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San Luis Gonzaga es sin duda un santo a ser redescubierto en su alta estatura cristiana. Es un modelo indicado también para la juventud de nuestro tiempo, un maestro de la perfección y un experimentado guía hacia la santidad.

«San Luis Gonzaga es sin duda un santo a ser redescubierto en su alta estatura cristiana. Es un modelo indicado también para la juventud de nuestro tiempo, un maestro de la perfección y un experimentado guía hacia la santidad. ‘El Dios que me llama es Amor —se lee en uno de sus apuntes—, ¿cómo puedo circunscribir este amor, cuando para hacerlo sería demasiado pequeño el mundo entero?’» Juan Pablo II.


Luis Gonzaga era una de esas almas predilectas sobre las que Dios derrama gracias y dones en abundancia para mantenerlas en la inocencia. Altísimo fue el grado de santidad alcanzado por él en esta vía. No le atraía nada terrenal, vivía en contemplación y todas sus acciones eran plenamente conformes con los designios divinos.

Devoción a María y virtudes ejemplares

Al cumplir los nueve años, su padre, don Ferrante lo llevó junto con su hermano Rodolfo a la corte del Gran Duque de Toscana. La Providencia Divina se valió de esos dos años de estancia en Florencia para hacerlo progresar en los caminos de la santidad. La lectura de un libro sobre los misterios del Rosario hizo que brotara en su alma el fervor a la Virgen María.

También contribuyó a ello la devoción a Nuestra Señora de la Anunciación, cuadro que se venera en la Basílica della Santissima Annunziata de aquella ciudad. Y tanto se le había inflamado su corazón por Ella que en esta misma iglesia se ofreció al Señor e hizo su voto de virginidad por intercesión de la Madre de Dios.

Las virtudes ya se habían cimentado en él porque había adquirido una completa guarda de los sentidos y una obediencia total a sus superiores, además de un profundo recogimiento y de elevación de espíritu.

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Dios estaba construyendo la hermosa catedral del alma de Luis que, con la candidez de un niño, se dejaba guiar por el Padre celestial. Cuando se trasladaron a la corte del Duque de Mantua, no sólo conservó el hábito de la oración, sino que los sublimó con prácticas de mortificación. Al verse obligado por los médicos a seguir un régimen alimenticio a causa de una enfermedad renal que había contraído, le tomó tal gusto a la penitencia que, sobrepasando las recetas indicadas, se entregó a rigurosos ayunos. Consideraba haber hecho una opulenta comida ¡cuando se comía un huevo entero!

De esta manera, renunciaría para siempre a las honras, no sólo del mundo, sino también las eclesiásticas.

 

Conquista del permiso paterno

“¿A qué orden religiosa estaré llamado?”, se preguntaba el joven doncel. Optó por la Compañía de Jesús. Además de la noble función de la enseñanza a la cual se dedicaba ésta, su elección se vio motivada por el hecho de que los jesuitas tenían prohibido, por la regla, ascender a cualquier cargo, a no ser que fuera por orden directa del Papa. De esta manera, renunciaría para siempre a las honras, no sólo del mundo, sino también las eclesiásticas.

Gritos de cólera y amenazas de azotes fue la respuesta del marqués a la petición de su hijo de entregarse a Dios en la orden fundada por San Ignacio. Usó su influencia para conseguir que algunas dignidades eclesiásticas intentasen disuadirlo de su vocación o, por lo menos, que entrara por un camino que le pudiera conducir a los posibles honores del cardenalato. No sirvieron de nada, como el choque de las furiosas olas del mar contra las rocas. Entonces don Ferrante le pidió que esperase a volver a Italia para que se decidiera. No podía conformarse con perder a aquel hijo tan dotado, en el que había puesto todas las esperanzas de la principesca casa de los Gonzaga.

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Empezó de este modo un largo período de dos arduos años de lucha para conquistar el permiso paterno de abandonar todo y seguir a Cristo. Fue la fase más dura de su vida, pero quizá la más gloriosa. Este combate terminó con un episodio conmovedor: cierto día el marqués estaba mirando por el ojo de la cerradura de la habitación de su hijo y lo vio arrodillado y flagelándose. Fue así como se doblegó y le concedió la tan anhelada autorización.

 

La alegría de entrar en la casa del Señor

“¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!” (Sl 121, 1). Obtenida la respectiva aprobación del emperador —dada la importancia estratégica del marquesado de Castiglione— de la renuncia pública a sus derechos como primogénito, Luis entraba en el noviciado de la Compañía de Jesús, en Roma. Por todos los lugares por donde pasaba, el noble religioso iba dejando detrás de sí el suave aroma de sus virtudes. Se despojó de todo cuanto podría recordarle su antigua condición, buscando humillaciones y el último sitio. Llegaba a enrojecerse de vergüenza cuando oía elogios a la nobleza de su familia.

Los novicios se disputaban el lugar para estar a su lado en las horas de recreación, por el placer de participar en sus elevadas conversaciones. Y consideraban sus objetos personales como auténticas reliquias. En el estudio de Filosofía y Teología se había mostrado tan sabio que defendió una tesis, muy aplaudida, ante tres cardenales y otras autoridades. Al ver sus superiores el valor de la joya que tenían en sus manos y, a su vez, la fragilidad de su salud multiplicaron los desvelos por él. Recurrieron en vano a un cambio de aires, con la esperanza de que le haría bien. A la vista de lo infructuoso de esta terapia, el Padre Rector le ordenó que, durante un tiempo, no se detuviera en pensamientos elevados, por si acaso éstos le estuviesen perjudicando…

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La Providencia permitió esta equivocación para que brillaran aún más las cualidades del alma de aquel “ángel”. Esta vez la obediencia, tan amada por él, le costó grandes esfuerzos, pues —según le confesó a uno de sus compañeros— salir de su constante estado de oración le causaba un enorme tormento, ya que tan pronto como se distraía, su pensamiento volaba hacia la consideración de los misterios divinos.

Modelo de santidad en el amor

“Al atardecer de esta vida, te examinarán en el amor”. Es a este amor, en una total entrega, al que Dios nos llama desde nuestra juventud, tal como lo hizo con el joven rico del Evangelio: “Ven y sígueme” (Mt 19, 21). Que la juventud actual —tan carente de modelos a seguir y tan confundida acerca del amor— no tome la actitud del joven rico, que se entristeció por tener que desapegarse de las cosas de este mundo, sino que se encuentre con el ejemplo de su patrono, San Luis Gonzaga.

 

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