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El Oficio de Tinieblas es la ceremonia litúrgica que llevaba a cabo la Iglesia católica los días de Jueves, Viernes y Sábado Santos al caer la tarde. Se trata del rezo de la Liturgia de las Horas con el Oficio De Lectura o antiguamente llamado maitines, para preparar y favorecer interior y exteriormente la memoria de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.


Este servicio ha de ser anticipado y debe ser cantado poco después de completas, es decir, alrededor de las 3:00 p.m. del día al cual pertenece.

La rica tradición de la Iglesia manifiesta que para el rezo del Oficio de Tinieblas se utiliza un candelabro especial que tiene 15 velas, llamado tenebrario, que representa a los 11 apóstoles que permanecieron tras la traición del Iscariote, las tres marías (María Salomé, María de Cleofás y María Magdalena) y a la Virgen María, cuyo cirio era más destacado que los otros. Tanto las luces del templo como las velas se van apagando una tras otra, para quedar el templo prácticamente a oscuras tras el canto de los salmos. Al final, queda encendido sólo el cirio principal que la Virgen María que queda en vela sosteniendo ella sola a toda la Iglesia después la muerte del Redentor, esperando Su resurrección alrededor de las 00:00 a.m. del Domingo de Pascua.

En tiempos de pandemia y confinamiento por parte de las autoridades sanitarias, les ofrecemos este material para que puedan rezar desde sus hogares el Oficio de Tinieblas durante el Triduo Pascual.

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Jueves Santo

Invocación inicial

V. Señor abre + mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Invitatorio

Ant. A Cristo, * el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Se repite la antífona.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Se repite la antífona.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Se repite la antífona.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Mása en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Se repite la antífona.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

Se repite la antífona.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo, *
y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,*
por los siglos de los siglos. Amén.

Se repite la antífona.

Himno

¡Triste de mí que he cruzado
de la vida los senderos
por largo tiempo sin veros,
ojos del Crucificado! |
Mas, de vuestra luz privado,
me fue contraria la suerte… |
¡Ojos muertos del Dios fuerte,
olvidad viejos agravios
y haced que os besen mis labios
en la hora de mi muerte!

¡Ojos de Cristo, miradme!
¡Ojos muertos, conmovedme!
¡Ojos tiernos, atraedme!
¡Ojos llorosos, bañadme! |
¡Ojos sin luz, alumbradme!
¡Ojos piadosos, seguidme |
por donde mi planta yerra,
y por el haz de la tierra
hacia el cielo conducidme! Amén.

Salmodia

Ant. 1. Estoy agotado * de tanto gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37.

Dios mío, sálvame, * que me llega el agua al cuello:

me estoy hundiendo en un cieno profundo * y no puedo hacer pie;

he entrado en la hondura del agua, * me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar, * tengo ronca la garganta;

e me nublan los ojos * de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los pelos de mi cabeza * son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos, * los que me atacan injustamente.

¿Es que voy a devolver * lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia, * no se te ocultan mis delitos.

Que por mi causa no queden defraudados * los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen * lo que te buscan, Dios de Israel.

Por ti he aguantado afrentas, * la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos, * un extranjero para los hijos de mi madre;

porque me devora el celo de tu templo, * y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí; * cuando me visto de saco, se ríen de mí;

sentado a la puerta murmuran * mientras beben vino me cantan burlas.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Estoy agotado de tanto gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Ant. 2. En mi comida * me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

II

Pero mi oración se dirige a ti, * Dios mío, el día de tu favor;

que me escuche tu gran bondad, * que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda; † líbrame de los que aborrecen, * y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente, † que no me trague el torbellino,* que no me cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; * por tu gran compasión, vuélvete hacia mí;

No escondas tu rostro a tu siervo: * estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame, * líbrame de mis enemigos:

estás viendo mi afrenta, † mi vergüenza y mi deshonra; * a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. † Espero compasión, y no la hay; * consoladores y nos los encuentro.

En mi comida me echaron hiel,* para mi sed me dieron vinagre.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Ant. 3. Buscad * al Señor, y revivirá vuestro corazón.

III

Yo soy un pobre malherido; * Dios mío, tu salvación me levante.

Alabaré el nombre de Dios con cantos,* proclamaré su grandeza con acción de gracias;

le agradará a Dios más que un toro,* más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo, los humildes, y alegraos,* buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Que el Señor escucha a sus pobres,* no desprecia a sus cautivos.

Alábenlo el cielo y la tierra,* las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión, † reconstruirá las ciudades de Judá,* y las habitarán en posesión.

La estirpe de sus siervos la heredará,* Los que aman su nombre vivirán en ella.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Versículo antes de la lecturas

V. Cuando yo sea elevado en alto sobre la tierra.
R. Atraeré a todos hacia mí.

Primera lectura

De la Carta a los hebreos 4, 14-5, 10
Jesucristo, sumo Sacerdote.

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios.

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

Porque todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. El puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón.

Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”, o, como dice otro pasaje de la Escritura: “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”.

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote, según el rito de Melquisedec.

Responsorio

V. Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. | Y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.
R. Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. | Y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

V. En los días de su vida mortal, a gritos presentó oraciones a Dios, y en su angustia fue escuchado.
R. Y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

V. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
R. Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. | Y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Segunda lectura

De la homilía de Melitón de Sardes, obispo, sobre la Pascua  (Núms. 65-71: SC 123,95- 101)
El Cordero inmaculado nos sacó de la muerte a la vida.

Muchas predicciones nos dejaron los profetas en torno al misterio de pascua, que es Cristo; a él la gloria por siglos de los siglos. Amén.

El vino desde los cielos a la tierra a causa de los sufrimientos humanos; se revistió de la naturaleza humana en el vientre virginal y apareció come hombre; hizo suyas las pasiones y sufrimientos humanos con su cuerpo, sujete al dolor, y destruyó las pasiones de la carne, de modo que quien por su espíritu no podía morir acabó con la muerte homicida.

Se vio arrastrado como un cordero y degollado como una oveja, y así nos redimió de idolatrar al mundo, como en otro tiempo libró a los israelitas de Egipto, y nos salvó de la esclavitud diabólica, como en otro tiempo a Israel de la mano del Faraón; y marcó nuestras almas con su propio Espíritu, y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Este es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto, como Moisés al Faraón. Este es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia, como Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Este es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno, e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido y eterno. El es la pascua de nuestra salvación.

Este es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas.

Este es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado del madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo. Este es el cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquel que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro.

Responsorio

V. Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios | y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús.| A quien Dios constituyo sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.
R. Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios | y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús.| A quien Dios constituyo sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

V. Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
R. A quien Dios constituyo sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
R. Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios | y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús.| A quien Dios constituyo sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

Laudes

Salmodia

Ant. 1. Mira, * Señor, contempla que estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Salmo 79.

