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Un sacerdote jesuita, dijo en una ocasión a una audiencia que lo escuchaba atentamente mientras hablaba de algunas de las virtudes olvidadas por los tiempos en los que nos tocó vivir, que en sus cincuenta años de sacerdocio nunca había tenido la experiencia de escuchar que alguien se haya confesado por falta de patriotismo. ¿Se encuentra el patriotismo entre las virtudes cristianas? ¿Es conocida esta virtud y su profundo sentido de justicia y piedad?


 

Las filiaciones humanas

Pocas expresiones en lengua española definen al hombre más acertadamente como «hijo». Todo hombre es hijo de alguien, o como diríamos en otros tiempos es «hidalgo». Esta filiación humana es triple pues se desglosa, mirando siempre desde la perspectiva del hombre en divina, histórica y carnal. 

Tenemos todos los hombres una filiación divina porque somos hijos de Dios, principio y fin de toda creatura. Tenemos una filiación histórica porque también somos hijos de la Patria, la sociedad política donde nacemos y nos realizamos para servirla en la búsqueda del Bien. Y finalmente tenemos una filiación carnal, porque somos hijos de nuestros padres, procreadores de nuestra propia existencia. No nos hicimos a nosotros mismos ni nos alimentamos a nosotros mismos. Tenemos por consiguiente un vínculo profundamente espiritual con la patria a la que pertenecemos, después del vínculo con nuestro Creador y por sobre, incluso, el vínculo carnal con nuestros progenitores, se encuentra la patria y con ella el deber de ser honrada, enmarcándose así dentro del cuarto mandamiento. 

 

¿Qué es la patria?

Para no equivocarnos en la definición de la patria tenemos que mirarla con una mirada sobrenatural; la patria como nos la dio Dios; honrándola como Dios la creó. Para ello debemos mirar el primero de los libros de la Biblia, el Génesis, en la que encontramos que Dios dio una patria a los hombres para que estos, la cultivarán, es decir, se sirvan de ella, y la guardaran, es decir, la sirvan. También podríamos leer los relatos de la entrada del pueblo de Israel a la tierra prometida, a la patria que Dios entregó a los israelitas después del desierto, una tierra y una liturgia, es decir, una historia viva de la acción de Dios sobre ese pueblo. Así también podemos mirar la realidad del destierro, o la privación de su tierra, sus costumbres: «¡Cómo cantar un cántico de Sión en tierra extranjera!» (Sal 136, 4).

La expresión «patria» se relaciona con el concepto y la realidad de «padre» (pater en latín). La patria es, de cierto modo lo mismo que el patrimonio, es decir, el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados. 

Soloviev dijo en 1888 que «la idea de una nación no es lo que ella piensa de sí misma en el tiempo, sino lo que Dios piensa de ella en la eternidad». Es decir, «una patria no es comprensible solamente a la luz de su acontecer histórico; sólo adquiere su entera inteligibilidad cuando se la considera en su origen, en la mente de Dios, que es el creador de la patria». Para Cicerón la patria «es el lugar donde se ha nacido», pero esto en un sentido muy profundo; es el reconocimiento del hombre de su relación con un espacio específico, inseparable de mi naturaleza concreta, un vínculo original. Pues solo el hombre es capaz de este vínculo con su tierra, con sus paisajes, con sus costumbres, con la fe de su tierra, aun cuando esté lejos de esta. Los animales aunque vivan en un espacio determinado, son incapaces de incubar la idea de patria. Solo el hombre tiene patria, pues no hay árbol sin una tierra que lo sostenga. Pero la patria no es solo una tierra o un terruño, sino un hogar o una mansión. La patria es como una casa, un hogar. No como lo entienden los hombres de nuestro tiempo que con su arquitectura lo convirtieron en un lugar para comer y dormir, sino el techo que me brinda calor y protección, donde vivo con mis seres queridos, donde se hizo mi historia y donde soy feliz. 

La patria no es solo terruño o un hogar, sino también patrimonio, el legado de mis antepasados me une a ellos y a los que recibieron ese legado cultural. El medio privilegiado para mantención de ese legado es la lengua, por eso se la llama lengua materna; pues es la madre la encargada de la educación de los hijos, y es la madre la que enseña a los hijos las primeras palabras de esa lengua que contiene toda una historia y que lo vincula por ello a su patria. La patria, por todo esto no es un partido político, tan siquiera una nacionalidad; no es un contrato que se puede rescindir; es una expresión de la providencia de Dios, por lo que no podemos elegirla, sino honrarla. 

