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En otros tiempos, Dios era el centro, el principio y el término de todo en la organización social y respecto del individuo. Por base de las constituciones de los Pueblos estaba Dios, Jesucristo y la misión de la Iglesia según las exigencias de los Derechos divinos. Pero de repente se suprimieron los derechos de Dios. De este modo, donde antes Dios era el Dueño y reinaba como tal, se puso el hombre, cuyos pensamientos y voluntades reemplazaron al pensamiento, verdad, voluntad y ley de Dios.

Puntos doctrinales sobre la Realeza Social de Cristo.
En otros tiempos, Dios era el centro, el principio y el término de todo en la organización social y respecto del individuo. Por base de las constituciones de los Pueblos estaba Dios, Jesucristo y la misión de la Iglesia según las exigencias de los Derechos divinos. Pero de repente se suprimieron los derechos de Dios. De este modo, donde antes Dios era el Dueño y reinaba como tal, se puso el hombre, cuyos pensamientos y voluntades reemplazaron al pensamiento, verdad, voluntad y ley de Dios.

 

SÉPTIMA LECCIÓN
El Error fundamental que reina hoy

 45. ¿Cuál es el error más pernicioso y nefasto sobre el tema que estamos tratando?

Sin ninguna duda, el error más pernicioso e irreductible, es el que dice que no hay ni puede haber, ni para los individuos ni para las Sociedades, verdad que se imponga, esto es, que exista. Así pues, de hecho y de derecho, no habría ni podría haber, verdad ni error. La consecuencia estrictamente lógica es que no habría bien ni mal, derecho ni injusticia. Se le darían todos los derechos tanto al error como a la verdad, al bien como al mal.

 

46. ¿Qué significa dar derechos al error?

Es fácil explicar este punto. Todos los organismos sociales oficiales y particularmente las constituciones de los Pueblos han puesto por fundamento práctico «La Declaración de los Derechos Humanos» de la Revolución Francesa de 1789. Los derechos humanos son absolutos; el hombre está a la cabeza. Todo, incluso la Verdad, depende de él y ha sido hecho por él.

 

47. ¿Qué significado tiene la Declaración de los Derechos del Hombre si se la considera desde el punto de vista de la sociedad moderna?

Algo muy sencillo. En otros tiempos, Dios era el centro, el principio y el término de todo en la organización social y respecto del individuo. Por base de las constituciones de los Pueblos estaba Dios, Jesucristo y la misión de la Iglesia según las exigencias de los Derechos divinos. Pero de repente se suprimieron los derechos de Dios. De este modo, donde antes Dios era el Dueño y reinaba como tal, se puso el hombre, cuyos pensamientos y voluntades reemplazaron al pensamiento, verdad, voluntad y ley de Dios.

 

48.¿De qué modo se presentaron al público estas teorías?

Este estado de cosas ha sido instituido por la teoría de las grandes libertades modernas, que son la base de las constituciones de todos los países. Existen las libertades de conciencia, enseñanza, prensa, asociación y cultos. Estas libertades son moderadas por la ley. La ley es la expresión de la voluntad general.

 

49. ¿Cuál es el significado exacto de estas libertades? ¿No significan que el hombre debe gozar de entera libertad para enseñar y practicar el bien?

Podrían entenderse de este modo. Pero por desgracia, no es el sentido que corresponde a la realidad. El liberalismo moderno ha comprendido y aplicado de manera muy diferente estas libertades. Para él, estas libertades consisten en que cada quien tiene la libertad de vivir como quiera y de enseñar lo que le guste; de escribir y publicar lo que se le antoje; de asociarse para cualquier fin, bueno o malo. Todos son libres de dar un culto a quien quieran, a Dios, a Jesucristo, a Mahoma y al mismo Satanás si así les gusta.

 

50. ¿Y qué relación existe entre esta teoría de las libertades modernas y el error fundamental del que se habló?

La relación es evidente. Para las Sociedades y Naciones contemporáneas y para el hombre formado según los Principios de 1789, la verdad no existe; lo único que existe es el hombre, es decir, el pensamiento y la voluntad del hombre. Cada cual tiene el derecho estricto de concebir y tener las ideas que quiera y ponerlas como directivas de su vida. Es la prueba manifiesta de que para el hombre solamente existe como realidad de la que tenga que tener cuenta su propio pensamiento, conocido y elaborado por él. Fuera de sí mismo, la verdad no existe. Como consecuencia de esta doctrina, todos tienen el derecho estricto de enseñar lo que quieran por palabra o escrito. También por la misma razón, la ley que dirige los países vale en la medida en la que expresa la voluntad general conocida por la elección y el voto, y no en la medida en que expresa la Verdad y la Voluntad divinas. En resumidas cuentas, el Derecho moderno no reconoce ni profesa ninguna verdad; se inclina únicamente ante el pensamiento humano.

