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¿Qué debe hacer un buen cristiano, por la mañana, cuando se despierta? ¿y por la noche, antes de acostarse, qué se debe hacer? Son cosas que todo católico debería saber, pero no lo sabe, e incluso cuando sabe, no siempre lo pone en práctica.


«¿Qué debe hacer un buen cristiano en la mañana cuando se despierta?» Se pregunta el Catecismo de San Pío X, y él responde: «Un buen cristiano por la mañana, cuando se despierta, debe hacer la señal de la cruz, y ofrecer sus corazones a Dios, diciendo estas u otras palabras similares: Mi Dios, te doy mi corazón y mi alma» (n. 969).

«Por la noche, antes de acostarse, ¿qué debe hacer?», Pregunta el mismo Catecismo, y responde: «Por la noche, antes de acostarse, conviene ponerse, como por la mañana, en la presencia de Dios, recitar devotamente las mismas oraciones, hacer un breve examen de conciencia, y pedir perdón a Dios de los pecados cometidos durante el día» (981).

De hecho, aquellos que poseen o hayan hojeado un buen libro de oraciones, habrán notado la presencia de numerosas fórmulas de oraciones de la mañana y de la noche. Es una costumbre muy antigua de las familias católicas el de enseñar a sus hijos, desde la más tierna infancia, ese tipo de oraciones. Más que memorizar, esta o aquella oración en particular, lo más importante aquí es entender por qué rezamos. ¿Por qué no bastaría, por ejemplo, rezar un Rosario o hacer una oración mental a lo largo del día?

Esta cuestión admite múltiples respuestas, pero en este artículo queremos hablar de la oración de la mañana y de la oración de la noche principalmente como remedios contra nuestra soberbia.

«¿Soberbia? ¿No tenemos algo más importantes de qué preocuparnos? “Usted quizá no sepa – y si usted no sabe, pero el pecado de Adán y Eva, al contrario de lo que piensa la mayoría las personas, no fue un pecado de naturaleza sexual. Nuestros primeros padres pecaron de soberbia, el mismo pecado por el cual han caído Lucifer y todos los demonios. El pecado de soberbia es la raíz de todos los pecados. No se trata, pues, de algo de poca importancia, sino de la causa misma de nuestra condición decaída en este mundo.

Para entender más concretamente lo que es ese pecado, partamos de esta indagación del Apóstol, dirigida a los orgullosos: «¿Qué hay de superior en ti?», Él pregunta. «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1Cor 4, 7). En la soberbia existe una desconexión con las verdades de la Creación y de la Redención: en vez de reconocer que fuimos creados por Dios, que de Él recibimos el ser y, en el orden de la gracia, la remisión de nuestros pecados y la vida sobrenatural, nos gloriamos de lo que somos y tenemos como si no lo hubiéramos recibido. Funciona, en la práctica, como una especie de ateísmo: Dios no existe, Dios no me da nada, yo soy bueno y yo me basto.

Contra la soberbia en especial, hay que reconocer como «grandísima verdad el hecho de que nada bueno proceder de nosotros

El primer y más obvio remedio para esa realidad se llama fe: contra el espíritu autosuficiente y rebelde a Dios de nuestra época, «esta es la victoria que vence al mundo» (1 Jn 5, 4). Contra la soberbia en especial, hay que reconocer como «grandísima verdad el hecho de que nada bueno proceder de nosotros; sólo la miseria y la insignificancia» (Santa Teresa, Sextas Moradas, 10, 7). En otras palabras, debemos ser humildes.

Pero esas dos virtudes, que están en el fundamento de nuestra vida con Dios (cf. S. Th., II-II, q, 5, ad 2), deben manifestarse de un modo bien visible en las acciones de nuestro día. De ahí la importancia de rezar por la mañana, al levantarnos, y por la noche, al acostarse.

Cuando dormimos y nos levantamos de cualquier manera, sin dejar algún tiempo para hablar con Dios – y gastando, por el contrario, nuestros primeros y nuestros últimos minutos en el smartphone, en la TV o en cualquier otra actividad -, lo que estamos diciendo es: «Yo vivo de la manera que yo quiero. El principio y el fin de mi vida soy yo mismo. Yo me basto». Es como si fuéramos pequeños dioses, que no debemos rendir cuentas de nada, a nadie.

El descuido con esas oraciones va creando dentro de nosotros un mal hábito y una verdadera ruptura en nuestra relación con Dios

Es evidente que el hecho de que una persona no haga la oración de la mañana o la oración de la noche no hará de ella una atea. Lo que estamos diciendo es que el descuido con esas oraciones va creando dentro de nosotros un mal hábito y una verdadera ruptura en nuestra relación con Dios. Si Él es el Alfa y la Omega, el principio y el final de todo lo que fue, es y ha de ser, si realmente creemos en eso, ¿por qué el comienzo y el final de nuestros días no son pasados con Él? Si fue Él quien nos dio todo, ¿por qué no empezamos todo mirando hacia Él? Si es en él que todo terminará – como será el día en que muramos -, ¿por qué no terminamos elevando a Él nuestro pensamiento?

La verdad es que tenemos muy poca fe. Para muchos de nosotros, Dios todavía es una «ilusión cómoda», un «placebo» que tomo sólo para sentirme bien y después, «La vida sigue». Pero si creyéramos en todo lo que decimos creer cuando vamos a la Misa, cuando hacemos una visita al Santísimo (o incluso cuando ostentamos nuestra «catolicidad», personalmente o en internet), no viviríamos el resto de nuestras horas del modo como vivimos, ¡como si estuviéramos tratando de librarnos de Dios!

Si usted se siente así, entregándose a Dios solo a medias, si usted siente que su corazón no está en el lugar en que debería estar, sepa: es Él mismo quien está, a través de esa pequeña «amargura», llamándote a una mayor sinceridad de corazón y de una conversión más profunda. Reza, pídale sinceramente la gracia de creer más, de amar más … y, de fe en fe, seremos transformados del primer Adán, egoísta y negligente en el servicio del Señor, en verdaderas imágenes de Cristo.

Pero no nos olvidemos de hacer este buen propósito: una pequeña oración al despertarnos y un breve examen de conciencia al dormir. Es a partir de esas prácticas aparentemente insignificantes que Dios realizará en nosotros la gran obra de santidad que Él nos ha preparado desde la fundación del mundo.

Extraído de padrepauloricardo.org
Traducido y editado por Formación Católica

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