Pastor de Israel, escucha,* tú que guías a José como a un rebaño;

Tú que te sientas sobre querubines, resplandece † ante Efraín, Benjamín y Manasés;* despierta tu poder y ven a salvarnos

Oh Dios, restáuranos,* que brille tu rostro y nos salve.

Señor, Dios de los ejércitos, † ¿hasta cuándo estarás airado* mientras tu pueblo te suplica?

Le diste a comer llanto,* a beber lágrimas a tragos;

Nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos, * nuestros enemigos se burlan de nosotros.

Dios de los ejércitos, restáuranos,* que brille tu rostro y nos salve.

Sacaste una vid de Egipto, * expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste;

le preparaste el terreno y echó raíces * hasta llenar el país;

su sombra cubría las montañas,*y sus pámpanos, los cedros altísimos;

extendió sus sarmientos hasta el mar, * y sus brotes hasta el Gran Río.

¿Por qué has derribado su cerca * para que la saqueen los viandantes,

la pisoteen los jabalíes * y se la coman las alimañas?

Dios de los ejércitos, vuélvete: * mira desde el cielo, fíjate,

ven a visitar tu viña, † la cepa que tu diestra plantó, * y que tú hiciste vigorosa.

La han talado y le han prendido fuego; * con un bramido hazlos perecer.

Que tu mano proteja a tu escogido,* al hombre que tú fortaleciste.

No nos alejaremos de ti:*danos vida, para que invoquemos tu nombre.

Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos,* que brille tu rostros y nos salve.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mira, Señor, contempla que estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Ant. 2. El es * mi Dios y Salvador, confiaré y no temeré.

Cántico: Isaías 12, 1-6

Te doy gracias, Señor, * porque estabas airado contra mí,

pero ha cesado tu ira * y me has consolado.

El es mi Dios y Salvador: * confiaré y no temeré,

porque mi fuerza y mi poder es el Señor, * él fue mi salvación.

Y sacaréis aguas con gozo * de las fuentes de la salvación.

Aquel día diréis: * “Dad gracias al Señor,

invocad su nombre, †contad a los pueblos sus hazañas, * proclamad que su nombre es excelso

Tañed para el Señor, que hizo proezas, * anunciadlas a toda la tierra

gritad jubilosos, habitantes de Sión: † “Qué grande es en medio de ti,* el Santo de Israel.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El es mi Dios y Salvador, confiaré y no temeré.

Ant. 3. El Señor * nos alimentó con flor de harina, nos sació con miel silvestre.

Salmo 80

Aclamad a Dios nuestra fuerza, * dad vítores al Dios de Jacob:

Acompañad, tocad los panderos, * las cítaras templadas y las arpas

tocad la trompeta por la luna nueva, * por la luna llena, que es nuestra fiesta.

Porque es una ley de Israel, * un precepto del Dios de Jacob,

una norma establecida para José * al salir de Egipto.

Oigo un lenguaje desconocido: † “Retiré sus hombros de la carga, * sus manos dejaron la espuerta.

Clamaste en la aflicción, y te libré, † te respondí oculto entre los truenos, *te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.

Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;* ¡ojalá me escuchases, Israel!

No tendrás un dios extraño, * no adorarás un dios extranjero.

Yo soy el Señor, Dios tuyo, † que te saqué del país de Egipto;* abre la boca que te la llene.

Pero mi pueblo no escuchó mi voz, * Israel no quiso obedecer:

los entregué a su corazón obstinado, * para anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo* y caminase Israel por mi camino!

En un momento humillaría a sus enemigos* y volvería mi mano contra sus adversarios;

los que aborrecen al Señor te adularían,* y sus suerte quedaría fijada;

te alimentaría con flor de harina, * te saciaría con miel silvestre.”

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * Y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos alimentó con flor de harina, nos sació con miel silvestre.

Lectura breve Heb 2, 9b-10

Vemos a Jesús coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación.

Responsorio breve

V. Nos has comprado, Señor por tu sangre.
R. Nos has comprado, Señor por tu sangre.

V. De entre toda, raza, lengua, pueblo y nación.
R. Con tu sangre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
R. Nos has comprado, Señor por tu sangre.

Cántico evangélico

Ant. Con verdadero * anhelo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer.

Cántico: Lucas 1, 67-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, * porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación * en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo * por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos * y de la mano de todos los que nos odian;

Ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres, + recordando su santa alianza, * y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos, que libres de temor,* arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos en santidad y justicia, * en su presencia todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán, profeta del Altísimo, † porque irás delante del Señor * a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación, * el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, * nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla * y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos * por el camino de la paz.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * Y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Con verdadero anhelo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer.

Preces

Adoremos a Cristo, Sacerdote eterno, a quien el Padre ungió con el Espíritu Santo para que proclamara la redención a los cautivos, y digámosle:

Señor, ten piedad.

Tú que subiste a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria,
‒ conduce a tu Iglesia a la pascua eterna.

Tú que exaltado en la cruz quisiste ser atravesado por la lanza del soldado,
‒ sana nuestras heridas.

Tú que convertiste el madero de la cruz en árbol de vida,
‒ haz que los renacidos en el bautismo gocen de la abundancia de los frutos ; de este árbol.

Tú que clavado en la cruz perdonaste al ladrón arrepentido,
‒ perdónanos también a nosotros, pecadores.

Padre nuestro.

Oración

Nuestra salvación, Señor, es quererte y amarte; | danos la abundancia de tus dones y, | así como por la muerte de tu Hijo esperamos alcanzar lo que nuestra fe nos promete, | por su gloriosa resurrección concédenos obtener lo que nuestro corazón desea. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, | que contigo vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, | por los siglos de los siglos.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

V. La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo descienda sobre vosotros.
R. Amen

V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.


Viernes Santo

Invocación inicial

V. Señor abre + mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Invitatorio

Ant. A Cristo, * el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Se repite la antífona.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Se repite la antífona.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Se repite la antífona.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Mása en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Se repite la antífona.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

Se repite la antífona.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo, *
y al Espíritu Santo.

Himno

Brazos rígidos y yertos,
por dos garfios traspasados, |
que aquí estáis por mis pecados,
para recibirme abiertos,
para esperarme clavados.

Cuerpo llagado de amores,
yo te adoro y yo te sigo; |
yo, Señor de los señores,
quiero partir tus dolores
subiendo a la cruz contigo.

Quiero en la vida seguirte
y por sus caminos irte
alabando y bendiciendo, |
y bendecirte sufriendo
y muriendo bendecirte.

