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Esta pregunta, la del título, es actualmente una interrogante «aterradora» para la mayoría de los matrimonios católicos jóvenes o recientes y para los novios católicos que están próximos a casarse. Para ustedes que tienen fe en Dios y que tratan de cumplir sus mandamientos y de complacerlo, van dirigidas estas letras. ¿Pero por qué es la pregunta del título aterradora para ustedes? Porque la respuesta correcta es: ¡los hijos que Dios quiera darles! y actuar conforme a esa respuesta no es fácil ni sencillo, implica muchos desvelos y sacrificios.


¡Sí, lo siento, pero esa es la respuesta correcta! No, no estoy loco,  ni soy antifeminista, ni desconozco los múltiples métodos artificiales y naturales de control de la natalidad, ni los programas del gobierno sobre planificación familiar. Sí, si he pensado en la sobrepoblación y me parece que falta mucho para que llegue y antes de ello o Dios toma cartas directas en el asunto, por ejemplo disminuyendo el ritmo natural de la procreación, o los hombres encuentran soluciones éticas en la tierra o fuera de ella o acontece el fin del mundo. También he pensado sobre eso de «¡antes si se podía, eran otros tiempos, ahora es imposible, está tan cara la vida!» y seamos sinceros: antes y después ha habido y habrá tiempos mejores y tiempos peores, esa no es una justificación, no es la verdadera causa del terror a la respuesta.

La verdadera causa es el hombre mismo, el hombre y las mujeres de hoy: su ignorancia, su egoísmo, su hedonismo, su falta de fe y de confianza en Dios y de amor a Dios para cumplir fielmente su voluntad. Sí, es cuestión de generosidad y de confianza en Dios, como lo dijo el Papa Pío XII (1). Nos parece esto tan importante y tan claro que lo elegimos para las cornisas de estas páginas. La planificación familiar y el control de la natalidad son un insulto a la Providencia.

El plan de Dios es muy distinto al que estamos siguiendo los hombres. Él nos creó para la felicidad eterna en el cielo, después de demostrarle nuestro cariño, cumpliendo su voluntad aquí en la tierra. Nosotros tratamos toda nuestra vida de ser felices aquí en la tierra sin lograrlo, haciendo nuestra voluntad y nos olvidamos del Cielo y de Dios.

 

Dios nos dice claramente, a través de su Iglesia, que el fin primordial del matrimonio es la procreación y educación cristiana de los hijos para que puedan alcanzar el Cielo.

 

Respecto a nuestros hijos pasa lo mismo. Él, Dios, nos pidió que nos multiplicáramos hasta llenar la tierra y nosotros la queremos, ahora, medio vacía, por si acaso. Dios nos dice claramente, a través de su Iglesia, que el fin primordial del matrimonio es la procreación y educación cristiana de los hijos para que puedan alcanzar el Cielo y nosotros queremos tener la parejita para satisfacer nuestro ego y para convertirlos en personas importantes según el mundo y si se puede, famosas, ¿por qué no? Lo que logramos, en general, es convertirlos en pequeños monstruos egoístas y sedientos de felicidad en la tierra, a costa de lo que sea.

Dios ha querido que colaboremos con Él en la creación, procreando y educando a sus hijos y nosotros nos olvidamos antes que nada de que primero y para siempre son sus hijos, que nosotros sólo colaboramos en la procreación y en la educación de los mismos, y, en vista de ello, actuamos como si fueran nuestros. Dios nos pide generosidad para llenar también el Cielo con hijos buenos y nosotros le estamos regateando siempre a Dios un hijo más, por falta de confianza en Él, por egoísmo o por las dos cosas.

Dios tiene derecho a que nazcan hombres en tu familia. De entre ellos elegirá sus sacerdotes, sus religiosos y religiosas, sus nuevos padres y madres que procreen y eduquen y vayan llenando de justos el Cielo. De entre ellos elegirá los nuevos papas y los líderes de los pueblos, los héroes conocidos o anónimos, de ellos saldrán los nuevos santos.

