fbpx
Y los mismos santos nos dicen que no existe santidad sin penitencia. La Santidad es el triunfo de la voluntad, y la penitencia ayuda a ese camino.

Un alma impenitente es igual a un niño mimado; un ser incapaz de soportar el más mínimo de los sufrimientos o la más pequeña incomodidad; y una vida sin sufrimiento es utópica y el que piense que eso es posible es un necio. Hablaremos en este artículo de la necesidad de una vida penitente para alcanzar de Dios la gracia de la bienaventuranza.


El sentido de la vida cristiana es Dios; todos los esfuerzos que realizan los hombres sobre este mundo deberían estar orientados al momento del encuentro del alma con su Creador; y el veredicto final e inapelable del destino eterno de su alma, de acuerdo a cómo ha respondido a las gracias con las que ha sido auxiliado en su vida terrena. El anhelo de todo cristiano es la bienaventuranza eterna, la participación en la alabanza divina que tributan los ángeles y santos a Dios por toda la eternidad. Pero para llegar a esa visión beatífica no existe otro camino que la búsqueda de la santidad. Y los mismos santos nos dicen que no existe santidad sin penitencia.

El anhelo de todo cristiano es la bienaventuranza eterna, la participación en la alabanza divina que tributan los ángeles y santos a Dios por toda la eternidad.

¿Es la católica una religión masoquista que reverencia los sufrimientos y el dolor por sí mismos? Nada más alejado de la verdad. En la Iglesia, el sufrimiento no es otra cosa que un camino medicinal. El hombre en el estado en el que fue creado, es decir, antes de la caída, poseía varios dones; los naturales, los sobrenaturales y los preternaturales, estas últimas pérdidas como castigo por el pecado en el Edén. Uno de estos dones preternaturales, era la de la integridad, es decir, la perfecta armonía que suponía el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo. Este orden fue quebrado por el pecado original, y junto con la seguridad de la muerte acompaña la cruel realidad del destierro en el que se encuentra el hombre tras ser expulsados del paraíso.

El hombre, por eso debe hacer un profundo y continuado esfuerzo, para luchar contra la rebelión de su cuerpo, de modo que la armonía primigenia sea restituida. Dicha restitución solo la puede hacer Dios, pero en colaboración con el alma que se deja moldear por su Dios. Se entiende de ese modo, por qué el ascetismo estuvo presente en la vida de cada uno de los santos sin excepción. A través de ellos se llega al amor a Dios, y el amor al prójimo; es decir al cumplimiento de todos los mandamientos.

La elección de no usar de lo bueno voluntariamente es lo que llamamos mortificación.

La Santidad es el triunfo de la voluntad, y la penitencia ayuda a ese camino. El camino de la vida del hombre lleva necesariamente a la muerte, y las mortificaciones no son otra cosa que ir muriendo de a poco; que el cuerpo vaya muriendo, vivificando el espíritu y alcanzando así el verdadero amor, el amor Agape. La elección de no usar de lo bueno voluntariamente es lo que llamamos mortificación; con estas prácticas el hombre es profundamente fortalecido y es unido a Dios, por superar las barreras que nos separan de Dios por las consecuencias del pecado de Adán.

La penitencia es, en resumen un acto de amor. Amor desinteresado por un Dios que se interesó hasta el extremo por nosotros; librándonos de la muerte eterna a través de la entrega voluntaria del Hijo de Dios, el Verbo eterno encarnado, en la cruz del Calvario. Desde entonces las penitencias y mortificaciones nos unen a la Pasión de Cristo, y con ello «completamos en nuestra carne, lo que falta a su Pasión», y con eso San Pablo no quiso decir que a los padecimientos de Jesús faltaba algo, lo que faltaba es nuestra parte de sufrimiento, que nos une al suyo y su triunfo sobre la muerte.

La naturaleza humana se encuentra herida, la concupiscencia nos tira hacia abajo a cada instante y nuestras pasiones tienden fácilmente a desordenarse. Necesitamos ser purificados; y el medio de esa purificación es la penitencia. Todos los santos la han practicado, desde pequeñas incomodidades como usar piedras en el zapato, o dormir sobre el suelo; hasta los de vida profundamente penitentes como los que se flagelaban o  los que vivían solos sobre una columna como algunos ermitaños de los primeros siglos; pasando por siglos y siglos de monjes que comían una sola vez al día, u órdenes militares que pasaban varias noches velando una imagen de Nuestra Señora sin contar los innumerables santos que usaban silicio, algunos de los cuales usaban hasta que les quede incrustado en la piel. Ejemplo de estos tenemos muchísimos en la Iglesia.

Las penitencias y mortificaciones nos unen a la Pasión de Cristo, y con ello «completamos en nuestra carne, lo que falta a su Pasión.

No obstante, hay que entender la naturaleza de estas mortificaciones, pues algunas de ellas podrían parecer un poco exageradas. Para ello hay que entender la situación histórica en la que se dieron. Para un hombre de la Edad Media, algunas de las penitencias que nosotros hacemos, como tomar el café sin azúcar, o no encender el aire acondicionado durante el verano, le eran situaciones cotidianas; pues la calidad de vida era inferior a la de cualquier hombre de nuestro tiempo; y como existe relación entre la calidad de vida y la penitencia; no es lo mismo un hombre de nuestro tiempo y lo que para él supone un acto penitencial, comparado con uno de otra situación histórica o geográfica.

La Iglesia en su sabiduría ha dispuesto, siguiendo las mociones del Espíritu Santo, un tiempo litúrgico como preparación para la Semana Mayor, caracterizada por la penitencia; a ejemplo de nuestros primeros padres, que tras su expulsión del paraíso dedicaron toda su vida a la penitencia, a ejemplo del pueblo de Israel, que vivieron en el desierto cuarenta años hasta llegar a la tierra prometida, y a ejemplo del mismísimo Jesús que antes de iniciar su vida pública, dedicó cuarenta días al ayuno y a la penitencia.

Dios nos permita alcanzar el perfecto amor, el amor incondicional; el amor que ama sin pedir nada a cambio; y ese amor se alcanza muriendo a nosotros mismos a través de la penitencia; constituyéndose la penitencia en un verdadero acto de amor.

Hno. Cristian Alfonso

Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.

Ver todas las entradas

1 comentario

You have to agree to the comment policy.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

  • Deseo que Dios los colme de las gracias que tanto piden en lo secreto, por tanto bien que nos hacen. Agradezco a Dios por ustedes.

Hno. Cristian Alfonso

Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.

A %d blogueros les gusta esto: