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La meta es el cielo: Formar a la juventud en la Santidad

Formar a la juventud en la Santidad
Hoy, más que nunca, la juventud debe estar armada y fortalecida cristianamente contra las seducciones y los errores del mundo.

«Alegría, estudio y piedad: es el mejor programa para hacerte feliz y que más beneficiará tu alma» es el consejo que brota de los labios del Padre de la Juventud, Don Bosco, quien en sus numerosos escritos nos describe cómo debe ser el acompañamiento a los que atraviesan esta bella pero a la vez peligrosa edad.

El santo turinés tenía muy claro quien es capaz de salvar la juventud: «Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados» (1 Pe 2, 14). Con estas palabras a su vez tan sencillas y repletas de significado teológico San Pedro anuncia la buena noticia, enseñando que Cristo Crucificado compró para los hombres ―¡a precio muy alto!― la justicia perdida por el pecado. Pero, ¿qué significa exactamente justicia? El Concilio de Trento la define: «la justificación misma que no es sólo remisión de los pecados [Can. 11], sino también santificación y renovación del hombre interior, por la voluntaria recepción de la gracia y los dones, de donde el hombre se convierte de injusto en justo y de enemigo en amigo, para ser heredero según la esperanza de la vida eterna (Tit 3, 7)».

Se puede afirmar que Don Bosco no ignoraba ningún aspecto de la hoy llamada –y tan poco y mal entendida– formación integral del hombre. Incontables enseñanzas suyas podrían ser recordadas con provecho, pero será suficiente transmitir aquí la más importante de todas: «El primer grado para educar bien a los jóvenes consiste en trabajar por que confiesen y comulguen con las debidas disposiciones. Estos sacramentos son los más firmes sostenes de la juventud. La frecuente confesión y comunión y la misa diaria son las columnas que deben sostener un edificio educativo» (San Juan Bosco. Biografía y Escritos).

El justo es, pues, el santo. Y para la santidad son llamados todos los hombres, desde su niñez y juventud, sean ricos o pobres, de la élite o de las periferias.

Por eso, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Conviene pedir a los responsables de la educación que impartan a la juventud una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre» (CCE 2526), camino para la santidad. Sin enseñar el camino de la santidad, por lo tanto, no se educa, sino que apenas se instruye, como bien recordaba el mismo San Juan Bosco.

Razón y religión son los instrumentos de que debe hacer uso constante el educador, enseñarlos y practicarlos él mismo si quiere ser obedecido y obtener su fin. Este fin supremo consiste en tornar buenos a los jóvenes y salvarlos eternamente; todo lo demás: letras, ciencias, artes, oficios, se ha de considerar como medios.

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Y ese deber educativo es parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia y en esta misión, dijo Benedicto XVI a los educadores católicos de Estados Unidos, las instituciones educativas juegan un papel crucial, está en consonancia con la aspiración fundamental de la nación de desarrollar una sociedad verdaderamente a la altura de la dignidad de la persona humana” (Discurso en el Encuentro con los educadores católicos, Abril de 2008). Para el pontífice Emérito  «El depósito de la fe es un tesoro inestimable que cada generación debe transmitir a la sucesiva, conquistando corazones para Jesucristo y formando las mentes en el conocimiento, en la comprensión y en el amor a su Iglesia»

La síntesis conclusiva del Congreso Mundial de Educación Católica promovido por la Congregación para la Educación Católica en noviembre pasado afirma: «una escuela católica, haciendo escuela desde la perspectiva católica, sirve a la evangelización. Porque evangeliza la cultura, las relaciones, los valores, la educación en sí misma. Y porque, del modo en el que sea posible en cada caso, hace su aportación específica a la formación religiosa y al anuncio de Jesucristo, de manera especial desde ámbitos extra-académicos. La Educación Católica sirve a todo tipo de alumnos y familias, y a todos puede ayudar a acercarse al don de Jesucristo». Desde siempre la Santa Iglesia entendió la educación católica de esta manera. Sí, como para Don Bosco, para la Santa Iglesia la educación siempre tuvo como fin principal preparar a los jóvenes para su entrada en el Cielo.

«Hoy, más que nunca, la juventud debe estar armada y fortalecida cristianamente contra las seducciones y los errores del mundo, el cual, como advierte una sentencia divina, es todo él concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida (Jn 2, 16); de tal manera que, como decía Tertuliano de los primeros cristianos, los cristianos de hoy vivan como deben vivir los verdaderos discípulos de Cristo: “copropietarios del mundo, pero no del error”» ya nos decía el Papa Pío XI en su Encíclica Divini illius Magistri.