 

51. Entonces, ¿atribuye usted a la «Declaración de los Derechos Humanos» una influencia preponderante sobre la mentalidad moderna y errores reinantes?

Sin lugar a duda. Si en nombre de un derecho, el hombre puede pensar lo que quiera, si de golpe puede, en nombre del mismo derecho (y esto es muy grave) querer lo que quiera y obrar como le parezca, para él no existe sino él mismo y los derechos de¡ hombre deificado, independiente de toda autoridad y de toda verdad. Esta doctrina permite todos los errores en todos los órdenes de cosas. En filosofía, en teología, en política, en las ciencias económicas y sociales, predominarían y servirían de guía el pensamiento y caprichos del hombre. Pero lo que le da a esta doctrina su importancia y su gravedad excepcional es que todos los derechos, de los que se dice autora la Declaración de 1789, le serían debidos al hombre en derecho estricto, oficialmente reconocidos y aprobados. Cualquier pensamiento, palabra, acción, etc., se basarían en estos derechos y serían enteramente legítimos.

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52. Pero ¿no es verdad que la «Declaración de los Derechos Humanos» pone límites a la acción del hombre?

Veamos. Según los Principios de 1789, los Derechos del hombre quedan limitados por los derechos de su semejante. Así, mi derecho de coger el bien ajeno queda limitado por el derecho de su prójimo a la propiedad. Mi derecho de matar queda limitado por el derecho de mi semejante a la vida. Todos estos límites obtienen su reconocimiento y valor en la ley. Pero en seguida se ve que son ilógicos. Si por principio mis derechos son absolutos, nadie les puede poner un límite.

A pesar de todas las restricciones que ponga la ley, siempre predominará contra ésta el dogma fundamental de la libertad sin freno y los derechos sin restricción del hombre. En seguida se echa de ver la licencia que se le daría a cualquier doctrina y enseñanza. Bajo la apariencia de Derechos del hombre, se podrían introducir en los organismos sociales los más perniciosos y monstruosos errores, y podrían en derecho reclamar la protección de la autoridad, que tendría como función proteger, no ya la Verdad, sino el pensamiento del hombre.

 

53. Diciendo esto, se enfrenta usted a todas las ideas que se admiten hoy en día, y acaba con el derecho moderno.

Efectivamente, así se cortan en la raíz todos los principios llamados modernos.

 

54. ¿No me podría dar una noción exacta del Derecho moderno?

Se puede dar la noción que el Papa León XIII dio en su colosal Encíclica Immortale Dei:

«Todos los hombres, de la misma manera que son semejantes en su naturaleza específica, son iguales también en la vida práctica. Cada hombre es de tal manera dueño de sí mismo que por ningún concepto está sometido a la autoridad de otro. Puede pensar libremente lo que quiera, obrar lo que se le antoje, en cualquier materia. Nadie tiene derecho a mandar sobre los demás. En una sociedad fundada sobre estos principios, la autoridad no es otra cosa que la voluntad del Pueblo, el cual, como único dueño de sí mismo, es también el único que puede mandarse a sí mismo. Es el Pueblo el que elige las personas a las que se ha de someter. Pero lo hace de tal manera que traspasa a éstas no tanto el derecho de mandar cuanto una delegación para mandar, y aun ésta sólo para ser ejercida en su nombre.

Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda autoridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará la única religión verdadera, ni elegirá una de ellas ni la favorecerá principalmente, sino que concederá igualdad de derechos a todas las religiones, con tal que la disciplina del Estado no quede perjudicada. Se sigue también de estos principios que en materia religiosa todo queda al arbitrio de los particulares y que es lícito a cada individuo- seguir la religión que prefiera o rechazarlas todas si ninguna le agrada. De aquí nacen una libertad ilimitada de conciencia, una libertad absoluta de cultos, una libertad total de pensamiento y una libertad desmedida de expresión».

En resumidas cuentas, según el Papa León XIII los principios del Derecho Moderno son los siguientes: 1º Todo poder y autoridad emanan del hombre; es la primera consecuencia de la Declaración de los Derechos del hombre; 2º Este poder se traduce en la aceptación y práctica de la más absoluta libertad: el hombre no puede sufrir ninguna coacción ni obligación, pues tiene todos los derechos; 3º Como el derecho de un hombre puede oponerse al derecho de otro, el Derecho Moderno establece una restricción en el uso de la libertad absoluta: el derecho de uno está limitado por el derecho de otro. Aunque esta disposición es ilógica, es necesaria para evitar conflictos y los abusos que serían inevitables. En toda sociedad organizada es necesaria una legislación.

