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Duras pero justas fueron las palabras del Padre Pío de Pietrelcina al referirse, ya en su tiempo, sobre el aborto y la destrucción de la humanidad con la implementación de este mal que pretende «tomar el lugar del Creador».

Duras pero justas fueron las palabras del Padre Pío de Pietrelcina al referirse, ya en su tiempo, sobre el aborto y la destrucción de la humanidad con la implementación de este mal que pretende «tomar el lugar del Creador». Hoy más que nunca necesitamos líderes que imiten la valentía del Padre Pío, para que «no seamos cómplices de este crimen maldito por culpa de nuestro silencio o nuestra tibieza».

Todos los santos se caracterizaron por la profunda convicción con la que vivían defendiendo los principios evangélicos. Por ejemplo, San Pío de Pietrelcina fue canonizado no solo por llevar estigmas en su cuerpo, sino por vivir y pensar radicalmente de acuerdo a los mandatos de Dios.

En cierta ocasión, el padre Pellegrino Funicelli, quien asistió al padre Pío durante muchos años, le preguntó: «Hoy usted negó la absolución a una mujer porque se sometió voluntariamente a un aborto. ¿Por qué ha sido tan riguroso con esta pobre desafortunada?».

El padre Pío respondió: «El día que las personas dejen de horrorizarse por el aborto será el día más terrible para la humanidad. El aborto no es sólo un homicidio, sino también un suicidio. ¿No deberíamos tener la valentía de manifestar nuestra fe frente a los que cometen dos crímenes en un solo acto?»

«¿Suicidio?», preguntó el padre Pellegrino.

«El suicidio de la raza humana será comprendido por los que verán la Tierra poblada por ancianos y despoblada de niños: estará incendiada como un desierto», contestó el padre Pío.

¡Ay, de nosotros, si consentimos con ese miserable y mortal pecado!

 

«Cuando veas un alma que anuncia el aborto como un acto benigno, sabrás que en ella reina el príncipe de las tinieblas y que está en peligro de muerte eterna. ¡Ay, de nosotros, si consentimos con ese miserable y mortal pecado! No osemos tomar el lugar del Creador y no permitamos que ningún hombre lo haga. Y no seamos cómplices de este crimen maldito por culpa de nuestro silencio o nuestra tibieza».

¿Cómo podemos explicar este suceso de ver a tantas personas celebrar lo que, para cualquiera que tiene un mínimo de conciencia de la verdad sobre el aborto, es motivo de lágrimas y lamento? Esto es, el ver a innúmeras mujeres en las calles, celebrando la futura muerte de sus propios hijos (cuestión que para el Padre Pío era señal del reinado del Príncipe de las tinieblas en este mundo).

¿Qué puede explicar que una generación – la nuestra, en este caso – haga gran fiesta con la autorización para que seres humanos inocentes sean asesinados en el vientre de sus madres?

La gran razón para conmemoraciones como esta, solo debe ser buscada en el oscurecimiento – si no es en una completa negación – del derecho natural. Lo que es incorrecto no puede volverse correcto, lo que es malo no puede ser ahora bueno a fuerza de ley. Las personas solo llegan a celebrar el mal, entonces, si antes éste ha sido relativizado.

El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere.

 

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«Al abortar, la madre no ha aprendido a amar -decía Santa Teresa de Calcuta- ha tratado de solucionar sus problemas matando a su propio hijo. Y a través del aborto, se le envía un mensaje al padre de que no tiene que asumir la responsabilidad por el hijo engendrado. Un padre así es capaz de poner a otras mujeres en esa misma situación. De ese modo un aborto puede llevar a otros abortos. El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere. Es por eso que el mayor destructor del amor y de la paz es el aborto. Mucha gente se preocupa bastante por los niños de la India, con los niños de África donde muchos mueren de hambre, etc. Preocuparse por esto es bueno. Pero casi siempre a esta misma gente no les interesan los millones que intencionalmente están siendo asesinados por decisión de sus propias madres. Y este es el mayor destructor de la paz hoy en día; el aborto cegó a la gente».

La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto

 

Esta santa no tuvo miedo de elevar su voz y exclamar: «La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto; porque el aborto es hacer la guerra al niño, al inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decir a otros que no se maten?»

Ya lo decía en su momento el Papa Juan Pablo II: «De entre todos los crímenes que el hombre puede realizar en contra de la vida, el aborto provocado presenta características que lo vuelven particularmente grave».

Hoy en día, la percepción de su gravedad se va oscureciendo progresivamente en muchas conciencias. La aceptación del aborto en la mentalidad, en la costumbre y en la propia ley, es señal elocuente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que se vuelve cada vez más incapaz de distinguir el bien del mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental de la vida. Delante de tan grave situación, se debe más que nunca mirar, con coraje y de frente, la verdad de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos, con lo que nos es más cómodo, ni a la tentación del autoengaño.

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Hna. Noelia Gimenez

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús.

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