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La guardiana de la Tierra y sus habitantes es la Santísima Virgen María, porque el Hijo que la escogió por madre quiso que Ella fuera protectora de todos aquellos de los que Él era redentor. Y así como Luzbel y sus seguidores, mentirosos desde el principio, se han empeñado por hacer estéril la redención del Hijo de Dios, también desde el principio, la Virgen María ha protegido a sus hijos en las batallas que éstos han librado por la fe y la extensión del reino de Cristo.

En tiempos en los que, desconociendo las enseñanzas de la Sagrada Escritura y la historia de la Cristiandad, se pretende poner en duda la licitud de defender con las armas la fe en Cristo Jesús, y los derechos de Dios, tanto en las almas como en la sociedad, se quiere que los fieles cristianos sean alentados a perseverar en el combate y acepten la existencia de un Dios personal y providente que dirige los caminos de la Historia, mediante la libertad humana, hacia el cumplimiento de sus designios de salvación, influyendo en ellos el relato de las batallas que sostuvieron nuestros antepasados en la fe, y al resaltar la milagrosa intervención que en muchas de ellas tuvo la bendita Madre de Dios, María Santísima.

El patrocinio de María en las batallas de los cristianos en la madre patria comienza con su singular intervención en la reconquista española, pues no en vano ha sido y es España la tierra de María Santísima, especialmente favorecida por su presencia, en carne mortal, a Santiago en Zaragoza en donde la misma Virgen Santísima le dijo: «Permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio», desapareció la Virgen y quedó ahí el pilar; y en tantas otras apariciones que testimonian tantas basílicas y ermitas (sacerdote barcelonés José Palles).

Algunos se empeñarán en negar lo que se va a referir: una serie de portentosas intervenciones de la Madre de Dios, Auxilio de los cristianos, en las batallas que emprendieron sus hijos por la fe.

María, capitana de las tropas de Pelayo

Singular es el patrocinio de María Santísima en las luchas de los cristianos españoles por la reconquista de su patria, que comienza en Covadonga y acaba ocho siglos después en Granada.

Después de que casi toda España, por sus pecados fuera ocupada por los moros, un grupo de cristianos, que no había querido someterse al hasta ahora invencible invasor, se reunía en una cueva del monte Ausena, llamada Covadonga, y alrededor de una antigua imagen de María que allí se veneraba, eligieron a Pelayo como caudillo de los rebeldes al poder musulmán.

El primer acto del recién elegido caudillo fue el de consagrar a la Madre de Dios sus menguadas huestes, encomendándole la protección de sus empresas. Para más obligarla en su favor la nombró capitana de sus ejércitos, y seguro de su auxilio se aprestó a enfrentarse al poderoso enemigo que avanzaba por el valle con más de cien mil soldados aguerridos.

Así comenzó la reconquista, con una milagrosa victoria conseguida por la especial intercesión de María Santísima que buscó en Pelayo al hijo escogido que con su fe, piedad, constancia y valor debía servir de cuna a la monarquía de España.

Maria derriba las murallas de San Juan de Acre

En 1187, el sultán de Egipto, Saladino, después de haber derrotado al ejército cristiano cerca de Tiberíades, se apoderó de Jerusalén e hizo prisionero al rey Guido de Lusiñán. La noticia del desastre produjo gran conmoción en Occidente, y los cristianos se aprestaron a la tercera Cruzada, en la cual, antes de iniciarse los ejércitos invocaban el nombre de María antes del combate. El 8 de julio de 1191, la Virgen Santísima se aparece en San Juan de Acre a los soldados cristianos que sitiaban la plaza a las órdenes del rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León. Revestida de brillantes resplandores les ordena digan a su rey que deje de combatir y arruinar las murallas de la ciudad, puesto que dentro de cuatro días y en la misma hora en que se obrara la aparición, vendrían portentosamente al suelo, y San Juan de Acre caería en su poder. Los centinelas que presenciaron esta aparición la notificaron al rey Ricardo y a su ejército, que con tal motivo se llenó de inmenso júbilo. Cuatro días después, un terrible terremoto derribó en un instante las murallas de la ciudad sitiada, y llenó de tal espanto a los sarracenos, que se entregaron pacíficamente a la discreción del ejército cruzado, que una vez más experimentó los efectos de la protección de la que, con toda propiedad, es llamada Auxilio de los Cristianos.

La guerra en el horizonte de una aldea

Desde el 19 de julio de 1870, Francia y Prusia (territorio que hoy es parte de Alemania) entran en guerra. El Kaiser Wilhelm II, el cual poseía un ejército que tenía un poderío muy superior al de Francia, que se vio obligado a reclutar jóvenes sin experiencia militar para usarlos como primera línea de defensa. Entre ellos estaban 38 provenientes de la pequeña aldea de Pontmain. Antes de partir su párroco, el padre Guerín, los había confesado, celebrado la Santa Misa y entregado a todos la comunión.

Hacia el 16 de enero de 1871 el ejército pruso ya dominaba dos terceras partes de Francia y estaba a pocos kilómetros de la pequeña Pontmain.

Al día siguiente, 17 de enero el padre Guerin, como ya venía haciéndolo desde días anteriores, conminó a los aldeanos para juntarse a rezar en la parroquia… El sacerdote animaba los ruegos encomendando a la mediación de mártires y la protección de la Santísima Virgen María a toda Francia.

A eso de las 6 p.m., Eugène (una niña) salía del establo cuando vio en el cielo a una hermosa Señora, en el aire, unos 6 metros por encima de la techumbre. La Señora tenía un vestido azul oscuro cubierto de estrellas doradas, un velo negro y una corona de oro. Sus brazos extendidos como en la medalla milagrosa, pero sin los rayos.

Alguien propuso entonces al cura del pueblo que le hablara a la Virgen. El cura sin pensarlo dos veces les dijo lo primero que se le vino en mente: «¡Pero si no la veo! ¿Qué voy a decirle? Recemos…». En ese mismo momento la Madre de Dios dijo a los niños: «Recen hijos míos. Dios concederá pronto lo que piden. Mi Hijo se deja conmover».

Los aldeanos comenzaron entonces a suplicar a Dios que acabara la guerra y tuviera misericordia de ellos. Seguidamente, a instancias del párroco se arrodillaron, iniciando así el rezo del Rosario y luego el Magnificat. A las 8:30 p.m., la gente cantó el «Ave Maris Stella».

Los niños vieron en ese momento que la Virgen sonreía. Alrededor de las 8:45 p.m., los niños dijeron: «Ha terminado». Tres días después los prusianos detuvieron su avance y se retiraron. La paz se firmó a los once días. Por eso, a esta advocación de Nuestra Señora de Pontmain se la conoce como Virgen de la Oración, quien enseña que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es Misericordia.

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