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La idea de que da igual ser de éste o de aquel "dios", pertencer a esta o aquella religión, se ha vuelto hoy el aire que respiramos… Dormimos católicos, despertamos masones y ni siquiera nos damos cuenta de eso.

La idea de que da igual ser de éste o de aquel “dios”, pertencer a esta o aquella religión, se ha vuelto hoy el aire que respiramos… Dormimos católicos, despertamos masones y ni siquiera nos damos cuenta de eso.

Pasados 35 años de la Declaración sobre las asociaciones masónicas, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que con mucha claridad reafirmó la condenación de la Iglesia Católica a la masonería, y llegada la hora de investigar el porqué de esa orientación tendría sido (y aún ser) tan ampliamente ignorada y negligenciada por los tantos católicos… Porque todos parecen dar de hombros a esta manifestación del Magisterio de la Iglesia, no obstante su peso y seriedad?

Para entender lo que está sucediendo, sería necesario explicar, antes de todo, la razón fundamental de la incompatibilidad entre esas dos sociedades. Es muy común escuchar hoy día que no hay más ánimos agudos entre la Iglesia y la masonería; que las razones meramente políticas del conflicto entre las dos ya cesaron; y que, por lo tanto, lo mejor a hacer sería que todos olviden el pasado y se den las manos en un gran gesto de fraternidad.

Sucede que la oposición católica a las asociaciones masónicas se sitúa en un nivel más profundo del que normalmente se piensa.

El Papa León XIII dejó eso claro en su Encíclica Humanum Genus (de lejos, el mejor y más completo documento magisterial ya escrito al respecto), cuando escribió lo siguiente:

La doctrina fundamental de los naturalistas, que ellos [los masones] hacen lo suficientemente conocido en su propio nombre, es que la naturaleza humana y la razón humana deberían en todas las cosas ser señora y guía. Ellos se ligan muy poco a los deberes hacia Dios, o los pervierten por opiniones erróneas y vagas. Pues ellos niegan que cualquier cosa haya sido enseñada por Dios; ellos no permiten cualquier dogma de religión o verdad que no pueda ser entendida por la inteligencia humana, ni cualquier maestro que deba ser creído a causa de su autoridad. Y desde que es el deber especial y exclusivo de la Iglesia Católica establece completamente en palabras las verdades divinamente recibidas, enseñar, además de otras ayudas divinas a la salvación, la autoridad de su oficio, y defender a la misma con perfecta pureza, es contra la Iglesia que el odio y el ataque de los enemigos es principalmente dirigido (n. 12).

Noten que León XIII no dice en este trecho que los masones maquinan directamente contra la Iglesia. Para ser más exacto, es contra lo que la Iglesia es y enseña que se concentran sus esfuerzos. En otras palabras, los masones poseen una “doctrina” con principios muy bien establecidos y, dado que la Iglesia es y hace justamente lo contrario de lo que ellos enseñan y postulan, los católicos acabamos entrando en el rol de sus enemigos y opositores.

Por eso, cualquier intento de diálogo y reconciliación entre las dos instituciones que desprecie esa oposición fundamental está predestinada al fracaso. La masonería no es anticatólica por “gusto” o “capricho”: son sus principios que, en verdad, contrarían frontalmente a la doctrina católica.

Para dar un ejemplo de esta incompatibilidad — y responder también a la pregunta inicial de este artículo —, véase lo que dice el Papa León XIII, aún en la encíclica arriba mencionada, sobre la “amistad” masónica con todas las religiones:

Si aquellos que son admitidos como miembros no son ordenados a abjurar por cualquier palabra las doctrinas católicas, esta omisión, muy lejos de ser contraria a los designios de los masones, es más útil para sus propósitos. Primero, de este modo ellos fácilmente engañan a los ingenuos y los incautos, y pueden inducir a un número mucho mayor a volverse miembros. Nuevamente, como todos los que se ofrecen son recibidos, cualquiera  sea su forma de religión, ellos de este modo enseñan el gran error de esta época ― que una consideración por religión debería ser considerada como asunto indiferente, y que todas las religiones son semejantes. Este modo de razonar es calculado para traer la ruina de todas las formas de religión, y especialmente de la religión católica, que, como es la única que es verdadera, no puede, sin gran injusticia, ser considerada como meramente igual a las otras religiones (n. 16).

