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Este ejercicio devoto ha sido compuesto por San Alfonso María de Ligorio para la novena de la conmemoración de los difuntos, en sufragio de las ánimas del purgatorio. Esfuércense, pues, todos los fieles en aliviar y librar a aquéllas benditas almas del purgatorio con Misas, limosnas, o al menos con sus oraciones e indulgencias ganadas.

La devoción hacia las ánimas del purgatorio, rogando a Dios por ellas a fin de que las alivie en las grandes penas que padecen, y las lleve pronto a su gloria, es muy agradable al Señor y a la vez muy útil para nosotros. Porque aquellas benditas ánimas son sus eternas esposas, y además muy agradecidas hacia los que les obtienen su libertad de aquella cárcel, o al menos algún alivio en sus tormentos, por lo que reunidas que se hallen una vez en el cielo, no se olvidarán ciertamente de los que hubieren rogado por ellas. Y se cree piadosamente que Dios les manifiesta nuestras oraciones, a fin de que rueguen por nosotros aun antes de salir del purgatorio.

Es verdad que aquellas benditas almas no están en estado de rogar por sí mismas (los ruegos solo son útiles por nosotros mismos en la Iglesia Militante), porque están allí como reas satisfaciendo por sus culpas; con todo siendo como son muy amadas de Dios, pueden muy bien rogar por nosotros y obtenernos gracias. Santa Catalina de Bolonia, cuando deseaba obtener alguna gracia, recurría a las ánimas del purgatorio, y al momento era oída, y afirmaba que había obtenido por medio de las ánimas del purgatorio muchas gracias que no había podido obtener recurriendo a los Santos levantados a los altares por la iglesia. Por lo demás, son innumerables las gracias que los devotos refieren haber recibido por medio de estas santas almas.

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Mas si nosotros buscamos y queremos el socorro de sus oraciones, es justo y aún también es un deber que les socorramos con las nuestras. Es un deber, puesto que la caridad cristiana exige que socorramos a los prójimos necesitados de nuestra ayuda. ¿Y qué prójimos están en tanta necesidad de socorro como aquellas santas almas prisioneras? Ellas están continuamente en aquel fuego que atormenta mucho más que el fuego de esta tierra; además, están privadas de la vista de Dios, pena que les aflige mucho más que las demás. Pensemos que es muy posible que sufran allí todavía las almas de nuestros progenitores, o hermanos, parientes, bienhechores, y amigos que esperan nuestros socorros; pensemos que aquellas almas que no pueden ayudarse por sí mismas, puesto que están en el estado de deudoras por sus faltas.

Este pensamiento debe inflamarnos en gran manera a aliviarlas cuanto podamos. Y en esto no solo daremos gran gusto a Dios, sino que adquiriremos grandes méritos, y aquellas benditas almas no dejarán de obtenernos muchas gracias de Dios y en especial la salvación eterna. Una alma liberada del purgatorio por los sufragios recibidos de algún devoto, llegada que sea al cielo, estará siempre diciendo a Dios: «Señor, no permitáis que se pierda aquél que me ha libertado de las prisiones del purgatorio y me ha hecho venir más pronto a gozar de vos».


Novena a las ánimas del purgatorio

Parte para todos los días

Recomendemos a Jesucristo y a su Santa Madre todas las ánimas del purgatorio, y especialmente las de nuestros padres, bienhechores, amigos y enemigos y más particularmente las de aquellos por los que estemos obligados a orar, y ofrezcamos a Dios en su sufragio las siguientes oraciones, considerando las grandes penas que padecen aquellas santas esposas de Jesucristo.

Día primero

Muchas son las penas que padecen aquellas benditas ánimas: pero la mayor es el pensamiento de que con los pecados cometidos en la vida han sido la causa de los dolores que sufren.
¡Oh, Salvador Jesús mío, cuántas veces he merecido yo el infierno, cual sería ahora mi pena si me hubiera condenado, en pensar que yo mismo me había causado mi condenación! Os doy gracias por la paciencia que habéis tenido conmigo. Dios mío, porque sois bondad infinita, os amo sobre todas las cosas, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido. Quisiera morir antes que volveros a ofender. Dadme la santa perseverancia, tened piedad de mí, y tened piedad también de aquellas benditas ánimas que arden en el purgatorio. María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Día segundo

La otra pena que aflige mucho a aquellas benditas ánimas es el tiempo perdido en esta vida, en la que podían haber ganado más méritos para el cielo, y el pensamiento de que ya no pueden remediar esta pérdida, porque concluido el tiempo de la vida se concluye también el tiempo de merecer.

