cuerpo, particularmente la región del estómago. No puede ser que haya muerto en medio de la desesperación quien lleva puesto el Escapulario del Carmen.

Comenzaron los suaves golpes de mazo sobre mi cuerpo frío; y el sabio y piadosísimo Doctor examinaba atentamente a cada minuto mis yertos despojos, sin descubrir ni atisbar ninguna señal cierta de vida. Y así se pasó una hora mortal: ellos dándome golpes con los mazos, y él observando con mucha atención y diligencia mi cadáver.

Pero de repente se iluminó la cara del Doctor Recamier, el cual, con lágrimas en los ojos, comenzó a gritar:

-Ya, ya vuelve a la vida este cuerpo. Bien lo decía yo: Nuestra Señora del Carmen no podía dejar morir así a quien llevaba puesto su SANTO ESCAPULARIO.

Confusos, atónitos y espantados quedaron los presentes, que después de aquellas largas horas, casi fúnebres, habían perdido ya toda esperanza. Pero todos se alegraron después (Dios se lo pague) por cuidar amorosamente de esta infeliz pecadora.

Finalmente logré la más cabal salud; lloré mis pecados, pedí perdón a Dios y a los hombres y entré en religión. Yo deberé, pues, mi salvación eterna al bendito ESCAPULARIO de la Santísima Virgen del Carmen.

La Virgen promete y cumple, ella nunca no nos abandona.

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