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«Es necesario que Cristo reine». Y que reine no sólo en los corazones de los individuos sino también en el orden temporal.

«En esta época que nos ha tocado vivir, ¿qué podemos hacer?… Ir a la reconquista de los espacios perdidos. A la reconquista del Cristianismo y de la Cristiandad. Es necesario que Cristo reine. Y que reine no sólo en los corazones de los individuos sino también en el orden temporal», exhortó el R.P. Alfredo Sáenz, sacerdote jesuita, teólogo y prolífico autor argentino, durante una conferencia magistral titulada «La Realeza de Cristo y la Apostasía del Mundo Moderno».

  

Cristo, Plenitud de la Historia

Toda la historia camina hacia Cristo, tanto la del pueblo judío como la de los pueblos gentiles. El Antiguo Testamento, ante todo, cobra su sentido plenario cuando se lo considera como preparando su venida. Adán lo preludió como primer padre del género humano; Abel, como hijo inmolado y asesinado por su hermano; Melquisedec se le adelantó como sacerdote del Altísimo; Moisés como el legislador de la primera alianza; David lo figuró como rey guerrero y Salomón como rey pacífico. Todos esos personajes no fueron sino bocetos de Cristo, de la figura esplendorosa de Cristo. 

Cuando Él llegó, bien pudo decir: Ego sum, yo soy aquel anunciado por mis predecesores, tipos y figuras de mi ser y de mi obrar. Pero no sólo los personajes, hechos e instituciones del pueblo elegido trabajaron para Cristo. También trabajó para Él el mundo de los gentiles. Sócrates, Platón, Aristóteles, toda la filosofía griega, en última instancia, pensó para Él. Alejandría balbuceó su «logos» para que san Juan lo pudiera recoger en el prólogo de su Evangelio. También se puso al servicio del Señor el Imperio Romano, ofreciéndole su grandeza, su derecho, su organización, su paz augusta, hasta sus caminos… por los que transitarían los apóstoles de Cristo para anunciar su Buena Nueva. 

La Realeza de Cristo y la Teología de la Historia

«¿Tú eres Rey?», le preguntaría Pilatos al Señor. La respuesta es categórica: «Tú lo has dicho. Yo soy Rey. Para esto nací. Para esto vine al mundo». El fin de la Encarnación es ejercer su señorío sobre la humanidad. Para eso ha venido. Para eso ha nacido. El universo entero gravita hacia Cristo como hacía su término. No resulta, pues, extraño advertir cómo los profetas, cuando se refirieron al futuro Mesías, no vacilaron en llamarlo Rey. «Un niño nos ha nacido –dijo Isaías-. El Imperio ha sido asentado sobre sus hombros».

Nada, pues, de extraño que cuando el ángel anunció su venida a la Santísima Virgen, no vaciló en decirle que «el Señor Dios le daría el trono de David su padre; que reinaría en la casa de Jacob para siempre y su reino no tendría fin». De ahí la gallarda afirmación de Santo Tomás: «Cristo tiene alma de rey». Cabe preguntarse cuál es el ámbito de su realeza. 

Él mismo nos lo dejó explicitado: «Mi reino está dentro de vosotros». Tal es el primer recinto de su realeza, los corazones de los individuos. Su propósito es erigir en cada uno de ellos un trono desde donde poder ejercer su señorío. Él quiere que nuestra memoria, nuestro entendimiento, nuestra voluntad, nuestros afectos, nuestra alma y nuestro cuerpo se pongan a su servicio.

Su señorío se extiende, pues, al entero orden temporal, las artes, la milicia, la economía, la educación, y sobre todo la política, que informa los demás campos. No otra cosa es lo que el cardenal Pie llamaba «la política del Padrenuestro»: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Esta enseñanza que nos llega a través de la Sagrada Escritura constituye el fundamento de lo que se ha dado en llamar la teología de la historia. El maestro en dicha materia es San Agustín, quien nos ha dejado un prolijo desarrollo de la misma, sobre todo en su imperecedera obra La Ciudad de Dios.