Esta legislación tomará como fundamento la voluntad general de los hombres que pertenecen a esa Sociedad, y no Dios, Jesucristo y su Ley Eterna. Los individuos designan a los mandatarios que expresarán su voluntad en el Parlamento. La Legislación no será sino la expresión de la voluntad de la multitud. Esta es el resultado de los Derechos del hombre. Insistamos sobre este punto capital: la voluntad general, que sólo debe tener cuenta de sí misma, puede imponer leyes nefastas y contrarias a todo derecho. Sin embargo, estas leyes se convierten en Derecho por el hecho de ser la ley, es decir, la expresión de la voluntad general.

 

55. ¿Hay una gran diferencia entre el Derecho Moderno y el Derecho Católico, fundado en el Derecho Divino?

La diferencia es enorme. El Derecho Moderno está basado sobre el hombre. El Derecho Católico está basado sobre Dios. El Derecho Católico tiene como punto de vista el fin sumo y último del hombre. El Derecho Moderno tiene por punto de vista el hombre y su fin, que es él mismo. El Derecho Católico tiene primeramente en cuenta de la dependencia absoluta que toda creatura tiene para con Dios y especialmente de la dependencia que le debe toda Sociedad y Estado.

El Derecho Moderno establece que la unión de las voluntades funda la Sociedad sobre la voluntad de los asociados, independientemente de toda voluntad divina. El Derecho Católico es el establecimiento, por derecho, del reino de Dios en el individuo y en la Sociedad. El Derecho Moderno es la negación práctica de la Verdad Católica y de toda Verdad divina. Es el establecimiento oficial, y consagrado por el derecho, del laicismo, el ateísmo e incluso de todo error. En pocas palabras, el Derecho Católico es el Derecho, la autoridad y el poder que dimanan del Derecho, puestos al servicio de la Verdad, la cual exclusivamente salva a los individuos y Sociedades. El Derecho Moderno es el derecho, la autoridad y poder del Derecho, puestos al servicio del hombre, para poner jurídicamente (luego legítimamente) las inteligencias y las voluntades, las Sociedades y los Estados al nivel del hombre deificado, esto es, principio y fin de todas las cosas. Comparen las Constituciones de los Pueblos que proceden de los Principios modernos con aquellas que proceden de los Principios católicos y tendrán una pequeña idea de los desastres producidos por el Derecho Moderno.

 

56. ¿No hay un liberalismo que en estas materias establece una distinción totalmente admisible?

Hay diversos tipos de liberalismo. No corresponde aquí hablar extensamente del tema. Pero nos limitaremos a la sustancia de la doctrina, que se manifiesta bajo dos diferentes aspectos. En primer lugar hay el liberalismo que atribuye derechos tanto al Error y al Mal como a la Verdad y al Bien. Este es el principio, como ya se dijo, de todo libertinaje. El Papa León XIII condena con razón este liberalismo como herético e impío. Pero hay un liberalismo más mitigado. El que por una extraña aberración se llama liberalismo católico. En sus consecuencias no deja de ser menos pernicioso que el primero. Sin afirmar que el Error y el Mal tengan derechos, este liberalismo no afirma que no los tengan. Por el contrario, opina que en conformidad con el espíritu de tolerancia y de caridad cristiana, que debe vivirse ante los errores modernos y los que los profesan cono si estos errores tuviesen Derechos. Declara que todos tienen sus opiniones y el derecho de tenerlas, y que a nadie debe molestársele con motivo de sus opiniones o ideas. Prácticamente esto es poner en pie de igualdad el Error y la Verdad, el Bien y el Mal. Los resultados de esta doctrina son altamente nefastos, pues se proclama que debe tratarse con respeto no solo a los que profesan una tal doctrina sino a la misma doctrina que Dios condena.

Veamos las palabras del Papa León XIII en su Encíclica «Libertas Praestantissimum»:
«Son varias las formas que presenta este mal capital del liberalismo, porque la voluntad puede separarse de la obediencia a Dios o de la obediencia debida a los que participan de la autoridad divina, de muchas formas y en grados muy diversos.
1. – La perversión mayor de la libertad, que constituye al mismo tiempo la especie peor de liberalismo, consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios y rehusarle toda obediencia, tanto en la vida pública como en la vida privada y doméstica. Todo lo que Nos hemos expuesto hasta aquí se refiere a esta especie de liberalismo.
2 – La segunda clase es el sistema de aquellos liberales que, por una parte, reconocen la necesidad de someterse a Dios, creador, señor del mundo y gobernador providente de la naturaleza; pero, por otra parte, rechazan audazmente las normas de dogma y de moral, que superando la naturaleza son comunicadas por el mismo Dios, o pretenden por lo menos que no hay razón alguna para tenerlas en cuenta sobre todo en la vida política del Estado.
Ya expusimos anteriormente las dimensiones de este error y la gran inconsecuencia de estos liberales. Esta doctrina es la fuente principal de la perniciosa teoría de la separación entre la Iglesia y el Estado; cuando, por el contrario, es evidente que ambas potestades, aunque diferentes en misión y desiguales por su dignidad, deben colaborar una con otra y completarse mutuamente.
3. – Dos opiniones específicamente distintas caben dentro de este error genérico. Muchos pretenden la separación total y absoluta entre la Iglesia y el Estado de tal forma que todo el ordenamiento jurídico, las instituciones, las costumbres, las leyes, los cargos del Estado, la educación de la juventud, queden al margen de la Iglesia como si ésta no existiera. Conceden, todo lo más, a los ciudadanos la facultad, si quieren, de ejercitar la religión en privado. Contra estos liberales mantienen todo su vigor los argumentos con que hemos rechazado la teoría de la separación entre la Iglesia y el Estado, con el agravante de que es un completo absurdo que la Iglesia sea respetada por el ciudadano y al mismo tiempo despreciada por el Estado.