«¿Acaso no os habéis unido libremente, ante Dios, para otorgarle estos hijos que El ansia confiaros?» (2)  Sí, ya sé que estos conceptos no son los que predominan en el mundo hoy en día. El slogan famoso de «La familia pequeña vive mejor» ha sido ampliamente difundido. Pero ¿es falso? Depende de que entendamos por «mejor». Si mejor es con más recursos económicos, con más comodidad, con menos esfuerzo y sacrificio, tienen razón. Pero si quieren decir que los hijos son mejor educados y atendidos y sobre todo, que son mejores católicos, ese slogan es totalmente falso.

El demonio es tan astuto que nos ha hecho creer que la familia pequeña por decisión propia y no de Dios, es una familia feliz y no es cierto.

 

Díganme, en que época la sociedad ha sido mejor: ¿cuándo la mayor parte de la gente, creía en Dios y vivía conforme a sus leyes y cumplía su voluntad y florecían a raudales los santos o en las épocas en que las sociedades y los pueblos han vivido como si Dios no existiera? Sí, has acertado, en el mundo civilizado, durante la edad media, sin duda, aunque, en general, la historia «oficial de los pueblos» diga que fue la edad oscura (oscura para la introducción y extensión de los errores religiosos y morales que hemos visto después). Y la mayoría de las familias eran numerosas. Por contraste, que pasa en el mundo, anglosajón hoy en día. La mayoría de las familias tienen uno o dos hijos solamente (3) y ¿qué opinas -no ya de su grado de santidad- sino de las estadísticas de suicidios, homosexualidad, drogadicción, enfermedades psiquiátricas, divorcios, abortos, etc?

El demonio es tan astuto que nos ha hecho creer que la familia pequeña por decisión propia y no de Dios, es una familia feliz y no es cierto. El ejemplo de los padres es el mejor educador de los niños y los padres egoístas hacen, en general, hijos egoístas: sobreprotegidos, mimados en exceso, caprichosos, que tienen todo materialmente hablando y no saben hacer nada. Son los inútiles júnior, hijos de papi y mami, afeminados ellos, sin feminidad ellas, que les vale todo, que se ríen de todo, que se aburren soberanamente y que son fácil presa del SIDA, de las enfermedades psiquiátricas y de las desviaciones de todo tipo. Ahora hay casi en cada familia pequeña por decisión propia, uno de estos tipos ya «terminados» o en «proceso», según la edad, y más adelante serán progenitores, al formar una familia o de cualquier forma, de hijos que los superarán en egoísmo, a menos que Dios misericordioso, intervenga y lo evite.

Me dirán que ustedes saben que en ciertas circunstancias si es lícito limitar la prole, los hijos, y es cierto, pero, por favor, no conviertan esas excepciones en regla general. Nunca son circunstancias especiales ni la comodidad, ni el egoísmo, ni la sensualidad, ni la avaricia, ni la pereza y tampoco la desconfianza en Dios. De modo que evitar la fecundidad por nuestra falta de amor a Dios y a los niños no nacidos que pudimos o pudiéramos tener, no es correcto. Ahora bien, no es correcto tampoco y está absolutamente prohibido por la Iglesia, limitar o evitar los hijos por cualquier medio artificial. Se puede recurrir a las épocas de esterilidad natural solamente cuando existen graves motivos médicos, eugenésicos, económicos o sociales. No es mi intención meterme ahora a dar explicaciones sobre los aspectos finos de estas situaciones, que existen y son muy reales, aunque mucho menos frecuentes de lo que la mayoría quisiera. En un futuro, si Dios quiere, lo haremos. Por ahora baste señalar que estas circunstancias deben ser discutidas y cada caso, en particular, autorizado, con y por un confesor capaz en esta materia.

En forma general, ¿cuál debe ser la conducta para la mayoría de los matrimonios católicos?

Contesta claramente, otra vez, el Papa Pío XII: «Nuestra principal complacencia y nuestra paternal gratitud se dirigen a aquellos esposos generosos que, por amor a Dios y confiando en su providencia, sostienen animosamente, una familia numerosa» (4).

Si desean saber el número exacto de hijos que deben tener, les diré que no hay una regla general. «El buen amor conyugal -refiere un autor- aspira a la gloria de la fecundidad, y en ella pone su orgullo. Pero esta gloria no es una fecundidad a cuentagotas, sino que es abundante, y no pide razones para tener hijos, ni para limitarlos» (5).