Que no ame la poquedad
de cosas que van y vienen; |
que adore la austeridad
de estos sentires que tienen
sabores de eternidad;

que sienta una dulce herida
de ansia de amor desmedida; |
que ame tu ciencia y tu luz;
que vaya, en fin, por la vida
como tú estás en la cruz:

de sangre los pies cubiertos,
llagados de amor las manos, |
los ojos al mundo muertos
y los dos brazos abiertos
para todos mis hermanos. Amén.

Salmodia

Ant. 1. Se alían * los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías.

Salmo 2

¿Por qué se amotinan las naciones, * y los pueblos planean un fracaso?

Se alían los reyes de la tierra, † los príncipes conspiran * contra el Señor y contra su Mesías.

“Rompamos sus coyundas, * sacudamos su yugo.”

El que habita en el cielo sonríe,  * el Señor se burla de ellos.

Luego les habla con ira, * los espanta con su cólera.

“Yo mismo he establecido a mi rey * en Sión, mi monte santo.”

Voy a proclamar el decreto del Señor; †él me ha dicho: ” Tú eres mi Hijo: * yo te he engendrado hoy.

Pídemelo: te daré en herencia las naciones, * en posesión los confines de la tierra;

los gobernarás con cetro de hierro, * los quebrarás como jarro de loza.”

Y ahora, reyes, sed sensatos; * escarmentad los que regís la tierra:

servid al Señor con temor, * rendidle homenaje temblando;

No sea que se irrite, y vayáis a la ruina, † porque se inflama de pronto su ira. * ¡Dichosos los que se refugian en él!.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías.

Ant. 2. Se reparten * mi ropa, echan a suerte mi túnica.

Salmo 21, 2-23

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?; * a pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.

Dios mío, de día te grito, y no respondes; * de noche, y no me haces caso;

aunque tú habitas en el santuario, * esperanza de Israel.

En ti confiaban nuestros padres; * confiaban y los ponías a salvo;

a ti gritaban, y quedaban libres; * en ti confiaban, y no los defraudaste.

Pero yo soy un gusano, no un hombre, * vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;

al verme, se burlan de mí, * hacen visajes, menean la cabeza;

“Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; * que lo libre, si tanto lo quiere.”

Tú eres quien me sacó del vientre, * me tenías confinado en los pechos de mi madre;

desde el seno pase a tus manos, * desde el vientre materno tú eres mi Dios.

No te quedes lejos, que el peligro está cerca * y nadie me socorre.

Me acorrala un tropel de novillos, * me cercan toros de Basán;

abren contra mí las fauces * leones que descuartizan y rugen.

Estoy como agua derramada, * tengo los huesos descoyuntados;

mi corazón, como cera, * se derrite en mis entrañas.

Mi garganta está seca como una teja, † la lengua se me pega al paladar; * me aprietas contra el polvo de la muerte.

Me acorrala una jauría de mastines, * me cerca una banda de malhechores;

me taladran los manos y los pies, * puedo contar mis huesos.

Ellos me miran triunfantes, † se reparten mi ropa * echan a suerte mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos; * fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Líbrame a mí de la espada, *y a mi única vida, de la garra del mastín;

sálvame de las fauces del león; *a este pobre, de los cuernos del búfalo.

Contaré tu fama a mis hermanos, * en medio de la asamblea te alabaré.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica.

Ant. 3. Me tienden * lazos los que atentan contra mí.

Salmo 37

Señor, no me corrijas con ira, * no me castigues con cólera;

tus flechas se han clavado, * tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne * a causa de tu furor,

no tienen descanso mis huesos * a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza, * son un peso superior a mis fuerzas;

mis llagas están podridas y supuran * por causa de mi insensatez;

voy encorvado y encogido, * todo el día camino sombrío.

Tengo las espaldas ardiendo, * no hay parte ilesa en mi carne;

estoy agotado, deshecho del todo; * rujo con más fuerza que un león.

Señor, mío, todas mis ansias están en tu presencia, * no se te ocultan mis gemidos;

siento palpitar mi corazón, † me abandonan las fuerzas, *y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y mis compañeros se alejan de mí, * mis parientes se quedan a distancia;

me tienden lazos los que atentan contra mí, † los que desean mi daño me amenazan de muerte,* todo el día murmuran traiciones.

Pero yo, como un sordo, no oigo; * como un mudo, no abro la boca;

soy como uno que no oye * y no puede replicar.

En ti, Señor, espero, * y tú me escucharás, Señor, Dios mío;

esto pido: que no se alegren por mi causa, * que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer * y mi pena no se aparta de mí:

Yo confieso mi culpa, * me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,  * son muchos los que me aborrecen sin razón,

los que me pagan males por bienes, * los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor; * Dios mío, no te quedes lejos;

ven aprisa a socorrerme, * Señor mío, mi salvación.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Me tienden lazos los que atentan contra mí.

Versículo antes de la lecturas

V. Se levantan contra mi testigos falsos.
R. Que respiran violencia.

Primera lectura

De la Carta a los hebreos. 9,11-28
Cristo, sumo sacerdote, con su propia sangre,
ha entrado en el santuario una vez para siempre.


Hermanos: Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.

Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometido durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia terna. Mirad, para disponer de una herencia, es preciso que conste de la muerte de testador; pues un testamento adquiere validez en caso de defunción; mientras vive el testador, todavía no tiene vigencia. De ahí que tampoco faltase sangre en la inauguración de la primera alianza

Cuando Moisés acabó de leer al pueblo todas las prescripciones contenidas en la ley, cogió la sangre de los becerros y las cabras, además de agua, lana escarlata e hisopo, y roció primero el libro mismo y después al pueblo entero, diciendo: ” Esta es la sangre de la alianza que hace Dios con vosotros.” Con la sangre roció, además, el tabernáculo y todos los utensilios litúrgicos. Según la ley, prácticamente todo se purifica con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón. Bueno, estos esbozos de las realidades celestes tenían que purificarse por fuerza con tales ritos, pero las realidades mismas celestes necesitan sacrificios de más valor que éstos.

Pues Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces- como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo-. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombre es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos

Responsorio                                                      

V. El cargó con nuestros pecados y sufrió por nosotros; él fue traspasado por nuestras rebeliones; |sus cicatrices nos curaron.
R. El cargó con nuestros pecados y sufrió por nosotros; él fue traspasado por nuestras rebeliones; | sus cicatrices nos curaron.

V. El soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestras enfermedades.
R. Sus cicatrices nos curaron

V. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
R. El cargó con nuestros pecados y sufrió por nosotros; él fue traspasado por nuestras rebeliones; | sus cicatrices nos curaron.

Segunda lectura                                            

De los sermones de San León Magno, Papa. Sermón 59, 4-7: CCl 138a, 354-359
¡Oh admirable poder de la cruz!
¡Oh inefable gloria de la pasión!