Otros admiten la existencia de la Iglesia (negarla sería imposible), pero le niegan la naturaleza y los derechos propios de una sociedad perfecta y afirman que la Iglesia carece del poder legislativo, judicial y coactivo y que sólo le corresponde la función exhortativa, persuasiva y rectora respecto de los que espontánea y voluntariamente se le sujetan. Esta teoría falsea la naturaleza de esta sociedad divina, debilita y restringe su autoridad, su magisterio; en una palabra, toda su eficacia, exagerando al mismo tiempo de tal manera la influencia, y el poder del Estado, que la Iglesia de Dios queda sometida a la jurisdicción y al poder del Estado como si fuera una mera asociación civil Los argumentos usados por los apologistas, que Nos hemos recordado singularmente en la Encíclica “Inmortale Dei”, son más que suficientes para demostrar el error de esta teoría.

La apologética demuestra que por voluntad de Dios la Iglesia posee todos los caracteres y todos los derechos propios de una sociedad legítima, suprema y totalmente perfecta. Por último, son muchos los que no aprueban la separación entre la Iglesia y el Estado, pero juzgan que la Iglesia debe amoldarse a los tiempos, cediendo y acomodándose a las exigencias de la moderna prudencia en la administración pública del Estado. Esta opinión es recta si se refiere a una condescendencia razonable que pueda conciliarse con la verdad y con la justicia; es decir, que la Iglesia, con la esperanza comprobada de un bien muy notable, se muestre indulgente y conceda a las circunstancias lo que puede concederles sin violar la santidad de su misión. Pero la cosa cambia por completo cuando se trata de prácticas y doctrinas introducidas contra todo derecho por la decadencia de la moral y por la aberración intelectual de los espíritus. Ningún período histórico puede vivir sin religión, sin verdad, sin justicia. Y como estas supremas realidades sagradas han sido encomendadas por el mismo Dios a la tutela de la Iglesia, nada hay tan contrario a la Iglesia como pretender de ella que tolere con disimulo el error y la injusticia o favorezca con su connivencia lo que perjudique a la religión».

 

57. Pero a pesar de todo, ¿no es preferible obrar así?

Desde luego que no. Hay dos razones para no conformarse con las opiniones del liberalismo llamado católico. La primera es que para este liberalismo Dios y Jesucristo quedan privados de su Gloria en el Orden Social. A causa de la posición del Liberalismo llamado católico, Dios nunca será reconocido, amado y glorificado como debe serio. La segunda razón es el peligro de condenarse que corren las almas en una Sociedad formada según los principios del Liberalismo llamado católico. El Catolicismo es esencialmente invasor y educador. Si no invade no educa según el Espíritu de Cristo. Este Liberalismo forma un medio en el que la atmósfera viene a ser fatalmente acatólica e incluso atea. De esta manera el Liberalismo, llamado católico, contribuye a la pérdida de innumerables almas.

 

58. Pero el Papa León XIII habla sobre todo de los males causados por el laicismo. ¿Para qué hablar entonces de la cuestión del Liberalismo?

Es algo evidente que el laicismo reina ya en el orden social a causa de los principios del Liberalismo. Sea cual sea el sentido que se le dé a la palabra «laicismo» es necesario admitir que la doctrina que se ofrece a la gente bajo esta denominación pone al hombre en el lugar de Dios. El Hombre debe reinar donde sólo Dios posee la autoridad. Pues bien, todas las teorías de este género provienen de la declaración de los Derechos Humanos y de la libertad de la que ésta goza sobre y contra todo, en particular contra Dios. El laicismo procede por vía directa del Liberalismo. El Liberalismo es su mayor apoyo, y lo justifica en cuanto revuelta contra el Ser Supremo.  

 

 

 

P. Phillippe, Catecismo de la Realeza Social de Jesucristo.

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