Nadie negará la orientación de la masonería que va rumbo al indiferentismo religioso: ella impone a sus adeptos tan solo la creencia en un vago y abstracto Gran Arquitecto del Universo, que teóricamente puede ser, al mismo tiempo, el Alá de un musulmán, la Trinidad de un católico… y hasta el Lucifer de un satánico.

Sucede que esa visión — la de que da igual ser de este o de aquel “dios”, pertenecer a esta o aquella religión — no es hoy la creencia sólo de la masonería. No. Este es el aire que respiramos, es la mentalidad predominante, hegemónica y (¿por qué no decir?) victoriosa sobre la doctrina católica de siempre. Exactamente por eso los propios católicos no se incomodan con este que es, en palabras de León XIII, “el gran error de esta época”: infelizmente, ya nos rendimos a esa idea, no la consideramos más como un error. Mutatis mutandis, es como si hubiéramos dormido católicos y despertado masones (parafraseando una expresión ya consagrada de San Jerónimo sobre el arrianismo).

No importa el credo que profeses, no importa si tienes fe católica o no, en cuanto seas una persona “buena”

 

Basta observar la reacción de muchas personas — en la internet y fuera de ella — hay un material o una predicación un poco más inflamada de nuestro sitio web exponiendo la fe de la Iglesia y combatiendo uno que otro error del protestantismo, del espiritismo (que, a propósito, es relativista tanto cuanto la masonería) o de cualquier otra religión. Las personas de modo general están convencidas de que, no importa el credo que profeses, no importa si tienes fe católica o no, en cuanto seas una persona “buena”, creas en alguna cosa y tengas un padrón razonable de decencia y honestidad, al punto de no matar y no robar, tu salvación y tu “pedacito en el Cielo” ya está asegurado.

Lo curioso es que Nuestro Señor Jesucristo y la Iglesia que Él fundó no sólo nunca enseñaron una cosa de esas, como siempre dijeron y se comportaron en el sentido exactamente opuesto a todo eso. No sería necesario mucho tiempo para percibirlo. Basta una lectura rápida, por ejemplo, del documento Dominus Iesus para entrar en contacto con este dato de la Revelación. Basta leer la vida de un único santo misionero o la de un mártir para entender que la religión sólo es un asunto banal para nuestra época, “masónica”, relativista y llena de respetos humanos; para un cristiano de hecho, la fe es una cuestión de vida o muerte.

Si hace algún tiempo, por lo tanto, la Iglesia fue tan insistente en sus condenaciones a la masonería, hoy sería necesario un esfuerzo más “contracultural” que dirigidos específicamente a esta institución. Dentro o fuera de la masonería, es forzoso reconocerlo, nadie más cree que para salvarse es necesario creer en Cristo y entrar y perseverar en la Iglesia que Él fundó (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 846). Tal vez haya hasta quién ría del documento que en el próximo día 26 de noviembre se completa más un aniversario, y según el cual “están en estado de pecado grave” los fieles católicos que se inscriben en la masonería. “Al final”, alguien podría preguntar, “¿quien aún cree en ese negocio del pecado?”

Nosotros sabemos, por la fe, que “las puertas del infierno no prevalecerán” jamás contra la Iglesia: aunque seamos atacados por todos los lados, aunque estemos reducidos a un verdadero “grano de mostaza”… non praevalebunt! Es esa esperanza la que nos anima a seguir en frente y a “remangarnos los puños”, pues sólo un trabajo de verdadera y profunda “reevangelización” (¡comenzando por los católicos!) se podrá revertir el triste y lamentable cuadro en que nos encontramos.

 

 

Extraído de padrepauloricardo.org
Traducido y editado por Formación Católica

 

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