Jesús, el Señor, es entregado al arbitrio de aquellos hombres enfurecidos, y en burla de su regia dignidad lo obligan a cargar con el instrumento de suplicio, porque sería digno de este oprobio aquel cuya gloria se convertiría en ignominia. Esto, a los ojos de los impíos, era un gran escarnio, más para los fieles era la revelación de un gran misterio, ya que este gloriosísimo vencedor del diablo y poderosísimo subyugador de las fuerzas adversas llevaba bellamente el trofeo de su victoria, y en sus hombros, de una paciencia insuperable, ofrecía a la adoración de todos los reinos el signo de salvación, como queriendo, con su mismo ejemplo, confortar a todos sus imitadores, diciéndoles: El que no toma su cruz y me sigue nos es digno de mí.

Como dice el Apóstol, nuestro cordero pascual Cristo, ha sido inmolado; él al ofrecerse a sí mismo al Padre como nuevo y verdadero sacrificio de reconciliación, fue crucificado, no en el templo, que había perdido ya su dignidad, ni dentro del recinto de la ciudad, que iba a ser demolida en castigo de su crimen, sino fuera del campamento; de este modo quedó abolido el misterio de los sacrificios antiguos, y una nueva víctima fue puesta sobre un nuevo altar, y la cruz de Cristo fue ara, no del templo, sino del mundo.

Al contemplar, pues amadísimos, a Cristo levantado en la cruz, no lo miremos con la misma perspectiva con que le veían los ojos de los impíos, a los cuales dijo Moisés: Tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, tendrás miedo de noche y de día, y ni de tu vida te sentirás seguro. Ellos, en efecto, no podían considerar en el Señor crucificado más que su propia acción perversa, y temían, no con aquel temor con que justifica la fe verdadera sino con aquel que atormenta a la mala conciencia. Hagamos que nuestra inteligencia, iluminada por el Espíritu de la verdad, reconozca un corazón puro y libre de la gloria de la cruz, que resplandece en cielo y tierra, y que con la mirada interior comprenda el sentido de aquello que dijo el Señor, refiriéndose a su pasión inminente: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Y más adelante: Padre, glorifica a tu Hijo; vino entonces una voz del cielo que decía: Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré, y Jesús dijo a los que estaban presentes: No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este será echado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré todas las cosas hacia mí.

¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella está el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del crucificado. Atrajiste hacia ti, Señor, todas las cosas y, al extender todo el día tus manos hacia un pueblo incrédulo y rebelde, todo el mundo aprendió a proclamar tu majestad.

Atrajiste hacia ti, Señor, todas las cosas, porque, al rasgarse el velo del templo, el santo de los santos se convirtió de figura en realidad, de profecía en manifestación, de ley en evangelio. Atrajiste hacia ti, Señor, todas las cosas, pues el culto bajo las sombras y figuras que se realizaba en el único templo judío le celebran ahora todas las naciones por doquier con un sacramento pleno y manifiesto.

Ahora, efectivamente, habiendo cesado la variedad de sacrificios carnales, la única oblación de tu cuerpo y sangre incluye toda la diversidad de víctimas, porque tú eres el verdadero Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, y, de este modo, llevas en ti a su plenitud todos los misterios, para que, así como hay un solo sacrificio que substituye a todas las víctimas, así también haya un solo reino formado por todos los pueblos.

RESPONSORIO

V. Cuando los judíos crucificaron a Jesús vinieron tinieblas y, a media tarde, Jesús gritó.| “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” | e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
R. Cuando los judíos crucificaron a Jesús vinieron tinieblas y, a media tarde, Jesús gritó.| “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” | e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

V. Jesús clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.”
R. Inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

V. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
R. Cuando los judíos crucificaron a Jesús vinieron tinieblas y, a media tarde, Jesús gritó.| “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” | e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Cánticos de la Vigilia

Ant. ¡Oh vosotros, * todos los que pasáis por el camino! Mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!

Lm 2, 13-19

¿Quién se te iguala, quien se te asemeja,
ciudad de Jerusalén?
¿A quién te  compararé para consolarte,
Sión, la doncella?
Inmensa como el mar es su desgracia:
¿quién podrá curarte?

Tus profetas te ofrecían visiones
falsas y engañosas;
y no te denunciaba tus culpas
para cambiar tu suerte,
sino que te anunciaban visiones
falsas y seductoras.

Los que van por el camino
se frotan las manos al verte,
silban y menean la cabeza
 contra la ciudad de Jerusalén:
“¿Es ésta la ciudad más hermosa,
la alegría de toda la tierra?”

Se burlaron a carcajadas de ti
todos tus enemigos,
silbaban y rechinaban los dientes,
diciendo: “La hemos arrasado;
éste es el día que esperábamos;
lo hemos conseguido y lo estamos viendo.”

El Señor ha realizado su designio,
ha cumplido la palabra
que había pronunciado hace tiempo:
ha destruido sin compasión;
ha exaltado el poder del adversario,
ha dado al enemigo el gozo de la victoria.

Grita con toda el alma al Señor,
laméntate, Sión;
derrama torrentes de lágrimas,
de día y de noche;
no te concedas reposo,
no descansen tus ojos.

Levántate y grita de noche,
al relevo de la guardia;
derrama como agua tu corazón
en presencia del Señor;
levanta hacia Él las manos
por la vida de tus niños,
desfallecidos de hambre en las encrucijadas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,  ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Lm 3, 1-12

Yo soy un hombre que ha probado
el dolor bajo la vara de su cólera,
porque me ha llevado y conducido
a las tinieblas y no a la luz;
está volviendo su mano todo el día
contra mí.

Me ha consumido la piel y la carne
y me ha roto los huesos;
en torno mí ha levantado un cerco
de veneno de amargura.

Me ha confiado en las tinieblas,
como a los muertos de antaño.
Me ha tapiado sin salida,
cargándose de cadenas;

Por más que grito: “Socorro”,
se hace sorda mi súplica;
me ha cerrado el paso con sillares,
y ha retorcido mis sendas.

Me está acechando como un oso
o como un león escondido;
me ha cerrado el camino para despedazarme 
y me ha dejado inerte;
tensa el arco
y me hace blanco de sus flechas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,  ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Lm 3, 13-24

Me ha clavado en las entrañas las flechas de su aljaba;
la gente se burla de mí,
me saca coplas todo el día;
me ha saciado de hieles,
abrevándome con ajenjo.

Mis dientes rechinan mordiendo guijas,
y me revuelco en el polvo;
me han arrancado la paz,
ni me acuerdo de la dicha;
me digo: “Se me acabaron las fuerza
y mi esperanza en el Señor.”