¡Ah, pobre de mí, oh Señor, que en tantos años que vivo en este tierra no he adquirido más méritos que para el infierno! Os doy gracias porque me dais todavía tiempo para remediar el mal hecho. Me arrepiento, oh Dios tan bueno, de haberos disgustado, dadme vuestra ayuda a fin de que emplee únicamente en serviros y amaros la vida que me queda; tened piedad de mí, y tenedla también de aquellas santas ánimas que arden en el fuego purificador del purgatorio. ¡Oh, María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones!

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Día tercero

Otra gran pena atormenta aquellas benditas ánimas, y es la vista espantosa de sus pecados que están pagando. Al presente en esta vida no se conoce la fealdad de los pecados, pero sí en la otra, y esta es una de las mayores penas que padecen las ánimas del purgatorio.

¡Oh, Dios mío, porque sois bondad infinita, os amo sobre todas las cosas, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido! Os suplico que me muera antes que ofenderos. Dadme la santa perseverancia, tened piedad de mí, y tened piedad también de aquellas benditas ánimas que arden en el purgatorio. María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Día cuarto

La pena que también aflige más a aquellas ánimas, esposas de Jesucristo, es el pensar que mientras vivían disgustaron con sus culpas a aquel Dios que tanto aman. Algunos penitentes aún en este mundo han llegado a morir de dolor por pensar que habían ofendido a un Dios tan bueno. Las ánimas del purgatorio conocen mucho más que nosotros cuán amable es Dios, y lo aman con todas sus fuerzas, por lo mismo considerando que lo han disgustado en esta vida, experimentan un dolor que excede todo dolor.

¡Oh, Dios mío, porque sois bondad infinita, os amo sobre todas las cosas, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido! Os suplico que me muera antes que ofenderos. Dadme la santa perseverancia, tened piedad de mí, y tened piedad también de aquellas benditas ánimas que arden en el purgatorio. María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Día quinto

Otra de las grandes penas de aquellas benditas ánimas es estar en aquel fuego para padecer, sin saber cuándo acabarán sus tormentos. Saben si ciertamente, que llegará el día en que se verán libres de ellos, pero la incertidumbre del tiempo que pondrá fin a su padecer es por lo mismo un tormento muy grande.

¡Miserable de mí, oh Señor, si me hubiérais arrojado al infierno! Allí estaría cierto de no salir jamás de aquella cárcel de tormentos. Os amo sobre todas las cosas, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido! Os suplico que me muera antes que ofenderos. Dadme la santa perseverancia, tened piedad de mí, y tened piedad también de aquellas benditas ánimas que arden en el purgatorio. María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Día sexto

¡Cuánto aquellas benditas ánimas son consoladas con la memoria de la pasión de Jesucristo y del Santísimo Sacramento del altar!, puesto que se han salvado por medio de la pasión, y han recibido y reciben tantas gracias por las comuniones y misas, otro tanto son atormentadas con el pensamiento de haber sido ingratas en su vida a estos grandes beneficios del amor de Jesucristo.

¡Oh, Dios mío, vos que habéis muerto por mí y que tantas veces me habéis sido dado en la santa comunión, y yo siempre os he pagado con ingratitud! Mas ahora os amo sobre todas las cosas, oh sumo bien mío, y siento más que todo mal el haberos ofendido. Os suplico que me muera antes que ofenderos. Dadme la santa perseverancia, tened piedad de mí, y tened piedad también de aquellas benditas ánimas que arden en el purgatorio. María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Día séptimo

Acrecientan además la pena de aquellas benditas ánimas todos los beneficios particulares recibidos de Dios, como el haber sido hechas cristianas, el haber nacido en un país católico, el haber sido esperadas a penitencia, el haber obtenido perdón de sus pecados; sí, porque todos les hacen conocer claramente la ingratitud que han tenido con Dios.

Oh, Señor, ¿quién más ingrato que yo? ¡Vos me habéis esperado con tanta paciencia, tantas veces me habéis perdonado con tanto amor, y yo después de tantas promesas os he vuelto a ofender! Ah, no me arrojéis al infierno, quiero amaros, y en el infierno no os podría amar. Me arrepiento, bondad infinita, de haberos ofendido: os suplico que me muera antes que volver a ofenderos. Dadme la santa perseverancia, tened piedad de mí, y tened piedad también de aquellas benditas ánimas que arden en el purgatorio. María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Día octavo

Además es una pena muy amarga para aquellas ánimas benditas el pensar que Dios ha usado con ellas en su vida de tan especiales misericordias que no ha hecho en otras; al paso que ellas con sus pecados le obligaron a aborrecerlas y condenarlas al infierno, bien que después por su misericordia las haya perdonado y salvado.