 

El patriotismo como virtud

El patriotismo forma parte de la virtud de la piedad, enmarcada a su vez dentro de la justicia, que es dar a cada uno lo que le corresponde, o lo que le es debido. Cuando hablamos de piedad, no nos referimos a las prácticas piadosas simplemente, como lo son las oraciones, procesiones o jaculatorias; tampoco son solo los sentimientos de compasión hacia otra persona. Aquí nos referimos a piedad como lo entiende Aristóteles; «la piedad es aquella virtud por la que se ofrece un culto y un servicio diligente, a quienes nos está unido en la sangre y en el amor a la patria». 

Como todas las virtudes guarda estrecha relación con otras virtudes como la religión, que es dar a Dios lo que le corresponde; y sobre todo con la caridad, pues el verdadero patriotismo brota del verdadero amor a Dios o como dice el Padre Alfredo Sáenz «a ella conduce», dado que sin Dios no hay virtud. Por lo tanto podemos decir que no se puede ser patriota sin ser religioso, pues solo una mirada sobrenatural de la patria, es decir, entendiéndolo como don de Dios, puede llegar a ser un verdadero patriotismo. Se sigue de esto que Patriotismo y Religión no se oponen sino por el contrario, son dos amores gemelos que nacen del mismo amor eterno, pues el autor y causa de ambos es Dios, por lo que no puede haber conflicto entre ambos. Citamos aquí las bellísimas palabras de San Pío X: 

«Si el Catolicismo fuera un enemigo de la Patria, no sería una religión divina. La Patria es un nombre que trae a nuestra memoria los recuerdos más queridos, y bien sea porque llevamos la misma sangre que aquellos nacidos en nuestro propio suelo, o bien debido a la aún más noble semejanza de afectos y tradiciones, nuestra Patria es no sólo digna de amor, sino de predilección. Sentimos, pues, veneración por la Patria, que en suave unión con la Iglesia contribuye al verdadero bienestar de la Humanidad. Y ésta es la razón del porqué los auténticos caudillos, campeones y salvadores de un país han surgido siempre de entre las filas de los mejores católicos».

Tradicionalmente se llama «nueva patria» al Cielo, porque allí no hemos estado nunca y allí nos quedaremos para siempre. Lo importante es llegar: «nada podrá preocuparnos, si decidimos anclar el corazón en el deseo de la verdadera Patria: el Señor nos conducirá con su gracia, y empujará la barca con buen viento a tan claras riberas» (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n.221).

 

Cómo honrar a la patria

Como el amor a la patria tiene que ser en primer lugar afectivo, es decir, un asunto que compete al corazón, y que en cierta medida la razón no la puede explicar del todo y que me impulsa a resistir valientemente al que lo amenaza. Pero como no puede ser solo un amor afectivo, sino por sobre todo efectivo, pues el patriotismo, por ser virtud, no puede ser un sentimiento, pues los afectos a la patria son, a veces, pasajeros o superficiales. Pero el amor efectivo es más difícil, pues exige la reflexión, y sobre este amor efectivo debe sostenerse el patriotismo. 

Por eso tenemos que, además de tener conciencia de que pertenecemos a una patria a quien honrar afectuosamente, mover nuestros actos a obras de virtud, esta virtud que llamamos patriotismo. Estas obras de virtud van desde el conocimiento de la historia misma de mi patria, que al ser mi patria es mi propia historia; conocer los victorias y los héroes que adornan el curso de su existencia, también las derrotas que cargamos sobre nuestros hombros; los grandes hombres que nacieron en esta tierra y supieron honrarla, sobre todo los santos, que además buscaban la patria celestial, la lengua de nuestros padres, las costumbres que nos legaron nuestros antepasados, las bellas tradiciones que por generaciones han pasado, las canciones, los poemas, las historias, las anécdotas, las fábulas, los mitos, la fe. 

Ninguno que se haga llamar patriota y que sea paraguayo, negará jamás sus raíces cristianas, la fe que ha costado la propia sangre a los evangelizadores, la lengua que nos trajeron los españoles, las mujeres que reconstruyeron el Paraguay tras las guerras, los valientes soldados, niños, jóvenes y ancianos que murieron al defender esta patria, los artistas que nos dieron belleza a nosotros y al mundo entero con su arte. Negar estas cosas es negar a la patria, es no enraizar en la tierra que no solo te vio nacer sino que te acogió y te heredó un patrimonio inmenso de héroes y santos a quienes también honrar.☐

 

 

Hno. Cristian Alfonso

Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.

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Hno. Cristian Alfonso

Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.