Fíjate en mi aflicción y en mi amargura,
en la hiel que me envenena;
no hago más que pensar en ello,
y estoy abatido.

Pero hay algo que traigo a la memoria
y me da esperanza:
que la misericordia del Señor no termina
y no se acaba su compasión;
antes bien, se renuevan cada mañana:
¡qué grande es tu felicidad!
El Señor es mi lote,
me digo, y espero en Él.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio,  ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Oh vosotros, * todos los que pasáis por el camino! Mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos Mc 15,1-41

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín
en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó: -“¿Eres tú el rey de los judíos?”
Él respondió: -“Tú lo dices.”
Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo: –
“¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.”
Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía
soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los
revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a
pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó: -“¿Queréis que os suelte el rey de los
judíos?”

Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos
sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó
de nuevo la palabra y les preguntó: -“¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?”
Ellos gritaron de nuevo: -“Crucifícalo.”
Pilato les dijo: -“Pues ¿qué mal ha hecho?”
Ellos gritaron más fuete: -“Crucifícalo.”
Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de
azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados se lo llevaron al interior del palacio- al pretorio- y reunieron a toda la
compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían
trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: -“¡Salve, rey de los judíos!”
Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se
postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo
sacaron para crucificarlo.
Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de
Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar
de “la Calavera”), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y
se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. En el
letrero de la acusación estaba escrito. “El rey de los judíos.” Crucificaron con él a dos
bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Los que pasaban lo injuriaban,
meneando la cabeza y diciendo: -“¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías
en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.”
Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
–“A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel,
baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.”
También los que estaban crucificados con él lo insultaban.
Al llegar al mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la
media tarde, Jesús clamó con voz potente:
-“Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.” (Que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?”)
Algunos de los presentes, al oírlo, decían: -“Mira, está llamando a Elías.”
Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le
daba de beber, diciendo: -“Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.”
Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que esta enfrente, al
ver cómo había expirado, dijo: -“Realmente este hombre era Hijo de Dios.”
Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas, María Magdalena,
María la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que, cuando él estaba en
Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Laudes

Salmodia

Ant. 1. Dios * no perdonó a su propio hijo, si no que lo entregó a la muerte por todos nosotros.

Salmo 50

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,† por tu inmensa compasión borra mi culpa; * Lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, * tengo siempre presente mi pecado:

Contra ti, contra ti solo pequé, * cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón, * en el juicio resultarás inocente.

Mira, en la culpa nací, * pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero, *
y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; * lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría, * que se alegren mis hueso quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista, *borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, * renuévame por dentro con espíritu firme;

No me arrojes lejos de tu rostro, * no me quites tu santo espíritu.

Devuélvemela alegría de tu salvación, * afiánzame con espíritu generoso:

Enseñaré a los malvados tus caminos, * los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios, † Dios, salvador mío,* y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios, *
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen: *
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; † un corazón quebrantado y humillado, * tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,* reconstruye las murallas de Jerusalén:

Entonces aceptarás los sacrificios rituales, † ofrendas y holocaustos, *
sobre tu altar se inmolarán novillos.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios no perdonó a su propio hijo, si no que lo entregó a la muerte por todos nosotros.

Ant. 2. Jesucristo * nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados por su sangre.

Cántico: Habacuc 3, 2-4. 13a. 15-19

Señor, he oído tu fama, * me ha impresionado tu obra.

En medio de los años, realízala; †
en medio de los años, manifiéstala; *
en el terremoto, acuérdate de la misericordia.

El Señor viene de Temán; * el Santo, del monte Farán:

Su resplandor eclipsa el cielo, * la tierra se llena de alabanza;

Su brillo es como el día, * su mano velando el poder .


Sales a salvar a tu pueblo,* a salvar a tu ungido;

Pisas el mar con tus caballos, * revolviendo las aguas del océano.

Lo escuché y temblaron mis entrañas,* al oírlo se estremecieron mis labios;

Me entró un escalofrío por los huesos, * vacilaban mis piernas al andar,

Tranquilo espero el día de angustia*
que sobreviene al pueblo que nos oprime.

Aunque la higuera no echa yemas* y las viñas no tienen fruto,

Aunque el olivo olvida su aceituna* y los campos no dan cosechas,

Aunque se acaban las ovejas del redil * y no quedan vacas en el establo,

Yo exultaré con el Señor, * me gloriaré en Dios, mi salvador.

El Señor soberano es mi fuerza, † él me da piernas de gacela *y me hace caminar por las alturas.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesucristo nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados por su sangre.

Ant. 3. Tu cruz * adoramos Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos; | por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

Salmo 147

Glorifica al Señor, Jerusalén; * alaba a tu Dios, Sion:

Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,* y ha bendecido a tus hijos dentro de ti ;

ha puesto paz en tus fronteras, * te sacia con flor de harina.

El envía su mensaje a la tierra, * y su palabra corre veloz;

manda la nieve como lana, * esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas* y con el frío congela las aguas;

envía una orden, y se derriten; * sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob, * sus decretos y mandatos a Israel;

Con ninguna nación obró así, * ni les dio a conocer sus mandatos.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tu cruz adoramos Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos; por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

Lectura breve Is 52, 13-15

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito.

Responsorio

De rodillas:

Ant. Cristo, por nosotros se sometió incluso a la muerte y una muerte de cruz.

Cántico evangélico

Ant. Fijaron encima de su cabeza un letrero indicando el motivo de su condenación: “Este es Jesús, el rey de los judíos”.

Cántico: Lucas 1, 67-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, * porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación * en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo * por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos * y de la mano de todos los que nos odian;

Ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres, + recordando su santa alianza, * y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos, que libres de temor,* arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos en santidad y justicia, * en su presencia todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán, profeta del Altísimo, † porque irás delante del Señor * a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación, * el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, * nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla * y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos * por el camino de la paz.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * Y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Fijaron encima de su cabeza un letrero indicando el motivo de su condenación: “Este es Jesús, el rey de los judíos”.

Preces

Adoremos a nuestro Redentor, que por nosotros y por todos los hombres quiso morir ser sepultado para resucitar de entre los muertos, y supliquemos diciendo:

Señor, ten piedad de nosotros.

Señor y Maestro nuestro, que por nosotros te sometiste incluso a muerte,
‒ enséñanos a someternos siempre a la voluntad del Padre.

Tú que, siendo nuestra vida, quisiste morir en la cruz para destruir la muerte y todo su poder,

‒ haz que contigo sepamos morir también al pecado y resucitemos contigo a una vida nueva.

Rey nuestro, que como un gusano fuiste el desprecio del pueblo y vergüenza de la gente,

‒ haz que tu Iglesia no se acobarde ante la humillación, sino que, como tú, proclame en toda circunstancia el honor del Padre.