La frecuente confesión y comunión y la misa diaria son las columnas que deben sostener un edificio 

Por otro lado, San Juan Bosco destaca que el primer grado para educar bien a los jóvenes consiste en trabajar por que confiesen y comulguen con las debidas disposiciones. Estos sacramentos son los más firmes sostenes de la juventud. La frecuente confesión y comunión y la misa diaria son las columnas que deben sostener un edificio educativo del cual se quiere tener lejos el castigo y la amenaza. No obligar a los jóvenes la frecuencia de los sacramentos, no; sino animarlos y darles facilidad para que puedan aprovecharse de ellos. En ocasión de ejercicios espirituales, triduos, novenas, sermones, catecismos, etc., debe hacerse resaltar la belleza, la grandeza, la santidad de una religión que propone medios tan fáciles, tan útiles a la sociedad civil, a la tranquilidad del corazón, y a la salvación del alma como son los santos sacramentos.

4 sabios consejos de San Juan Bosco para no pecar ni perderse

1. Evitad la ociosidad y haraganería

El lazo principal que el demonio tiende a la juventud es el ocio, origen funesto de todos los vicios. Convenceos de que el hombre ha nacido para el trabajo; y de que, cuando huye de él, queda fuera de su centro y corre gran riesgo de ofender a Dios.

El ocio es, según el Espíritu Santo, el padre de todos los vicios, y el trabajo los combate y vence a todos. El mayor tormento de los condenados en el infierno es pensar que han perdido el cielo por haber pasado en la ociosidad la mayor parte del tiempo que Dios les había concedido para salvarse. Al contrario, los bienaventurados en el paraíso no tienen mayor consuelo que acordarse de que el poco de tiempo empleado en servir a Dios les ha permitido ganar la eterna felicidad.

No pretendo con esto que estéis ocupados desde la mañana hasta la noche sin descanso alguno; al contrario, gustoso os concedo las diversiones propias de vuestra edad en las que no ofendéis a Dios. Sin embargo, no dejaré de recomendaros con preferencia aquellas cosas que, sirviéndoos de esparcimiento, puedan también seros de alguna utilidad, como el estudio de la historia, la geografía, las artes mecánicas y liberales, los trabajos manuales, etc., con los que podéis recrearos, adquirir conocimientos útiles y contentar a vuestros superiores.

Además podéis también divertiros con juegos y entretenimientos lícitos, útiles para recrear el espíritu y el cuerpo; pero no toméis parte en ellos sin haber pedido antes el debido permiso. Preferid siempre los que requieran agilidad y destreza corporal, por ser los más convenientes para la salud. Evitad los engaños, las trampas, los pequeños fraudes, los juegos pesados y las palabras que ocasionen discordias y ofendan a vuestros compañeros.

Tanto en el juego como en la conversación o en el cumplimiento de cualquier deber, levantad de vez en cuando vuestro corazón a Dios y ofrecedlo todo a su mayor honra y gloria, como dice San Pablo.

2. Huid de las malas compañías

Lo que os recomiendo con mayor insistencia en vuestros recreos y pasatiempos es huir, como de la peste, de los malos compañeros.

[¿Qué diría hoy San Juan Bosco del internet y de las malas películas que circulan por todas partes y por todos los medios, y con los que se intoxica y pervierte la juventud? Son una verdadera peste, de la que se debe huir].

Hay tres clases de compañeros: buenos los unos, malos los otros, y unos terceros que no son ni lo uno ni lo otro. Debéis procurar la amistad de los primeros; ganaréis mucho huyendo completamente de los segundos; respecto a los últimos, tratadlos cuando sea necesario, evitando toda familiaridad.

Pero ¿quiénes son esos amigos perjudiciales? Escuchadme, hijos míos, y comprenderéis cuáles son. Todos los chicos que no se avergüenzan de tener en vuestra presencia conversaciones obscenas y de pronunciar palabras de doble sentido y escandalosas; los que mienten o critican; los que profieren juramentos, imprecaciones y blasfemias; los que tratan de alejaros de la piedad; los que os aconsejan el robo, la desobediencia a vuestros padres y el olvido de vuestros deberes…, todos éstos son malísimos amigos, ministros de Satanás, de quienes debéis huir más que de la peste o del mismo diablo. ¡Ah!, con lágrimas en los ojos os suplico que os distanciéis y huyáis de semejante compañía.

Escuchad la voz del Señor, que dice: «El que se asocia al hombre virtuoso será virtuoso; el amigo del vicioso se pervertirá». Huid de un mal compañero como de la vista de una serpiente venenosa (Ecl. 21 2). En una palabra, si os juntáis con los buenos, os aseguro que iréis con ellos al paraíso; al contrario, si os juntáis con los malos, seréis desgraciados y acabaréis perdiendo irreparablemente vuestra alma.

Dirá tal vez alguno: «Son tantos los malos compañeros, que para huir de ellos habría que dejar el mundo». En efecto, es tan perjudicial el trato de los amigos viciosos, que por eso precisamente os recomiendo con tanta insistencia que huyáis de ellos. Y si por esto os vierais solos, dichosos de vosotros, pues tendríais por compañeros a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen y al ángel custodio, que son nuestros mejores amigos.

