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Es en la Iglesia de los santos, y no en las discotecas y fiestas mundanas, que los homosexuales pueden vivir la plena felicidad. ¡Y es deber de los católicos convencerlos de eso!

El fenómeno de la homosexualidad ya no puede ser ignorado por ninguna esfera de la sociedad. El tema ya se volvió prácticamente omnipresente, especialmente en el mundo de las artes y de las comunicaciones, a tal punto de que las personas se sientan casi  impelidas a aceptar la propaganda LGBT promovida por los medios de comunicación. ¿Qué deben hacer los católicos para ayudar a los homosexuales?

Es verdad, la práctica homosexual existe desde el pecado original. Lo que hay de nuevo en la contemporaneidad es el intento de construirse una «cultura gay», en que la homosexualidad sea vista como una fuente positiva de comportamiento, aunque su práctica «esté amenazando seriamente la vida y el bienestar de un gran número de personas».


Adoptaron ingenuamente ese estilo de vida en que el sexo se vuelve un dios

Son incontables, de hecho, los testimonios de chicos y chicas que se encuentran esclavos de sus propias pasiones porque adoptaron ingenuamente ese estilo de vida en que el sexo se vuelve un dios. Joseph Sciambra es un caso notable. En su libro Swallowed by Satan («Tragado por Satanás»), el ex actor homosexual cuenta cómo la pornografía y la propaganda del movimiento LGBT casi lo matan.

A los 19 años, Sciambra salió en busca de experiencias más «osadas» que aquellas que veía en las películas eróticas. Frecuentando un barrio gay de San Francisco, en los Estados Unidos, el entonces muchacho, enganchó una relación con un hombre más viejo, que lo condujo a la industria pornográfica. Después de relacionarse con el ocultismo y grabaciones cada vez más violentas, Sciambra desenvolvió serios problemas de salud y se vio a las puertas del infierno. Una vez recuperado del trauma y reconciliado con la gracia de Dios, el joven decidió iniciar su apostolado para ayudar otros homosexuales a lidiar de modo sano con la propia sexualidad, lejos de las promesas de felicidad de la cultura LGBT. Es chocante un video divulgado en su sitio web, en el que él hace parte del elenco con una serie de actores pornográficos que murieron a causa del VIH.

De manera idéntica a la narrada arriba, otros tantos homosexuales están aprisionados por la cultura gay, que los trata como objetos de placer. El ejemplo más triste de este desorden es el famoso caso del «club del sello», la práctica de transmitir VIH a propósito a otras personas — que se volvió moda en las casas nocturnas dedicadas a ese público.

La respuesta católica a la homosexualidad

La dificultad de la mayor parte de los católicos con relación a ese tema es no saber distinguir a la persona con tendencias homosexuales — esta debe ser acogida y amada generosamente — y la «cultura gay» — una ideología que tiene como motor las pasiones y las frustraciones de muchos homosexuales. Esa falta de conocimiento de la moral de la Iglesia conduce a muchos desentendimientos. Por eso, no hay nada más urgente que una respuesta clara de los católicos a la homosexualidad, a fin de que las personas que experimentan esa tendencia no se sientan seducidas por un estilo de vida autodestructivo.

La gran diferencia entre la perspectiva católica y la «cultura gay» es que esta última define la identidad humana a partir de su apetito concupiscible, al paso que aquella entiende que la «persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede definirse cabalmente por una simple y reductiva referencia a su orientación sexual». La Iglesia se rehúsa «a considerar a la persona meramente como un “heterosexual” o un “homosexual”» porque sabe exactamente que la identidad fundamental de todo y cualquier hombre es la de «ser creatura y, por la gracia, hijo de Dios, heredero de la vida eterna». Es de esa auténtica antropología, radicada en lo íntimo del corazón humano, que se puede desenvolver un verdadero servicio a las personas con atracción por el mismo sexo.

Las personas con tendencias homosexuales pueden, ciertamente, contribuir de manera positiva para la sociedad por medio de un testimonio loable y coherente, llegando así a la santidad. No faltan ejemplos de homosexuales que demuestran, v. g., un cariño inmenso por sus familiares, asegurando y cuidando de ellos en el tiempo de la vejez. La Iglesia reconoce esas virtudes, subrayando, por ende, que ellas no derivan de una vivencia desordenada de la sexualidad, sino que proceden justamente de aquella «semilla divina» que está depositada en el corazón de los hombres y por medio de la cual ellos son llamados a la comunión con Dios.

De hecho, la homosexualidad es un desafío e implica una seria renuncia. Se trata de una cruz. Porque la «actividad homosexual no exprime una unión complementaria, capaz de transmitir la vida», las personas que a ella se entregan «refuerzan dentro de ellas mismas una inclinación sexual desordenada, caracterizada en sí misma por la auto-complacencia». Y eso les impide llegar a la madurez ideal como también vuelve menos eficaces sus virtudes humanas, para que puedan evoluir más perfectamente si no fuesen engañadas por la perniciosidad de un comportamiento desordenado. Noten que la misma crítica es válida para heterosexuales que no viven la vocación al matrimonio, prefiriendo la masturbación y las relaciones efímeras.

En este sentido es que la fe católica defiende «una particular solicitud pastoral» para con los homosexuales, a fin de que ellos no sean «llevados a creer que la realización concreta de tal tendencia en las relaciones homosexuales sea una opción moralmente aceptable». Los homosexuales necesitan encontrar un ambiente discreto, seguro y amoroso, donde puedan compartir sus dramas íntimos sin correr el riesgo de ser expuestos a la humillación pública o, peor, al aislamiento.

Es evidente que los padres deben favorecer el diálogo con sus hijos para que ellos no caigan en falsas promesas ideológicas.

El papel da familia

Infelizmente, algunas situaciones de preconcepto y la mala voluntad que existen en el seno de la familia y en otros ambientes sociales, hacen que muchos jóvenes con atracción hacia el mismo sexo acaban buscando refugio en el mundo LGBT.

La Iglesia misma deplora «firmemente que las personas homosexuales hayan sido y sean aún hoy objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas», al mismo tiempo en que defiende «un programa pastoral auténtico», por medio del cual esos jóvenes, sobre todo, puedan ser ayudados «en todos los niveles de su vida espiritual, mediante los sacramentos y, particularmente, la frecuente y sincera confesión sacramental, como también a través de la oración, del testimonio, del consejo y de la atención individual». Es de esta forma que «la comunidad cristiana en su totalidad puede llegar a reconocer su vocación de asistir a estos hermanos y hermanas suyos, evitándoles tanto la desilusión como el aislamiento». Es evidente que los padres deben favorecer el diálogo con sus hijos para que ellos no caigan en falsas promesas ideológicas.

Los homosexuales, así como cualquier persona, son llamados a crecer en el amor a Dios y al prójimo, hasta que estén totalmente configurados con los sentimientos de Cristo. Y eso depende también de la ayuda de buenas amistades, que los motiven a adquirir más y más virtudes humanas y sobrenaturales, de modo que su actuar ya no sea en función de la carne, sino de la conquista de una corona incorruptible. Es en la Iglesia de los santos, no en las discotecas y en las horas de la noche, en que los homosexuales pueden vivir la plena felicidad. ¡Es el deber de los católicos convencerlos de eso!

Extraído de padrepauloricardo.org
Traducido y editado por Formación Católica

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