Salvador de todos los hombres, que diste tu vida por los hermano;
‒ enséñanos a amarnos mutuamente con amor semejante al tuyo

Tú que al ser elevado en la cruz atrajiste hacia ti a todos los hombres,
‒ reúne en tu reino a todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.

Padre nuestro.

Oración

Mira, Señor de bondad, a tu familia santa, | por la cual Jesucristo, nuestro Señor, aceptó el tormento de la cruz, | entregándose a sus propios enemigos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, | que contigo vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, | por los siglos de los siglos.
R. Amen

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.


V. La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo descienda sobre vosotros.

R. Amen

V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.



Sábado Santo

Invocación inicial

V. Señor abre + mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Invitatorio

Ant. A Cristo, * el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Se repite la antífona.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Se repite la antífona.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Se repite la antífona.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Mása en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Se repite la antífona.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»

Se repite la antífona.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo, *
y al Espíritu Santo.

Himno

Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana; |
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa: |
la Vida espera dormida,
La Iglesia aguarda.

Llegad al jardín creyentes,
tened en silencio el alma: |
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas: |
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas; |
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén.

Salmodia

Ant. 1. En paz * me acuesto y duermo tranquilo.

Salmo 4

Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío; † tú que en el aprieto me diste anchura, * ten piedad de mí y escucha mi oración.

Y vosotros, ¿ hasta cuándo ultrajaréis mi honor, * amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?

Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor, * y el Señor me escuchará cuando lo invoque

Temblad y no pequéis, reflexionad * en el silencio de vuestro lecho.

Ofreced sacrificios legítimos * y confiad en el Señor.

Hay muchos que dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha, * Si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”

Pero tú Señor, has puesto en mi corazón más alegría* que si abundara en trigo y vino.

En paz me acuesto y en seguida me duermo, * porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * Y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En paz me acuesto y duermo tranquilo.

Ant. 2. Mi carne descansa serena.

Salmo 15

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti* Yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”

Los dioses y señores de la tierra * no me satisfacen.

Multiplican las estatuas * de dioses extraños;

no derramaré sus libaciones con mis manos,* ni tomaré su nombre en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; * mi suerte está en tu mano:

me ha tocado un lote hermoso, * me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que aconseja,* hasta de noche me instruye internamente.

Tengo siempre presente al Señor, * con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se alegra el corazón, † se gozan mis entrañas, * y mi carne descansa serena.

Porque no me entregarás a la muerte, * ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, † me saciarás de gozo en tu presencia, * de alegría perpetua a tu derecha.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mi carne descansa serena.

Ant. 3. Levantaos, * puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.

Salmo 23

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, * el orbe y todos sus habitantes:

El la fundó sobre los mares, * él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? * ¿Quién puede estar el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes * y puro corazón,

que no confia en los ídolos * ni jura contra el prójimo en falso.

Ése recibirá la bendición del Señor, * le hará justicia el Dios de salvación.

Éste es el grupo que busca al Señor, * que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles, † que se alcen las antiguas compuertas:* va a entrar el Rey de la gloria.

Quién es ese Rey de la gloria? † El Señor, héroe valeroso;* el Señor héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles, † que se alcen las antiguas compuertas:* va a entrar el Rey de la gloria.

Quién es ese Rey de la gloria? † El Señor, Dios de los ejércitos. * Él es el Rey de la gloria.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Levantaos, puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.

Versículo antes de la lecturas

V. Defiende mi causa y rescátame.
R. Con tu promesa dame vida.

Primera lectura

De la Carta a los hebreos. 4, 1-13
Empeñémonos en el descanso del Señor

Hermanos: Temamos, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros crea que ha perdido la oportunidad. También nosotros hemos recibido la buena noticia, igual que los que salieron de Egipto por obra de Moisés; pero el mensaje que oyeron de nada les sirvió, porque no se adhirieron por la fe a los que lo habían escuchado. En efecto, entramos en el descanso los creyentes, de acuerdo con lo dicho: ” He jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso”, y eso que sus obras estaban terminadas desde la creación del mundo. Acerca del día séptimo se dijo: “Y descansó Dios el día séptimo de todo el trabajo que había hecho.” En nuestro pasaje añade: “No entrarán en mi descanso.”

Ya que, según esto, quedan alguno por entrar en él, y los primeros que recibieron la buena noticia no entraron por su rebeldía, Dios señala otro día, ” hoy”, al decir, mucho tiempo después, por boca de David, lo antes citado: ” si escucháis hoy su voz, no endurezcáis el corazón.”

Claro que, si Josué les hubiera dado el descanso, no habría hablado Dios de otro día después de aquello; por consiguiente, un tiempo de descanso queda todavía para el pueblo de Dios, pues el que entra en su descanso descansa, él también de sus tareas, como Dios de las suyas. Empeñémonos, por tanto, en entrar en aquel descanso, para que nadie caiga, siguiendo aquel ejemplo de rebeldía.

Además, la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

RESPONSORIO  

V. Ya me cuentan con los que bajan a la fosa. Soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos.
R. Ya me cuentan con los que bajan a la fosa. Soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos.

V. Me han colocado en lo hondo de la fosa en las tinieblas del fondo. 
R. Soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos.

V. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
R. Ya me cuentan con los que bajan a la fosa. Soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos.

Segunda lectura

De una antigua homilía sobre el santo y grandioso Sábado. (PG. 43, 454-455. 458)
El descenso del Señor a la región de los muertos.

Cristo Dios pensó que no era equitativo que se beneficiaran de su misericordia únicamente sus contemporáneos y los que vendrían después, sino que habían de hacerlo también aquellos que antes de su venida estaban retenidos en la región de los muertos y yacían sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte. En consecuencia, el Verbo divino, a los hombres que aún vivían en la carne, los visitó por medio de su carne animada, pero, a las almas liberadas del cuerpo, se les apareció en la región de los muertos por medio de su alma divina y purísima, separada del cuerpo pero no de la divinidad. Apresurémonos, pues, y vayamos allí con el pensamiento a la región de los muertos, para ver allí cómo finalmente vence, con su gran fuerza, al vigoroso y poderoso tirano, y cómo, junto con todo el pueblo puesto como un ejército en orden de batalla, fulmina y somete sin armas a aquellas inmortales tropas dispuestas en hileras: cuando sin necesidad de puertas hace desaparecer las puertas, y con el madero de la cruz de Cristo, que es la puerta, rompe unas puertas que no son de madera, y con sus divinos clavos destroza y quiebra las puertas eternas; cuando con las ataduras de sus manos divinas disuelve como cera las cadenas indisolubles. También con la lanza de su divino costado, él, desprovisto de la carne, perforó el corazón del tirano. Allí quebró la fuerza de los arcos, cuando en la cruz, como en un arco, extendió las cuerdas de sus divinas manos. Por lo cual, si en silencio sigues a Cristo, pronto verás donde ha ligado al tirano y donde ha colgado su cabeza; cómo ha abierto la cárcel; cómo ha hecho salir a los que estaban encarcelados, de qué manera ha pisoteado a la serpiente y dónde ha colgado su cabeza; cómo ha declarado libre a Adán; cómo ha hecho levantar a Eva; de qué modo ha derribado el muro de separación; cómo ha condenado al cruel dragón; cómo ha extendido sus trofeos invictos; dónde ha hecho morir a la muerte con su propia muerte, y de qué manera ha hecho que se corrompiera la corrupción y ha restituido al hombre a su dignidad original.