Aquí estoy, Dios mío: yo soy uno de esos ingratos, que después de haber recibido de vos tantas gracias, he despreciado vuestro amor, y os he forzado a condenarme en el infierno. Bondad infinita, ahora os amo sobre todas las cosas, y me arrepiento con toda mi alma de haberos ofendido; os suplico que me muera antes que volver a ofenderos. Dadme la santa perseverancia, tened piedad de mí, y tened piedad también de aquellas benditas ánimas que arden en el purgatorio. María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Día noveno

Grandes son en suma todas las penas de aquellas benditas ánimas: el fuego, el tedio, la oscuridad, y la incertidumbre del tiempo en que se verán libertadas de aquella cárcel; más entre todas las penas de aquellas santas esposas, la mayor es estar alejadas de su esposo, y privadas de su vista.

¡Oh, Dios mío!, ¿cómo he podido yo vivir tantos años alejado de vos y privado de vuestra gracia? Bondad infinita, os amo sobre todas las cosas, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido, os suplico que me muera antes que ofenderos. Dadme la santa perseverancia, y no permitáis que vuelva a verme otra vez en vuestra desgracia. Tened, os ruego, piedad de mí, y tened piedad también de aquellas benditas ánimas del purgatorio, aliviadlas en sus penas y abreviar el tiempo de su destierro, llamándolas pronto a amaros en el cielo cara a cara. Oh, María, madre de Dios, socorredlas con vuestras poderosas oraciones, y rogad también por nosotros que estamos todavía en peligro de condenarnos.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Aquellas hijas y esposas,
que son tan atormentadas,
oh, Jesús, y tan amadas,
consoladlas, por piedad.

Oraciones a Jesucristo
Oraciones a Cristo para aquellas ánimas santas por los dolores que él padeció en su pasión

¡Oh dulcísimo Jesús!, por el sudor de sangre que padeciste en el huerto de Getsemaní, tened piedad de aquellas benditas ánimas del purgatorio.
R/ Tener piedad, Señor, tened piedad.

¡Oh dulcísimo Jesús!, por los dolores que sufriste en vuestra cruelísima flagelación, tened piedad de aquellas benditas ánimas del purgatorio.
R/ Tener piedad, Señor, tened piedad.

¡Oh dulcísimo Jesús!, por los dolores que padeciste en vuestra dolorísima coronación de espinas, tened piedad de aquellas benditas ánimas del purgatorio.
R/ Tener piedad, Señor, tened piedad.

¡Oh dulcísimo Jesús!, por los dolores que sufriste llevando la cruz al calvario, tened piedad de aquellas benditas ánimas del purgatorio.
R/ Tener piedad, Señor, tened piedad.

¡Oh dulcísimo Jesús!, por los dolores que sufriste en vuestra cruelísima crucifixión, tened piedad de aquellas benditas ánimas del purgatorio.
R/ Tener piedad, Señor, tened piedad.

¡Oh dulcísimo Jesús!, por los dolores que sufriste en la amarguísima agonía que padeciste en la cruz, tened piedad de aquellas benditas ánimas del purgatorio.
R/ Tener piedad, Señor, tened piedad.

¡Oh dulcísimo Jesús!, por el dolor inmenso que sufriste cuando espiró vuestra alma bendita, tened piedad de aquellas benditas ánimas del purgatorio.
R/ Tener piedad, Señor, tened piedad.


Recomendemos ahora a todas las ánimas del purgatorio y digamos

Almas benditas, nosotros hemos rogado por vosotras; mas vosotras, que sois tan amadas de Dios, y estáis seguras de no poderlo perder ya, suplicadle por nosotros miserables que estamos en peligro de condenarnos, y de perder a Dios para siempre.

Oremos:
Oh Dios, indulgente y amante de la salvación humana, suplicamos de tu clemencia, que los hermanos de nuestra congregación, parientes y benefactores de la humanidad, que han pasado ya de este mundo, por la intercesión de la Santísima Virgen María junto con todos los santos que están a tu diestra, alcancen la comunión de la bienaventuranza eterna. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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