«Ni Cristo, ni su Iglesia, ni las leyes humanas han puesto un número. Lo que sí puedo comentar contigo es que tres es el número mínimo para que los hombres no desaparezcamos de la tierra con el tiempo y que el otro número, el máximo, te lo dictará tu fe, tu esperanza y tu amor por Nuestro Señor» (6).

Así es que jóvenes casados o por casarse que me leen. No tengan miedo en hacer, en hacerse la pregunta que nos ocupa. ¿Cuántos hijos debemos tener? Piensen que Dios contesta a cada uno de nosotros siempre y en el momento oportuno. Tal vez no nos diga el número ahora, pero puede decirnos: ¡Uno más sí, Yo lo quiero, ya tengo prevista un alma para él o ella, confía en Mí! Si están tratando, con sinceridad, con deseo real y ardiente de amar intensamente a Dios y confiar plenamente en Él, como deberíamos, seguramente oirán la voz de Dios en su interior y si les pide otro hijo, dirán un «sí» generoso y confiado y Él, sin duda, proveerá. Pero si no es así, si tu «yo», si tu egoísmo es tan fuerte que te olvidas que Dios en todo momento está al pendiente de ti, entonces, si esa voz te dice que quiere otro hijo, tal vez la oirás y la harás callar en tu interior o aunque Él te esté hablando, no la oirás. Quiera el buen Dios, nuestro Padre, hacer nuestro corazón lo suficientemente generoso y confiado en su providencia para que ese, silenciar o ser sordos a su voz, nunca ocurra y para que no tengamos en el Cielo lugares no ocupados, lugares vacíos de niños, con almas que Dios quería crear, pero nosotros no quisimos.

«Los escritores siembran letras, los oradores palabras; los teólogos doctrina; ustedes, padres, siembren vida». (7)

 

Por el Dr. Héctor Guiscafré Gallardo

1. Alocución de Pío XII a los directores de las Asociaciones por las Familias Numerosas de Roma e Italia. Revista “El Papa dijo” primavera 1958.

2. Pío XII. Sic.

3. Sin mencionar el fenómeno Dinki (término derivado de la Frase inglesa Double income, No Kids, que significa: Doble ingreso y sin hijos Esto es el colmo del egoísmo. Anexamos un cuadro (*) para ver como se está extendiendo en el mundo ésta villanía. N. de la R.

4. Sic.

5. Jesús Urteaga. Dios y los hijos. Ediciones RIALP, S.A. Madrid, España. 1961

6. Sic.

7. Sjc.

 (*) Pareja Dinki (siglas de “doble ingreso y sin hijos” en inglés).Desgraciadamente este fenómeno mundial ya ha llegado a México también. Ojalá que algunos matrimonios, actuales o futuros, que tienen actitudes o pensamientos “tipo Dinki” reflexionen con la lectura de este número de“Familia Católica”.

¡Libres de niños!

El fenómeno dinki ha tenido un fuerte impacto a nivel mundial, lo cual se ve reflejado en la formación de diversos grupos a favor de la “no procreación”.   Uno de ellos es Children Free, fundado en Australia por David y Susan Moore, quienes promueven la existencia de restaurantes y hoteles “libres de niños”.

   Por su parte, los miembros del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT, por sus siglas en inglés), refieren que cuando el ser humano elija dejar de reproducirse, finalmente la biosfera terrestre será capaz de regresar a su antigua gloria. También existe el club No Kidding fundado en Vancouver, Canadá, cuyos miembros organizan de tres a ocho actividades sociales al mes, en las cuales hablan sobre carreras, libros, animales domésticos, estudios, películas, viajes, recetas, intereses, trabajos, actualidad, sexo, política y religión. Desde sus inicios lo han contactado gente de Estados Unidos, Australia, Bangladesh, Bélgica, Brasil, Inglaterra, Irlanda, Francia, Hong Kong, India, Italia, Nueva Zelanda, Filipinas, Polonia, Escocia, Singapur, África del Sur, Corea del sur, España, Suecia, Serbia-Montenegro y Taiwán.

 

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