Ayer de conformidad con el plan divino, rehusaba las legiones de ángeles y decía a Pedro: ¿Piensas tú que no puedo disponer enseguida de más de doce legiones de ángeles? Hoy, en cambio, baja a la región de los muertos de una manera propia de Dios, y con una actitud batalladora y en calidad de Señor, y vence a la muerte y a aquel que tiraniza a través de la muerte. Lo acompañan, no doce legiones inmortales de unos ejércitos incorpóreos y de un séquito invisible, sino miles de millones y miríadas de miríadas de los ejércitos celestiales de ángeles, arcángeles, Potestades, Tronos, sin trono, dotados de seis alas, carentes de alas, los que tienen muchos ojos y los que no tienen ninguno. Lo acompañan como a su propio rey y Señor, en solemne comitiva y multitudinario séquito, tributando a Cristo el honor que le es debido; no como ayudantes, ni pensarlo. ¿Para qué necesita su ayuda Cristo omnipotente? Hacen lo que constituye por igual su deber y su placer, asistir continuamente a Cristo, su Dios, como escuderos de su séquito, cubiertos con pesada armadura, y como ilustres mensajeros divinos de aquel que empuña el cetro, anticipándose mutuamente, con la máxima diligencia y con celeridad divina, a la menor seña del cetro del rey y Señor, cumpliendo al instante sus órdenes, y coronados con la victoria sobre las formaciones de los enemigos malignos. Por esto descendían ellos también, corriendo en tropel junto con su Dios y Señor hacia las profundidades de la tierra, las profundidades más hondas, donde los muertos han tenido siempre su mansión tenebrosa, cuando Cristo, con su poder, hacía salir a los que estaban encadenados desde siglos. Así pues, cuando la resplandeciente llegada del Señor, junto con el pueblo santo, llenó las cárceles, habitáculos, escondrijos y cavernas, cerrados por todas partes, privados de toda luz solar y sumergidos en las tinieblas sempiternas de las profundidades, se avanzó a todos Gabriel, capitán de todo el ejército, en cuanto que acostumbrado a llevar a los hombres los mensajes venturosos y alegres y, con voz potente y terrible, cual conviene al orden de los arcángeles y al jefe del ejército, hizo retumbar contra los poderes adversos una orden perentoria: ¡Portones! Alzad los dinteles. Se le une la voz de Miguel, que grita: Que se abran las antiguas compuertas. Luego las Virtudes angélicas dicen: “Apartaos, porteros deleznables”; a continuación las Potestades, con gran fuerza y poder: “desmenuzaos, cadenas indisolubles”; y otro: “Llenaos de vergüenza y de confusión, enemigos hostiles”; y otro: “Temed, malvados tiranos”.

Responsorio

V. Ya me cuentan con los que bajan a la fosa. Soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos.
R. Ya me cuentan con los que bajan a la fosa. Soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos.

V. Me han colocado en o hondo de la fosa en la tinieblas del fondo.
R. Soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos.

V. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
R. Ya me cuentan con los que bajan a la fosa. Soy como un inválido, tengo mi cama entre los muertos.

Cánticos de la Vigilia

Ant. En mi aflicción, * clamé al Señor desde el vientre del abismo y me atendió.

 Lm 3, 25-29

El Señor es bueno para los que en él esperan
y lo buscan;
es bueno esperar en silencio
la salvación del Señor;
le irá bien al hombre
si carga con el yugo desde joven.

Que se esté solo y callado
cuando la desgracia descargue sobre él;
que pegue la boca al polvo,
quizá quede esperanza;
que entregue la mejilla a quien le hiere
y se sacie de oprobios.

Porque el Señor no rechaza para siempre;
aunque aflige,
se compadece con gran misericordia,
porque no goza afligiendo
o apenando a los hombres.

Aplastar bajo los pies
a todos los prisioneros de la tierra,
negar su derecho al pobre,
en presencia del Altísimo,
defraudar a alguien en un proceso:
eso no lo aprueba el Señor.

¿Quién mandó que sucediera
si no fue el Señor?;
¿no es el Señor quien dispone
que suceda el bien y el mal?;
¿por qué se ha de dejar de su desgracia el
hombre mientras vive?

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Lm 3, 40-42. 49-60

Examinemos y revisemos nuestra conducta
y volvamos al Señor,
levantemos con las manos
el corazón al Dios del cielo;
nosotros nos hemos rebelado pecando,
y Tú nos has perdonado.

Mis ojos se diluyen
sin cesar y sin descanso,
hasta que el Señor desde el cielo
se asome y me vea;
me duelen los ojos de llorar
para las jóvenes de la ciudad.

Los que me odian sin razón
me han dado caza, como un pájaro;
me han echado vivo al pozo
y me han arrojado piedras;
se cierran aguas sobre mi cabeza,
y pienso: “Estoy perdido.”

Invoqué tu nombre, Señor,
de lo honde de la fosa:
oye mi voz, no cierres el oído
a mis gritos de auxilio;

Tú te acercaste cuando te llamé
y me dijiste: “No temas.”
Te encargaste de defender mi causa
y de salvar mi vida,
has visto que padezco injusticia,
 juzga mi causa;
has visto la venganza
que traman contra mí.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Lm 5, 1-7. 13-21

Recuerda, Señor, lo que nos ha pasado;
mira y fíjate en nuestras afrentas.
Nuestra heredad ha pasado a los bárbaros;
nuestras casas a extranjeros.

Hemos quedado huérfanos de padre,
y nuestras madres han quedado viudas.
Tenemos que comprar el agua que bebemos
y pagar la leña que llevamos.

Nos empujan con un jugo al cuello,
nos fatigan sin darnos descanso.
Hemos pactado con Egipto y Asiria
para saciarnos de pan.

Nuestros padres pecaron y ya no viven,
y nosotros cargamos con sus culpas.
Forzaron a los jóvenes a mover el molino,
y los muchachos sucumbían bajo cargas de leña.