3. Evitad las malas conversaciones

¡Cuántos jóvenes se encuentran en el infierno por haber frecuentado las malas conversaciones! San Pablo predicaba ya esta verdad, cuando decía que las cosas impuras no debían ni nombrarse entre los cristianos, ya que son la ruina de las buenas costumbres: «No os engañéis: las malas compañías corrompen las buenas costumbres» (I Cor. 15 33).

Comparad vuestras conversaciones a un manjar agradable: por bien preparado que esté, si cae en él una gota de veneno, basta para dar muerte a cuantos lo coman. Lo mismo sucede con las conversaciones impuras: una palabra, un gesto, una broma, bastan a veces para enseñar el mal a un jovencito, y aun a veces a muchos que, habiendo vivido hasta entonces como inocentes corderillos, se convierten en desgraciados esclavos de Satanás.

Me diréis: «Sabemos las funestas consecuencias de las conversaciones impuras; pero ¿qué le vamos a hacer? En la escuela en que estamos, en la tienda, negocio o empleo en que tenemos que trabajar, allí las oímos».

Demasiado bien sé, hijos míos, en qué situación os encontráis; y por eso quiero daros una norma de conducta que os ayude a evitar las ofensas al Señor. Si los que entablan esas malas conversaciones son vuestros inferiores, reprendedlos severamente; si no podéis hacerlo porque son vuestros superiores, tratad al menos de alejaros de ellos; y si ni esto podéis, absteneos completamente de tomar parte en lo que dicen, y, dirigiéndoos a Nuestro Señor, decidle muchas veces: «¡Jesús mío, misericordia!»

Si, a pesar de todas estas precauciones, os encontráis en peligro de ofender a Dios, os doy el consejo de San Agustín: «Huye si quieres salir victorioso». Huye, abandona el puesto, la escuela, el empleo y el trabajo, sufre todos los males del mundo antes que permanecer entre personas que ponen en gran peligro la salvación de tu alma; porque, como dice el Evangelio, más vale ser pobre y despreciado, más vale que nos corten los pies y las manos, que nos arranquen los ojos, y llegar así al cielo, que poseer todo lo que deseamos en el mundo y ser eternamente desgraciados en el infierno.

4. Evitad los escándalos

La palabra escándalo significa tropiezo, y se llama escandaloso al que con sus palabras o acciones da a los demás ocasión de ofender a Dios. El escándalo es un pecado abominable; pues, robando a Dios las almas que ha creado para el cielo y redimido con su preciosa sangre, las pone en manos del demonio y las envía al infierno. Así es que al escandaloso se lo puede llamar verdadero ministro de Satanás. Cuando el demonio ha empleado inútilmente todos sus ardides para seducir a un joven, se suele servir finalmente de los escandalosos.

¡Enorme es el número de pecados con que se cargan la conciencia quienes escandalizan en la iglesia, en la calle, en el colegio o en cualquier sitio! Cuanto mayor sea el número de las personas a quienes hayan escandalizado, tanto mayor y más tremenda es su culpa a los ojos de Dios. Y ¿qué decir de los que llevan su perversidad hasta el punto de enseñar el mal a las almas inocentes? Oigan estos desgraciados la sentencia que dio un día el Salvador: tomando a un niño de la mano, se volvió a la multitud que le escuchaba y dijo: «¡Ay de aquel que escandalizare a alguno de estos niños que creen en mí! Muchos escándalos hay en el mundo, pero ¡ay de aquel por quien viene el escándalo! Mejor le fuera que le colgasen al cuello una piedra de molino y le arrojaran en lo profundo del mar» (Mt. 18 6-9).

Si se pudieran suprimir en el mundo los escándalos, ¡cuántas almas que hoy están por condenarse irremisiblemente llegarían al paraíso!

Así, pues, queridos jóvenes, si queréis ser los verdaderos amigos de Jesús y de María, temed a los escandalosos y huid de ellos como del mismo demonio.Una niña de tierna edad, oyendo una vez ciertas palabras escandalosas, dijo al que las profería: «¡Fuera de aquí, espíritu maligno!».

Pero no sólo debéis huir de los escandalosos, sino que también tenéis que esforzaros en reparar con el buen ejemplo el gran mal que ellos causan a las almas. Vuestras conversaciones sean buenas y modestas; sed devotos en la iglesia, obedientes y respetuosos hacia vuestros superiores. ¡Oh, cuántos compañeros os imitarán, yendo, como vosotros, por la senda del paraíso! Podéis estar seguros de salvaros con ellos; porque, como dice San Agustín, quien contribuya a la salvación de un alma, puede esperar fundadamente que también salvará la suya propia.

Estos son los principales peligros de que debéis huir en el mundo; si ponéis en práctica los medios para evitarlos, llevaréis ahora una vida cristiana y virtuosa, y recibiréis luego la eterna recompensa en el cielo.

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