Dos amores crearon dos ciudades: el amor de Dios hasta el menosprecio de sí la ciudad de Dios, y el amor de sí hasta el menosprecio de Dios la ciudad del hombre

El obispo de Hipona entiende el devenir de los siglos como un conflicto de raigambre teológica entre dos cosmovisiones, o «Dos Ciudades», según le agrada decir, la Ciudad de Dios y la Ciudad del Mundo; la primera, que se funda en la afirmación del primado de Dios y la consiguiente sumisión a Él de todas las demás cosas, el hombre incluido, al señorío de Dios; y la Ciudad del Mundo, que enarbola el primado del hombre, considerando todo lo demás, Dios incluido, como subordinado al hombre. «Dos amores crearon dos ciudades: el amor de Dios hasta el menosprecio de sí la ciudad de Dios, y el amor de sí hasta el menosprecio de Dios la ciudad del hombre».

Cada ciudad, nos sigue enseñando el doctor de la historia, tiene su propio Rey, el de la Ciudad de Dios es Cristo y el de la Ciudad del Mundo es Satanás. Una ciudad, la de Dios, es peregrina, porque si bien sus ciudadanos viven en este mundo, como los otros, saben que su patria definitiva no es ésta sino el cielo; los integrantes de la otra ciudad son inmanentistas, ya que hunden sus raíces en la tierra, a la que consideran su patria terminal. Cada ciudad tiene su propia consigna: «Es necesario que Cristo reine», gritan los miembros de la Ciudad de Dios, mientras que los otros enarbolan su pretendida y soberbia autonomía: «No queremos que Éste reine sobre nosotros».

El Hombre Moderno

Entendemos por «hombre moderno» el hombre tal cual ha quedado después de esta larga revolución anticristiana, que lo ha despojado de Dios, de Cristo y de la Iglesia, el hombre que es el resultado de la civilización creada sobre los escombros de la antigua civilización, impregnada por el cristianismo. Trataremos de darle forma a este diagnóstico señalando algunas de sus características. La primera es el relativismo, sobre el que tanto insistió Benedicto XVI. Esta doctrina se basa en una interpretación peculiar del concepto de verdad, cuya norma ya no sería el objeto acerca del cual se emite un juicio, sino otros elementos, como la psicología del sujeto, lo que afirma la «opinión pública», etcétera. En su encíclica «Fides et ratio» decía Juan Pablo II que para muchos de nuestros contemporáneos «el tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente», por lo que la verdad se ha vuelto «relativa». Ya no es más «verdad», es mera opinión. Cada cual tiene «su» propia verdad.

La segunda característica del hombre de nuestro tiempo es el naturalismo. Esta corriente ideológica se basa en la idea de que la naturaleza se basta por sí sola, en plena emancipación de toda instancia sobrenatural. En el fondo no es sino una expresión del vértigo que producen las alturas a que Dios nos convoca. Es exactamente lo opuesto al cristianismo. Porque ¿qué es el cristianismo? Un doble movimiento, de descenso y de ascenso. Dios desciende, se hace hombre, para que el hombre se eleve, endiosándose por la gracia. Desciende hasta nosotros para que nosotros ascendamos hacia Él. El naturalismo frena al hombre en su impulso ascensional. Esta forma de pensar ha llevado a que el hombre se considere como el centro absoluto del cosmos, seguro de estar ocupando el lugar de Dios y olvidando de que no es el hombre el que hizo a Dios, sino que es Dios quien hizo al hombre.

Otra característica del hombre moderno es el inmanentismo, la actitud del hombre que piensa que esta tierra es su patria definitiva. In-manere: permanecer en. Instalarse en el mundo. Echar raíces en el mundo, en la negación de toda trascendencia, que no existe. Todo su horizonte es esta tierra. Señalemos, finalmente, una última característica del hombre moderno: su pérdida del sentido de la existencia. Porque dicho hombre no encuentra sentido a su propia vida. Ya no se pregunta para qué vive ni hacia dónde se dirige. En la lápida de muchos hombres de nuestro tiempo se podría escribir: «El que aquí yace no sabe de dónde vino ni a donde fue». 