Los ancianos ya no se sientas a la puerta,
los jóvenes ya no cantan;
ha cesado el gozo del corazón,
las danzas se han vueltos duelo;
se nos ha caído la corona de la cabeza.

¡Ay de nosotros, que hemos pecado!
Por eso, está enfermo nuestro corazón
y se nos nublan los ojos,
porque el monte Sión está desolado
y los zorros se pasean por él.

Pero Tú, Señor, eres rey por siempre;
 tu trono dura de edad en edad.
¿Por qé te olvidas siempre de nosotros
y nos tienes abandonados por tanto tiempo?

Señor tráenos hacia ti para que volvamos,
renueva los tiempos pasados.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En mi aflicción, clamé al Señor desde el vientre del abismo y me atendió.

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 15,42-47
Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, noble senador, que también aguardaba el reino de Dios; armándose de valor, se presentó ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó que hubiera muerto ya; y llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había
muerto. Informado por el centurión, concedió el cadáver a José.

Éste compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, escavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de José observaban dónde lo ponían.

Laudes

Salmodia

Ant. 1. Harán * llanto como llanto por el hijo único, porque siendo inocente fue muerto el Señor.

Salmo 63

Escucha, oh Dios, la voz de mi lamento,* protege del terrible enemigo.

Escóndeme de la conjura de los perversos * y del motín de los malhechores:

Afilan sus lenguas como espadas * y disparan como flechas palabras venenosas,

Para herir a escondidas al inocente, * para herirlo por sorpresa y sin riesgo.

Se animan al delito, † calculan como esconder trampas,* y dicen. “¿Quién lo descubrirá?

Inventan maldades y ocultan sus invenciones, * porque su mente y su corazón no tienen fondo.

Pero Dios los acribilla a flechazos, * por sorpresa los cubre de heridas;

Su misma lengua los lleva a la ruina, * y los que lo ven menean la cabeza.

Todo el mundo se atemoriza, † proclama la obra de Dios * y medita sus acciones.

El justo se alegra con el Señor, † se refugia en él. * y se felicitan los rectos de corazón.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Harán llanto como llanto por el hijo único, porque siendo inocente fue muerto el Señor.

Ant. 2. Líbrame, * Señor, de las puertas del abismo.

Cántico: Isaías 38, 10- 14. 17-20

Yo pensé: “En medio de mis días † tengo que marchar hacia las puertas del abismo;* me privan del resto de mis años.

Yo pensé: “Ya no veré más al Señor * en la tierra de los vivos.

Ya no miraré a los hombres * entre los habitantes del mundo.

Levantan y enrollan mi vida * como una tienda de pastores.

Como un tejedor, devanaba yo mi vida, * y me cortan la trama.

Día y noche me estás acabando, * sollozo hasta el amanecer.

Me quiebran los huesos como un león, * día y noche me estás acabando.

Estoy piando como una golondrina, * gimo como una paloma.

Mis ojos mirando al cielo se consumen: * ¡Señor, que me oprimen, sal fiador por mí!

Me has curado, me has hecho revivir, * la amargura se me volvió paz

Cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía* y volviste la espalda a todos mi pecados.

El abismo no te da gracias, * ni la muerte te alaba,

ni esperan en tu fidelidad * los que bajan a la fosa.

Los vivos, los vivos son quienes te alaban: † como yo ahora. *El padre enseña a sus hijos tu fidelidad.

Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas * todos nuestros días en la casa del Señor.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Líbrame, Señor, de las puertas del abismo.

Ant. 3. Estaba muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del hades.

Salmo 150

Alabad al Señor en su templo, * alabadlo en su fuerte firmamento

Alabadlo por su obras magníficas, * alabadlo por su inmensa grandeza.

Alabadlo tocando trompetas, * alabadlo con arpas y cítaras.

Alabadlo con tambores y danzas, * alabadlo con trompas y flautas.

Alabadlo con platillos sonoros, *alabadlo con platillos vibrantes.

Todo ser que alienta, * alabe al Señor.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Estaba muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del hades.

Lectura breve Os. 6, 1-3a

 Así dice el Señor: “En su aflicción madrugarán para buscarme y dirán: “Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará; y viviremos delante de él.”

Responsorio

De rodillas:

Ant. Cristo, por nosotros se sometió incluso a la muerte y una muerte de cruz. | Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”.

Cántico evangélico

Ant. Salvador * del mundo, sálvanos; | tú que con tu cruz y tu sangre nos redimiste, socórrenos, Dios nuestro.

Cántico: Lucas 1, 67-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, * porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación * en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo * por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos * y de la mano de todos los que nos odian;

Ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres, + recordando su santa alianza, * y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos, que libres de temor,* arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos en santidad y justicia, * en su presencia todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán, profeta del Altísimo, † porque irás delante del Señor * a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación, * el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, * nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla * y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos * por el camino de la paz.

‡ Gloria al Padre, y al Hijo * Y al Espíritu Santo.

Como era en el principio ahora y siempre * por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Salvador * del mundo, sálvanos; | tú que con tu cruz y tu sangre nos redimiste, socórrenos, Dios nuestro.

Preces

Adoremos a nuestro Redentor, que por nosotros y por todos los hombres quiso morir ser sepultado para resucitar de entre los muertos, y supliquémosle, diciendo:

Señor, ten piedad de nosotros.

Oh Señor, que junto a tu cruz y a tu sepulcro tuviste a tu Madre dolorosa que participó en tu aflicción,
‒haz que tu pueblo sepa también participar en tu pasión.

Señor Jesús, que como grano de trigo caíste en la tierra para morir y dar con ello fruto abundante,
‒ haz que también nosotros sepamos morir al pecado y vivir para Dios.

Oh Pastor de la Iglesia, que quisiste ocultarte en el sepulcro para dar la vida a los hombres,
‒ haz que nosotros sepamos también vivir escondidos contigo en Dios.

Nuevo Adán, que, quisiste bajar al reino de la muerte para librar a los justos que, desde el origen del mundo, estaban sepultados allí,

‒ haz que todos los hombres, muertos al pecado, escuchen tu voz y vivan.

Cristo, Hijo del Dios vivo, que has querido que por el bautismo fuéramos sepultados contigo en la muerte,
‒ haz que, siguiéndote a ti, caminemos también nosotros en una vida nueva.

Padre nuestro.

Oración

Señor todopoderoso, cuyo Unigénito descendió al lugar de los muertos y salió victorioso del sepulcro, | te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el bautismo, | resucitar también con él a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, | que contigo vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios,  | por los siglos de los siglos.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

V. La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo descienda sobre vosotros.
R. Amen

V. Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.

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