¿Qué Hacer?

Esta es la época en que nos ha tocado vivir. ¿Qué podemos hacer? Ir a la reconquista de los espacios perdidos. A la reconquista del Cristianismo y de la Cristiandad. Miremos al hombre de nuestro tiempo. Lo vemos maltrecho, desnudo, vulnerado. Curemos sus heridas. Y llevémoslo al mesón de la Iglesia. Entreguémoslo al Cristo que dijo: «Mi reino está dentro de vosotros». Tratemos que al menos los que nos rodean, o quienes están bajo nuestro cuidado le preparen un trono en su interior.

No podemos consentir en que Cristo quede definitivamente destronado, que Cristo haya sido arrojado de la familia, de la cultura, del arte, de la economía, del ámbito laboral, de las armas, de la política. Pero tampoco nos quedemos en el lamento. Esforcémonos por la reconquista de lo perdido. 

«Es necesario que Cristo reine». Y que reine no sólo en los corazones de los individuos sino también en el orden temporal.

No se trata de volver al medioevo, o de reinstaurar algunas costumbres propias de aquellos años. Pero sí de volver a la esencia de la Cristiandad, que no es otra cosa que hacer real aquel grito de San Pablo: «Es necesario que Cristo reine». Y que reine no sólo en los corazones de los individuos sino también en el orden temporal. Hacer lo que está a nuestro alcance para restaurar las familias y la entera sociedad. 

Volcarnos sobre todo el campo de la cultura, tan predileccionado por el enemigo. Formar pequeños islotes de Cristiandad, colegios católicos, pero católicos en serio; familias católicas, pero católicas en serio; universidades católicas, pero católicas en serio. Siempre nos ha gustado convocar, sobre todo cuando estamos rodeados de jóvenes, a aquellos ideales a que fueron convocados los jóvenes cristeros de la heroica México. Para concretar dicha aspiración se nos ocurrió inventar una sigla: OEA, no en alusión, a la Organización de los Estados Americanos, sino a una consigna bien nuestra, entendiendo por «O» la palabra oración, por «E» la palabra estudio, y por «A» la palabra apostolado.

Dentro de la Oración incluimos todo lo que se refiere a la vida espiritual, la victoria sobre las malas inclinaciones, la adquisición de las virtudes, la plegaria, la vida sacramental, la dirección espiritual, etcétera. El segundo ámbito es el del Estudio, ya que la crisis de nuestro tiempo es, como acabamos de recordarlo, prevalentemente cultural. Será preciso acceder a autores y libros serios y formativos, hoy que se ha perdido el hábito de la lectura, integrarse en grupos juveniles de formación, conocer las doctrinas del enemigo para saber refutarlas, en una palabra, hacer lo que Gramsci llamaba «la revolución cultural», si bien en sentido inverso al por él propiciado. Y finalmente el Apostolado, que no es mero proselitismo sino celo apostólico, ardor del alma, llama del espíritu encendido en esa hoguera hirviente de amor que es el Corazón de Cristo. Eso es lo que está a nuestro alcance, el combate. El día del juicio Dios no nos pedirá cuenta de las victorias que hayamos logrado sino de las cicatrices que el combate haya dejado en nosotros.☐

*(Extracto de la Tesis doctoral presentada por el teólogo argentino P. Alfredo Sáenz durante el X Foro Internacional Fe y Ciencia de la Universidad Autónoma de Guadalajara, donde recibió el Doctorado Honoris Causa en el año 2013 y publicado en la Revista Alma Mater).

Padre Alfredo Sáenz

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1 comentario

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  • Excelente, me gustaría obtener la publicación completa del tema expuesto, ¿podrían colaborarme al respecto? o direccionarme con el propio autor?.

    Atentamente,
    HERNÁN TORRES
    Abogado Colombiano

Padre Alfredo Sáenz

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